Agradecimientos
Estoy en deuda con los difuntos Dorothy L. Sayers y Charles Williams, con Mark Musa, con mi amiga Katherine Picton y con The Dante Society of America por su conocimiento de La Divina Comedia de Dante Alighieri, que he usado para escribir este libro. En esta novela se usan las normas de esa asociación para el uso de letras mayúsculas para lugares como el Infierno o el Paraíso.
Los cuadros de Sandro Botticelli me han servido de inspiración, igual que los escenarios incomparables de la galería de los Uffizi, en Florencia. Las ciudades de Toronto, Florencia y Cambridge han aportado sus particulares entornos a la novela, igual que la población de Selinsgrove.
Mientras escribía esta historia, me he encontrado con varios archivos digitales que me han resultado útiles, como el Digital Dante Project, de la Universidad de Columbia, Danteworlds, de la Universidad de Texas, en Austin, y The World of Dante, de la Universidad de Virginia. También he visitado la biblioteca digital Archive para consultar la traducción al inglés de Dante Gabriel Rossetti de La Vita Nuova, así como el original italiano que también se cita en este libro. También he usado la traducción de La Divina Comedia de Henry Wadsworth Longfellow. El texto de la carta de Abelardo a Eloísa lo he sacado de una traducción anónima fechada en 1901.
Me gustaría darle las gracias a Jennifer, que leyó el primer borrador de esta historia y me ofreció críticas constructivas en cada etapa del proyecto. Esta novela no existiría sin su apoyo y su amistad. También quiero darle las gracias a Nina por su apoyo técnico, sus aportaciones creativas y su sabiduría. Kris la leyó y ofreció interesantes sugerencias durante el proceso de revisión.
También debo dar las gracias al genial personal de Omnific, en especial a Elizabeth, Lynette, C. J., Kim, Coreen, Micha y Enn. Ha sido un placer trabajar con vosotros.
Asimismo me gustaría dar las gracias a todas las personas que leyeron las primeras versiones del manuscrito y ofrecieron críticas, sugerencias y mucho apoyo, especialmente las Musas, Tori, Elizabeth de Vos, Elena, Marinella y Erika.
Y, por último, quiero dar las gracias a mis lectores y a mi familia. Vuestro apoyo constante es inestimable. Me siento muy honrado de que El infierno de Gabriel haya quedado semifinalista en la categoría de mejor novela romántica del premio Goodreads Choice Award en 2011.
Me atrae particularmente la manera en la que la literatura nos ayuda a explorar aspectos de la condición humana, en especial, el sufrimiento, el sexo, el amor y la redención. Mis relatos favoritos siempre incluyen un viaje, tanto físico a algún lugar exótico como personal, en el que los protagonistas descubren algo sobre sí mismos.
También me interesa utilizar elementos estéticos como el arte, la arquitectura o la música para contar una historia o para ilustrar los rasgos de algún personaje. En mis novelas combino esos elementos con los temas del perdón y el poder transformador de la bondad.
Además, trato de usar la plataforma que me da mi condición de autor para llamar la atención sobre varias causas sociales. Por ello formo parte de diversas fundaciones como Now I Lay Me Down to Sleep, World Vision, Alex’s Lemonade Stand y Covenant House.
Encontrarás más información en mi página web www.sylvain reynard.com y en mi cuenta de Twitter https://twitter.com/sylvain reynard
ADMI DEL BLOG
"ESPERO LES HALLA GUSTADO EL LIBRO TANTO COMO AMI, AQUI LES DEJO EL LINK DEL BLOG DE LA TARCERA ENTREGA DE ESTA MARAVILLOSA TRILOGIA LA REDENCION DE GABRIEL" www.laredenciondegabriel.blogspot.com
domingo, 9 de febrero de 2014
Capitulo 58
Justo antes del amanecer, Julia se despertó sobresaltada.
Su guapo esposo estaba a su lado, con expresión relajada mientras dormía. Parecía más joven. Le recordó al Gabriel que había conocido en el porche de Grace. Le resiguió con el dedo las cejas y la barba de un día, sintiendo un gran amor y una gran satisfacción en su interior.
Se levantó, ya que no quería molestarlo. Encontró la camisa de él en el suelo y se la puso antes de salir a la terraza.
Se adivinaba un atisbo de luz en el horizonte, sobre las colinas ondulantes del paisaje de Umbría. El aire era frío, demasiado frío para estar en la terraza, a no ser que se estuviera dentro del jacuzzi, pero la vista era espectacular y Julia no podía apartarse. Necesitaba beber de su belleza. Igual que necesitaba un momento de intimidad. A solas.
Mientras crecía, Julia se había sentido siempre indigna. Consideraba que no merecía ver sus deseos satisfechos ni tampoco ser amada. Pero ya no se sentía así. Una oración de gratitud brotó de su alma, elevándose hacia el cielo.
Gabriel alargó la mano hacia Julia, pero encontró la cama vacía. Exhausto por la agotadora actividad de las últimas horas, tardó unos instantes en despertarse del todo. Habían hecho el amor varias veces y se habían turnado adorándose mutuamente con la boca y las manos.
Sonrió. Todos los miedos y ansiedades de Julia parecían haberse desvanecido. ¿Sería porque ahora estaban casados? ¿O porque habían pasado juntos el tiempo suficiente y se había convencido de que no volvería a hacerle daño?
No lo sabía. Pero estaba satisfecho porque ella estaba satisfecha. Se había entregado a él con una seguridad y una confianza que antes habrían sido impensables y él valoraba su entrega como lo que era: un regalo nacido del amor y la confianza absoluta.
Sin embargo, despertarse y encontrar la cama vacía lo ponía nervioso. Así que, en vez de quedarse allí tumbado, dándole vueltas al asunto, se levantó en busca de su amada. No le costó mucho encontrarla.
—¿Estás bien? —le preguntó, saliendo a la terraza.
—Maravillosamente. Soy feliz.
—Pillarás una pulmonía —la reprendió Gabriel, quitándose el albornoz y cubriéndola con él.
Cuando se volvió para darle las gracias, vio que estaba desnudo.
—Tú también.
Él se echó a reír y, abriendo el albornoz, la abrazó para que los abrigara a los dos. Julia suspiró. Sentir sus cuerpos pegados y desnudos era algo muy agradable.
—¿Fue todo de tu agrado anoche? —preguntó Gabriel, frotándole la espalda por encima de la tela.
—¿No lo notaste?
—No hablamos demasiado, como recordarás. Tal vez querrías haber podido irte a dormir antes. Ya sé que teníamos que ponernos al día, pero...
—Me falta un poco de práctica, y estoy agotada, pero me encanta —lo interrumpió ella, ruborizándose—. Anoche fue aún mejor que nuestra primera noche juntos. Y, ciertamente, tal como dijiste, todo fue más vigoroso.
Él se echó a reír.
—Estoy de acuerdo.
—Hemos vivido muchas cosas. Siento que nuestra conexión es más profunda —dijo ella, acariciándole el hombro con la nariz—. Y ya no tengo miedo de que desaparezcas.
—Soy tuyo —susurró Gabriel—. Y yo también siento la conexión. La necesitaba. Y te la mereces. Cuando te toco, cuando te miro a los ojos, veo nuestro pasado y nuestro futuro. —Hizo una pausa y le alzó la barbilla para verla mejor—. Es impresionante.
Julia le dio un beso en los labios antes de acurrucarse contra su pecho.
—Pasé demasiado tiempo en las sombras. —La voz de él temblaba de emoción—. Tengo tantas ganas de vivir en la luz. A tu lado.
Ella le sujetó la cara entre ambas manos, obligándolo a mirarla.
—Ya estamos en la luz. Y te quiero.
—Y yo te quiero a ti, Julianne. Soy tuyo en esta vida y en la siguiente.
Besándola en los labios una vez más, Gabriel la llevó de vuelta al dormitorio.
Su guapo esposo estaba a su lado, con expresión relajada mientras dormía. Parecía más joven. Le recordó al Gabriel que había conocido en el porche de Grace. Le resiguió con el dedo las cejas y la barba de un día, sintiendo un gran amor y una gran satisfacción en su interior.
Se levantó, ya que no quería molestarlo. Encontró la camisa de él en el suelo y se la puso antes de salir a la terraza.
Se adivinaba un atisbo de luz en el horizonte, sobre las colinas ondulantes del paisaje de Umbría. El aire era frío, demasiado frío para estar en la terraza, a no ser que se estuviera dentro del jacuzzi, pero la vista era espectacular y Julia no podía apartarse. Necesitaba beber de su belleza. Igual que necesitaba un momento de intimidad. A solas.
Mientras crecía, Julia se había sentido siempre indigna. Consideraba que no merecía ver sus deseos satisfechos ni tampoco ser amada. Pero ya no se sentía así. Una oración de gratitud brotó de su alma, elevándose hacia el cielo.
Gabriel alargó la mano hacia Julia, pero encontró la cama vacía. Exhausto por la agotadora actividad de las últimas horas, tardó unos instantes en despertarse del todo. Habían hecho el amor varias veces y se habían turnado adorándose mutuamente con la boca y las manos.
Sonrió. Todos los miedos y ansiedades de Julia parecían haberse desvanecido. ¿Sería porque ahora estaban casados? ¿O porque habían pasado juntos el tiempo suficiente y se había convencido de que no volvería a hacerle daño?
No lo sabía. Pero estaba satisfecho porque ella estaba satisfecha. Se había entregado a él con una seguridad y una confianza que antes habrían sido impensables y él valoraba su entrega como lo que era: un regalo nacido del amor y la confianza absoluta.
Sin embargo, despertarse y encontrar la cama vacía lo ponía nervioso. Así que, en vez de quedarse allí tumbado, dándole vueltas al asunto, se levantó en busca de su amada. No le costó mucho encontrarla.
—¿Estás bien? —le preguntó, saliendo a la terraza.
—Maravillosamente. Soy feliz.
—Pillarás una pulmonía —la reprendió Gabriel, quitándose el albornoz y cubriéndola con él.
Cuando se volvió para darle las gracias, vio que estaba desnudo.
—Tú también.
Él se echó a reír y, abriendo el albornoz, la abrazó para que los abrigara a los dos. Julia suspiró. Sentir sus cuerpos pegados y desnudos era algo muy agradable.
—¿Fue todo de tu agrado anoche? —preguntó Gabriel, frotándole la espalda por encima de la tela.
—¿No lo notaste?
—No hablamos demasiado, como recordarás. Tal vez querrías haber podido irte a dormir antes. Ya sé que teníamos que ponernos al día, pero...
—Me falta un poco de práctica, y estoy agotada, pero me encanta —lo interrumpió ella, ruborizándose—. Anoche fue aún mejor que nuestra primera noche juntos. Y, ciertamente, tal como dijiste, todo fue más vigoroso.
Él se echó a reír.
—Estoy de acuerdo.
—Hemos vivido muchas cosas. Siento que nuestra conexión es más profunda —dijo ella, acariciándole el hombro con la nariz—. Y ya no tengo miedo de que desaparezcas.
—Soy tuyo —susurró Gabriel—. Y yo también siento la conexión. La necesitaba. Y te la mereces. Cuando te toco, cuando te miro a los ojos, veo nuestro pasado y nuestro futuro. —Hizo una pausa y le alzó la barbilla para verla mejor—. Es impresionante.
Julia le dio un beso en los labios antes de acurrucarse contra su pecho.
—Pasé demasiado tiempo en las sombras. —La voz de él temblaba de emoción—. Tengo tantas ganas de vivir en la luz. A tu lado.
Ella le sujetó la cara entre ambas manos, obligándolo a mirarla.
—Ya estamos en la luz. Y te quiero.
—Y yo te quiero a ti, Julianne. Soy tuyo en esta vida y en la siguiente.
Besándola en los labios una vez más, Gabriel la llevó de vuelta al dormitorio.
Capitulo 57
Sin parar de besarla en ningún momento, Gabriel la cogió en brazos y la llevó al dormitorio, en el piso de arriba. Una vez allí, la dejó en el suelo y le hizo dar varias vueltas, admirando el vuelo de la falda del vestido lila, que giraba a su alrededor.
—Creo que te debo algo.
—¿Ah, sí? —preguntó Julia entre risas—. ¿De qué se trata?
Él la abrazó desde atrás.
—Sexo de reconciliación —le musitó al oído.
El sugerente susurro la hizo estremecer.
Gabriel le acarició los brazos.
—¿Tienes frío?
—No, no es frío. Es excitación.
—Excelente. —Le echó el pelo a un lado y empezó a cubrirle el cuello de besos—. Para tu información, tengo que hacerme perdonar un montón de cosas. Me temo que me va a llevar toda la noche.
—¿Toda la noche? —repitió ella, con voz ronca.
—Eso me temo. Y a lo mejor me ocupa también parte de la mañana.
Julia empezó a derretirse entre sus brazos. Gabriel siguió besándole el cuello y descendiendo hasta el hombro antes de apartarse.
—Mientras te preparas para acostarte, quiero que pienses en todas las maneras en las que voy a darte placer esta noche. —Le guiñó un ojo, acariciándole el cuello de arriba abajo con un dedo antes de soltarla.
Julia sacó sus cosas de la maleta y desapareció en el cuarto de baño. Cuando había ido a comprar lo que se iba a poner en su noche de bodas, se había sentido insegura. ¿Qué podía comprar que él no hubiera visto ya?
En una diminuta tienda de la calle Newbury, encontró exactamente lo que buscaba. Un camisón largo de seda, muy escotado y de color rojo intenso, como el Merlot. Lo que la acabó de decidir fue la espalda, adornada con cintas que se entrecruzaban, dejándosela al descubierto hasta niveles casi indecentes. Lo eligió sabiendo que a Gabriel le encantaría deshacer las cintas. Le gustaba desarmarla, en todos los sentidos.
Se dejó el pelo recogido y se puso una pizca de brillo en los labios antes de calzarse los zapatos de tacón negros que había comprado para la luna de miel.
Al abrir la puerta del baño, se encontró a Gabriel esperándola.
El dormitorio estaba iluminado por la suave luz de las velas, olía a sándalo y no faltaba la música. La canción que sonaba no formaba parte de la lista de reproducción que habían escuchado durante su anterior visita, pero también le gustaba.
Él se acercó. Seguía llevando los pantalones y la camisa blanca, pero se la había desabrochado casi hasta la cintura y se había quitado los zapatos y los calcetines. Le ofreció la mano y ella la aceptó, uniéndose a él en un abrazo.
—Eres exquisita —susurró, acariciándole la espalda con las manos temblorosas de deseo—. Casi me había olvidado de lo preciosa que eres a la luz de las velas. Casi, pero no del todo.
Ella sonrió, con la cara pegada a su pecho.
—¿Puedo? —preguntó Gabriel, señalando su pelo recogido y ella asintió.
Un hombre corriente le habría quitado todas las horquillas a la vez,
apresuradamente, siempre y cuando hubiera sido capaz de encontrarlas, pero él no era un hombre corriente.
Muy lentamente, le pasó sus largos dedos por el pelo hasta que encontró una horquilla. Se la quitó con delicadeza, liberando un mechón. Y luego repitió el proceso hasta que toda su cabellera cayó como olas del mar sobre sus hombros pálidos. A esas alturas, el cuerpo de Julia vibraba de deseo.
Sujetándole la cara entre las manos, Gabriel la miró fijamente a los ojos.
—Dime lo que deseas. La noche es tuya. Puedes ordenarme lo que quieras.
—No quiero ordenarte nada —respondió ella, besándolo en los labios—. Sólo quiero que me demuestres que me amas.
—Julianne, te quiero con los cuatro tipos de amor. Pero esta noche es una celebración del eros.
Le cubrió los hombros de ardientes besos antes de ponerse a su espalda y acariciarle la piel entre las cintas.
—Gracias por tu regalo.
—¿Mi regalo?
—Tu cuerpo, seductoramente envuelto, sólo para mis ojos. —La miró de arriba abajo hasta llegar a sus pies—. Y gracias por los zapatos. Después de un día tan largo, deben de dolerte los pies.
—No me había dado cuenta.
—¿Cómo es posible?
—Porque en lo único que puedo pensar es en hacerte el amor.
—Llevo días sin pensar en nada más. Meses. —Inspirando hondo, le acarició los brazos arriba y abajo—. Soy el único hombre que te ha visto desnuda en toda tu gloria y que conoce los sonidos que haces cuando el placer se apodera de ti. Tu cuerpo me reconoce, Julianne. Conoce mi tacto.
Deshizo el primer lazo, empezando por la parte de abajo. Las cintas de raso se deslizaban por sus dedos temblorosos.
—¿Estás nerviosa? —La sujetó por la barbilla y le hizo volver la cara de perfil.
—Ha pasado mucho tiempo.
—Nos lo tomaremos con calma. Las actividades más... vigorosas ya vendrán luego, cuando nuestros cuerpos hayan tenido tiempo para reconocerse.
Gabriel señaló una pared desnuda con la nariz y Julia sintió que le aumentaba la temperatura.
Lentamente, él acabó de desatar todas las cintas, dejándole la espalda al descubierto. Apoyándole las manos en los hombros, se la acarició de arriba abajo varias veces con las manos abiertas.
—Ardo de deseo por ti. Llevo meses esperando para llevarte a la cama.
Agarrándola por los hombros, la volvió y, sin previo aviso, le quitó el camisón, dejando caer los tirantes a lado y lado. Con la vista, Gabriel siguió la caída de la prenda, hasta que quedó convertida en un charco de seda color vino a sus pies.
Julia estaba desnuda ante él, con los brazos a los costados.
—Magnífica —murmuró, devorando con los ojos cada centímetro de su piel.
Demasiada lentitud para ella, que harta de ser el centro de atención, acabó de desabrocharle los botones de la camisa y se la quitó. Tras besarle el tatuaje, le mordisqueó los pectorales antes de despojarlo de los pantalones.
Pronto Gabriel estuvo tan desnudo como ella, sin ninguna prenda de ropa tras la que ocultar su erección. Se inclinó hacia Julia para besarla, pero ella lo detuvo.
Con manos ávidas, le acarició el pelo antes de descender por la cara y explorarle el cuerpo con dedos y los labios. Nada se libró de su exploración: la cara, la boca, la
mandíbula, los hombros, el pecho, los abdominales, los brazos, las piernas y...
Gabriel le sujetó la muñeca un instante antes de que Julia pudiera rodearle el miembro con la mano. Tiró de ella, pegándola a su cuerpo y empezó a susurrar palabras dulces contra sus labios. Eran palabras de devoción en italiano, que Julia pronto reconoció, ya que habían salido de la pluma de Dante.
Cogiéndola en brazos, la depositó sentada sobre la cama, grande, con dosel. Una vez Julia estuvo en el borde de la misma, Gabriel se arrodilló ante ella.
—¿Por dónde empiezo? —preguntó, con los ojos turbios de pasión, mientras le acariciaba el vientre y los muslos—. Dímelo.
Julia inspiró hondo y negó con la cabeza.
—¿Empiezo por aquí?
Gabriel se inclinó y le rozó los labios suavemente con la lengua.
—¿O por aquí?
Le acarició los pechos antes de llevárselos a la boca, lamiéndolos y torturándolos con sus caricias.
Cerrando los ojos, Julia contuvo la respiración.
—¿Preferirías que empezara por aquí? —Le resiguió el ombligo con un dedo antes de cubrirle el vientre de besos.
Ella gimió y lo agarró con fuerza del pelo.
—Sólo te quiero a ti.
—Entonces, tómame.
Julia lo besó y Gabriel respondió disfrutando de su boca lánguidamente. Cuando notó que el pulso de ella se aceleraba, le cogió un pie y le quitó el zapato.
—¿No quieres que me los deje puestos? Los compré especialmente para esta noche.
—Dejémoslos para luego, para cuando estrenemos la pared —respondió él, con voz ronca.
Tras quitarle los zapatos, dedicó unos instantes a masajearle cada pie, dedicando especial atención a los arcos. Luego la empujó hacia el centro de la cama y se tumbó a su lado.
—¿Confías en mí?
—Sí.
La besó dulcemente en los labios.
—Llevo mucho tiempo esperando oírte decir eso, sabiendo que es cierto.
—Claro que es cierto. El pasado, pasado está.
—En ese caso, recuperemos el tiempo perdido.
Con infinita ternura, Gabriel usó las manos para acariciarla y excitarla con caricias expertas y apasionadas. Su boca se unió al sensual asalto, mordisqueando y succionando al ritmo de sus suspiros. Se sentía el corazón henchido de satisfacción al oír sus exclamaciones de placer y ver cómo se sacudía de un lado a otro por efecto de sus caricias.
Cuando ella le acarició la espalda y le apretó las nalgas con las manos, Gabriel la cubrió con su cuerpo.
Mirándola a los ojos, le susurró versos del Cantar de los Cantares:
—¡Amada mía, qué hermosa eres! Palomas son tus ojos... tus labios, un hilo escarlata, tu boca es tan bella...
Julia lo interrumpió con un beso.
—No me hagas esperar.
—¿Me estás invitando a entrar en tu cuerpo?
Sintiendo que la recorría una oleada de calor, ella asintió. —Mi esposo.
—Mi ángel de ojos castaños.
La lengua de Gabriel se entrelazó con la de ella mientras sus cuerpos se convertían en uno, fundiéndose, ahogando sus suspiros y gemidos en la boca del otro.
Gabriel fue despacio al principio, como olas rompiendo contra la orilla en un día tranquilo. No tenía prisa. Quería que aquella experiencia durara para siempre, ya que, mientras miraba los ojos llenos de amor de su esposa, se dio cuenta de que sus anteriores experiencias, por muy excitantes que hubieran sido, palidecían comparadas con la sublime conexión que estaban viviendo.
Julia era carne de su carne. Era su esposa y su alma gemela y lo único que Gabriel deseaba en la vida era hacerla feliz. La adoración que sentía por ella lo consumía.
Con un dedo, Julia le acarició las cejas, que se le habían fruncido de concentración.
—Me encanta esa expresión —comentó ella.
—¿Qué expresión?
—Los ojos cerrados, el cejo fruncido, los labios apretados... Sólo la tienes cuando estás a punto de... llegar.
Él abrió los ojos y ella vio que le brillaban, traviesos.
—¿Ah, sí, señora Emerson?
—La echaba de menos. Es una expresión muy sexy.
—Me halagas. —Gabriel sonaba tímido.
—Me gustaría tener un cuadro o una fotografía de tu cara en esos momentos.
Él frunció el cejo, juguetón.
—Una fotografía como ésa sería un escándalo.
Julia se echó a reír.
—Dice el hombre que tenía su dormitorio decorado con fotografías de sí mismo, desnudo.
—Los únicos desnudos que me interesan a partir de ahora son los de mi exquisita esposa.
Incrementó el ritmo de las embestidas, tomándola por sorpresa.
Julia gimió de placer y él enterró la cara en su cuello.
—Eres tan tentadora... Tu pelo, tu piel... son irresistibles.
—Tu amor me hace hermosa.
—Pues déjame que te ame siempre.
Ella arqueó la espalda.
—Sí, ámame siempre. Por favor.
Gabriel aceleró el ritmo, besándole el cuello y succionándoselo con delicadeza.
Julia respondió agarrándolo con fuerza por las caderas, apretándolo contra su cuerpo.
—Abre los ojos —jadeó él, moviéndose aún más de prisa.
Al hacerlo, Julia vio que los de su esposo la miraban con pasión, pero también con amor sincero.
—Te quiero —dijo ella, antes de cerrar los ojos de nuevo, cuando las sensaciones fueron demasiado intensas.
Gabriel volvió a fruncir las cejas, pero esta vez logró mantener los ojos abiertos.
—Te quiero —susurró, repitiendo las palabras con cada movimiento, con cada roce de la piel sobre la piel, hasta que ambos estuvieron quietos y saciados.
—Creo que te debo algo.
—¿Ah, sí? —preguntó Julia entre risas—. ¿De qué se trata?
Él la abrazó desde atrás.
—Sexo de reconciliación —le musitó al oído.
El sugerente susurro la hizo estremecer.
Gabriel le acarició los brazos.
—¿Tienes frío?
—No, no es frío. Es excitación.
—Excelente. —Le echó el pelo a un lado y empezó a cubrirle el cuello de besos—. Para tu información, tengo que hacerme perdonar un montón de cosas. Me temo que me va a llevar toda la noche.
—¿Toda la noche? —repitió ella, con voz ronca.
—Eso me temo. Y a lo mejor me ocupa también parte de la mañana.
Julia empezó a derretirse entre sus brazos. Gabriel siguió besándole el cuello y descendiendo hasta el hombro antes de apartarse.
—Mientras te preparas para acostarte, quiero que pienses en todas las maneras en las que voy a darte placer esta noche. —Le guiñó un ojo, acariciándole el cuello de arriba abajo con un dedo antes de soltarla.
Julia sacó sus cosas de la maleta y desapareció en el cuarto de baño. Cuando había ido a comprar lo que se iba a poner en su noche de bodas, se había sentido insegura. ¿Qué podía comprar que él no hubiera visto ya?
En una diminuta tienda de la calle Newbury, encontró exactamente lo que buscaba. Un camisón largo de seda, muy escotado y de color rojo intenso, como el Merlot. Lo que la acabó de decidir fue la espalda, adornada con cintas que se entrecruzaban, dejándosela al descubierto hasta niveles casi indecentes. Lo eligió sabiendo que a Gabriel le encantaría deshacer las cintas. Le gustaba desarmarla, en todos los sentidos.
Se dejó el pelo recogido y se puso una pizca de brillo en los labios antes de calzarse los zapatos de tacón negros que había comprado para la luna de miel.
Al abrir la puerta del baño, se encontró a Gabriel esperándola.
El dormitorio estaba iluminado por la suave luz de las velas, olía a sándalo y no faltaba la música. La canción que sonaba no formaba parte de la lista de reproducción que habían escuchado durante su anterior visita, pero también le gustaba.
Él se acercó. Seguía llevando los pantalones y la camisa blanca, pero se la había desabrochado casi hasta la cintura y se había quitado los zapatos y los calcetines. Le ofreció la mano y ella la aceptó, uniéndose a él en un abrazo.
—Eres exquisita —susurró, acariciándole la espalda con las manos temblorosas de deseo—. Casi me había olvidado de lo preciosa que eres a la luz de las velas. Casi, pero no del todo.
Ella sonrió, con la cara pegada a su pecho.
—¿Puedo? —preguntó Gabriel, señalando su pelo recogido y ella asintió.
Un hombre corriente le habría quitado todas las horquillas a la vez,
apresuradamente, siempre y cuando hubiera sido capaz de encontrarlas, pero él no era un hombre corriente.
Muy lentamente, le pasó sus largos dedos por el pelo hasta que encontró una horquilla. Se la quitó con delicadeza, liberando un mechón. Y luego repitió el proceso hasta que toda su cabellera cayó como olas del mar sobre sus hombros pálidos. A esas alturas, el cuerpo de Julia vibraba de deseo.
Sujetándole la cara entre las manos, Gabriel la miró fijamente a los ojos.
—Dime lo que deseas. La noche es tuya. Puedes ordenarme lo que quieras.
—No quiero ordenarte nada —respondió ella, besándolo en los labios—. Sólo quiero que me demuestres que me amas.
—Julianne, te quiero con los cuatro tipos de amor. Pero esta noche es una celebración del eros.
Le cubrió los hombros de ardientes besos antes de ponerse a su espalda y acariciarle la piel entre las cintas.
—Gracias por tu regalo.
—¿Mi regalo?
—Tu cuerpo, seductoramente envuelto, sólo para mis ojos. —La miró de arriba abajo hasta llegar a sus pies—. Y gracias por los zapatos. Después de un día tan largo, deben de dolerte los pies.
—No me había dado cuenta.
—¿Cómo es posible?
—Porque en lo único que puedo pensar es en hacerte el amor.
—Llevo días sin pensar en nada más. Meses. —Inspirando hondo, le acarició los brazos arriba y abajo—. Soy el único hombre que te ha visto desnuda en toda tu gloria y que conoce los sonidos que haces cuando el placer se apodera de ti. Tu cuerpo me reconoce, Julianne. Conoce mi tacto.
Deshizo el primer lazo, empezando por la parte de abajo. Las cintas de raso se deslizaban por sus dedos temblorosos.
—¿Estás nerviosa? —La sujetó por la barbilla y le hizo volver la cara de perfil.
—Ha pasado mucho tiempo.
—Nos lo tomaremos con calma. Las actividades más... vigorosas ya vendrán luego, cuando nuestros cuerpos hayan tenido tiempo para reconocerse.
Gabriel señaló una pared desnuda con la nariz y Julia sintió que le aumentaba la temperatura.
Lentamente, él acabó de desatar todas las cintas, dejándole la espalda al descubierto. Apoyándole las manos en los hombros, se la acarició de arriba abajo varias veces con las manos abiertas.
—Ardo de deseo por ti. Llevo meses esperando para llevarte a la cama.
Agarrándola por los hombros, la volvió y, sin previo aviso, le quitó el camisón, dejando caer los tirantes a lado y lado. Con la vista, Gabriel siguió la caída de la prenda, hasta que quedó convertida en un charco de seda color vino a sus pies.
Julia estaba desnuda ante él, con los brazos a los costados.
—Magnífica —murmuró, devorando con los ojos cada centímetro de su piel.
Demasiada lentitud para ella, que harta de ser el centro de atención, acabó de desabrocharle los botones de la camisa y se la quitó. Tras besarle el tatuaje, le mordisqueó los pectorales antes de despojarlo de los pantalones.
Pronto Gabriel estuvo tan desnudo como ella, sin ninguna prenda de ropa tras la que ocultar su erección. Se inclinó hacia Julia para besarla, pero ella lo detuvo.
Con manos ávidas, le acarició el pelo antes de descender por la cara y explorarle el cuerpo con dedos y los labios. Nada se libró de su exploración: la cara, la boca, la
mandíbula, los hombros, el pecho, los abdominales, los brazos, las piernas y...
Gabriel le sujetó la muñeca un instante antes de que Julia pudiera rodearle el miembro con la mano. Tiró de ella, pegándola a su cuerpo y empezó a susurrar palabras dulces contra sus labios. Eran palabras de devoción en italiano, que Julia pronto reconoció, ya que habían salido de la pluma de Dante.
Cogiéndola en brazos, la depositó sentada sobre la cama, grande, con dosel. Una vez Julia estuvo en el borde de la misma, Gabriel se arrodilló ante ella.
—¿Por dónde empiezo? —preguntó, con los ojos turbios de pasión, mientras le acariciaba el vientre y los muslos—. Dímelo.
Julia inspiró hondo y negó con la cabeza.
—¿Empiezo por aquí?
Gabriel se inclinó y le rozó los labios suavemente con la lengua.
—¿O por aquí?
Le acarició los pechos antes de llevárselos a la boca, lamiéndolos y torturándolos con sus caricias.
Cerrando los ojos, Julia contuvo la respiración.
—¿Preferirías que empezara por aquí? —Le resiguió el ombligo con un dedo antes de cubrirle el vientre de besos.
Ella gimió y lo agarró con fuerza del pelo.
—Sólo te quiero a ti.
—Entonces, tómame.
Julia lo besó y Gabriel respondió disfrutando de su boca lánguidamente. Cuando notó que el pulso de ella se aceleraba, le cogió un pie y le quitó el zapato.
—¿No quieres que me los deje puestos? Los compré especialmente para esta noche.
—Dejémoslos para luego, para cuando estrenemos la pared —respondió él, con voz ronca.
Tras quitarle los zapatos, dedicó unos instantes a masajearle cada pie, dedicando especial atención a los arcos. Luego la empujó hacia el centro de la cama y se tumbó a su lado.
—¿Confías en mí?
—Sí.
La besó dulcemente en los labios.
—Llevo mucho tiempo esperando oírte decir eso, sabiendo que es cierto.
—Claro que es cierto. El pasado, pasado está.
—En ese caso, recuperemos el tiempo perdido.
Con infinita ternura, Gabriel usó las manos para acariciarla y excitarla con caricias expertas y apasionadas. Su boca se unió al sensual asalto, mordisqueando y succionando al ritmo de sus suspiros. Se sentía el corazón henchido de satisfacción al oír sus exclamaciones de placer y ver cómo se sacudía de un lado a otro por efecto de sus caricias.
Cuando ella le acarició la espalda y le apretó las nalgas con las manos, Gabriel la cubrió con su cuerpo.
Mirándola a los ojos, le susurró versos del Cantar de los Cantares:
—¡Amada mía, qué hermosa eres! Palomas son tus ojos... tus labios, un hilo escarlata, tu boca es tan bella...
Julia lo interrumpió con un beso.
—No me hagas esperar.
—¿Me estás invitando a entrar en tu cuerpo?
Sintiendo que la recorría una oleada de calor, ella asintió. —Mi esposo.
—Mi ángel de ojos castaños.
La lengua de Gabriel se entrelazó con la de ella mientras sus cuerpos se convertían en uno, fundiéndose, ahogando sus suspiros y gemidos en la boca del otro.
Gabriel fue despacio al principio, como olas rompiendo contra la orilla en un día tranquilo. No tenía prisa. Quería que aquella experiencia durara para siempre, ya que, mientras miraba los ojos llenos de amor de su esposa, se dio cuenta de que sus anteriores experiencias, por muy excitantes que hubieran sido, palidecían comparadas con la sublime conexión que estaban viviendo.
Julia era carne de su carne. Era su esposa y su alma gemela y lo único que Gabriel deseaba en la vida era hacerla feliz. La adoración que sentía por ella lo consumía.
Con un dedo, Julia le acarició las cejas, que se le habían fruncido de concentración.
—Me encanta esa expresión —comentó ella.
—¿Qué expresión?
—Los ojos cerrados, el cejo fruncido, los labios apretados... Sólo la tienes cuando estás a punto de... llegar.
Él abrió los ojos y ella vio que le brillaban, traviesos.
—¿Ah, sí, señora Emerson?
—La echaba de menos. Es una expresión muy sexy.
—Me halagas. —Gabriel sonaba tímido.
—Me gustaría tener un cuadro o una fotografía de tu cara en esos momentos.
Él frunció el cejo, juguetón.
—Una fotografía como ésa sería un escándalo.
Julia se echó a reír.
—Dice el hombre que tenía su dormitorio decorado con fotografías de sí mismo, desnudo.
—Los únicos desnudos que me interesan a partir de ahora son los de mi exquisita esposa.
Incrementó el ritmo de las embestidas, tomándola por sorpresa.
Julia gimió de placer y él enterró la cara en su cuello.
—Eres tan tentadora... Tu pelo, tu piel... son irresistibles.
—Tu amor me hace hermosa.
—Pues déjame que te ame siempre.
Ella arqueó la espalda.
—Sí, ámame siempre. Por favor.
Gabriel aceleró el ritmo, besándole el cuello y succionándoselo con delicadeza.
Julia respondió agarrándolo con fuerza por las caderas, apretándolo contra su cuerpo.
—Abre los ojos —jadeó él, moviéndose aún más de prisa.
Al hacerlo, Julia vio que los de su esposo la miraban con pasión, pero también con amor sincero.
—Te quiero —dijo ella, antes de cerrar los ojos de nuevo, cuando las sensaciones fueron demasiado intensas.
Gabriel volvió a fruncir las cejas, pero esta vez logró mantener los ojos abiertos.
—Te quiero —susurró, repitiendo las palabras con cada movimiento, con cada roce de la piel sobre la piel, hasta que ambos estuvieron quietos y saciados.
Capitulo 56
Esa misma noche, vestidos ya con la ropa que habían elegido para emprender su luna de miel —un traje oscuro para Gabriel y un vestido lila para Julia—, viajaban en el coche con chófer que habían alquilado.
Cuando el vehículo se detuvo frente a una casa cercana a Todi, Julia vio que se trataba de la misma casa que Gabriel había alquilado cuando viajaron a Italia hacía poco más de un año.
—Nuestra casa —susurró ella, al darse cuenta.
—Sí. —Él le besó el dorso de la mano antes de ayudarla a bajar del coche. Y luego, levantándola del suelo, cruzó el umbral con ella en brazos.
»¿Te gusta que hayamos venido aquí? Pensé que te apetecería que pasáramos unos días tranquilos, pero si lo prefieres podemos ir a Venecia o a Roma. Iremos a donde tú quieras —dijo, dejándola en el suelo.
—Es perfecto. Me encanta que hayas pensado en este lugar.
Julia le rodeó el cuello con los brazos.
Un rato más tarde, Gabriel se separó un poco de ella.
—Voy a subir el equipaje. ¿Tienes hambre?
Ella se echó a reír.
—Si me ponen algo delante, me lo comeré.
—¿Por qué no vas a echar un vistazo a la cocina, a ver si encuentras algo tentador? En seguida me reuniré contigo.
—Lo único que podría tentarme —comentó Julia con una sonrisa traviesa— sería verte a ti sentado a la mesa de la cocina.
Sus sensuales palabras hicieron que Gabriel recordara su anterior visita a la casa, cuando habían usado aquella mesa varias veces y no precisamente para amasar pan. Con un gruñido ronco, subió el equipaje a toda prisa, como si alguien lo estuviera persiguiendo.
En la cocina, Julia comprobó que la despensa estaba totalmente equipada, igual que la nevera. Se echó a reír al ver varias botellas de zumo de arándanos alineadas sobre la encimera, como si la estuvieran esperando. Acababa de abrir una botella de Perrier y de preparar un plato con trozos de queso, cuando Gabriel regresó. Al entrar corriendo en la cocina, le pareció mucho más joven, casi un niño, con los ojos brillantes y una expresión radiante.
—Tiene un aspecto delicioso. Gracias —dijo, sentándose a su lado y echando una insinuante mirada hacia la mesa—. Aunque creo que prefiero usar la cama las primeras veces.
Julia se ruborizó.
—Esta mesa me trae muy buenos recuerdos.
—A mí también, pero tenemos todo el tiempo del mundo para fabricar nuevos recuerdos. Algunos incluso mejores. —La miró con deseo.
Ella sintió un cosquilleo en el vientre.
—¿La boda ha sido tal como te la imaginabas? —preguntó él, ansioso, mientras llenaba dos vasos de agua.
—Mucho mejor. La misa, la música... casarnos en la basílica ha sido increíble. Se siente una paz tan especial allí...
Gabriel asintió. Sabía a qué se refería.
—Me alegro de que sólo invitáramos a la familia y a los amigos más íntimos. Siento no haber podido hablar más rato con Katherine Picton, pero he visto que tú bailabas con ella. ¡Dos veces! —Julia se hizo la ofendida.
Él le siguió la broma, alzando las cejas.
—¿De verdad he bailado con ella dos veces? Es impresionante para una septuagenaria. ¿Cómo habrá podido seguirme el ritmo?
Julia puso los ojos en blanco. Gabriel era único usando palabras que nadie más usaba.
—Tú has bailado dos veces con Richard, señora Emerson. Supongo que estamos empatados.
—Ahora es mi padre también. Y es un excelente bailarín. Muy elegante.
—¿Mejor que yo? —Gabriel fingió estar celoso.
—Nadie es mejor que tú, querido. —Julia se inclinó sobre él para borrarle el falso enfado con un beso—. ¿Crees que volverá a casarse alguna vez?
—No.
—¿Por qué no?
Él le cogió la mano y le acarició los nudillos uno a uno.
—Porque Grace era su Beatriz. Cuando has conocido un amor como ése, cualquier otro parece una sombra del original. —Sonrió con melancolía—. Curiosamente, en el libro favorito de Grace, A Severe Mercy, aparecía la misma idea. Sheldon Vanauken no volvió a casarse tras la muerte de su esposa.
»Dante perdió a Beatriz cuando ella tenía veinticuatro años y pasó el resto de su existencia llorando su muerte. Si yo te perdiera, me pasaría lo mismo. Nunca habrá nadie que ocupe tu lugar. Nunca —recalcó Gabriel, con una mirada fiera pero cariñosa al mismo tiempo.
—Me pregunto si mi padre volverá a casarse.
—¿Te molestaría que lo hiciera?
Ella se encogió de hombros.
—No. Tardaría un poco en acostumbrarme, supongo, pero no. Me alegro de que esté saliendo con alguien amable. Quiero que sea feliz. Me gustaría que pudiera envejecer al lado de alguien que lo trate bien.
—Yo quiero envejecer a tu lado —dijo Gabriel—. No cabe duda de que eres amable.
—Yo también quiero envejecer a tu lado.
Marido y mujer intercambiaron una mirada y siguieron comiendo en silencio. Cuando acabaron, Gabriel le tendió la mano.
—Todavía no te he dado los regalos de boda.
Al tomarle la mano, Julia le tocó el anillo.
—Pensaba que los regalos eran los anillos y las inscripciones que llevan: «Yo soy de mi Amado y mi Amado es mío».
—Hay más cosas. —Gabriel la llevó hasta la chimenea y se detuvo delante.
Al entrar en la casa, Julia no se había fijado en que habían cambiado el cuadro que colgaba sobre la repisa. Su lugar lo ocupaba ahora una impresionante pintura al óleo de un hombre y una mujer unidos en un abrazo apasionado.
Dio un paso adelante con la vista clavada en el cuadro, como hipnotizada.
La figura masculina y la femenina se estaban abrazando. El hombre estaba desnudo hasta la cintura y se lo veía ligeramente más abajo que la mujer, como si estuviera de rodillas, con la cabeza apoyada en el regazo de ella, que estaba inclinada hacia adelante, desnuda, a excepción de lo que parecía ser una sábana arrugada, agarrando con fuerza la espalda y el costado del hombre y apoyando la cabeza entre sus
omóplatos. Lo cierto era que costaba distinguir dónde empezaba el uno y terminaba el otro. Estaban tan unidos que formaban una especie de círculo. La necesidad y la desesperación eran tan evidentes que casi saltaban del lienzo. Parecía que la pareja acabara de reencontrarse tras una larga ausencia o como si acabaran de reconciliarse tras una discusión.
—Somos nosotros —susurró Julia, parpadeando sorprendida.
La cara del hombre quedaba parcialmente oculta, apoyada en el regazo de ella, la boca apretada contra su muslo, pero no cabía duda: era la cara de Gabriel. Igual que la cara de la mujer era la cara de Julia, vuelta hacia el espectador con los ojos cerrados de felicidad y una sonrisa tímida en los labios. Parecía feliz.
—¿Cómo lo has hecho?
Él se le acercó por detrás y le rodeó los hombros con los brazos.
—Yo posé para el cuadro y para tu parte, le di fotografías al artista.
—¿Fotografías?
Él la besó en el cuello.
—¿No reconoces esa postura? ¿Recuerdas las fotos que hicimos en Belice? Las de la mañana siguiente a la noche en que te pusiste el corsé por primera vez... Estabas tumbada en la cama y...
Ella abrió mucho los ojos al recordar el momento.
—¿Te gusta? —Gabriel sonaba extrañamente inseguro—. Quería algo... personal para celebrar nuestra boda.
—Me encanta. Sólo me ha sorprendido.
Él se relajó.
—Gracias. —Julia le cogió la mano y le dio un beso en la palma—. Es un regalo precioso.
—Me alegro de que te guste. Aún queda otra cosilla. —Acercándose a la repisa de la chimenea, cogió una manzana dorada que no era la primera vez que ella veía.
—¿Cómo ha llegado hasta aquí? —preguntó Julia con una sonrisa.
—Ábrela, señora Emerson.
Ella levantó la parte de arriba y dentro encontró una llave antigua.
—¿Una llave mágica? —preguntó, mirando a Gabriel sin comprender—. ¿Es la llave de algún jardín secreto? ¿Del armario que lleva a Narnia?
—Muy graciosa. Ven conmigo. —La agarró por la muñeca y no pudo resistir darle un largo beso en la parte interna, como si le costara separarse.
—¿Adónde vamos?
—Ya lo verás.
Salieron por la puerta principal y Gabriel la cerró tras ellos. Entonces se quedaron quietos en el porche, sumidos en la oscuridad que sólo rompían las luces de la fachada.
—Prueba la llave.
—¿Qué? ¿Aquí?
—Pruébala. —Gabriel se balanceó sobre los talones, sin poder ocultar su nerviosismo.
Julia metió la llave en la cerradura y la hizo girar. Oyó el clic y un segundo después la puerta se abrió.
—Gracias por aceptar ser mi esposa —susurró él—. Bienvenida a tu casa.
Ella lo miró, incrédula.
—Aquí fuimos felices —dijo Gabriel en voz baja—. Quería que tuviéramos un lugar donde poder refugiarnos de vez en cuando. Un lugar lleno de buenos recuerdos. —Acariciándole el brazo con suavidad, añadió—: Podemos venir a pasar las vacaciones cuando no vayamos a Selinsgrove. Incluso podrías venir aquí a escribir tu tesis si quisieras. Aunque no creo que pueda soportar estar apartado de ti ni un día más.
Julia lo besó, dándole las gracias una y otra vez por sus generosos regalos. Y allí permanecieron varios minutos, disfrutando del tacto del otro, con el pulso cada vez más acelerado.
Cuando el vehículo se detuvo frente a una casa cercana a Todi, Julia vio que se trataba de la misma casa que Gabriel había alquilado cuando viajaron a Italia hacía poco más de un año.
—Nuestra casa —susurró ella, al darse cuenta.
—Sí. —Él le besó el dorso de la mano antes de ayudarla a bajar del coche. Y luego, levantándola del suelo, cruzó el umbral con ella en brazos.
»¿Te gusta que hayamos venido aquí? Pensé que te apetecería que pasáramos unos días tranquilos, pero si lo prefieres podemos ir a Venecia o a Roma. Iremos a donde tú quieras —dijo, dejándola en el suelo.
—Es perfecto. Me encanta que hayas pensado en este lugar.
Julia le rodeó el cuello con los brazos.
Un rato más tarde, Gabriel se separó un poco de ella.
—Voy a subir el equipaje. ¿Tienes hambre?
Ella se echó a reír.
—Si me ponen algo delante, me lo comeré.
—¿Por qué no vas a echar un vistazo a la cocina, a ver si encuentras algo tentador? En seguida me reuniré contigo.
—Lo único que podría tentarme —comentó Julia con una sonrisa traviesa— sería verte a ti sentado a la mesa de la cocina.
Sus sensuales palabras hicieron que Gabriel recordara su anterior visita a la casa, cuando habían usado aquella mesa varias veces y no precisamente para amasar pan. Con un gruñido ronco, subió el equipaje a toda prisa, como si alguien lo estuviera persiguiendo.
En la cocina, Julia comprobó que la despensa estaba totalmente equipada, igual que la nevera. Se echó a reír al ver varias botellas de zumo de arándanos alineadas sobre la encimera, como si la estuvieran esperando. Acababa de abrir una botella de Perrier y de preparar un plato con trozos de queso, cuando Gabriel regresó. Al entrar corriendo en la cocina, le pareció mucho más joven, casi un niño, con los ojos brillantes y una expresión radiante.
—Tiene un aspecto delicioso. Gracias —dijo, sentándose a su lado y echando una insinuante mirada hacia la mesa—. Aunque creo que prefiero usar la cama las primeras veces.
Julia se ruborizó.
—Esta mesa me trae muy buenos recuerdos.
—A mí también, pero tenemos todo el tiempo del mundo para fabricar nuevos recuerdos. Algunos incluso mejores. —La miró con deseo.
Ella sintió un cosquilleo en el vientre.
—¿La boda ha sido tal como te la imaginabas? —preguntó él, ansioso, mientras llenaba dos vasos de agua.
—Mucho mejor. La misa, la música... casarnos en la basílica ha sido increíble. Se siente una paz tan especial allí...
Gabriel asintió. Sabía a qué se refería.
—Me alegro de que sólo invitáramos a la familia y a los amigos más íntimos. Siento no haber podido hablar más rato con Katherine Picton, pero he visto que tú bailabas con ella. ¡Dos veces! —Julia se hizo la ofendida.
Él le siguió la broma, alzando las cejas.
—¿De verdad he bailado con ella dos veces? Es impresionante para una septuagenaria. ¿Cómo habrá podido seguirme el ritmo?
Julia puso los ojos en blanco. Gabriel era único usando palabras que nadie más usaba.
—Tú has bailado dos veces con Richard, señora Emerson. Supongo que estamos empatados.
—Ahora es mi padre también. Y es un excelente bailarín. Muy elegante.
—¿Mejor que yo? —Gabriel fingió estar celoso.
—Nadie es mejor que tú, querido. —Julia se inclinó sobre él para borrarle el falso enfado con un beso—. ¿Crees que volverá a casarse alguna vez?
—No.
—¿Por qué no?
Él le cogió la mano y le acarició los nudillos uno a uno.
—Porque Grace era su Beatriz. Cuando has conocido un amor como ése, cualquier otro parece una sombra del original. —Sonrió con melancolía—. Curiosamente, en el libro favorito de Grace, A Severe Mercy, aparecía la misma idea. Sheldon Vanauken no volvió a casarse tras la muerte de su esposa.
»Dante perdió a Beatriz cuando ella tenía veinticuatro años y pasó el resto de su existencia llorando su muerte. Si yo te perdiera, me pasaría lo mismo. Nunca habrá nadie que ocupe tu lugar. Nunca —recalcó Gabriel, con una mirada fiera pero cariñosa al mismo tiempo.
—Me pregunto si mi padre volverá a casarse.
—¿Te molestaría que lo hiciera?
Ella se encogió de hombros.
—No. Tardaría un poco en acostumbrarme, supongo, pero no. Me alegro de que esté saliendo con alguien amable. Quiero que sea feliz. Me gustaría que pudiera envejecer al lado de alguien que lo trate bien.
—Yo quiero envejecer a tu lado —dijo Gabriel—. No cabe duda de que eres amable.
—Yo también quiero envejecer a tu lado.
Marido y mujer intercambiaron una mirada y siguieron comiendo en silencio. Cuando acabaron, Gabriel le tendió la mano.
—Todavía no te he dado los regalos de boda.
Al tomarle la mano, Julia le tocó el anillo.
—Pensaba que los regalos eran los anillos y las inscripciones que llevan: «Yo soy de mi Amado y mi Amado es mío».
—Hay más cosas. —Gabriel la llevó hasta la chimenea y se detuvo delante.
Al entrar en la casa, Julia no se había fijado en que habían cambiado el cuadro que colgaba sobre la repisa. Su lugar lo ocupaba ahora una impresionante pintura al óleo de un hombre y una mujer unidos en un abrazo apasionado.
Dio un paso adelante con la vista clavada en el cuadro, como hipnotizada.
La figura masculina y la femenina se estaban abrazando. El hombre estaba desnudo hasta la cintura y se lo veía ligeramente más abajo que la mujer, como si estuviera de rodillas, con la cabeza apoyada en el regazo de ella, que estaba inclinada hacia adelante, desnuda, a excepción de lo que parecía ser una sábana arrugada, agarrando con fuerza la espalda y el costado del hombre y apoyando la cabeza entre sus
omóplatos. Lo cierto era que costaba distinguir dónde empezaba el uno y terminaba el otro. Estaban tan unidos que formaban una especie de círculo. La necesidad y la desesperación eran tan evidentes que casi saltaban del lienzo. Parecía que la pareja acabara de reencontrarse tras una larga ausencia o como si acabaran de reconciliarse tras una discusión.
—Somos nosotros —susurró Julia, parpadeando sorprendida.
La cara del hombre quedaba parcialmente oculta, apoyada en el regazo de ella, la boca apretada contra su muslo, pero no cabía duda: era la cara de Gabriel. Igual que la cara de la mujer era la cara de Julia, vuelta hacia el espectador con los ojos cerrados de felicidad y una sonrisa tímida en los labios. Parecía feliz.
—¿Cómo lo has hecho?
Él se le acercó por detrás y le rodeó los hombros con los brazos.
—Yo posé para el cuadro y para tu parte, le di fotografías al artista.
—¿Fotografías?
Él la besó en el cuello.
—¿No reconoces esa postura? ¿Recuerdas las fotos que hicimos en Belice? Las de la mañana siguiente a la noche en que te pusiste el corsé por primera vez... Estabas tumbada en la cama y...
Ella abrió mucho los ojos al recordar el momento.
—¿Te gusta? —Gabriel sonaba extrañamente inseguro—. Quería algo... personal para celebrar nuestra boda.
—Me encanta. Sólo me ha sorprendido.
Él se relajó.
—Gracias. —Julia le cogió la mano y le dio un beso en la palma—. Es un regalo precioso.
—Me alegro de que te guste. Aún queda otra cosilla. —Acercándose a la repisa de la chimenea, cogió una manzana dorada que no era la primera vez que ella veía.
—¿Cómo ha llegado hasta aquí? —preguntó Julia con una sonrisa.
—Ábrela, señora Emerson.
Ella levantó la parte de arriba y dentro encontró una llave antigua.
—¿Una llave mágica? —preguntó, mirando a Gabriel sin comprender—. ¿Es la llave de algún jardín secreto? ¿Del armario que lleva a Narnia?
—Muy graciosa. Ven conmigo. —La agarró por la muñeca y no pudo resistir darle un largo beso en la parte interna, como si le costara separarse.
—¿Adónde vamos?
—Ya lo verás.
Salieron por la puerta principal y Gabriel la cerró tras ellos. Entonces se quedaron quietos en el porche, sumidos en la oscuridad que sólo rompían las luces de la fachada.
—Prueba la llave.
—¿Qué? ¿Aquí?
—Pruébala. —Gabriel se balanceó sobre los talones, sin poder ocultar su nerviosismo.
Julia metió la llave en la cerradura y la hizo girar. Oyó el clic y un segundo después la puerta se abrió.
—Gracias por aceptar ser mi esposa —susurró él—. Bienvenida a tu casa.
Ella lo miró, incrédula.
—Aquí fuimos felices —dijo Gabriel en voz baja—. Quería que tuviéramos un lugar donde poder refugiarnos de vez en cuando. Un lugar lleno de buenos recuerdos. —Acariciándole el brazo con suavidad, añadió—: Podemos venir a pasar las vacaciones cuando no vayamos a Selinsgrove. Incluso podrías venir aquí a escribir tu tesis si quisieras. Aunque no creo que pueda soportar estar apartado de ti ni un día más.
Julia lo besó, dándole las gracias una y otra vez por sus generosos regalos. Y allí permanecieron varios minutos, disfrutando del tacto del otro, con el pulso cada vez más acelerado.
Capitulo 55
El 21 de enero, Tom paseaba nervioso justo a la entrada de la basílica de Asís. Que su hija y sus damas de honor llegaran tarde no lo ayudaba a tranquilizarse. Se tiró una vez más de la pajarita para arreglársela y siguió esperando. En ese momento, una visión vestida de organza y cubierta de terciopelo blanco hizo su aparición como una nube radiante.
Tom se quedó sin habla.
—Papá —musitó Julia, acercándose a él con una sonrisa nerviosa.
Tammy y Rachel la ayudaron a quitarse la capa y a recolocarse la falda, desplegando la cola a su espalda. Luego, Christina, la organizadora de bodas que nunca se alejaba demasiado, les entregó a Rachel y a Tammy sus ramos, que eran una mezcla de lirios y rosas blancas, a conjunto con el color de los vestidos, de un lila intenso.
—Estás muy guapa —le dijo Tom finalmente, dándole un tímido beso a través del velo.
—Gracias. —Ruborizándose, Julia bajó la vista hasta su ramo, que consistía en dos docenas de rosas blancas y unas ramitas de acebo.
—¿Podéis darnos un minuto? —les preguntó Tom a las damas de honor.
—Por supuesto.
Christina se llevó a Rachel y a Tammy y las situó a la entrada de la basílica. Luego le indicó al organista que estaban a punto de hacer su entrada.
—Me gusta tu collar —dijo Tom, nervioso.
Julia se llevó la mano a las perlas que le adornaban el cuello.
—Era de Grace.
Tras tocarse los pendientes de diamantes, decidió que no hacía falta explicarle su origen.
—Me pregunto qué opinaría de que te casaras con su hijo.
—Quiero pensar que la haría feliz. Me gusta imaginarme que nos está mirando desde arriba, sonriendo.
Su padre asintió y se metió las manos en los bolsillos del esmoquin.
—Me alegro de que me pidieras que te llevara al altar.
Julia lo miró sorprendida.
—No iba a casarme sin ti, papá.
Él carraspeó, arrastrando los zapatos alquilados a un lado y a otro.
—No debí haberte hecho volver con Sharon. Tendrías que haberte quedado conmigo —dijo, con la voz rota.
—Papá —susurró Julia, empezando a llorar.
Él la abrazó con fuerza, tratando de decirle con su abrazo lo que no sabía decir con palabras.
—Te perdoné hace mucho tiempo. No hace falta que volvamos a hablar del tema. —Ella se separó para mirarlo a los ojos—. Me alegro de que estés aquí. Y me alegro de que seas mi padre.
—Jules. —Tom carraspeó otra vez para aclararse la voz—. Eres una buena chica.
Al volverse hacia el largo pasillo que llevaba al altar, Tom vio que Gabriel esperaba junto a su hermano y su cuñado. Los tres hombres iban vestidos con esmoquin de Armani negro y camisa blanca inmaculada. Aunque Gabriel quería que llevaran
pajarita, Scott y Aaron habían preferido ir con corbata, ya que, según ellos, las pajaritas eran cosa de viejos, miembros de las juventudes del Partido Republicano o profesores universitarios.
—¿Estás segura? Si tienes dudas, paro un taxi y nos volvemos a casa —preguntó.
Julia le apretó la mano.
—Estoy segura. Gabriel no es perfecto, pero es perfecto para mí. Somos el uno para el otro.
—Le dije que esperaba que cuidara de mi niña. Que si no estaba dispuesto a hacerlo, tendríamos un problema. Me contestó que si algún día dejaba de tratarte como a una reina, fuera a buscarlo y le pegara un tiro. —Tom sonrió—. Le dije que me parecía buena idea. ¿Estás lista?
Ella respiró hondo.
—Sí.
—Pues vamos allá. —Ofreciéndole el brazo, asintió con la cabeza para indicarles a las damas de honor que podían abrir la comitiva al sonido de la música de Johann Sebastian Bach.
Cuando Julia y Tom echaron a andar, la música cambió y empezó a sonar otra pieza del mismo compositor.
Gabriel captó la mirada de Julia desde la distancia y el rostro se le iluminó con una amplia sonrisa. El sol de enero se colaba por las puertas de la basílica, iluminando a la novia desde atrás. Parecía como si un halo de luz la rodeara.
Gabriel no podía parar de sonreír. Sonrió durante toda la ceremonia, incluso mientras juraba respetar a su esposa y durante la actuación de la soprano que interpretó Despertad, la voz nos llama, de Bach y Exultate, jubilate, de Mozart.
Tras la ceremonia, sujetó el velo de Julia con dedos temblorosos y se lo levantó despacio. Con los pulgares, le secó las lágrimas de felicidad que le rodaban por las mejillas, y la besó. Fue un beso suave y casto, pero lleno de promesas. Luego fueron a la parte inferior de la basílica para visitar la cripta.
No lo habían previsto, pero sin ponerse de acuerdo, se dieron la mano y se encontraron dirigiéndose a la tumba de san Francisco.
En aquel lugar tranquilo y oscuro donde Gabriel había tenido su inefable experiencia meses atrás, se arrodillaron y rezaron. Ambos dieron gracias, cada uno por tener al otro en su vida y por las numerosas bendiciones que habían recibido. Gabriel dio también las gracias por Maia y por Grace, por su padre y sus hermanos.
Cuando se levantó para encender una vela, ambos pidieron una última bendición. Un último pequeño milagro. Al acabar sus oraciones, una extraña paz se había adueñado de sus almas, envolviéndolas como una manta.
—No llores, dulce niña. —Gabriel le ofreció la mano a Julia para ayudarla a levantarse. Le secó las lágrimas antes de besarla—. Por favor, no llores.
—No puedo evitarlo. Soy tan feliz... —dijo ella, con los ojos brillantes y una sonrisa temblorosa—. Te quiero tanto...
—Yo siento lo mismo. No dejo de preguntarme cómo ha podido pasar. Cómo es posible que te reencontrara y te convenciera de que fueras mi esposa.
—El cielo nos sonrió.
Se puso de puntillas para besar a su esposo junto a la tumba de san Francisco sin ninguna vergüenza, porque sabía que las palabras que acababa de pronunciar eran verdad.
Tom se quedó sin habla.
—Papá —musitó Julia, acercándose a él con una sonrisa nerviosa.
Tammy y Rachel la ayudaron a quitarse la capa y a recolocarse la falda, desplegando la cola a su espalda. Luego, Christina, la organizadora de bodas que nunca se alejaba demasiado, les entregó a Rachel y a Tammy sus ramos, que eran una mezcla de lirios y rosas blancas, a conjunto con el color de los vestidos, de un lila intenso.
—Estás muy guapa —le dijo Tom finalmente, dándole un tímido beso a través del velo.
—Gracias. —Ruborizándose, Julia bajó la vista hasta su ramo, que consistía en dos docenas de rosas blancas y unas ramitas de acebo.
—¿Podéis darnos un minuto? —les preguntó Tom a las damas de honor.
—Por supuesto.
Christina se llevó a Rachel y a Tammy y las situó a la entrada de la basílica. Luego le indicó al organista que estaban a punto de hacer su entrada.
—Me gusta tu collar —dijo Tom, nervioso.
Julia se llevó la mano a las perlas que le adornaban el cuello.
—Era de Grace.
Tras tocarse los pendientes de diamantes, decidió que no hacía falta explicarle su origen.
—Me pregunto qué opinaría de que te casaras con su hijo.
—Quiero pensar que la haría feliz. Me gusta imaginarme que nos está mirando desde arriba, sonriendo.
Su padre asintió y se metió las manos en los bolsillos del esmoquin.
—Me alegro de que me pidieras que te llevara al altar.
Julia lo miró sorprendida.
—No iba a casarme sin ti, papá.
Él carraspeó, arrastrando los zapatos alquilados a un lado y a otro.
—No debí haberte hecho volver con Sharon. Tendrías que haberte quedado conmigo —dijo, con la voz rota.
—Papá —susurró Julia, empezando a llorar.
Él la abrazó con fuerza, tratando de decirle con su abrazo lo que no sabía decir con palabras.
—Te perdoné hace mucho tiempo. No hace falta que volvamos a hablar del tema. —Ella se separó para mirarlo a los ojos—. Me alegro de que estés aquí. Y me alegro de que seas mi padre.
—Jules. —Tom carraspeó otra vez para aclararse la voz—. Eres una buena chica.
Al volverse hacia el largo pasillo que llevaba al altar, Tom vio que Gabriel esperaba junto a su hermano y su cuñado. Los tres hombres iban vestidos con esmoquin de Armani negro y camisa blanca inmaculada. Aunque Gabriel quería que llevaran
pajarita, Scott y Aaron habían preferido ir con corbata, ya que, según ellos, las pajaritas eran cosa de viejos, miembros de las juventudes del Partido Republicano o profesores universitarios.
—¿Estás segura? Si tienes dudas, paro un taxi y nos volvemos a casa —preguntó.
Julia le apretó la mano.
—Estoy segura. Gabriel no es perfecto, pero es perfecto para mí. Somos el uno para el otro.
—Le dije que esperaba que cuidara de mi niña. Que si no estaba dispuesto a hacerlo, tendríamos un problema. Me contestó que si algún día dejaba de tratarte como a una reina, fuera a buscarlo y le pegara un tiro. —Tom sonrió—. Le dije que me parecía buena idea. ¿Estás lista?
Ella respiró hondo.
—Sí.
—Pues vamos allá. —Ofreciéndole el brazo, asintió con la cabeza para indicarles a las damas de honor que podían abrir la comitiva al sonido de la música de Johann Sebastian Bach.
Cuando Julia y Tom echaron a andar, la música cambió y empezó a sonar otra pieza del mismo compositor.
Gabriel captó la mirada de Julia desde la distancia y el rostro se le iluminó con una amplia sonrisa. El sol de enero se colaba por las puertas de la basílica, iluminando a la novia desde atrás. Parecía como si un halo de luz la rodeara.
Gabriel no podía parar de sonreír. Sonrió durante toda la ceremonia, incluso mientras juraba respetar a su esposa y durante la actuación de la soprano que interpretó Despertad, la voz nos llama, de Bach y Exultate, jubilate, de Mozart.
Tras la ceremonia, sujetó el velo de Julia con dedos temblorosos y se lo levantó despacio. Con los pulgares, le secó las lágrimas de felicidad que le rodaban por las mejillas, y la besó. Fue un beso suave y casto, pero lleno de promesas. Luego fueron a la parte inferior de la basílica para visitar la cripta.
No lo habían previsto, pero sin ponerse de acuerdo, se dieron la mano y se encontraron dirigiéndose a la tumba de san Francisco.
En aquel lugar tranquilo y oscuro donde Gabriel había tenido su inefable experiencia meses atrás, se arrodillaron y rezaron. Ambos dieron gracias, cada uno por tener al otro en su vida y por las numerosas bendiciones que habían recibido. Gabriel dio también las gracias por Maia y por Grace, por su padre y sus hermanos.
Cuando se levantó para encender una vela, ambos pidieron una última bendición. Un último pequeño milagro. Al acabar sus oraciones, una extraña paz se había adueñado de sus almas, envolviéndolas como una manta.
—No llores, dulce niña. —Gabriel le ofreció la mano a Julia para ayudarla a levantarse. Le secó las lágrimas antes de besarla—. Por favor, no llores.
—No puedo evitarlo. Soy tan feliz... —dijo ella, con los ojos brillantes y una sonrisa temblorosa—. Te quiero tanto...
—Yo siento lo mismo. No dejo de preguntarme cómo ha podido pasar. Cómo es posible que te reencontrara y te convenciera de que fueras mi esposa.
—El cielo nos sonrió.
Se puso de puntillas para besar a su esposo junto a la tumba de san Francisco sin ninguna vergüenza, porque sabía que las palabras que acababa de pronunciar eran verdad.
Capitulo 54
A pesar de que Tom había dado su bendición al enlace (a regañadientes, por supuesto), el conflicto surgió cuando la feliz pareja anunció dónde habían decidido casarse.
Los Clark estaban encantados de pasar una semana de vacaciones en Italia, pero Tom, que nunca había salido de Norteamérica, no estaba tan entusiasmado. Como padre de la novia, había pensado pagar el enlace de su única hija, aunque tuviera que hipotecar su nueva casa para hacerlo, pero Julia no quería ni oír hablar del tema.
Aunque la ceremonia sería íntima, los costes eran demasiado elevados para la economía de Tom. Y, para mayor humillación de éste, Gabriel estaba encantado de pagarlo todo. Para él era más importante que Julia tuviera la boda de sus sueños que tener al suegro contento.
Ella trató de mediar entre ambos hombres, señalando que había cosas que su padre podía pagar, como el vestido de novia o las flores.
A finales de noviembre, Julia vio el vestido perfecto en el escaparate de una elegante boutique de la calle Newbury de Boston. Era un vestido de seda de organza color marfil, con escote de pico y unas mangas minúsculas, que apenas cubrían los hombros. El talle estaba rodeado de encaje, y la falda, con mucho vuelo, formaba capas recordando a una nube.
Sin pensarlo, entró y pidió probárselo. La dependienta le alabó el gusto, diciéndole que los diseños de Monique Lhuillier eran muy populares.
Julia no había oído hablar nunca de la diseñadora. No miró el precio, porque el vestido no tenía etiqueta, pero al verse en el espejo, lo supo. Aquél era su vestido. Era precioso, clásico, y haría destacar su color de piel y su silueta. Sabía que a Gabriel le encantaría que dejara tanto trozo de espalda al descubierto. Sin caer en el mal gusto, por supuesto.
Se hizo una foto con el iPhone con él puesto y se la envió a su padre preguntándole qué le parecía. Éste respondió inmediatamente diciéndole que nunca había visto a una novia más hermosa.
Tom le pidió que le pasara el teléfono a la dependienta y, sin que Julia llegara a enterarse en ningún momento del precio del vestido, se puso de acuerdo con la mujer para el modo de pago. Saber que le estaba comprando a su hija el vestido de boda de sus sueños lo ayudó a superar el hecho de no poder pagar el resto.
Tras despedirse de su padre, Julia pasó varias horas más en la tienda, comprando hasta completar el traje. Entre otras cosas, eligió un velo que le llegaba casi hasta los tobillos, unos zapatos de raso, de tacón pero con los que pudiera caminar sin caerse, y una capa de terciopelo blanco para protegerse del frío de Asís en enero. Con todo bien empaquetado, se fue a casa.
Dos semanas antes de la boda, Tom llamó a Julia para hacerle una pregunta importante.
—Sé que enviasteis las invitaciones hace tiempo, pero ¿habría sitio para una persona más?
—Por supuesto —respondió ella, sorprendida—. ¿Me he olvidado de invitar a algún primo lejano?
—No exactamente.
—Entonces, ¿de quién se trata?
Él respiró hondo y contuvo el aliento.
—Papá, suéltalo de una vez. ¿A quién quieres que invite? —Julia cerró los ojos y rezó a los dioses de las hijas de padres sin pareja para que intercedieran por ella y no permitieran que Deb Lundy asistiera a su boda. O, peor aún, que volviera a salir con su padre.
—A Diane.
Ella abrió mucho los ojos.
—¿Qué Diane?
—Diane Stewart.
—¿La del restaurante Kinfolks?
—Exacto.
La concisa respuesta de su padre le dio a Julia toda la información que necesitaba.
Permaneció unos momentos en silencio, mientras se recuperaba de la impresión.
—Jules, ¿sigues ahí?
—Sí, estoy aquí. Claro... sí... por supuesto. La añado a la lista de invitados. ¿Podría decirse que es... esto... tu amiga especial?
Tom respondió al cabo de unos segundos...
—Sí, podría decirse.
—Ajá.
Su padre cortó la conversación en seguida y Julia se quedó mirando el teléfono, preguntándose qué plato combinado especial sería el responsable de aquel nuevo romance.
«El de pastel de carne seguro que no», pensó.
Los Clark estaban encantados de pasar una semana de vacaciones en Italia, pero Tom, que nunca había salido de Norteamérica, no estaba tan entusiasmado. Como padre de la novia, había pensado pagar el enlace de su única hija, aunque tuviera que hipotecar su nueva casa para hacerlo, pero Julia no quería ni oír hablar del tema.
Aunque la ceremonia sería íntima, los costes eran demasiado elevados para la economía de Tom. Y, para mayor humillación de éste, Gabriel estaba encantado de pagarlo todo. Para él era más importante que Julia tuviera la boda de sus sueños que tener al suegro contento.
Ella trató de mediar entre ambos hombres, señalando que había cosas que su padre podía pagar, como el vestido de novia o las flores.
A finales de noviembre, Julia vio el vestido perfecto en el escaparate de una elegante boutique de la calle Newbury de Boston. Era un vestido de seda de organza color marfil, con escote de pico y unas mangas minúsculas, que apenas cubrían los hombros. El talle estaba rodeado de encaje, y la falda, con mucho vuelo, formaba capas recordando a una nube.
Sin pensarlo, entró y pidió probárselo. La dependienta le alabó el gusto, diciéndole que los diseños de Monique Lhuillier eran muy populares.
Julia no había oído hablar nunca de la diseñadora. No miró el precio, porque el vestido no tenía etiqueta, pero al verse en el espejo, lo supo. Aquél era su vestido. Era precioso, clásico, y haría destacar su color de piel y su silueta. Sabía que a Gabriel le encantaría que dejara tanto trozo de espalda al descubierto. Sin caer en el mal gusto, por supuesto.
Se hizo una foto con el iPhone con él puesto y se la envió a su padre preguntándole qué le parecía. Éste respondió inmediatamente diciéndole que nunca había visto a una novia más hermosa.
Tom le pidió que le pasara el teléfono a la dependienta y, sin que Julia llegara a enterarse en ningún momento del precio del vestido, se puso de acuerdo con la mujer para el modo de pago. Saber que le estaba comprando a su hija el vestido de boda de sus sueños lo ayudó a superar el hecho de no poder pagar el resto.
Tras despedirse de su padre, Julia pasó varias horas más en la tienda, comprando hasta completar el traje. Entre otras cosas, eligió un velo que le llegaba casi hasta los tobillos, unos zapatos de raso, de tacón pero con los que pudiera caminar sin caerse, y una capa de terciopelo blanco para protegerse del frío de Asís en enero. Con todo bien empaquetado, se fue a casa.
Dos semanas antes de la boda, Tom llamó a Julia para hacerle una pregunta importante.
—Sé que enviasteis las invitaciones hace tiempo, pero ¿habría sitio para una persona más?
—Por supuesto —respondió ella, sorprendida—. ¿Me he olvidado de invitar a algún primo lejano?
—No exactamente.
—Entonces, ¿de quién se trata?
Él respiró hondo y contuvo el aliento.
—Papá, suéltalo de una vez. ¿A quién quieres que invite? —Julia cerró los ojos y rezó a los dioses de las hijas de padres sin pareja para que intercedieran por ella y no permitieran que Deb Lundy asistiera a su boda. O, peor aún, que volviera a salir con su padre.
—A Diane.
Ella abrió mucho los ojos.
—¿Qué Diane?
—Diane Stewart.
—¿La del restaurante Kinfolks?
—Exacto.
La concisa respuesta de su padre le dio a Julia toda la información que necesitaba.
Permaneció unos momentos en silencio, mientras se recuperaba de la impresión.
—Jules, ¿sigues ahí?
—Sí, estoy aquí. Claro... sí... por supuesto. La añado a la lista de invitados. ¿Podría decirse que es... esto... tu amiga especial?
Tom respondió al cabo de unos segundos...
—Sí, podría decirse.
—Ajá.
Su padre cortó la conversación en seguida y Julia se quedó mirando el teléfono, preguntándose qué plato combinado especial sería el responsable de aquel nuevo romance.
«El de pastel de carne seguro que no», pensó.
Capitulo 53
Unos días más tarde, Paul recibió un correo electrónico de Julia anunciándole su compromiso. Fue como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago. Leerlo una y otra vez no mejoró la situación, pero de todos modos lo hizo. No era que quisiera torturarse, pero necesitaba que su nuevo estatus le quedara indeleblemente grabado en la mente.
Querido Paul:
Espero que estés bien. Siento haber tardado tanto en responder a tu último mensaje. El doctorado es más puñetero de lo que pensaba y siempre pienso que no estoy al nivel de lo que me piden, pero me encanta. (Por cierto, gracias por recomendarme los libros de Ross King. No tengo mucho tiempo para leer estos días, pero lo sacaré de donde sea para leer La cúpula de Brunelleschi.)
Una de las razones por las que tengo poco tiempo para leer o hacer cualquier otra cosa es porque estoy prometida. Gabriel me pidió que me casara con él y le he dicho que sí. Queríamos casarnos cuanto antes, pero no hemos conseguido que nos hicieran hueco en la basílica de Asís hasta el veintiuno de enero. Gabriel tiene contactos entre los franciscanos; por eso hemos conseguido que nos dejen la basílica tan pronto.
Soy muy feliz. Me gustaría que fueras feliz por mí.
Enviaré la invitación a tu apartamento de Toronto. También invitaremos a Katherine Picton.
Si no puedes o no te apetece venir, lo entenderé, pero para mí es importante invitar a la gente que quiero. Gabriel ha alquilado una casa en Umbría para que los invitados puedan alojarse antes y después de la boda. Nos encantaría que vinieras. Sé que a mi padre le gustaría volver a verte.
Has sido el mejor de los amigos. Espero poder pagarte todo lo que has hecho por mí algún día.
Con afecto,
Julia
Posdata: Gabriel no quería que te lo mencionara, pero fue él quien convenció a la profesora Picton para que supervisara tu tesis. Gabriel no es tan malo como pensabas, ¿no crees?
La gratitud de Paul ante la generosidad de Gabriel no borró el dolor que sentía al saber que había perdido a Julia. Otra vez.
Sí, ya la había perdido anteriormente, pero antes del retorno de Gabriel había mantenido la esperanza de que ella cambiara de opinión, por muy remota que fuera esa posibilidad. Y saber que iba a casarse con él le dolía mucho más que si le hubiera dicho que se casaba con cualquier otro tipo llamado Gabriel. Como Gabriel el fontanero o Gabriel el instalador de cable.
Pocos días después, Julia recibió un paquete en su casillero de Harvard. Al ver que se lo enviaban desde Essex Junction, Vermont, lo abrió en seguida.
Paul le enviaba una edición especial de El conejo de terciopelo. Además de una dedicatoria en la guarda delantera que le llegó al corazón, había una carta en su interior.
Querida Julia:
Tus noticias me han dejado de piedra. Felicidades.
Gracias por invitarme a la boda, pero no podré ir. Mi padre sufrió un ataque al corazón hace unos días y está en el hospital. Yo estoy ayudando en la granja. (Por cierto, mi madre dice que te dé recuerdos. Te está haciendo algo como regalo de bodas. ¿Adónde quieres que lo envíe cuando esté terminado? No seguirás viviendo en el campus después de la boda, ¿no?)
Desde la primera vez que te vi, quise que fueras feliz. Que tuvieras más confianza en ti misma. Que tuvieras una buena vida. Te lo mereces y odiaría verte tirar esas cosas a la basura.
No me consideraría un buen amigo si no te preguntara si Emerson es lo que quieres en la vida. No deberías conformarte con nada que no sea lo mejor para ti. Si tienes la más mínima duda, no deberías casarte con él.
Te prometo que estoy tratando de actuar como un amigo y no como un gilipollas resentido.
Tuyo,
Paul
Julia dobló la carta con tristeza y la guardó dentro del libro.
Querido Paul:
Espero que estés bien. Siento haber tardado tanto en responder a tu último mensaje. El doctorado es más puñetero de lo que pensaba y siempre pienso que no estoy al nivel de lo que me piden, pero me encanta. (Por cierto, gracias por recomendarme los libros de Ross King. No tengo mucho tiempo para leer estos días, pero lo sacaré de donde sea para leer La cúpula de Brunelleschi.)
Una de las razones por las que tengo poco tiempo para leer o hacer cualquier otra cosa es porque estoy prometida. Gabriel me pidió que me casara con él y le he dicho que sí. Queríamos casarnos cuanto antes, pero no hemos conseguido que nos hicieran hueco en la basílica de Asís hasta el veintiuno de enero. Gabriel tiene contactos entre los franciscanos; por eso hemos conseguido que nos dejen la basílica tan pronto.
Soy muy feliz. Me gustaría que fueras feliz por mí.
Enviaré la invitación a tu apartamento de Toronto. También invitaremos a Katherine Picton.
Si no puedes o no te apetece venir, lo entenderé, pero para mí es importante invitar a la gente que quiero. Gabriel ha alquilado una casa en Umbría para que los invitados puedan alojarse antes y después de la boda. Nos encantaría que vinieras. Sé que a mi padre le gustaría volver a verte.
Has sido el mejor de los amigos. Espero poder pagarte todo lo que has hecho por mí algún día.
Con afecto,
Julia
Posdata: Gabriel no quería que te lo mencionara, pero fue él quien convenció a la profesora Picton para que supervisara tu tesis. Gabriel no es tan malo como pensabas, ¿no crees?
La gratitud de Paul ante la generosidad de Gabriel no borró el dolor que sentía al saber que había perdido a Julia. Otra vez.
Sí, ya la había perdido anteriormente, pero antes del retorno de Gabriel había mantenido la esperanza de que ella cambiara de opinión, por muy remota que fuera esa posibilidad. Y saber que iba a casarse con él le dolía mucho más que si le hubiera dicho que se casaba con cualquier otro tipo llamado Gabriel. Como Gabriel el fontanero o Gabriel el instalador de cable.
Pocos días después, Julia recibió un paquete en su casillero de Harvard. Al ver que se lo enviaban desde Essex Junction, Vermont, lo abrió en seguida.
Paul le enviaba una edición especial de El conejo de terciopelo. Además de una dedicatoria en la guarda delantera que le llegó al corazón, había una carta en su interior.
Querida Julia:
Tus noticias me han dejado de piedra. Felicidades.
Gracias por invitarme a la boda, pero no podré ir. Mi padre sufrió un ataque al corazón hace unos días y está en el hospital. Yo estoy ayudando en la granja. (Por cierto, mi madre dice que te dé recuerdos. Te está haciendo algo como regalo de bodas. ¿Adónde quieres que lo envíe cuando esté terminado? No seguirás viviendo en el campus después de la boda, ¿no?)
Desde la primera vez que te vi, quise que fueras feliz. Que tuvieras más confianza en ti misma. Que tuvieras una buena vida. Te lo mereces y odiaría verte tirar esas cosas a la basura.
No me consideraría un buen amigo si no te preguntara si Emerson es lo que quieres en la vida. No deberías conformarte con nada que no sea lo mejor para ti. Si tienes la más mínima duda, no deberías casarte con él.
Te prometo que estoy tratando de actuar como un amigo y no como un gilipollas resentido.
Tuyo,
Paul
Julia dobló la carta con tristeza y la guardó dentro del libro.
CAPITULO 52
Tras la cena, Tammy y Scott recogieron la cocina mientras Rachel y Aaron practicaban sus habilidades paternales con Quinn. En el porche, Richard y Tom fumaban puros y bebían whisky, mientras la vieja señora Bancroft sacaba cosas de su garaje y se adentraba en el bosque. Richard miró a Tom de reojo y ambos hombres brindaron con una sonrisa cómplice.
Dentro de la casa, Gabriel cogió a Julia de la mano y la llevó al piso de arriba.
—Abrígate bien —le dijo al entrar en la habitación de ella—. Vamos a dar un paseo.
—No hace frío —protestó Julia, pero eligió una vieja rebeca de cachemira de Gabriel.
Éste se había librado de casi todas ellas cuando ella le había comentado que lo hacían parecer un abuelo.
(O un presentador de informativos de la televisión pública.)
Al oírselo decir, a Gabriel le había faltado tiempo para donarlas al Ejército de Salvación, con excepción de un par de ellas, que Julia había rescatado.
—No quiero que te enfríes —insistió él, tirándole de la chaqueta, juguetón.
—Ya te tengo a ti para que me mantengas caliente —replicó ella, guiñándole un ojo.
Tras enroscarle la bufanda del Magdalen College alrededor del cuello, bajaron a la cocina para salir por la puerta trasera.
—¿A dar un paseo, Emerson? —los sorprendió la voz de Tom.
—Con su permiso, señor Mitchell.
El padre de Julia dio unos golpecitos a la navaja suiza que llevaba en el bolsillo.
—Si la haces llorar, te arrancaré las tripas.
—Cuidaré de ella. Se lo prometo. Y si la hago llorar, le secaré las lágrimas.
Tom resopló y murmuró algo entre dientes.
—¿Qué pasa? —preguntó Julia—. ¿Qué problema hay?
—Nada. Gabriel va a acompañarte a dar un paseo, con mi bendición —respondió su padre, tratando de no fruncir el cejo.
—Y con la mía —añadió Richard, divertido.
—Me parece que ya habéis bebido bastante whisky —bromeó Julia y siguió a Gabriel al bosque, negando con la cabeza.
—¿De qué va esto? —le preguntó, mientras paseaban de la mano en dirección al viejo huerto de manzanos.
—En seguida lo verás. —Gabriel le besó la cabeza antes de acelerar el paso—. Hueles a vainilla —le dijo sonriendo.
—Me he hartado de la lavanda.
—Yo también.
Poco después llegaron a la linde del huerto. A pesar de que el bosque era espeso en aquella zona, Julia vio que había luz.
—¿Qué es eso?
—Ven a descubrirlo —contestó Gabriel, guiándola entre los árboles.
Había pequeñas lámparas blancas colgando de las ramas y otras desperdigadas por el suelo, aunque ella se fijó en que la llama que desprendían era falsa, para evitar el riesgo de incendios. A la suave luz de las lamparitas que iluminaban los viejos y 265
retorcidos árboles, se veía una tienda blanca. Dentro había un banco, una manta que le resultó familiar y varios cojines.
—Oh, Gabriel —susurró.
Él la llevó hasta el interior de la tienda y la invitó a sentarse.
—No tenías que haberte tomado tantas molestias. Habría sido igual de feliz sentada en el suelo con la vieja manta.
—Me gusta malcriarte. —Gabriel la estaba mirando con tanta intensidad, que Julia se olvidó de respirar—. ¿Te apetece beber algo?
Se acercó a una mesita baja, donde alguien había dejado una cubitera y dos copas altas. Cuando Julia asintió, él abrió la botella con facilidad y sirvió la bebida en las copas.
—¿Brindamos? —propuso, volviendo a su lado.
—Por supuesto. —Julia miró la copa de Gabriel con desconfianza—. Aunque podemos beber otra cosa.
—Sólo tomaré un traguito. Por Julianne, mi amada —brindó, alzando su copa.
—Creo que deberíamos brindar por nosotros.
—Eso también. Por nosotros. —Con una sonrisa, Gabriel volvió a alzar la copa, antes de hacerla chocar con la de ella.
—¿Cómo has montado todo esto? Debes haber tardado varias horas —se maravilló Julia, mirando a su alrededor.
—El anciano señor Bancroft se encarga del cuidado de la casa y las tierras mientras estoy fuera. Le pedí que se ocupara de todo mientras cenábamos. ¿Puedo? —Alargando la mano hacia un cuenco lleno de fresas, eligió la más grande y más madura y se la ofreció.
Acercándosela a los labios, sonrió al ver que ella se comía la mitad de un bocado.
—Ya verás. Las fresas y el champán casan de maravilla.
Julia se echó a reír cuando parte del zumo de la fresa le resbaló por la barbilla. Trató de secárselo con los dedos, pero Gabriel fue más rápido. Acariciándole los labios y el mentón con el pulgar, se llevó todo el zumo y se lo bebió.
—Delicioso —murmuró.
Tras repetir el proceso varias veces, Julia empezó a marearse. La sensualidad de Gabriel, incluso cuando se contenía, era embriagadora.
Ella le ofreció a su vez una fresa y, cuando él la mordió, se llevó su dedo a sus labios y la sorprendió succionándoselo con avidez.
—Dulce como el caramelo —dijo, con voz ronca.
Se sentó entonces en el banco y le tendió la mano, invitándola a sentarse a su lado. Cuando ella así lo hizo, Gabriel la rodeó con el brazo mientras, con la otra mano le acariciaba el labio inferior.
—¿Tienes idea de cómo me afectas? El color de tus mejillas, el calor de tu piel, el latido de tu corazón... —Negó con la cabeza—. Me faltan palabras para describirlo.
Julia se desabrochó la chaqueta y colocó la mano de Gabriel sobre su corazón.
—Siente cómo late. Late así por ti, Gabriel.
Él bajó la vista hacia su mano.
—Espero seguir provocándote este efecto el resto de mi vida.
Y le capturó los labios en un beso apasionado, antes de retirar la mano para sujetarla por la mejilla.
—Te he traído aquí porque aquí es donde empezó todo. Aquella noche cambiaste mi vida. Nunca podré agradecértelo lo suficiente.
—No necesito tu agradecimiento. Tu amor me basta.
Él la besó con dulzura.
—¿De dónde viene la música? —Julia miró a su alrededor, buscando un equipo de música, pero no lo encontró.
—El señor Bancroft se ha encargado de todo.
—Es precioso.
—No tanto como tú. Desde que te conocí, la belleza entró en mi vida. —La abrazó con más fuerza—. Aún no puedo creerme que te tenga entre mis brazos después de todos estos años y que me quieras.
—Siempre te he querido, Gabriel. Incluso cuando no me reconocías. —Julia le apoyó la cara en el pecho mientras él canturreaba, siguiendo la canción.
Cuando la canción acabó y empezó otra, él le susurró al oído:
—Tengo un regalo para ti.
—No quiero regalos. Sólo bésame.
—Te cubriré de besos cuando me dejes darte el regalo.
Sacándose algo del bolsillo de la chaqueta, se lo ofreció. Era un anuncio escrito en italiano sobre una tarjeta de cartón de calidad.
—¿Qué es esto? —Julia alzó los ojos, ilusionados, hacia él.
—Léelo —la animó Gabriel, con sus ojos igual de brillantes.
Era una invitación de la galería de los Uffizi, en Florencia, para la inauguración de una exposición exclusiva de una colección de grabados de Botticelli de la Divina Comedia de Dante, algunos de los cuales no habían sido expuestos anteriormente. El anuncio detallaba que la exposición era posible gracias al préstamo del profesor Gabriel Emerson en honor de su prometida, la señorita Julianne Mitchell.
Ella lo miró con los ojos muy abiertos.
—¡Gabriel, tus grabados, no me lo puedo creer!
—La felicidad me ha vuelto generoso.
—Pero ¿qué pasará con las cuestiones legales? ¿Cómo demostrarás que los adquiriste de manera legal?
—Mi abogado ha contratado a un equipo de expertos que va a rastrear su origen, que se pierde a finales del siglo diecinueve. Tras esa fecha, nadie sabe qué pasó con ellos. Dado que fueron pasando de colección privada en colección privada, nadie puede discutirme que soy su legítimo dueño. Pero ahora quiero compartirlos con el mundo.
—Es maravilloso. —Julia se ruborizó y miró al suelo—. Pero mi nombre no debería ir unido a la exposición. Los grabados son tuyos.
—Si no fuera por ti no los estaría compartiendo.
Ella levantó la mano para acariciarle la mejilla.
—Gracias. Lo que estás haciendo es muy generoso. Siempre pensé que esas imágenes deberían estar al alcance de todo el mundo que quisiera disfrutar de ellas.
—Tú me has enseñado a no ser egoísta.
Julia se acercó más y lo besó ávidamente en los labios.
—Y tú me has enseñado a aceptar regalos.
—Entonces, hacemos buena pareja. —Carraspeando, Gabriel le apartó un mechón de pelo de la cara—. ¿Me acompañarás a la exposición? Podemos ir en verano. Al dottore Vitali le gustaría dar una recepción en nuestro honor, parecida a la que ofreció el año pasado, cuando fui a dar la conferencia.
—Por supuesto que te acompañaré.
—Bien. Tal vez podamos encontrar un rincón privado en el museo para...
—Nada me gustaría más, profesor. —Julia le guiñó un ojo.
Él se tiró del cuello de la camisa.
—¿Quieres que nos casemos en Florencia el verano que viene? Podríamos hacer
coincidir la boda con la visita a la exposición.
—No.
Gabriel bajó la vista, decepcionado.
—Falta mucho para el verano que viene. ¿Por qué no el mes que viene?
Él la miró a los ojos.
—Me casaría contigo mañana mismo, pero eso no nos dejaría mucho tiempo para hacer planes.
—Quiero una boda sencilla. Estoy cansada de vivir sola. Quiero estar contigo. —Le acarició la oreja con los labios—. Y no sólo porque quiera que me calientes la cama.
A Gabriel se le escapó un gruñido. La besó con firmeza y ella suspiró dentro de su boca, devolviéndole el beso.
—¿Y tus estudios?
—Muchos estudiantes de doctorado están casados. Aunque sólo pudiera verte en la cama por la noche, ya sería más de lo que te veo ahora. Por favor, no me hagas esperar.
Él le acarició la mejilla con el dorso de la mano.
—Lo dices como si la espera no me estuviera matando a mí también. ¿Dónde te gustaría que nos casáramos?
—En Asís. Siempre ha sido un lugar especial para mí y sé que también es importante para ti.
—No se hable más. Será en Asís lo antes posible. ¿Y qué te apetece que hagamos para la luna de miel? —Alzó las cejas, provocándola—. ¿Tienes alguna preferencia? ¿París? ¿Venecia? ¿Belice?
—Cualquier sitio será fantástico si estoy contigo.
Gabriel la abrazó con fuerza.
—Dios te bendiga. En ese caso, yo me encargaré de todo. Será una sorpresa.
Julia lo besó y, al cabo de unos instantes, el mundo empezó a girar a su alrededor. Todo desapareció excepto sus brazos y sus labios.
—Hay algo más que quiero mostrarte —dijo él cuando dejó de besarla, minutos más tarde.
Dándole la mano, la llevó hasta el viejo manzano que había en un extremo del claro en el bosque.
Volviéndose hacia ella, la miró con el corazón en los ojos.
—La primera vez que estuvimos aquí, te di una manzana de este árbol.
—Lo recuerdo.
—Aquella manzana era un buen símbolo de mi vida en aquel momento: una vida carnal, egoísta, violenta, un imán para el pecado.
Apoyando una rodilla en el suelo, Gabriel se sacó una manzana de oro del bolsillo.
—Esta manzana representa a la persona en la que me he convertido: llena de esperanza. Y de amor.
Julia miró la manzana antes de volver los ojos hacia él.
—¿Algún hombre te ha pedido que te cases con él?
Ella negó con la cabeza, cubriéndose la boca con la mano.
—Pues me alegro de ser el primero.
Abrió la manzana como si fuera una caja mágica y Julia vio brillar un anillo de diamantes contra un fondo de terciopelo rojo.
—Quiero ser el primero y el último. Te quiero, Julianne. Te ofrezco mi corazón y mi vida. 268
»Cásate conmigo. Sé mi esposa, mi amiga, mi amante y mi guía. Sé mi bendita Beatriz y mi adorada Julianne. —La voz le flaqueó ligeramente—. Di que serás mía. Para siempre.
—Sí —logró decir ella, antes de que las lágrimas le impidieran seguir hablando.
Gabriel sacó el anillo de la manzana y se lo puso en el dedo con suavidad para después acariciarle la mano con los labios.
—Compré este anillo hace tiempo, cuando encargué los anillos de boda, pero lo puedo devolver si prefieres elegirlo personalmente.
Julia miró el diamante, de dos quilates y medio, de corte cuadrado, montado sobre un aro de platino. Era un anillo clásico, casi anticuado, con una hilera de diamantes más pequeños rodeando el diamante principal y los laterales del aro. Aunque era más grande y elaborado del que ella habría elegido, era perfecto, porque Gabriel lo había comprado para ella.
—Éste es el que quiero.
Él se levantó y Julia se lanzó a sus brazos.
—Te he querido desde siempre. Desde la primera vez que vi tu foto —dijo, mojándole el pecho con las lágrimas que no podía contener—. Te quería ya antes de conocerte.
—Yo te quería antes de saber cómo te llamabas. No te conocía; sólo conocía tu bondad. Y ahora puedo quedarme a mi Beatriz para siempre.
Dentro de la casa, Gabriel cogió a Julia de la mano y la llevó al piso de arriba.
—Abrígate bien —le dijo al entrar en la habitación de ella—. Vamos a dar un paseo.
—No hace frío —protestó Julia, pero eligió una vieja rebeca de cachemira de Gabriel.
Éste se había librado de casi todas ellas cuando ella le había comentado que lo hacían parecer un abuelo.
(O un presentador de informativos de la televisión pública.)
Al oírselo decir, a Gabriel le había faltado tiempo para donarlas al Ejército de Salvación, con excepción de un par de ellas, que Julia había rescatado.
—No quiero que te enfríes —insistió él, tirándole de la chaqueta, juguetón.
—Ya te tengo a ti para que me mantengas caliente —replicó ella, guiñándole un ojo.
Tras enroscarle la bufanda del Magdalen College alrededor del cuello, bajaron a la cocina para salir por la puerta trasera.
—¿A dar un paseo, Emerson? —los sorprendió la voz de Tom.
—Con su permiso, señor Mitchell.
El padre de Julia dio unos golpecitos a la navaja suiza que llevaba en el bolsillo.
—Si la haces llorar, te arrancaré las tripas.
—Cuidaré de ella. Se lo prometo. Y si la hago llorar, le secaré las lágrimas.
Tom resopló y murmuró algo entre dientes.
—¿Qué pasa? —preguntó Julia—. ¿Qué problema hay?
—Nada. Gabriel va a acompañarte a dar un paseo, con mi bendición —respondió su padre, tratando de no fruncir el cejo.
—Y con la mía —añadió Richard, divertido.
—Me parece que ya habéis bebido bastante whisky —bromeó Julia y siguió a Gabriel al bosque, negando con la cabeza.
—¿De qué va esto? —le preguntó, mientras paseaban de la mano en dirección al viejo huerto de manzanos.
—En seguida lo verás. —Gabriel le besó la cabeza antes de acelerar el paso—. Hueles a vainilla —le dijo sonriendo.
—Me he hartado de la lavanda.
—Yo también.
Poco después llegaron a la linde del huerto. A pesar de que el bosque era espeso en aquella zona, Julia vio que había luz.
—¿Qué es eso?
—Ven a descubrirlo —contestó Gabriel, guiándola entre los árboles.
Había pequeñas lámparas blancas colgando de las ramas y otras desperdigadas por el suelo, aunque ella se fijó en que la llama que desprendían era falsa, para evitar el riesgo de incendios. A la suave luz de las lamparitas que iluminaban los viejos y 265
retorcidos árboles, se veía una tienda blanca. Dentro había un banco, una manta que le resultó familiar y varios cojines.
—Oh, Gabriel —susurró.
Él la llevó hasta el interior de la tienda y la invitó a sentarse.
—No tenías que haberte tomado tantas molestias. Habría sido igual de feliz sentada en el suelo con la vieja manta.
—Me gusta malcriarte. —Gabriel la estaba mirando con tanta intensidad, que Julia se olvidó de respirar—. ¿Te apetece beber algo?
Se acercó a una mesita baja, donde alguien había dejado una cubitera y dos copas altas. Cuando Julia asintió, él abrió la botella con facilidad y sirvió la bebida en las copas.
—¿Brindamos? —propuso, volviendo a su lado.
—Por supuesto. —Julia miró la copa de Gabriel con desconfianza—. Aunque podemos beber otra cosa.
—Sólo tomaré un traguito. Por Julianne, mi amada —brindó, alzando su copa.
—Creo que deberíamos brindar por nosotros.
—Eso también. Por nosotros. —Con una sonrisa, Gabriel volvió a alzar la copa, antes de hacerla chocar con la de ella.
—¿Cómo has montado todo esto? Debes haber tardado varias horas —se maravilló Julia, mirando a su alrededor.
—El anciano señor Bancroft se encarga del cuidado de la casa y las tierras mientras estoy fuera. Le pedí que se ocupara de todo mientras cenábamos. ¿Puedo? —Alargando la mano hacia un cuenco lleno de fresas, eligió la más grande y más madura y se la ofreció.
Acercándosela a los labios, sonrió al ver que ella se comía la mitad de un bocado.
—Ya verás. Las fresas y el champán casan de maravilla.
Julia se echó a reír cuando parte del zumo de la fresa le resbaló por la barbilla. Trató de secárselo con los dedos, pero Gabriel fue más rápido. Acariciándole los labios y el mentón con el pulgar, se llevó todo el zumo y se lo bebió.
—Delicioso —murmuró.
Tras repetir el proceso varias veces, Julia empezó a marearse. La sensualidad de Gabriel, incluso cuando se contenía, era embriagadora.
Ella le ofreció a su vez una fresa y, cuando él la mordió, se llevó su dedo a sus labios y la sorprendió succionándoselo con avidez.
—Dulce como el caramelo —dijo, con voz ronca.
Se sentó entonces en el banco y le tendió la mano, invitándola a sentarse a su lado. Cuando ella así lo hizo, Gabriel la rodeó con el brazo mientras, con la otra mano le acariciaba el labio inferior.
—¿Tienes idea de cómo me afectas? El color de tus mejillas, el calor de tu piel, el latido de tu corazón... —Negó con la cabeza—. Me faltan palabras para describirlo.
Julia se desabrochó la chaqueta y colocó la mano de Gabriel sobre su corazón.
—Siente cómo late. Late así por ti, Gabriel.
Él bajó la vista hacia su mano.
—Espero seguir provocándote este efecto el resto de mi vida.
Y le capturó los labios en un beso apasionado, antes de retirar la mano para sujetarla por la mejilla.
—Te he traído aquí porque aquí es donde empezó todo. Aquella noche cambiaste mi vida. Nunca podré agradecértelo lo suficiente.
—No necesito tu agradecimiento. Tu amor me basta.
Él la besó con dulzura.
—¿De dónde viene la música? —Julia miró a su alrededor, buscando un equipo de música, pero no lo encontró.
—El señor Bancroft se ha encargado de todo.
—Es precioso.
—No tanto como tú. Desde que te conocí, la belleza entró en mi vida. —La abrazó con más fuerza—. Aún no puedo creerme que te tenga entre mis brazos después de todos estos años y que me quieras.
—Siempre te he querido, Gabriel. Incluso cuando no me reconocías. —Julia le apoyó la cara en el pecho mientras él canturreaba, siguiendo la canción.
Cuando la canción acabó y empezó otra, él le susurró al oído:
—Tengo un regalo para ti.
—No quiero regalos. Sólo bésame.
—Te cubriré de besos cuando me dejes darte el regalo.
Sacándose algo del bolsillo de la chaqueta, se lo ofreció. Era un anuncio escrito en italiano sobre una tarjeta de cartón de calidad.
—¿Qué es esto? —Julia alzó los ojos, ilusionados, hacia él.
—Léelo —la animó Gabriel, con sus ojos igual de brillantes.
Era una invitación de la galería de los Uffizi, en Florencia, para la inauguración de una exposición exclusiva de una colección de grabados de Botticelli de la Divina Comedia de Dante, algunos de los cuales no habían sido expuestos anteriormente. El anuncio detallaba que la exposición era posible gracias al préstamo del profesor Gabriel Emerson en honor de su prometida, la señorita Julianne Mitchell.
Ella lo miró con los ojos muy abiertos.
—¡Gabriel, tus grabados, no me lo puedo creer!
—La felicidad me ha vuelto generoso.
—Pero ¿qué pasará con las cuestiones legales? ¿Cómo demostrarás que los adquiriste de manera legal?
—Mi abogado ha contratado a un equipo de expertos que va a rastrear su origen, que se pierde a finales del siglo diecinueve. Tras esa fecha, nadie sabe qué pasó con ellos. Dado que fueron pasando de colección privada en colección privada, nadie puede discutirme que soy su legítimo dueño. Pero ahora quiero compartirlos con el mundo.
—Es maravilloso. —Julia se ruborizó y miró al suelo—. Pero mi nombre no debería ir unido a la exposición. Los grabados son tuyos.
—Si no fuera por ti no los estaría compartiendo.
Ella levantó la mano para acariciarle la mejilla.
—Gracias. Lo que estás haciendo es muy generoso. Siempre pensé que esas imágenes deberían estar al alcance de todo el mundo que quisiera disfrutar de ellas.
—Tú me has enseñado a no ser egoísta.
Julia se acercó más y lo besó ávidamente en los labios.
—Y tú me has enseñado a aceptar regalos.
—Entonces, hacemos buena pareja. —Carraspeando, Gabriel le apartó un mechón de pelo de la cara—. ¿Me acompañarás a la exposición? Podemos ir en verano. Al dottore Vitali le gustaría dar una recepción en nuestro honor, parecida a la que ofreció el año pasado, cuando fui a dar la conferencia.
—Por supuesto que te acompañaré.
—Bien. Tal vez podamos encontrar un rincón privado en el museo para...
—Nada me gustaría más, profesor. —Julia le guiñó un ojo.
Él se tiró del cuello de la camisa.
—¿Quieres que nos casemos en Florencia el verano que viene? Podríamos hacer
coincidir la boda con la visita a la exposición.
—No.
Gabriel bajó la vista, decepcionado.
—Falta mucho para el verano que viene. ¿Por qué no el mes que viene?
Él la miró a los ojos.
—Me casaría contigo mañana mismo, pero eso no nos dejaría mucho tiempo para hacer planes.
—Quiero una boda sencilla. Estoy cansada de vivir sola. Quiero estar contigo. —Le acarició la oreja con los labios—. Y no sólo porque quiera que me calientes la cama.
A Gabriel se le escapó un gruñido. La besó con firmeza y ella suspiró dentro de su boca, devolviéndole el beso.
—¿Y tus estudios?
—Muchos estudiantes de doctorado están casados. Aunque sólo pudiera verte en la cama por la noche, ya sería más de lo que te veo ahora. Por favor, no me hagas esperar.
Él le acarició la mejilla con el dorso de la mano.
—Lo dices como si la espera no me estuviera matando a mí también. ¿Dónde te gustaría que nos casáramos?
—En Asís. Siempre ha sido un lugar especial para mí y sé que también es importante para ti.
—No se hable más. Será en Asís lo antes posible. ¿Y qué te apetece que hagamos para la luna de miel? —Alzó las cejas, provocándola—. ¿Tienes alguna preferencia? ¿París? ¿Venecia? ¿Belice?
—Cualquier sitio será fantástico si estoy contigo.
Gabriel la abrazó con fuerza.
—Dios te bendiga. En ese caso, yo me encargaré de todo. Será una sorpresa.
Julia lo besó y, al cabo de unos instantes, el mundo empezó a girar a su alrededor. Todo desapareció excepto sus brazos y sus labios.
—Hay algo más que quiero mostrarte —dijo él cuando dejó de besarla, minutos más tarde.
Dándole la mano, la llevó hasta el viejo manzano que había en un extremo del claro en el bosque.
Volviéndose hacia ella, la miró con el corazón en los ojos.
—La primera vez que estuvimos aquí, te di una manzana de este árbol.
—Lo recuerdo.
—Aquella manzana era un buen símbolo de mi vida en aquel momento: una vida carnal, egoísta, violenta, un imán para el pecado.
Apoyando una rodilla en el suelo, Gabriel se sacó una manzana de oro del bolsillo.
—Esta manzana representa a la persona en la que me he convertido: llena de esperanza. Y de amor.
Julia miró la manzana antes de volver los ojos hacia él.
—¿Algún hombre te ha pedido que te cases con él?
Ella negó con la cabeza, cubriéndose la boca con la mano.
—Pues me alegro de ser el primero.
Abrió la manzana como si fuera una caja mágica y Julia vio brillar un anillo de diamantes contra un fondo de terciopelo rojo.
—Quiero ser el primero y el último. Te quiero, Julianne. Te ofrezco mi corazón y mi vida. 268
»Cásate conmigo. Sé mi esposa, mi amiga, mi amante y mi guía. Sé mi bendita Beatriz y mi adorada Julianne. —La voz le flaqueó ligeramente—. Di que serás mía. Para siempre.
—Sí —logró decir ella, antes de que las lágrimas le impidieran seguir hablando.
Gabriel sacó el anillo de la manzana y se lo puso en el dedo con suavidad para después acariciarle la mano con los labios.
—Compré este anillo hace tiempo, cuando encargué los anillos de boda, pero lo puedo devolver si prefieres elegirlo personalmente.
Julia miró el diamante, de dos quilates y medio, de corte cuadrado, montado sobre un aro de platino. Era un anillo clásico, casi anticuado, con una hilera de diamantes más pequeños rodeando el diamante principal y los laterales del aro. Aunque era más grande y elaborado del que ella habría elegido, era perfecto, porque Gabriel lo había comprado para ella.
—Éste es el que quiero.
Él se levantó y Julia se lanzó a sus brazos.
—Te he querido desde siempre. Desde la primera vez que vi tu foto —dijo, mojándole el pecho con las lágrimas que no podía contener—. Te quería ya antes de conocerte.
—Yo te quería antes de saber cómo te llamabas. No te conocía; sólo conocía tu bondad. Y ahora puedo quedarme a mi Beatriz para siempre.
Capitulo 51
En octubre, Gabriel convenció a Julia de que se reunieran con la familia en la casa de Selinsgrove. Rachel y Aaron insistieron en cocinar para todos. El hijo de Tammy, Quinn, se encargó del entretenimiento, haciendo reír a todo el mundo, incluido Tom.
—¿Cómo te sienta la vida de casado? —le preguntó Gabriel a Aaron, mientras éste sacaba los ingredientes necesarios para la ensalada.
—Francamente bien. Deberías probarlo algún día. —Y le guiñó un ojo a Julia mientras bebía un sorbo de su cerveza Corona.
—Lo tendré en cuenta —respondió él, sonriendo con suficiencia y empezando a ocuparse de la ensalada.
—Déjate de cuentos, Gabriel. ¿Cuándo vas a ponerle un anillo en el dedo a esa mujer? —La voz de Rachel les llegó desde dentro del horno.
—Ya lleva uno.
Su hermana dejó el pollo a la Kiev en el horno y se acercó corriendo a Julia a mirarle la mano.
—Éste no cuenta —dijo decepcionada, al ver el aro de platino que su amiga llevaba en el dedo.
Julia y ella se miraron y negaron con la cabeza al mismo tiempo.
Al ver que los hombros de Julia se hundían, Gabriel dejó la ensalada (a la que le estaba echando demasiadas frutas y nueces) y fue rápidamente a abrazarla.
—Confía en mí —le susurró al oído para que nadie más lo oyera.
Cuando ella asintió, Gabriel la abrazó con más fuerza antes de besarla.
—Buscaos una habitación —bromeó Aaron.
—Oh, ya tenemos una —replicó Gabriel, mirando a su cuñado de reojo.
—En realidad, tenemos dos —aclaró Julia, suspirando con resignación.
Cuando se sentaron a cenar, Richard pidió que se cogieran las manos para la bendición. Dio gracias a Dios por su familia, por Tammy, Quinn y Julia, por su nuevo yerno y por la amistad de los Mitchell. Dio gracias a Dios por su esposa y le dijo que las semillas que ella había plantado en todos los presentes habían germinado. Cuando pronunció el «Amén», todo el mundo se secó los ojos y sonrió, agradeciendo que la familia estuviera reunida y fuerte una vez más.
—¿Cómo te sienta la vida de casado? —le preguntó Gabriel a Aaron, mientras éste sacaba los ingredientes necesarios para la ensalada.
—Francamente bien. Deberías probarlo algún día. —Y le guiñó un ojo a Julia mientras bebía un sorbo de su cerveza Corona.
—Lo tendré en cuenta —respondió él, sonriendo con suficiencia y empezando a ocuparse de la ensalada.
—Déjate de cuentos, Gabriel. ¿Cuándo vas a ponerle un anillo en el dedo a esa mujer? —La voz de Rachel les llegó desde dentro del horno.
—Ya lleva uno.
Su hermana dejó el pollo a la Kiev en el horno y se acercó corriendo a Julia a mirarle la mano.
—Éste no cuenta —dijo decepcionada, al ver el aro de platino que su amiga llevaba en el dedo.
Julia y ella se miraron y negaron con la cabeza al mismo tiempo.
Al ver que los hombros de Julia se hundían, Gabriel dejó la ensalada (a la que le estaba echando demasiadas frutas y nueces) y fue rápidamente a abrazarla.
—Confía en mí —le susurró al oído para que nadie más lo oyera.
Cuando ella asintió, Gabriel la abrazó con más fuerza antes de besarla.
—Buscaos una habitación —bromeó Aaron.
—Oh, ya tenemos una —replicó Gabriel, mirando a su cuñado de reojo.
—En realidad, tenemos dos —aclaró Julia, suspirando con resignación.
Cuando se sentaron a cenar, Richard pidió que se cogieran las manos para la bendición. Dio gracias a Dios por su familia, por Tammy, Quinn y Julia, por su nuevo yerno y por la amistad de los Mitchell. Dio gracias a Dios por su esposa y le dijo que las semillas que ella había plantado en todos los presentes habían germinado. Cuando pronunció el «Amén», todo el mundo se secó los ojos y sonrió, agradeciendo que la familia estuviera reunida y fuerte una vez más.
Capitulo 50
Durante el vuelo de vuelta a Boston, Julia sorprendió a Gabriel diciéndole que si volvía a proponerle matrimonio, su proposición sería bienvenida. Él apenas pudo contener su felicidad en el asiento de primera clase del avión. A ella no le habría extrañado que se pusiera de rodillas allí mismo.
Pero no lo hizo.
Cuando llegaron a Boston, Julia esperaba que le propusiera ir a comprar un anillo.
Pero tampoco lo hizo.
De hecho, a medida que avanzaba setiembre, ella empezó a preguntarse si se lo pediría alguna vez. Tal vez Gabriel había dado por hecho que ya estaban prometidos y pensaba comprar los anillos de boda más adelante.
Gabriel le había advertido que el programa de doctorado de Harvard era duro y que los profesores eran muy exigentes. De hecho, le comentó más de una vez que los miembros del profesorado de su programa en concreto eran unos asnos más pretenciosos de lo que él podría llegar a serlo nunca.
(Julia se preguntó si unos niveles de idiotez y presuntuosidad tan astronómicos serían humanamente posibles.)
Sin embargo, ni siquiera sus advertencias la habían preparado para la cantidad de trabajo que tenía que hacer cada día. Pasaba muchas horas en clase, asistiendo a seminarios y cursos, y también en la biblioteca, preparando trabajos y ampliando conocimientos con las lecturas recomendadas. Se reunía a menudo con la profesora Marinelli, con la que mantenía una relación cordial dentro de lo profesional. Y practicaba sin descanso las lenguas extranjeras que iba a necesitar para aprobar los exámenes de competencia académica.
Gabriel la animaba siempre, por supuesto, y no la presionaba para que pasara tiempo con él. Por su parte, también estaba muy ocupado con su nueva plaza. Le había pedido a Katherine que se encargara de supervisar la tesis de Paul y él se iba a encargar de los trabajos de tres estudiantes de doctorado de su nueva universidad. Pero a pesar de todo, los profesores tenían más tiempo libre que los estudiantes de doctorado, así que pasó más de una noche y más de un fin de semana solo.
En vez de quedarse en casa, poniéndose nervioso, se ofreció como tutor voluntario en el Hogar Italiano para Niños, en Jamaica Plain, el histórico barrio de Boston. Bajo su supervisión, un pequeño grupo de adolescentes se interesó por el arte y la cultura italiana. Gabriel les prometió que les pagaría un viaje a Italia si aprobaban el instituto con una buena media.
A pesar de sus esfuerzos por mantenerse ocupado, acababa cada día como lo había empezado: solo en su casa reformada, echando de menos a Julianne.
Se planteó seriamente comprarse un perro. O un hurón.
A pesar del abundante trabajo que la mantenía ocupada, Julia seguía sintiéndose frustrada. Su separación de Gabriel era fría, incómoda, antinatural. Ansiaba romper esa distancia y volver a ser una sola persona con él. No lograrlo la entristecía mucho. Todas las actividades románticas que compartían —todo era válido menos las relaciones completas— no servían para aliviar su soledad. Estaba harta de pasar las noches sola en su cama, escuchando música.
El deseo sexual se puede satisfacer de muchas maneras, pero Julia echaba de
menos la atención que Gabriel le dedicaba cuando le hacía el amor; su modo de centrarse en ella como si no existiera nada más en el mundo. Añoraba cómo la hacía sentir cuando acariciaba su cuerpo desnudo. En esos momentos se sentía hermosa y deseada, a pesar de su timidez. Echaba de menos los ratos de intimidad después del sexo, cuando los dos estaban saciados y relajados y Gabriel le susurraba palabras bonitas al oído, mientras descansaban el uno en brazos del otro.
A medida que transcurrían los días, Julia se preguntaba cuántos más podría aguantar antes de caer en una depresión.
Una tarde de finales de setiembre, Julia abrió la puerta de Range Rover y se sentó en silencio en el asiento del copiloto. Se puso el cinturón de seguridad y miró por la ventana.
—¿Cariño, estás bien? —Gabriel le apartó el pelo de la cara.
Ella se tensó.
—¿Qué pasa? —insistió él, apartando la mano.
—Sharon —murmuró Julia.
Suavemente, Gabriel le sujetó la barbilla y la hizo mirarlo. Tenía la cara hinchada y roja de tanto llorar.
—Ven aquí. —Le soltó el cinturón y, cogiéndola por la cintura, la levantó del asiento y se la sentó sobre el regazo—. Cuéntame qué ha pasado.
—La doctora Walters ha sacado el tema de mi madre. Yo no quería hablar del asunto, pero ella ha dicho que no estaría haciendo su trabajo si me permitía enterrar todo lo que había pasado en San Luis. Cuando no he podido aguantar más, me he marchado.
Gabriel hizo una mueca. El doctor Townsend lo había obligado también a él a hablar de su madre en sus sesiones, pero, por suerte, desde su estancia en Italia, a Gabriel le costaba mucho menos pensar en su pasado. Además, su asistencia a las reuniones de Narcóticos Anónimos también lo ayudaba a hablar de ciertos temas.
—Lo siento —dijo y le besó la coronilla—. ¿No habíais tocado el tema con Nicole?
—Muy poco. Sobre todo hablábamos de ti.
Él hizo una mueca. Nunca se libraría de la culpa que sentía por haberla hecho sufrir tanto. Oír que la psicóloga lo había considerado un problema más prioritario que Sharon no era fácil ni agradable.
—¿Hay algo que pueda hacer para ayudarte?
Julia se echó a reír sin ganas.
—¿Buscarme otra psicóloga?
—Lo haría si creyera que era lo mejor para ti. Pero cualquier psicólogo insistirá en que le hables de tu madre. Y de tus novios.
Ella abrió la boca para protestar, pero Gabriel la interrumpió.
—Entiendo por lo que estás pasando. Nuestras madres no se ocuparon bien de nosotros. Con estilos distintos, pero entiendo lo que sientes.
Julia se sonó la nariz.
—Siempre que quieras hablar de ello, me encontrarás dispuesto. Si quieres llevar una vida mentalmente sana, en algún momento tendrás que enfrentarte al pasado. Yo estaré ahí siempre que me necesites, pero son cosas que uno tiene que hacer solo. Y no únicamente deberías hacerlo por ti, también por nuestra relación. —Le dirigió una mirada comprensiva—. ¿Eres consciente de que, al curarte, no sólo te ayudas a ti, sino a los dos?
Julia asintió a regañadientes.
—Pensaba que esta etapa ya estaba superada. Pensaba que, después de toda la
angustia, el angst, la rabia... podríamos ser felices para siempre.
Gabriel trató de no echarse a reír, pero fracasó.
—¿Qué pasa? ¿No crees en los finales felices?
Él sonrió y le dio un golpecito en la punta de la nariz.
—No es eso. No creo en el angst.
—¿Por qué no?
—Porque no soy existencialista. Soy especialista en Dante.
Julia arrugó la nariz.
—Muy gracioso, profesor. Con un nombre como Emerson, habría pensado que eras un trascendentalista.
Gabriel se echó a reír.
—No, no lo soy. Sólo existo para complacerte —dijo, besándole la nariz—. Seremos felices, Julianne, pero para alcanzar esa felicidad hemos de resolver los conflictos del pasado.
Ella se removió inquieta, pero no dijo nada.
—Había pensado en ir a visitar la tumba de Maia —añadió él entonces y se aclaró la garganta antes de seguir hablando—: Me gustaría que me acompañaras —susurró inseguro—. Quisiera enseñártela. Siempre que no te parezca morboso, claro.
—Será un honor. Me encantará acompañarte.
—Gracias —replicó él, dándole un beso en la frente.
—¿Gabriel?
—¿Sí?
—No te he contado todo lo que pasó con Sharon. Ni con Simon.
Él se frotó los ojos.
—Yo tampoco te he contado todo lo que me pasó antes de conocerte.
—¿Te molesta que no nos lo hayamos contado todo?
—No. Escucharé todo lo que quieras decirme pero, francamente, hay aspectos de mi vida sobre los que no me gusta hablar. Así que entiendo tus reticencias. —La miró a los ojos—. Lo importante es que se lo cuentes a alguien. Estoy seguro de que la doctora Walters sabrá cómo ayudarte con cualquier cosa que le expliques.
Tras besarla una vez más, la abrazó con fuerza, pensando en lo mucho que habían avanzado en su camino vital individual y en lo mucho que aún les quedaba por recorrer.
Pero no lo hizo.
Cuando llegaron a Boston, Julia esperaba que le propusiera ir a comprar un anillo.
Pero tampoco lo hizo.
De hecho, a medida que avanzaba setiembre, ella empezó a preguntarse si se lo pediría alguna vez. Tal vez Gabriel había dado por hecho que ya estaban prometidos y pensaba comprar los anillos de boda más adelante.
Gabriel le había advertido que el programa de doctorado de Harvard era duro y que los profesores eran muy exigentes. De hecho, le comentó más de una vez que los miembros del profesorado de su programa en concreto eran unos asnos más pretenciosos de lo que él podría llegar a serlo nunca.
(Julia se preguntó si unos niveles de idiotez y presuntuosidad tan astronómicos serían humanamente posibles.)
Sin embargo, ni siquiera sus advertencias la habían preparado para la cantidad de trabajo que tenía que hacer cada día. Pasaba muchas horas en clase, asistiendo a seminarios y cursos, y también en la biblioteca, preparando trabajos y ampliando conocimientos con las lecturas recomendadas. Se reunía a menudo con la profesora Marinelli, con la que mantenía una relación cordial dentro de lo profesional. Y practicaba sin descanso las lenguas extranjeras que iba a necesitar para aprobar los exámenes de competencia académica.
Gabriel la animaba siempre, por supuesto, y no la presionaba para que pasara tiempo con él. Por su parte, también estaba muy ocupado con su nueva plaza. Le había pedido a Katherine que se encargara de supervisar la tesis de Paul y él se iba a encargar de los trabajos de tres estudiantes de doctorado de su nueva universidad. Pero a pesar de todo, los profesores tenían más tiempo libre que los estudiantes de doctorado, así que pasó más de una noche y más de un fin de semana solo.
En vez de quedarse en casa, poniéndose nervioso, se ofreció como tutor voluntario en el Hogar Italiano para Niños, en Jamaica Plain, el histórico barrio de Boston. Bajo su supervisión, un pequeño grupo de adolescentes se interesó por el arte y la cultura italiana. Gabriel les prometió que les pagaría un viaje a Italia si aprobaban el instituto con una buena media.
A pesar de sus esfuerzos por mantenerse ocupado, acababa cada día como lo había empezado: solo en su casa reformada, echando de menos a Julianne.
Se planteó seriamente comprarse un perro. O un hurón.
A pesar del abundante trabajo que la mantenía ocupada, Julia seguía sintiéndose frustrada. Su separación de Gabriel era fría, incómoda, antinatural. Ansiaba romper esa distancia y volver a ser una sola persona con él. No lograrlo la entristecía mucho. Todas las actividades románticas que compartían —todo era válido menos las relaciones completas— no servían para aliviar su soledad. Estaba harta de pasar las noches sola en su cama, escuchando música.
El deseo sexual se puede satisfacer de muchas maneras, pero Julia echaba de
menos la atención que Gabriel le dedicaba cuando le hacía el amor; su modo de centrarse en ella como si no existiera nada más en el mundo. Añoraba cómo la hacía sentir cuando acariciaba su cuerpo desnudo. En esos momentos se sentía hermosa y deseada, a pesar de su timidez. Echaba de menos los ratos de intimidad después del sexo, cuando los dos estaban saciados y relajados y Gabriel le susurraba palabras bonitas al oído, mientras descansaban el uno en brazos del otro.
A medida que transcurrían los días, Julia se preguntaba cuántos más podría aguantar antes de caer en una depresión.
Una tarde de finales de setiembre, Julia abrió la puerta de Range Rover y se sentó en silencio en el asiento del copiloto. Se puso el cinturón de seguridad y miró por la ventana.
—¿Cariño, estás bien? —Gabriel le apartó el pelo de la cara.
Ella se tensó.
—¿Qué pasa? —insistió él, apartando la mano.
—Sharon —murmuró Julia.
Suavemente, Gabriel le sujetó la barbilla y la hizo mirarlo. Tenía la cara hinchada y roja de tanto llorar.
—Ven aquí. —Le soltó el cinturón y, cogiéndola por la cintura, la levantó del asiento y se la sentó sobre el regazo—. Cuéntame qué ha pasado.
—La doctora Walters ha sacado el tema de mi madre. Yo no quería hablar del asunto, pero ella ha dicho que no estaría haciendo su trabajo si me permitía enterrar todo lo que había pasado en San Luis. Cuando no he podido aguantar más, me he marchado.
Gabriel hizo una mueca. El doctor Townsend lo había obligado también a él a hablar de su madre en sus sesiones, pero, por suerte, desde su estancia en Italia, a Gabriel le costaba mucho menos pensar en su pasado. Además, su asistencia a las reuniones de Narcóticos Anónimos también lo ayudaba a hablar de ciertos temas.
—Lo siento —dijo y le besó la coronilla—. ¿No habíais tocado el tema con Nicole?
—Muy poco. Sobre todo hablábamos de ti.
Él hizo una mueca. Nunca se libraría de la culpa que sentía por haberla hecho sufrir tanto. Oír que la psicóloga lo había considerado un problema más prioritario que Sharon no era fácil ni agradable.
—¿Hay algo que pueda hacer para ayudarte?
Julia se echó a reír sin ganas.
—¿Buscarme otra psicóloga?
—Lo haría si creyera que era lo mejor para ti. Pero cualquier psicólogo insistirá en que le hables de tu madre. Y de tus novios.
Ella abrió la boca para protestar, pero Gabriel la interrumpió.
—Entiendo por lo que estás pasando. Nuestras madres no se ocuparon bien de nosotros. Con estilos distintos, pero entiendo lo que sientes.
Julia se sonó la nariz.
—Siempre que quieras hablar de ello, me encontrarás dispuesto. Si quieres llevar una vida mentalmente sana, en algún momento tendrás que enfrentarte al pasado. Yo estaré ahí siempre que me necesites, pero son cosas que uno tiene que hacer solo. Y no únicamente deberías hacerlo por ti, también por nuestra relación. —Le dirigió una mirada comprensiva—. ¿Eres consciente de que, al curarte, no sólo te ayudas a ti, sino a los dos?
Julia asintió a regañadientes.
—Pensaba que esta etapa ya estaba superada. Pensaba que, después de toda la
angustia, el angst, la rabia... podríamos ser felices para siempre.
Gabriel trató de no echarse a reír, pero fracasó.
—¿Qué pasa? ¿No crees en los finales felices?
Él sonrió y le dio un golpecito en la punta de la nariz.
—No es eso. No creo en el angst.
—¿Por qué no?
—Porque no soy existencialista. Soy especialista en Dante.
Julia arrugó la nariz.
—Muy gracioso, profesor. Con un nombre como Emerson, habría pensado que eras un trascendentalista.
Gabriel se echó a reír.
—No, no lo soy. Sólo existo para complacerte —dijo, besándole la nariz—. Seremos felices, Julianne, pero para alcanzar esa felicidad hemos de resolver los conflictos del pasado.
Ella se removió inquieta, pero no dijo nada.
—Había pensado en ir a visitar la tumba de Maia —añadió él entonces y se aclaró la garganta antes de seguir hablando—: Me gustaría que me acompañaras —susurró inseguro—. Quisiera enseñártela. Siempre que no te parezca morboso, claro.
—Será un honor. Me encantará acompañarte.
—Gracias —replicó él, dándole un beso en la frente.
—¿Gabriel?
—¿Sí?
—No te he contado todo lo que pasó con Sharon. Ni con Simon.
Él se frotó los ojos.
—Yo tampoco te he contado todo lo que me pasó antes de conocerte.
—¿Te molesta que no nos lo hayamos contado todo?
—No. Escucharé todo lo que quieras decirme pero, francamente, hay aspectos de mi vida sobre los que no me gusta hablar. Así que entiendo tus reticencias. —La miró a los ojos—. Lo importante es que se lo cuentes a alguien. Estoy seguro de que la doctora Walters sabrá cómo ayudarte con cualquier cosa que le expliques.
Tras besarla una vez más, la abrazó con fuerza, pensando en lo mucho que habían avanzado en su camino vital individual y en lo mucho que aún les quedaba por recorrer.
capitulo 49
A pesar del dolor que le suponía su abstinencia, Julia tenía que admitir que Gabriel encontraba constantemente nuevas e ingeniosas maneras de demostrarle su amor. Aunque la situación era difícil, seguía teniendo fe en él.
Gabriel no quería ni oír hablar de pasar la noche en su habitación de la residencia de estudiantes, pero de vez en cuando iba a visitarla y le regalaba flores o bombones. Cuando llevaba comida, en ocasiones hacían un picnic en el suelo. También iban al cine —dignándose incluso a ver alguna comedia romántica de Hollywood— y, al volver, él la besaba frente a la puerta de la residencia.
Más de una vez, pasaron la noche del viernes o del sábado juntos en la biblioteca. Mientras Gabriel trabajaba en su nuevo libro, ella se preparaba para el seminario de la profesora Marinelli. Él estaba cumpliendo su promesa. La estaba cortejando con sus palabras y sus actos y eso a ella le gustaba. Pero al mismo tiempo se sentía frustrada e insatisfecha. Echaba de menos la cercanía que sólo se obtiene haciendo el amor.
Cuando llegó el 21 de agosto, volaron a Filadelfia para ayudar con los preparativos de la boda de Rachel y Aaron. Al entrar en el vestíbulo del hotel Four Seasons, Julia se sorprendió al ver allí a su padre esperándolos, sentado en una butaca, leyendo el Philadelphia Inquirer.
—Mi padre está ahí —murmuró, avisando a Gabriel para que pudiera meterse en un ascensor antes de que Tom sacara uno de sus rifles de caza y le disparara.
—Lo sé. Lo avisé yo.
Julia se volvió hacia él, incrédula.
—¿Por qué lo has hecho? ¿No sabes que quiere matarte?
Gabriel enderezó la espalda.
—Quiero casarme contigo y para eso tengo que arreglar las cosas con él. Quiero que podamos estar en la misma habitación sin tener que preocuparme por si trata de matarme. O castrarme.
—Creo que no es buen momento para sacar el tema de la boda —susurró ella—. Si tienes suerte, se olvidará de castrarte y se conformará sólo con cortarte las piernas... con su navaja suiza.
—No voy a pedirle permiso para casarme contigo; esa decisión es sólo tuya. Pero ¿te gustaría casarte con un hombre al que tu padre desprecia?
Julia empezó a retorcerse las manos, inquieta.
Gabriel se inclinó para hablarle al oído.
—Deja que trate de arreglar las cosas para que la idea de nuestra relación no le resulte tan insufrible. Tal vez algún día le gustará que te lleve al altar.
En cuanto él hubo acabado de hablar, Tom levantó la vista y los vio. Tras dirigirle una radiante sonrisa a su niña, fulminó a Gabriel con la mirada. Se levantó y puso los brazos en jarras. La chaqueta le colgaba por detrás de éstos, dándole un aspecto amenazador.
«Oh, dioses de las mujeres cuyos padres quieren castrar a sus novios en el vestíbulo del Four Seasons, por favor, no permitáis que lleve ningún objeto cortante.»
Sin amilanarse, Gabriel se inclinó hacia ella y la besó en la cabeza sin apartar la vista de Tom. La mirada de éste pasó de ser amenazadora a directamente asesina.
—Hola, papá. —Julia se acercó a él y le dio un abrazo.
—Hola, Jules. —Él le devolvió el abrazo antes de colocarla a su espalda, con gesto protector—. Emerson.
Sin dejarse impresionar por su tono, Gabriel le ofreció la mano. Tom se la quedó mirando como si fuera un delincuente, igual que su dueño.
—Creo que deberíamos buscar un rincón tranquilo en el bar. No necesito público para lo que tengo que decirle. Julia, ¿necesitas ayuda con el equipaje?
—No, el portero ya se ha encargado. Me voy a mi habitación. Cuando acabes, ya harás el check-in en la tuya, ¿de acuerdo?
Gabriel asintió y la expresión de Tom se relajó un poco al ver que su hija no compartía habitación con el demonio.
—Una última cosa. Os quiero a los dos, así que os agradecería mucho que no os hicierais daño —dijo Julia, mirando insegura a los dos hombres. Al ver que ninguno de ellos respondía, se dirigió a la recepción, negando con la cabeza.
Lo primero que le preguntó al recepcionista fue si había minibar en la habitación.
Esa misma noche, tras una cena algo tensa, pero no del todo desagradable con su padre, Julia se dispuso a disfrutar de la cesta de productos de baño que Gabriel había hecho enviar a su habitación. Casi todos tenían aroma a lavanda. Sonrió al ver una esponja de tul del mismo color, el que Gabriel asociaba a la virginidad. O eso había supuesto ella la primera vez que había encontrado una esponja color lavanda en su cuarto de baño.
Dejó de sonreír al darse cuenta de que Gabriel había comprado productos con aroma a lavanda, a pesar de que prefería que Julia oliera a vainilla. Tal vez era un truco para que no le costara tanto mantenerse apartado de ella. Respetaría sus deseos, pero esperaba que cambiara de modo de pensar. Y pronto.
Mientras estaba metida en la amplia bañera, le sonó el móvil. Por suerte, lo tenía a mano.
—¿Qué estás haciendo? —La sedosa voz de Gabriel le acarició los oídos.
—Relajándome. Por cierto, gracias por la cesta. ¿Cómo estás?
—No puedo decir que la conversación con tu padre haya sido agradable pero era necesaria. Le he dado la oportunidad de que me dijera que soy un maldito drogadicto que no te merece. Y luego me he esforzado en explicarle lo que había pasado. Al acabar de hablar me ha invitado a una cerveza. A regañadientes, pero lo ha hecho.
—¿Me tomas el pelo?
—No.
—No me imagino a mi padre pagando diez dólares por una Chimay Première.
Gabriel se echó a reír.
—En realidad, ha sido una Budweiser. Y ni siquiera fue una Budweiser Budvar original de la República Checa. Él ha pedido por los dos.
—Si estás dispuesto a renunciar a tus pretenciosas cervezas de importación y a beber asquerosa agua sucia por mí, supongo que es que me quieres.
Julia miró la bañera con melancolía. Le habría gustado estar bañándose con él, en vez de sola.
—Beber cerveza nacional era lo mínimo que podía hacer. No creo que tu padre me perdone nunca por haberte hecho daño, pero espero que las cosas vayan a mejor a partir de ahora. Le he dicho que quería casarme contigo. ¿Te ha comentado algo durante la cena?
Ella titubeó.
—Me ha dicho que soy su niñita y que quiere protegerme. Y también varias cosas sobre ti no demasiado halagüeñas. Pero ha admitido que soy una persona adulta, que debe vivir su vida y tomar sus propias decisiones. También me ha comentado que se notaba que habías cambiado. Creo que lo has sorprendido. Y no es fácil que nadie lo sorprenda.
—Lo siento. —La voz de Gabriel sonaba torturada.
—¿Qué es lo que sientes?
—Siento no ser el tipo de hombre que una chica quiere presentarle a su padre.
—Mira, mi padre pensaba que el sol giraba alrededor de Simon. No puede decirse que se le dé muy bien juzgar a las personas. Y no te conoce tan bien como yo.
—Pero es tu padre.
—Yo me ocuparé de él.
Gabriel permaneció en silencio unos instantes antes de decir:
—Esa conversación me ha servido de calentamiento para la cena con mi familia.
—Oh, no. ¿Qué ha pasado?
—Hablar con Scott por teléfono es una cosa, pero cenar con él es otra muy distinta.
—Se siente obligado a protegerme. Ya hablaré con él.
—Richard me ha pedido que haga un brindis por Grace durante el banquete de boda.
—Oh, cariño, eso no va a ser fácil. ¿Te ves capaz?
Tras unos instantes de silencio, Gabriel respondió:
—Hay cosas que necesito decir. Cosas que llevo treinta años queriendo decir. Ésta es una buena oportunidad.
—Entonces, ¿has hecho las paces con todo el mundo?
—Básicamente. Richard y yo ya habíamos arreglado las cosas por teléfono, hace varias semanas.
—¿Has conocido al hijo de Tammy?
Gabriel contestó entre risas.
—Me ha manchado en cuanto lo he cogido en brazos. Tal vez Scott le hubiese dado instrucciones.
—¿Se te ha hecho pipí encima?
—Por suerte, no. Pero me ha tirado leche en el traje de Armani.
Julia se echó a reír a carcajadas al pensar en el elegante y puntilloso profesor siendo víctima del hijo de la novia de su hermano.
—Y el caso es que no me preocupa demasiado. ¿Es grave?
Julia dejó de reír de inmediato.
—¿No te preocupa? ¿Qué has hecho con el traje?
—El conserje del hotel lo ha enviado a la tintorería. Dice que creen que la mancha saldrá sin problemas, pero el caso es que no estoy preocupado. Los trajes pueden sustituirse. Las personas, no.
—Me sorprendes, profesor.
—¿Por qué?
—Porque eres muy dulce.
—Trato de serlo cuando estoy contigo —susurró él.
—Es verdad, pero nunca te he visto con niños.
—No. —Y al cabo de un momento, añadió—: Tú tendrías unos niños preciosos, Julianne. Niños y niñas con enormes ojos castaños y mejillas sonrosadas.
A través del teléfono, Gabriel oyó que Julia ahogaba una exclamación.
Con un hilo de voz, preguntó:
—¿Es demasiado pronto para tener esta conversación?
Ella no respondió.
— ¿Julianne?
—Mis dudas sobre el matrimonio no son por los niños. Son por nuestras experiencias anteriores y por el matrimonio de mis padres. Cuando se casaron, se amaban y eran felices, pero acabaron odiándose y haciéndose mucho daño.
—Pero Richard y Grace fueron felices juntos durante muchos años.
—Es verdad. Si pudiera tener un matrimonio como el suyo...
—Podemos tener un matrimonio como el suyo —la corrigió él—. Eso es exactamente lo que quiero. Y quiero tenerlo contigo.
Con la voz, Gabriel trató de transmitirle cuánto deseaba un matrimonio como el de Grace y Richard; lo mucho que se estaba esforzando para llegar a ser el hombre que pudiera darle ese tipo de vida.
Ella soltó el aire lentamente.
—Si me hubieras pedido que me casara contigo antes, te habría dicho que sí. Pero ahora no puedo aceptar. Tenemos muchas cuestiones que resolver. Y empiezo a notar la presión del doctorado.
—No quiero apretarte ni estresarte —replicó él con la voz suave, pero un tanto crispada.
—Además, pensaba que ya habías tomado la decisión de no tener hijos.
—Siempre podemos adoptar —replicó Gabriel a la defensiva.
Julia reflexionó antes de decir:
—La idea de tener un bebé de ojos azules contigo me hace muy feliz.
—¿De verdad?
—De verdad. Y después de ver lo que Grace y Richard hicieron por ti, me gustaría adoptar algún día. Pero no mientras aún esté estudiando.
—Me temo que la adopción tendría que ser privada. Dudo que ninguna organización respetable le diera un niño a un ex drogadicto.
—¿De verdad quieres tener hijos?
—¿Contigo? Por supuesto. Si nos casáramos, me plantearía revertir la vasectomía. Me la hice hace años, así que no sé si sería posible, pero me gustaría intentarlo. Si estás de acuerdo.
—Creo que es demasiado pronto para tener esta conversación. —El brazo en el que estaba apoyada, le resbaló en el borde de la bañera y salpicó.
«Scheiße!», maldijo en alemán para sí misma, cansada.
—¿Te estás dando un baño?
—Sí.
Gabriel gruñó y Julia se alegró de no ser la única que lo estaba pasando mal. Le resultaba humillante que fuera capaz de resistir alejado de ella.
Finalmente, él rompió el silencio con un suspiro.
—Bueno, estoy al otro lado del pasillo, triste y solo, por si necesitas algo.
—Yo también estoy sola, Gabriel. ¿No podemos hacer nada para remediarlo?
Al notar que titubeaba, Julia se sintió optimista.
Pero él volvió a resoplar de frustración.
—Lo siento. Tengo que dejarte. Buenas noches.
—Buenas noches.
Negando con la cabeza, Julia colgó el teléfono.
A pesar de la ausencia de su madre, la boda de Rachel fue casi como un cuento de hadas. Aaron y ella se casaron en un precioso jardín de Filadelfia. Y, aunque él se había negado en redondo a que se soltaran cien palomas blancas en el momento en que 254
el cura los declarara marido y mujer, Rachel había acabado convenciéndolo para que soltaran cincuenta.
(Por lo menos, ninguno de sus parientes había decidido que era un buen momento para practicar la puntería.)
Como padrino y dama de honor respectivamente, Gabriel y Julia se encontraron flanqueando a los novios, junto con Scott. Ella pasó buena parte de la ceremonia lanzándole miraditas furtivas a Gabriel, que no le quitaba el ojo de encima, sin molestarse en disimular.
Cuando se hubo acabado con las fotos familiares, el banquete y los brindis de rigor, empezó el baile. Rachel y Aaron se fundieron en un abrazo para disfrutar de su primer baile como marido y mujer, antes de que llegara el turno de los padres de unirse a ellos en la pista.
Hubo unos instantes de nerviosismo entre los presentes cuando observaron a Richard avanzar solo hacia la pista, pero en seguida respiraron aliviados cuando vieron que se dirigía hacia Julia y le pedía el honor de ser su pareja.
Aunque sorprendida, pues pensaba que se lo pediría a alguna tía de Rachel o a alguna amiga, aceptó sin dudar. Como el perfecto caballero que era, Richard bailó con ella sujetándola con manos firmes pero respetuosas, mientras daban vueltas por la pista de baile.
—Parece que tu padre está disfrutando —comentó él, señalando con la cabeza a Tom, que estaba charlando animadamente con una profesora de la Universidad de Susquehanna, con una copa en la mano.
—Gracias por invitarlo —dijo Julia tímidamente, mientras se movían al ritmo de At Last, de Etta James.
—Es un buen amigo. Grace y yo quedamos en deuda con él desde que nos ayudó cuando Gabriel se metió en líos.
Julia asintió, tratando de concentrarse en no tropezar.
—El brindis de Gabriel en honor a Grace ha sido muy emotivo.
Richard sonrió.
—Ha sido la primera vez que nos ha llamado papá y mamá. Estoy seguro de que Grace lo está viendo todo y que es muy feliz. No sólo por la boda de Rachel, sino también por la transformación de nuestro hijo. Y esa transformación te la debemos a ti, Julia. Gracias.
Ella sonrió.
—No puedo ponerme esa medalla. Algunas cosas no dependen de una sola persona.
—Tienes razón, pero algunas relaciones son conductos para que la gracia llegue hasta alguien y sé que tú has jugado ese papel en tu relación con Gabriel. Así que te lo agradezco.
»Gabriel ha tardado mucho en perdonarse por lo que pasó con Maia y por no haber estado presente cuando Grace murió. Ahora es un hombre muy distinto al de hace un año. Espero poder volver a bailar contigo en otra boda dentro de no mucho tiempo. Una en la que mi hijo y tú seáis los protagonistas.
Julia lo miró con franqueza.
—Estamos tomándonos las cosas con calma, pero estoy enamorada de él.
—No esperéis mucho. Nunca se sabe lo que va a traer la vida. A veces tenemos menos tiempo del que pensamos.
La canción llegó a su fin, así que Richard le besó la mano y la acompañó a su sitio, junto a Gabriel.
Mientras se sentaba, Julia se secó disimuladamente una lágrima. Él se inclinó
hacia ella y le susurró al oído:
—¿Mi padre te ha hecho llorar?
—No, sólo me ha recordado lo que es importante en la vida —respondió ella, dándole la mano y llevándose las manos unidas de ambos a los labios para besarle los nudillos—. Te quiero.
—Yo también te quiero, mi dulce, dulce niña. —Gabriel la besó y, por unos instantes, se olvidaron de dónde estaban.
Julia le rodeó el cuello con los brazos, acercándolo más. Cuando sus bocas se unieron y sus respiraciones se mezclaron, el sonido de lo que los rodeaba desapareció. Él la acercó hasta que estuvo prácticamente sentada sobre su regazo. Cuando se separaron, los dos respiraban con esfuerzo.
—No tenía ni idea de que las bodas provocaran este efecto —dijo Gabriel, sonriendo con ironía—, si no, te habría llevado a una antes.
Tras bailar varios lentos con Gabriel, Julia lo hizo con Scott y Aaron y, finalmente, con su padre. Era evidente que ambos tenían muchas cosas que decirse y, por sus expresiones, no eran agradables. Pero al final del baile pareció que habían llegado a un acuerdo, ya que Julia regresó junto a Gabriel con una sonrisa.
Avanzada la noche, Aaron pidió la canción de Marc Cohn True Companion y se la dedicó a Rachel. Inmediatamente, una fila de parejas casadas se acercó a la pista de baile. Tammy los sorprendió llevándoles a Quinn para que Julia lo sostuviera mientras ella bailaba con Scott.
Julia tenía miedo de no gustarle al niño.
—Te sienta bien —susurró Gabriel, cuando el pequeño se quedó dormido acurrucado contra su cuello.
—Chist, no vaya a despertarse.
—No se despertará. —Gabriel alargó la mano para acariciar el suave pelo del niño y sonrió cuando éste suspiró satisfecho.
—¿Por qué de pronto quieres casarte y tener hijos? —le preguntó Julia.
Él se encogió de hombros, incómodo.
—Mientras estuvimos separados, pensé mucho. Me di cuenta de que había cosas importantes y otras que no lo eran tanto. Y también visité un orfanato.
—¿Un orfanato? ¿Para qué?
—Estuve trabajando de voluntario con los franciscanos de Florencia. Iban a menudo a llevar caramelos y juguetes a los niños del orfanato cercano. Y empecé a acompañarlos.
Julia se quedó con la boca abierta.
—No me has contado nada.
—No ha salido en la conversación, pero no es ningún secreto. Pensaba quedarme en Asís, pero conocí a una familia de voluntarios americanos que iban a trabajar en una clínica para pobres de Florencia y los acompañé.
—¿Te gustó la experiencia?
—No se me da demasiado bien, pero encontré algo en lo que era mejor que los demás: contaba historias sobre Dante en italiano.
Ella se echó a reír.
—No es una mala ocupación para un especialista en Dante. ¿También contabas esas historias en el orfanato?
—No, los niños eran demasiado pequeños. Estaban bien cuidados, pero el sitio era muy triste. Había bebés con sida y con diversas enfermedades. Y otros niños más mayores, a los que ya nadie quiere adoptar. La mayoría de los padres adoptivos quiere que sean más pequeños.
Julia le puso una mano en el antebrazo.
—Lo siento.
Gabriel se volvió hacia ella y acarició la cabecita del niño.
—Cuando Grace me encontró, yo tenía lo que se considera una edad inadoptable, pero ella me quiso igualmente. Tuve mucha suerte. Fue una auténtica bendición.
Al oír la vulnerabilidad en su voz, Julia se sorprendió una vez más al comprobar lo mucho que Gabriel había cambiado. Meses atrás, habría sido imposible oír al profesor Emerson hablar de bendiciones o verlo acariciando la cabecita de un bebé. Especialmente, la de uno que le había manchado un traje de Armani.
Poco antes de que acabara el baile, Gabriel se acercó al disc-jockey y le pidió una canción en voz baja. Luego se volvió hacia Julia con la mano extendida y una amplia sonrisa.
Al llegar a la pista de baile, empezó a sonar Return to me.
—Me extraña que no hayas pedido Bésame mucho —bromeó ella.
Gabriel le dirigió una mirada cargada de solemnidad.
—He pensado que necesitábamos una canción nueva. Una nueva música para un nuevo capítulo.
—A mí me gustaba el viejo.
—No hace falta que olvidemos el pasado —susurró él—. Pero podemos construir un futuro aún mejor.
Con una sonrisa nostálgica, Julia dijo:
—Recuerdo la primera vez que bailamos juntos.
—Aquella noche me comporté como un auténtico cretino —murmuró avergonzado—. Cada vez que me acuerdo... Me provocabas unas emociones muy intensas, pero no sabía cómo afrontarlas.
—Pero ahora ya sabes cómo actuar cuando estás conmigo. —Julia le acarició la mejilla y le dio un suave beso, antes de deslizar los dedos sobre la pajarita de seda negra—. Recuerdo cómo me gustaban tus pajaritas cuando eras mi profesor y yo sólo era tu alumna. Ibas siempre impecable.
Gabriel le agarró la mano y le dio un beso en la palma.
—Julianne, nunca fuiste sólo mi alumna. Eres mi alma gemela. Mi bashert.
La abrazó, pegándola a su pecho y ella canturreó satisfecha contra su esmoquin. Y cuando Dean Martin empezó a cantar en italiano, fue la voz de él la que susurró en su oído.
Cuando Gabriel se detuvo ante la puerta del cuarto de Julia esa madrugada, la miró con admiración. Su pelo, largo y ondulado, le caía despeinado sobre los hombros. Tenía las mejillas encendidas, igual que los ojos, burbujeantes por el champán y la felicidad. El vestido color rojo intenso se ceñía a su figura sin necesidad de tirantes. Su ángel de ojos castaños aún tenía la capacidad de hechizarlo.
Mientras le acariciaba la mejilla amorosamente, ella lo miró a los ojos, azules y algo cansados, que se escondían ahora detrás de sus gafas. Estaba tan guapo con el esmoquin... Y tan, tan sexy...
Sin pensar, tiró de la pajarita y notó cómo el nudo de seda se deshacía entre sus dedos. Enrollándose la seda alrededor de la mano, tiró de él y lo besó.
Mientras se besaban, Julia se dio cuenta de lo difícil que había debido de resultarle a Gabriel contenerse al principio de su relación. Sintió que le hervía la sangre y la carne le quemaba, sabiendo lo que la esperaba después de los preliminares. Lo necesitaba tanto que no podía contenerse.
—Por favor —le suplicó, poniéndose de puntillas para besarle el cuello.
Gabriel gruñó.
—No me tientes.
—Te prometo que iré con cuidado.
Él se echó a reír, malhumorado.
—Este giro de las circunstancias es de lo más imprevisto.
—Hemos esperado más tiempo del razonable. Te quiero. Y te deseo.
—¿Confías en mí?
—Sí —respondió ella sin aliento.
—Pues entonces cásate conmigo.
—Gabriel, yo...
Él la interrumpió con un beso apasionado. La sujetó con fuerza por el pelo antes de bajar las manos hasta sus hombros desnudos y acariciárselos, sin dejar de besarla en ningún momento.
Soltando la pajarita, Julia le rodeó el cuello con los brazos y echó las caderas hacia adelante para pegarse más a su cuerpo. Le mordisqueó el labio inferior y gimió cuando él le exploró los contornos de la boca con la lengua.
Los dedos de Gabriel se deslizaron sobre sus clavículas, rodeándole los brazos y acariciándole la espalda. La piel de ella había empezado a calentarse y ruborizarse.
—Por favor, déjame hacer las cosas bien —le suplicó él, tomándole la cara entre las manos.
—¿Qué tiene de malo lo que estamos haciendo? —susurró Julia, con sus oscuros suplicantes.
Él volvió a besarla y esa vez le sujetó la pierna y se rodeó con ella la cadera, recreando el tango vertical que habían bailado contra la pared del Royal Ontario Museum.
Gabriel la pegó a la puerta de la habitación y sus manos se perdieron bajo el vestido, acariciándole los muslos arriba y abajo, antes de detenerse bruscamente.
—No puedo.
Julia le quitó las gafas para alisarle las arrugas de preocupación que se le habían formado entre las cejas. En sus ojos vio pasión, conflicto y amor. Apoyando el pie en el suelo, ella volvió a echar las caderas hacia adelante, hasta que sus cuerpos quedaron en contacto.
—Gabriel.
Él parpadeó al oír su voz, como si se estuviera despertando de un sueño.
Al ver que no se movía, Julia se apartó, dejando unos centímetros de distancia entre sus cuerpos, y le devolvió las gafas.
—Buenas noches, Gabriel.
Él tenía un aspecto abatido.
—No quiero hacerte daño.
—Lo sé.
Permaneció allí inmóvil, mirándola a los ojos, que tenía llenos de tristeza y de deseo.
—Estoy tratando de ser fuerte por los dos —susurró—, pero cuando me miras así...
Con un suave beso en los labios y una inclinación de cabeza, Gabriel se rindió. Julia encontró la tarjeta con dedos temblorosos y ambos desaparecieron tras la puerta de su habitación.
A la mañana siguiente, Julia abandonó el cálido refugio de los brazos de Gabriel 258
para una rápida visita al baño. Al volver, lo encontró despierto, mirándola con preocupación.
—¿Estás bien?
Ella se ruborizó.
—Sí.
—Entonces, ven aquí —la invitó, abriendo los brazos.
Julia se acurrucó a su lado, y le pasó una pierna sobre las caderas.
—Siento haberte hecho sentir incómodo ayer en el pasillo.
—No me hiciste sentir incómodo —replicó él, con tanta vehemencia que la pilló por sorpresa—. ¿Por qué tendría que hacerme sentir incómodo que la mujer que amo me demuestre que me desea?
—Creo que montamos un espectáculo para los demás huéspedes del hotel.
—Espero que tomaran ejemplo —bromeó Gabriel, antes de besarla.
Cuando se separaron, Julia le apoyó la cabeza en el hombro.
—Supongo que lo de esperar hasta el matrimonio iba en serio.
—No oí que te quejaras anoche.
—Ya me conoces —dijo ella, guiñándole un ojo—, no me gusta quejarme. Gracias por aceptar, Gabriel. Esta noche ha sido muy importante para mí. —Le rodeó la cintura con los brazos y apretó con fuerza.
—Para mí también —contestó él y sonrió—. Me has demostrado que confías en mí.
—Me alegra que te des cuenta, porque nunca había confiado tanto en nadie.
Gabriel la besó una vez más y le retiró el pelo de la cara.
—Tengo algo que contarte —dijo entonces, acariciándole el cuello con delicadeza—. Es una cosa extraña.
Julia frunció el cejo.
—Te escucho.
—Cuando estuve en Selinsgrove, vi algo. O, mejor dicho, me pasó algo.
Ella le cubrió la mano con la suya.
—¿Alguien te hizo daño?
—No. —Gabriel hizo una pausa incómoda—. Prométeme que mantendrás la mente abierta.
—Por supuesto.
—Mientras sucedió, pensé que estaba soñando, pero al despertar me planteé si habría sido una visión.
Julia parpadeó.
—¿Como cuando pensaste que me habías visto en Asís?
—No. Como lo que dijiste sobre el cuadro de Gentileschi en Florencia... sobre Maia y Grace.
»La vi. Vi a Grace. Estábamos en mi antigua habitación, en casa de mis padres. Y ella me dijo... —La voz se le rompió y respiró hondo para recuperarse—. Me dijo que sabía que la quería.
—Claro —murmuró Julia, abrazándolo con más fuerza.
—Eso no es todo. No estaba sola. Vino acompañada por una joven.
—¿Quién era?
Gabriel tragó saliva con esfuerzo.
—Maia.
Ella ahogó una exclamación.
—Me dijo que era feliz.
Julia le secó una lágrima de la cara.
—¿Fue un sueño? —preguntó.
—Tal vez. No lo sé.
—¿Se lo has contado a Richard? ¿O a Paulina?
—No. Ambos han hecho las paces con el pasado.
Ella le puso una mano en la mejilla.
—Tal vez era lo que necesitabas para perdonarte. Ver que tanto Grace como Maia te han perdonado y que son felices.
Él asintió en silencio y enterró la cara en su pelo.
Gabriel no quería ni oír hablar de pasar la noche en su habitación de la residencia de estudiantes, pero de vez en cuando iba a visitarla y le regalaba flores o bombones. Cuando llevaba comida, en ocasiones hacían un picnic en el suelo. También iban al cine —dignándose incluso a ver alguna comedia romántica de Hollywood— y, al volver, él la besaba frente a la puerta de la residencia.
Más de una vez, pasaron la noche del viernes o del sábado juntos en la biblioteca. Mientras Gabriel trabajaba en su nuevo libro, ella se preparaba para el seminario de la profesora Marinelli. Él estaba cumpliendo su promesa. La estaba cortejando con sus palabras y sus actos y eso a ella le gustaba. Pero al mismo tiempo se sentía frustrada e insatisfecha. Echaba de menos la cercanía que sólo se obtiene haciendo el amor.
Cuando llegó el 21 de agosto, volaron a Filadelfia para ayudar con los preparativos de la boda de Rachel y Aaron. Al entrar en el vestíbulo del hotel Four Seasons, Julia se sorprendió al ver allí a su padre esperándolos, sentado en una butaca, leyendo el Philadelphia Inquirer.
—Mi padre está ahí —murmuró, avisando a Gabriel para que pudiera meterse en un ascensor antes de que Tom sacara uno de sus rifles de caza y le disparara.
—Lo sé. Lo avisé yo.
Julia se volvió hacia él, incrédula.
—¿Por qué lo has hecho? ¿No sabes que quiere matarte?
Gabriel enderezó la espalda.
—Quiero casarme contigo y para eso tengo que arreglar las cosas con él. Quiero que podamos estar en la misma habitación sin tener que preocuparme por si trata de matarme. O castrarme.
—Creo que no es buen momento para sacar el tema de la boda —susurró ella—. Si tienes suerte, se olvidará de castrarte y se conformará sólo con cortarte las piernas... con su navaja suiza.
—No voy a pedirle permiso para casarme contigo; esa decisión es sólo tuya. Pero ¿te gustaría casarte con un hombre al que tu padre desprecia?
Julia empezó a retorcerse las manos, inquieta.
Gabriel se inclinó para hablarle al oído.
—Deja que trate de arreglar las cosas para que la idea de nuestra relación no le resulte tan insufrible. Tal vez algún día le gustará que te lleve al altar.
En cuanto él hubo acabado de hablar, Tom levantó la vista y los vio. Tras dirigirle una radiante sonrisa a su niña, fulminó a Gabriel con la mirada. Se levantó y puso los brazos en jarras. La chaqueta le colgaba por detrás de éstos, dándole un aspecto amenazador.
«Oh, dioses de las mujeres cuyos padres quieren castrar a sus novios en el vestíbulo del Four Seasons, por favor, no permitáis que lleve ningún objeto cortante.»
Sin amilanarse, Gabriel se inclinó hacia ella y la besó en la cabeza sin apartar la vista de Tom. La mirada de éste pasó de ser amenazadora a directamente asesina.
—Hola, papá. —Julia se acercó a él y le dio un abrazo.
—Hola, Jules. —Él le devolvió el abrazo antes de colocarla a su espalda, con gesto protector—. Emerson.
Sin dejarse impresionar por su tono, Gabriel le ofreció la mano. Tom se la quedó mirando como si fuera un delincuente, igual que su dueño.
—Creo que deberíamos buscar un rincón tranquilo en el bar. No necesito público para lo que tengo que decirle. Julia, ¿necesitas ayuda con el equipaje?
—No, el portero ya se ha encargado. Me voy a mi habitación. Cuando acabes, ya harás el check-in en la tuya, ¿de acuerdo?
Gabriel asintió y la expresión de Tom se relajó un poco al ver que su hija no compartía habitación con el demonio.
—Una última cosa. Os quiero a los dos, así que os agradecería mucho que no os hicierais daño —dijo Julia, mirando insegura a los dos hombres. Al ver que ninguno de ellos respondía, se dirigió a la recepción, negando con la cabeza.
Lo primero que le preguntó al recepcionista fue si había minibar en la habitación.
Esa misma noche, tras una cena algo tensa, pero no del todo desagradable con su padre, Julia se dispuso a disfrutar de la cesta de productos de baño que Gabriel había hecho enviar a su habitación. Casi todos tenían aroma a lavanda. Sonrió al ver una esponja de tul del mismo color, el que Gabriel asociaba a la virginidad. O eso había supuesto ella la primera vez que había encontrado una esponja color lavanda en su cuarto de baño.
Dejó de sonreír al darse cuenta de que Gabriel había comprado productos con aroma a lavanda, a pesar de que prefería que Julia oliera a vainilla. Tal vez era un truco para que no le costara tanto mantenerse apartado de ella. Respetaría sus deseos, pero esperaba que cambiara de modo de pensar. Y pronto.
Mientras estaba metida en la amplia bañera, le sonó el móvil. Por suerte, lo tenía a mano.
—¿Qué estás haciendo? —La sedosa voz de Gabriel le acarició los oídos.
—Relajándome. Por cierto, gracias por la cesta. ¿Cómo estás?
—No puedo decir que la conversación con tu padre haya sido agradable pero era necesaria. Le he dado la oportunidad de que me dijera que soy un maldito drogadicto que no te merece. Y luego me he esforzado en explicarle lo que había pasado. Al acabar de hablar me ha invitado a una cerveza. A regañadientes, pero lo ha hecho.
—¿Me tomas el pelo?
—No.
—No me imagino a mi padre pagando diez dólares por una Chimay Première.
Gabriel se echó a reír.
—En realidad, ha sido una Budweiser. Y ni siquiera fue una Budweiser Budvar original de la República Checa. Él ha pedido por los dos.
—Si estás dispuesto a renunciar a tus pretenciosas cervezas de importación y a beber asquerosa agua sucia por mí, supongo que es que me quieres.
Julia miró la bañera con melancolía. Le habría gustado estar bañándose con él, en vez de sola.
—Beber cerveza nacional era lo mínimo que podía hacer. No creo que tu padre me perdone nunca por haberte hecho daño, pero espero que las cosas vayan a mejor a partir de ahora. Le he dicho que quería casarme contigo. ¿Te ha comentado algo durante la cena?
Ella titubeó.
—Me ha dicho que soy su niñita y que quiere protegerme. Y también varias cosas sobre ti no demasiado halagüeñas. Pero ha admitido que soy una persona adulta, que debe vivir su vida y tomar sus propias decisiones. También me ha comentado que se notaba que habías cambiado. Creo que lo has sorprendido. Y no es fácil que nadie lo sorprenda.
—Lo siento. —La voz de Gabriel sonaba torturada.
—¿Qué es lo que sientes?
—Siento no ser el tipo de hombre que una chica quiere presentarle a su padre.
—Mira, mi padre pensaba que el sol giraba alrededor de Simon. No puede decirse que se le dé muy bien juzgar a las personas. Y no te conoce tan bien como yo.
—Pero es tu padre.
—Yo me ocuparé de él.
Gabriel permaneció en silencio unos instantes antes de decir:
—Esa conversación me ha servido de calentamiento para la cena con mi familia.
—Oh, no. ¿Qué ha pasado?
—Hablar con Scott por teléfono es una cosa, pero cenar con él es otra muy distinta.
—Se siente obligado a protegerme. Ya hablaré con él.
—Richard me ha pedido que haga un brindis por Grace durante el banquete de boda.
—Oh, cariño, eso no va a ser fácil. ¿Te ves capaz?
Tras unos instantes de silencio, Gabriel respondió:
—Hay cosas que necesito decir. Cosas que llevo treinta años queriendo decir. Ésta es una buena oportunidad.
—Entonces, ¿has hecho las paces con todo el mundo?
—Básicamente. Richard y yo ya habíamos arreglado las cosas por teléfono, hace varias semanas.
—¿Has conocido al hijo de Tammy?
Gabriel contestó entre risas.
—Me ha manchado en cuanto lo he cogido en brazos. Tal vez Scott le hubiese dado instrucciones.
—¿Se te ha hecho pipí encima?
—Por suerte, no. Pero me ha tirado leche en el traje de Armani.
Julia se echó a reír a carcajadas al pensar en el elegante y puntilloso profesor siendo víctima del hijo de la novia de su hermano.
—Y el caso es que no me preocupa demasiado. ¿Es grave?
Julia dejó de reír de inmediato.
—¿No te preocupa? ¿Qué has hecho con el traje?
—El conserje del hotel lo ha enviado a la tintorería. Dice que creen que la mancha saldrá sin problemas, pero el caso es que no estoy preocupado. Los trajes pueden sustituirse. Las personas, no.
—Me sorprendes, profesor.
—¿Por qué?
—Porque eres muy dulce.
—Trato de serlo cuando estoy contigo —susurró él.
—Es verdad, pero nunca te he visto con niños.
—No. —Y al cabo de un momento, añadió—: Tú tendrías unos niños preciosos, Julianne. Niños y niñas con enormes ojos castaños y mejillas sonrosadas.
A través del teléfono, Gabriel oyó que Julia ahogaba una exclamación.
Con un hilo de voz, preguntó:
—¿Es demasiado pronto para tener esta conversación?
Ella no respondió.
— ¿Julianne?
—Mis dudas sobre el matrimonio no son por los niños. Son por nuestras experiencias anteriores y por el matrimonio de mis padres. Cuando se casaron, se amaban y eran felices, pero acabaron odiándose y haciéndose mucho daño.
—Pero Richard y Grace fueron felices juntos durante muchos años.
—Es verdad. Si pudiera tener un matrimonio como el suyo...
—Podemos tener un matrimonio como el suyo —la corrigió él—. Eso es exactamente lo que quiero. Y quiero tenerlo contigo.
Con la voz, Gabriel trató de transmitirle cuánto deseaba un matrimonio como el de Grace y Richard; lo mucho que se estaba esforzando para llegar a ser el hombre que pudiera darle ese tipo de vida.
Ella soltó el aire lentamente.
—Si me hubieras pedido que me casara contigo antes, te habría dicho que sí. Pero ahora no puedo aceptar. Tenemos muchas cuestiones que resolver. Y empiezo a notar la presión del doctorado.
—No quiero apretarte ni estresarte —replicó él con la voz suave, pero un tanto crispada.
—Además, pensaba que ya habías tomado la decisión de no tener hijos.
—Siempre podemos adoptar —replicó Gabriel a la defensiva.
Julia reflexionó antes de decir:
—La idea de tener un bebé de ojos azules contigo me hace muy feliz.
—¿De verdad?
—De verdad. Y después de ver lo que Grace y Richard hicieron por ti, me gustaría adoptar algún día. Pero no mientras aún esté estudiando.
—Me temo que la adopción tendría que ser privada. Dudo que ninguna organización respetable le diera un niño a un ex drogadicto.
—¿De verdad quieres tener hijos?
—¿Contigo? Por supuesto. Si nos casáramos, me plantearía revertir la vasectomía. Me la hice hace años, así que no sé si sería posible, pero me gustaría intentarlo. Si estás de acuerdo.
—Creo que es demasiado pronto para tener esta conversación. —El brazo en el que estaba apoyada, le resbaló en el borde de la bañera y salpicó.
«Scheiße!», maldijo en alemán para sí misma, cansada.
—¿Te estás dando un baño?
—Sí.
Gabriel gruñó y Julia se alegró de no ser la única que lo estaba pasando mal. Le resultaba humillante que fuera capaz de resistir alejado de ella.
Finalmente, él rompió el silencio con un suspiro.
—Bueno, estoy al otro lado del pasillo, triste y solo, por si necesitas algo.
—Yo también estoy sola, Gabriel. ¿No podemos hacer nada para remediarlo?
Al notar que titubeaba, Julia se sintió optimista.
Pero él volvió a resoplar de frustración.
—Lo siento. Tengo que dejarte. Buenas noches.
—Buenas noches.
Negando con la cabeza, Julia colgó el teléfono.
A pesar de la ausencia de su madre, la boda de Rachel fue casi como un cuento de hadas. Aaron y ella se casaron en un precioso jardín de Filadelfia. Y, aunque él se había negado en redondo a que se soltaran cien palomas blancas en el momento en que 254
el cura los declarara marido y mujer, Rachel había acabado convenciéndolo para que soltaran cincuenta.
(Por lo menos, ninguno de sus parientes había decidido que era un buen momento para practicar la puntería.)
Como padrino y dama de honor respectivamente, Gabriel y Julia se encontraron flanqueando a los novios, junto con Scott. Ella pasó buena parte de la ceremonia lanzándole miraditas furtivas a Gabriel, que no le quitaba el ojo de encima, sin molestarse en disimular.
Cuando se hubo acabado con las fotos familiares, el banquete y los brindis de rigor, empezó el baile. Rachel y Aaron se fundieron en un abrazo para disfrutar de su primer baile como marido y mujer, antes de que llegara el turno de los padres de unirse a ellos en la pista.
Hubo unos instantes de nerviosismo entre los presentes cuando observaron a Richard avanzar solo hacia la pista, pero en seguida respiraron aliviados cuando vieron que se dirigía hacia Julia y le pedía el honor de ser su pareja.
Aunque sorprendida, pues pensaba que se lo pediría a alguna tía de Rachel o a alguna amiga, aceptó sin dudar. Como el perfecto caballero que era, Richard bailó con ella sujetándola con manos firmes pero respetuosas, mientras daban vueltas por la pista de baile.
—Parece que tu padre está disfrutando —comentó él, señalando con la cabeza a Tom, que estaba charlando animadamente con una profesora de la Universidad de Susquehanna, con una copa en la mano.
—Gracias por invitarlo —dijo Julia tímidamente, mientras se movían al ritmo de At Last, de Etta James.
—Es un buen amigo. Grace y yo quedamos en deuda con él desde que nos ayudó cuando Gabriel se metió en líos.
Julia asintió, tratando de concentrarse en no tropezar.
—El brindis de Gabriel en honor a Grace ha sido muy emotivo.
Richard sonrió.
—Ha sido la primera vez que nos ha llamado papá y mamá. Estoy seguro de que Grace lo está viendo todo y que es muy feliz. No sólo por la boda de Rachel, sino también por la transformación de nuestro hijo. Y esa transformación te la debemos a ti, Julia. Gracias.
Ella sonrió.
—No puedo ponerme esa medalla. Algunas cosas no dependen de una sola persona.
—Tienes razón, pero algunas relaciones son conductos para que la gracia llegue hasta alguien y sé que tú has jugado ese papel en tu relación con Gabriel. Así que te lo agradezco.
»Gabriel ha tardado mucho en perdonarse por lo que pasó con Maia y por no haber estado presente cuando Grace murió. Ahora es un hombre muy distinto al de hace un año. Espero poder volver a bailar contigo en otra boda dentro de no mucho tiempo. Una en la que mi hijo y tú seáis los protagonistas.
Julia lo miró con franqueza.
—Estamos tomándonos las cosas con calma, pero estoy enamorada de él.
—No esperéis mucho. Nunca se sabe lo que va a traer la vida. A veces tenemos menos tiempo del que pensamos.
La canción llegó a su fin, así que Richard le besó la mano y la acompañó a su sitio, junto a Gabriel.
Mientras se sentaba, Julia se secó disimuladamente una lágrima. Él se inclinó
hacia ella y le susurró al oído:
—¿Mi padre te ha hecho llorar?
—No, sólo me ha recordado lo que es importante en la vida —respondió ella, dándole la mano y llevándose las manos unidas de ambos a los labios para besarle los nudillos—. Te quiero.
—Yo también te quiero, mi dulce, dulce niña. —Gabriel la besó y, por unos instantes, se olvidaron de dónde estaban.
Julia le rodeó el cuello con los brazos, acercándolo más. Cuando sus bocas se unieron y sus respiraciones se mezclaron, el sonido de lo que los rodeaba desapareció. Él la acercó hasta que estuvo prácticamente sentada sobre su regazo. Cuando se separaron, los dos respiraban con esfuerzo.
—No tenía ni idea de que las bodas provocaran este efecto —dijo Gabriel, sonriendo con ironía—, si no, te habría llevado a una antes.
Tras bailar varios lentos con Gabriel, Julia lo hizo con Scott y Aaron y, finalmente, con su padre. Era evidente que ambos tenían muchas cosas que decirse y, por sus expresiones, no eran agradables. Pero al final del baile pareció que habían llegado a un acuerdo, ya que Julia regresó junto a Gabriel con una sonrisa.
Avanzada la noche, Aaron pidió la canción de Marc Cohn True Companion y se la dedicó a Rachel. Inmediatamente, una fila de parejas casadas se acercó a la pista de baile. Tammy los sorprendió llevándoles a Quinn para que Julia lo sostuviera mientras ella bailaba con Scott.
Julia tenía miedo de no gustarle al niño.
—Te sienta bien —susurró Gabriel, cuando el pequeño se quedó dormido acurrucado contra su cuello.
—Chist, no vaya a despertarse.
—No se despertará. —Gabriel alargó la mano para acariciar el suave pelo del niño y sonrió cuando éste suspiró satisfecho.
—¿Por qué de pronto quieres casarte y tener hijos? —le preguntó Julia.
Él se encogió de hombros, incómodo.
—Mientras estuvimos separados, pensé mucho. Me di cuenta de que había cosas importantes y otras que no lo eran tanto. Y también visité un orfanato.
—¿Un orfanato? ¿Para qué?
—Estuve trabajando de voluntario con los franciscanos de Florencia. Iban a menudo a llevar caramelos y juguetes a los niños del orfanato cercano. Y empecé a acompañarlos.
Julia se quedó con la boca abierta.
—No me has contado nada.
—No ha salido en la conversación, pero no es ningún secreto. Pensaba quedarme en Asís, pero conocí a una familia de voluntarios americanos que iban a trabajar en una clínica para pobres de Florencia y los acompañé.
—¿Te gustó la experiencia?
—No se me da demasiado bien, pero encontré algo en lo que era mejor que los demás: contaba historias sobre Dante en italiano.
Ella se echó a reír.
—No es una mala ocupación para un especialista en Dante. ¿También contabas esas historias en el orfanato?
—No, los niños eran demasiado pequeños. Estaban bien cuidados, pero el sitio era muy triste. Había bebés con sida y con diversas enfermedades. Y otros niños más mayores, a los que ya nadie quiere adoptar. La mayoría de los padres adoptivos quiere que sean más pequeños.
Julia le puso una mano en el antebrazo.
—Lo siento.
Gabriel se volvió hacia ella y acarició la cabecita del niño.
—Cuando Grace me encontró, yo tenía lo que se considera una edad inadoptable, pero ella me quiso igualmente. Tuve mucha suerte. Fue una auténtica bendición.
Al oír la vulnerabilidad en su voz, Julia se sorprendió una vez más al comprobar lo mucho que Gabriel había cambiado. Meses atrás, habría sido imposible oír al profesor Emerson hablar de bendiciones o verlo acariciando la cabecita de un bebé. Especialmente, la de uno que le había manchado un traje de Armani.
Poco antes de que acabara el baile, Gabriel se acercó al disc-jockey y le pidió una canción en voz baja. Luego se volvió hacia Julia con la mano extendida y una amplia sonrisa.
Al llegar a la pista de baile, empezó a sonar Return to me.
—Me extraña que no hayas pedido Bésame mucho —bromeó ella.
Gabriel le dirigió una mirada cargada de solemnidad.
—He pensado que necesitábamos una canción nueva. Una nueva música para un nuevo capítulo.
—A mí me gustaba el viejo.
—No hace falta que olvidemos el pasado —susurró él—. Pero podemos construir un futuro aún mejor.
Con una sonrisa nostálgica, Julia dijo:
—Recuerdo la primera vez que bailamos juntos.
—Aquella noche me comporté como un auténtico cretino —murmuró avergonzado—. Cada vez que me acuerdo... Me provocabas unas emociones muy intensas, pero no sabía cómo afrontarlas.
—Pero ahora ya sabes cómo actuar cuando estás conmigo. —Julia le acarició la mejilla y le dio un suave beso, antes de deslizar los dedos sobre la pajarita de seda negra—. Recuerdo cómo me gustaban tus pajaritas cuando eras mi profesor y yo sólo era tu alumna. Ibas siempre impecable.
Gabriel le agarró la mano y le dio un beso en la palma.
—Julianne, nunca fuiste sólo mi alumna. Eres mi alma gemela. Mi bashert.
La abrazó, pegándola a su pecho y ella canturreó satisfecha contra su esmoquin. Y cuando Dean Martin empezó a cantar en italiano, fue la voz de él la que susurró en su oído.
Cuando Gabriel se detuvo ante la puerta del cuarto de Julia esa madrugada, la miró con admiración. Su pelo, largo y ondulado, le caía despeinado sobre los hombros. Tenía las mejillas encendidas, igual que los ojos, burbujeantes por el champán y la felicidad. El vestido color rojo intenso se ceñía a su figura sin necesidad de tirantes. Su ángel de ojos castaños aún tenía la capacidad de hechizarlo.
Mientras le acariciaba la mejilla amorosamente, ella lo miró a los ojos, azules y algo cansados, que se escondían ahora detrás de sus gafas. Estaba tan guapo con el esmoquin... Y tan, tan sexy...
Sin pensar, tiró de la pajarita y notó cómo el nudo de seda se deshacía entre sus dedos. Enrollándose la seda alrededor de la mano, tiró de él y lo besó.
Mientras se besaban, Julia se dio cuenta de lo difícil que había debido de resultarle a Gabriel contenerse al principio de su relación. Sintió que le hervía la sangre y la carne le quemaba, sabiendo lo que la esperaba después de los preliminares. Lo necesitaba tanto que no podía contenerse.
—Por favor —le suplicó, poniéndose de puntillas para besarle el cuello.
Gabriel gruñó.
—No me tientes.
—Te prometo que iré con cuidado.
Él se echó a reír, malhumorado.
—Este giro de las circunstancias es de lo más imprevisto.
—Hemos esperado más tiempo del razonable. Te quiero. Y te deseo.
—¿Confías en mí?
—Sí —respondió ella sin aliento.
—Pues entonces cásate conmigo.
—Gabriel, yo...
Él la interrumpió con un beso apasionado. La sujetó con fuerza por el pelo antes de bajar las manos hasta sus hombros desnudos y acariciárselos, sin dejar de besarla en ningún momento.
Soltando la pajarita, Julia le rodeó el cuello con los brazos y echó las caderas hacia adelante para pegarse más a su cuerpo. Le mordisqueó el labio inferior y gimió cuando él le exploró los contornos de la boca con la lengua.
Los dedos de Gabriel se deslizaron sobre sus clavículas, rodeándole los brazos y acariciándole la espalda. La piel de ella había empezado a calentarse y ruborizarse.
—Por favor, déjame hacer las cosas bien —le suplicó él, tomándole la cara entre las manos.
—¿Qué tiene de malo lo que estamos haciendo? —susurró Julia, con sus oscuros suplicantes.
Él volvió a besarla y esa vez le sujetó la pierna y se rodeó con ella la cadera, recreando el tango vertical que habían bailado contra la pared del Royal Ontario Museum.
Gabriel la pegó a la puerta de la habitación y sus manos se perdieron bajo el vestido, acariciándole los muslos arriba y abajo, antes de detenerse bruscamente.
—No puedo.
Julia le quitó las gafas para alisarle las arrugas de preocupación que se le habían formado entre las cejas. En sus ojos vio pasión, conflicto y amor. Apoyando el pie en el suelo, ella volvió a echar las caderas hacia adelante, hasta que sus cuerpos quedaron en contacto.
—Gabriel.
Él parpadeó al oír su voz, como si se estuviera despertando de un sueño.
Al ver que no se movía, Julia se apartó, dejando unos centímetros de distancia entre sus cuerpos, y le devolvió las gafas.
—Buenas noches, Gabriel.
Él tenía un aspecto abatido.
—No quiero hacerte daño.
—Lo sé.
Permaneció allí inmóvil, mirándola a los ojos, que tenía llenos de tristeza y de deseo.
—Estoy tratando de ser fuerte por los dos —susurró—, pero cuando me miras así...
Con un suave beso en los labios y una inclinación de cabeza, Gabriel se rindió. Julia encontró la tarjeta con dedos temblorosos y ambos desaparecieron tras la puerta de su habitación.
A la mañana siguiente, Julia abandonó el cálido refugio de los brazos de Gabriel 258
para una rápida visita al baño. Al volver, lo encontró despierto, mirándola con preocupación.
—¿Estás bien?
Ella se ruborizó.
—Sí.
—Entonces, ven aquí —la invitó, abriendo los brazos.
Julia se acurrucó a su lado, y le pasó una pierna sobre las caderas.
—Siento haberte hecho sentir incómodo ayer en el pasillo.
—No me hiciste sentir incómodo —replicó él, con tanta vehemencia que la pilló por sorpresa—. ¿Por qué tendría que hacerme sentir incómodo que la mujer que amo me demuestre que me desea?
—Creo que montamos un espectáculo para los demás huéspedes del hotel.
—Espero que tomaran ejemplo —bromeó Gabriel, antes de besarla.
Cuando se separaron, Julia le apoyó la cabeza en el hombro.
—Supongo que lo de esperar hasta el matrimonio iba en serio.
—No oí que te quejaras anoche.
—Ya me conoces —dijo ella, guiñándole un ojo—, no me gusta quejarme. Gracias por aceptar, Gabriel. Esta noche ha sido muy importante para mí. —Le rodeó la cintura con los brazos y apretó con fuerza.
—Para mí también —contestó él y sonrió—. Me has demostrado que confías en mí.
—Me alegra que te des cuenta, porque nunca había confiado tanto en nadie.
Gabriel la besó una vez más y le retiró el pelo de la cara.
—Tengo algo que contarte —dijo entonces, acariciándole el cuello con delicadeza—. Es una cosa extraña.
Julia frunció el cejo.
—Te escucho.
—Cuando estuve en Selinsgrove, vi algo. O, mejor dicho, me pasó algo.
Ella le cubrió la mano con la suya.
—¿Alguien te hizo daño?
—No. —Gabriel hizo una pausa incómoda—. Prométeme que mantendrás la mente abierta.
—Por supuesto.
—Mientras sucedió, pensé que estaba soñando, pero al despertar me planteé si habría sido una visión.
Julia parpadeó.
—¿Como cuando pensaste que me habías visto en Asís?
—No. Como lo que dijiste sobre el cuadro de Gentileschi en Florencia... sobre Maia y Grace.
»La vi. Vi a Grace. Estábamos en mi antigua habitación, en casa de mis padres. Y ella me dijo... —La voz se le rompió y respiró hondo para recuperarse—. Me dijo que sabía que la quería.
—Claro —murmuró Julia, abrazándolo con más fuerza.
—Eso no es todo. No estaba sola. Vino acompañada por una joven.
—¿Quién era?
Gabriel tragó saliva con esfuerzo.
—Maia.
Ella ahogó una exclamación.
—Me dijo que era feliz.
Julia le secó una lágrima de la cara.
—¿Fue un sueño? —preguntó.
—Tal vez. No lo sé.
—¿Se lo has contado a Richard? ¿O a Paulina?
—No. Ambos han hecho las paces con el pasado.
Ella le puso una mano en la mejilla.
—Tal vez era lo que necesitabas para perdonarte. Ver que tanto Grace como Maia te han perdonado y que son felices.
Él asintió en silencio y enterró la cara en su pelo.
Capitulo 48
Durante los días y semanas que siguieron, los dos se vieron tan a menudo como pudieron, pero entre los preparativos de Gabriel para el semestre de invierno y el trabajo de Julia en Peet’s, su contacto se llevó a cabo básicamente vía SMS y correos electrónicos.
Ella siguió acudiendo a las sesiones con la doctora Walters, que tomaron una dimensión distinta con el regreso de Gabriel. Y, juntos, empezaron a asistir a sesiones de terapia de pareja una vez por semana; sesiones que se convirtieron rápidamente —aunque de manera no oficial— en preparación prematrimonial.
Cuando Julia se mudó a una residencia de estudiantes, a finales de agosto, Gabriel y ella habían resuelto ya varios de sus problemas de comunicación. Aunque la manzana de la discordia entre ambos permanecía sin resolver: Gabriel seguía negándose a acostarse con ella hasta que no estuvieran casados, y ella seguía insistiendo en que no se precipitaran en cuanto a lo del matrimonio.
En general, él se negaba a compartir la cama con ella y, cuando lo hacía, su expresión era la de un santo que estuviera siendo martirizado.
Una de esas noches, Julia permanecía despierta entre sus brazos mucho después de que él se hubiera dormido. El cuerpo de Gabriel era cálido, como lo habían sido sus palabras de hacía un rato, pero se sentía rechazada. El apasionado profesor no había necesitado que Paulina le insistiera mucho para que volvieran a acostarse, pero en cambio se negaba a amarla a ella con su cuerpo, a pesar de sus promesas de amor eterno.
Con la cabeza apoyada en el pecho de él, que subía y bajaba rítmicamente, reflexionó sobre el rumbo que había tomado su vida. Se preguntó si Beatriz habría pasado muchas noches deseando la presencia de Dante a su lado y teniendo que conformarse con que la adorara a distancia.
«Julia.»
Se sobresaltó al oír su nombre. Gabriel murmuró algo más y la sujetó con fuerza.
Ella derramó una lágrima.
Sabía que él la amaba, pero comprobarlo siempre la emocionaba. Gabriel estaba tratando de liberarse de su pasado con Paulina y otras mujeres y Julia estaba pagando el precio. Aunque tal vez no fuera algo muy distinto del precio que él había tenido que pagar por la vergüenza de ella tras su ruptura con Simon.
Cuando volvió a murmurar, inquieto, Julia le susurró al oído:
—Estoy aquí.
Dándole un suave beso en el tatuaje, cerró los ojos.
Ella siguió acudiendo a las sesiones con la doctora Walters, que tomaron una dimensión distinta con el regreso de Gabriel. Y, juntos, empezaron a asistir a sesiones de terapia de pareja una vez por semana; sesiones que se convirtieron rápidamente —aunque de manera no oficial— en preparación prematrimonial.
Cuando Julia se mudó a una residencia de estudiantes, a finales de agosto, Gabriel y ella habían resuelto ya varios de sus problemas de comunicación. Aunque la manzana de la discordia entre ambos permanecía sin resolver: Gabriel seguía negándose a acostarse con ella hasta que no estuvieran casados, y ella seguía insistiendo en que no se precipitaran en cuanto a lo del matrimonio.
En general, él se negaba a compartir la cama con ella y, cuando lo hacía, su expresión era la de un santo que estuviera siendo martirizado.
Una de esas noches, Julia permanecía despierta entre sus brazos mucho después de que él se hubiera dormido. El cuerpo de Gabriel era cálido, como lo habían sido sus palabras de hacía un rato, pero se sentía rechazada. El apasionado profesor no había necesitado que Paulina le insistiera mucho para que volvieran a acostarse, pero en cambio se negaba a amarla a ella con su cuerpo, a pesar de sus promesas de amor eterno.
Con la cabeza apoyada en el pecho de él, que subía y bajaba rítmicamente, reflexionó sobre el rumbo que había tomado su vida. Se preguntó si Beatriz habría pasado muchas noches deseando la presencia de Dante a su lado y teniendo que conformarse con que la adorara a distancia.
«Julia.»
Se sobresaltó al oír su nombre. Gabriel murmuró algo más y la sujetó con fuerza.
Ella derramó una lágrima.
Sabía que él la amaba, pero comprobarlo siempre la emocionaba. Gabriel estaba tratando de liberarse de su pasado con Paulina y otras mujeres y Julia estaba pagando el precio. Aunque tal vez no fuera algo muy distinto del precio que él había tenido que pagar por la vergüenza de ella tras su ruptura con Simon.
Cuando volvió a murmurar, inquieto, Julia le susurró al oído:
—Estoy aquí.
Dándole un suave beso en el tatuaje, cerró los ojos.
Capitulo 47
«¿Quéee?»
Eso es lo que habría querido gritar Julia, pero dadas las circunstancias, se mordió la lengua. No le parecía muy sensato mostrar sus cartas.
—Me preocupa que si nos acostamos antes de hora, pueda ser perjudicial para los cambios que debemos afrontar.
—Entonces, ¿quieres esperar?
Él le dirigió una ardorosa mirada.
—No, Julianne. No quiero esperar. Quiero hacerte el amor ahora mismo y no parar durante una semana. Pero creo que deberíamos esperar.
Ella abrió mucho los ojos al darse cuenta de que hablaba en serio.
Gabriel la besó con dulzura.
—Si vamos a ser compañeros, tenemos que confiar el uno en el otro. Y si no confías en mí con tu mente, ¿cómo vas a confiarme tu cuerpo?
—Creo que ya me dijiste eso una vez.
—Hemos dado la vuelta completa y hemos regresado al principio. —Carraspeó—. Para que no quede ninguna duda, cuando hablo de confianza, quiero decir confianza plena. Tengo fe en que, con el tiempo, me perdonarás y dejarás de estar enfadada conmigo. Sé que seremos capaces de superar nuestra necesidad de proteger al otro a toda costa, para evitar más crisis. —La miró, expectante antes de proseguir—: Sé que debería haber esperado a que dejaras de ser mi alumna para iniciar la relación. Me quise convencer de que, mientras no practicáramos sexo, no estaríamos rompiendo ninguna regla, pero me equivoqué. Y fuiste tú quien pagó las consecuencias. —La miró fijamente—. No me crees.
—Oh, no, no es eso. Te creo. Pero el profesor Emerson que conocí y del que me enamoré no era muy partidario de la abstinencia.
Él frunció el cejo.
—¿Ya te has olvidado de cómo empezó nuestra relación? Nos abstuvimos la primera noche y muchas otras noches después de aquélla.
Ella lo besó en la boca, arrepentida.
—Tienes razón. Lo siento.
Gabriel se volvió de lado para mirarla a los ojos.
—Tengo tantas ganas de tenerte entre mis brazos que me duele. No puedo esperar a que llegue el momento de estar unido a ti en cuerpo y alma. Pero cuando vuelva a entrar en tu cuerpo, quiero que sepas que no te abandonaré nunca más. Que eres mía y yo soy tuyo para siempre. —Con voz ronca, añadió—: Que estamos casados.
—¿Cómo dices?
—Quiero casarme contigo. Cuando vuelva a hacerte el amor, quiero que seas mi esposa.
Cuando Julia se lo quedó mirando boquiabierta, él siguió hablando rápidamente:
—Richard es el tipo de persona en que quiero convertirme. Quiero ser uno de esos hombres que pasan el resto de su vida amando a una sola mujer. Quiero estar a tu lado, frente a nuestra familia, y pronunciar los votos ante Dios.
—Gabriel, ¿cómo quieres que me plantee casarme contigo, si a duras penas estoy tratando de aprender a estar a tu lado otra vez? Francamente, sigo enfadada contigo.
—Lo entiendo. Créeme, no quiero meterte prisa. ¿Recuerdas la primera vez que hicimos el amor?
Julia se ruborizó.
—Sí.
—¿Qué es lo que recuerdas?
Ella hizo memoria, con un brillo melancólico en la mirada.
—Fuiste muy apasionado, pero muy cuidadoso al mismo tiempo. Lo habías planeado todo meticulosamente, hasta aquel ridículo zumo de arándanos.
»Recuerdo que estando sobre mí me miraste a los ojos. Recuerdo que mientras te movías en mi interior, me decías que me amabas. Nunca olvidaré esos momentos, ni aunque viva cien años —admitió, ocultando la cara contra el cuello de Gabriel.
—¿Vuelves a ser tímida? —Le acarició la mejilla con un dedo.
—Un poco.
—¿Por qué? Me has visto desnudo. He adorado cada centímetro de tu precioso cuerpo.
—Echo de menos la conexión que teníamos. Sin ella me siento incompleta.
—A mí me pasa lo mismo, pero ¿crees que podrías hacer el amor conmigo sin confiar en mí? Te olvidas de que te conozco, amor mío, y sé que no podrías entregarle tu cuerpo a alguien a quien no le entregarías tu corazón.
»¿Recuerdas nuestra última vez juntos? Dices que sentiste que te había follado. La próxima vez que estemos desnudos en una cama no quiero que tengas la menor duda de que nuestra unión es fruto del amor, no de la lujuria.
—Eso podemos conseguirlo sin casarnos —contestó ella.
—Tal vez. Aunque si no puedes confiar en mí lo suficiente como para casarte conmigo, quizá lo mejor sería que me dejaras ahora.
Julia abrió mucho los ojos.
—¿Me estás dando un ultimátum?
—No, pero quiero demostrarte que soy digno de ti y darte tiempo para que se curen tus heridas. —La miró con solemnidad—. Necesito algo permanente.
Julia entornó los ojos.
—¿Quieres algo permanente o necesitas algo permanente?
Él cambió de postura.
—Las dos cosas. Quiero que seas mi esposa, pero también quiero ser el tipo de hombre que debería haber sido desde hace tiempo.
—Gabriel, siempre estás tratando de conseguirme. ¿Cuándo vas a parar?
—Nunca.
Ella levantó las manos, frustrada.
—Negarme el sexo para lograr que me case contigo es propio de alguien muy manipulador.
La expresión de Gabriel se iluminó.
—No te estoy negando el sexo. Si tú me dijeras que no estás preparada para acostarte conmigo y yo insistiera, entonces sí estaría siendo un hijo de puta manipulador. ¿No crees que yo me merezco lo mismo? ¿O es que lo de «“no” significa “no”» sólo es válido para las mujeres?
—Yo no te presionaría si supiera que no te apetece —respondió Julia, indignada—. Tuviste mucha paciencia conmigo cuando yo no me sentía preparada para acostarme contigo, pero ¿qué me dices del sexo de reconciliación? Pensaba que era una tradición.
Él se acercó más.
—¿Sexo de reconciliación? —repitió, con una mirada tan ardiente que Julia 246
pensó que iba a estallar en llamas en cualquier momento—. ¿Es eso lo que quieres? —preguntó, con voz ronca.
«Bienvenido, profesor Emerson. Te echaba de menos.»
—Bueno... ¿sí?
Gabriel le acarició el labio inferior con un dedo.
—Pídemelo —le dijo.
Julia parpadeó varias veces hasta romper el embrujo magnético de su mirada, que la había dejado sin palabras.
—No hay nada en este mundo que desee más que pasar días y noches enteros dedicados a darte placer, a explorar tus recovecos, a adorarte con mi cuerpo. Y lo haré. En nuestra luna de miel seré el amante más atento e imaginativo. Pondré mis artes amatorias a tu servicio hasta que olvides todos los errores que he cometido. Cuando te lleve a la cama convertida en... mi esposa.
Julia apoyó la cabeza sobre su pecho, en el lugar donde la camisa ocultaba el tatuaje.
—¿Cómo puedes ser tan... frío?
Gabriel la agarró por los brazos y se volvió, hasta que ella quedó encima de él, pegada a su cuerpo.
La besó, con delicadeza al principio, rozándole los labios con los suyos y succionándole el labio inferior. Luego, a medida que su abrazo ganaba intensidad, le acarició la nuca y la espalda para que se relajara.
Le rozó el labio superior con la punta de la lengua para asegurarse de que iba a ser bien recibido. No habría tenido que preocuparse, porque Julia lo recibió con entusiasmo, explorando su boca. Gabriel respondió con entusiasmo multiplicado hasta que, sin previo aviso, se retiró.
—¿Te he parecido frío? —susurró apasionadamente, con una mirada hambrienta—. ¿Has tenido la impresión de que no te deseaba?
Ella habría negado con la cabeza si hubiera recordado dónde la tenía.
Él le besó la mandíbula, la barbilla y fue deslizándose lentamente por su cuello hasta besarle el hueco de la parte inferior de la garganta.
—¿Y esto? ¿Te ha parecido frío? —insistió, besándole entonces las clavículas.
—N... no —respondió, estremeciéndose.
Gabriel ascendió por su cuello, acariciándola con la nariz hasta llegar a la oreja, donde empezó a mordisquearle el lóbulo entre susurros de adoración.
—¿Qué me dices de esto?
Con la mano derecha le acarició el costado, resiguiendo cada costilla como si fuera una obra de arte, o como si estuviera buscando la que Adán había perdido. Cambiando ligeramente de ángulo, Julia le deslizó el muslo sobre la cadera, rozando la evidencia de su pasión.
—¿Puedes negarlo? —insistió él.
—No.
Gabriel la miró con ardor.
—Ahora que hemos dejado esto claro, quiero oír tu respuesta.
A Julia le costaba razonar en aquella postura. Cuando empezó a moverse, él la sujetó con más fuerza.
—Durante estos meses no ha habido nadie más —aseveró—. No quería a nadie que no fueras tú. Pero si me dijeras que te has enamorado de otra persona y que eres feliz, no insistiría. Por mucho que me doliera. —Hizo una mueca y susurró—: Siempre te querré, Julianne, me quieras tú o no. Eres mi cielo. Y mi infierno.
Se hizo el silencio en la habitación durante varios minutos. Julia se cubrió la 247
boca con una mano temblorosa y Gabriel vio que tenía las mejillas mojadas de las lágrimas.
—¿Qué pasa? —Tiró de ella con suavidad hasta que la tuvo contra su pecho—. Lo siento. No quería hacerte daño —le dijo arrepentido, acariciándole la espalda.
Julia tardó unos minutos más en calmarse lo suficiente como para poder hablar.
—Me quieres.
Él hizo una mueca de incredulidad.
—¿Lo dudas?
Cuando ella permaneció en silencio, Gabriel empezó a preocuparse en serio.
—¿Pensabas que no te quería? Te he dicho que te amo de todas las maneras posibles. He tratado de demostrártelo con mis actos, con mis palabras, con mi cuerpo. ¿No me creíste?
Julia negó con la cabeza, como diciéndole que no la estaba entendiendo.
—¿Me creíste alguna vez? ¿Me creíste cuando estuvimos en Italia? ¿O en Belice? —Gabriel se tiró del pelo, desesperado—. ¡Por el amor de Dios, Julia! ¿Permitiste que fuera el primer hombre en tu vida pensando que sólo me gustabas?
—No.
—Entonces, ¿por qué eliges este momento para creer que te quiero?
—Porque estabas dispuesto a dejarme salir de tu vida si yo elegía a otra persona.
Dos gruesas lágrimas rodaron por sus mejillas y Gabriel las detuvo con los dedos.
—Eso es lo que pasa cuando quieres a alguien. Quieres que ese alguien sea feliz.
Julia se secó los ojos y él vio que una de sus últimas lágrimas brillaba sobre el anillo de boda que llevaba en el dedo.
—Cuando encontré el grabado de san Francisco y Guido de Montefeltro, no entendí por qué lo habías metido en el libro. Pero ahora lo entiendo. Tenías miedo de que la universidad arruinara mi carrera académica. Y, para impedirlo, ofreciste la tuya en su lugar. Me amabas tanto que te apartaste de mi vida, aunque sabías que con ello se te rompería el corazón.
—Julia, yo...
Las palabras de Gabriel fueron interrumpidas por los labios de ella, que se fundieron con los suyos en un beso casto y cargado de dolor, pero erótico y gozoso al mismo tiempo.
Hasta ese momento no se había sentido digna del ágape. No había aspirado a ser amada de una manera tan sacrificada. No había sido un objetivo en su vida, ni un grial que hubiera perseguido. Cuando Gabriel le había dicho que la amaba por primera vez, se lo había creído sin darle más vueltas. Pero no había sido consciente de la magnitud y la profundidad de su amor. Sólo con su última declaración le había quedado claro. Y, con la revelación, le sobrevino una gran sensación de sobrecogimiento.
Tal vez su amor siempre había tenido un fuerte componente de sacrificio. O tal vez había ido creciendo con el paso del tiempo, como el manzano que los había alimentado aquella lejana noche, y sólo ahora ella se daba cuenta de su dimensión.
En esos instantes, la génesis de su amor-ágape no importaba. Tras enfrentarse a lo que sólo podía definir como algo muy profundo, Julia nunca más volvería a dudar de su sentimiento. Sabía que él la amaba tal como era, completamente, sin cuestionarla.
Gabriel se separó un poco para mirarla a la cara y le acarició la mejilla con la mano.
—No soy un hombre especialmente noble, pero el amor que siento por ti es para siempre. Cuando fui a tu apartamento, mi intención era decirte que te amaba y asegurarme de que estabas bien. Si me hubieras echado de tu lado —inspiró hondo antes
de acabar la frase— ... me habría marchado.
—No pienso echarte de mi lado —murmuró ella—. Y haré todo lo que pueda para ayudarte.
—Gracias.
Julia se acercó más y se acurrucó contra su pecho.
—Siento haberme marchado —se disculpó él, antes de unir sus labios en un beso.
Eso es lo que habría querido gritar Julia, pero dadas las circunstancias, se mordió la lengua. No le parecía muy sensato mostrar sus cartas.
—Me preocupa que si nos acostamos antes de hora, pueda ser perjudicial para los cambios que debemos afrontar.
—Entonces, ¿quieres esperar?
Él le dirigió una ardorosa mirada.
—No, Julianne. No quiero esperar. Quiero hacerte el amor ahora mismo y no parar durante una semana. Pero creo que deberíamos esperar.
Ella abrió mucho los ojos al darse cuenta de que hablaba en serio.
Gabriel la besó con dulzura.
—Si vamos a ser compañeros, tenemos que confiar el uno en el otro. Y si no confías en mí con tu mente, ¿cómo vas a confiarme tu cuerpo?
—Creo que ya me dijiste eso una vez.
—Hemos dado la vuelta completa y hemos regresado al principio. —Carraspeó—. Para que no quede ninguna duda, cuando hablo de confianza, quiero decir confianza plena. Tengo fe en que, con el tiempo, me perdonarás y dejarás de estar enfadada conmigo. Sé que seremos capaces de superar nuestra necesidad de proteger al otro a toda costa, para evitar más crisis. —La miró, expectante antes de proseguir—: Sé que debería haber esperado a que dejaras de ser mi alumna para iniciar la relación. Me quise convencer de que, mientras no practicáramos sexo, no estaríamos rompiendo ninguna regla, pero me equivoqué. Y fuiste tú quien pagó las consecuencias. —La miró fijamente—. No me crees.
—Oh, no, no es eso. Te creo. Pero el profesor Emerson que conocí y del que me enamoré no era muy partidario de la abstinencia.
Él frunció el cejo.
—¿Ya te has olvidado de cómo empezó nuestra relación? Nos abstuvimos la primera noche y muchas otras noches después de aquélla.
Ella lo besó en la boca, arrepentida.
—Tienes razón. Lo siento.
Gabriel se volvió de lado para mirarla a los ojos.
—Tengo tantas ganas de tenerte entre mis brazos que me duele. No puedo esperar a que llegue el momento de estar unido a ti en cuerpo y alma. Pero cuando vuelva a entrar en tu cuerpo, quiero que sepas que no te abandonaré nunca más. Que eres mía y yo soy tuyo para siempre. —Con voz ronca, añadió—: Que estamos casados.
—¿Cómo dices?
—Quiero casarme contigo. Cuando vuelva a hacerte el amor, quiero que seas mi esposa.
Cuando Julia se lo quedó mirando boquiabierta, él siguió hablando rápidamente:
—Richard es el tipo de persona en que quiero convertirme. Quiero ser uno de esos hombres que pasan el resto de su vida amando a una sola mujer. Quiero estar a tu lado, frente a nuestra familia, y pronunciar los votos ante Dios.
—Gabriel, ¿cómo quieres que me plantee casarme contigo, si a duras penas estoy tratando de aprender a estar a tu lado otra vez? Francamente, sigo enfadada contigo.
—Lo entiendo. Créeme, no quiero meterte prisa. ¿Recuerdas la primera vez que hicimos el amor?
Julia se ruborizó.
—Sí.
—¿Qué es lo que recuerdas?
Ella hizo memoria, con un brillo melancólico en la mirada.
—Fuiste muy apasionado, pero muy cuidadoso al mismo tiempo. Lo habías planeado todo meticulosamente, hasta aquel ridículo zumo de arándanos.
»Recuerdo que estando sobre mí me miraste a los ojos. Recuerdo que mientras te movías en mi interior, me decías que me amabas. Nunca olvidaré esos momentos, ni aunque viva cien años —admitió, ocultando la cara contra el cuello de Gabriel.
—¿Vuelves a ser tímida? —Le acarició la mejilla con un dedo.
—Un poco.
—¿Por qué? Me has visto desnudo. He adorado cada centímetro de tu precioso cuerpo.
—Echo de menos la conexión que teníamos. Sin ella me siento incompleta.
—A mí me pasa lo mismo, pero ¿crees que podrías hacer el amor conmigo sin confiar en mí? Te olvidas de que te conozco, amor mío, y sé que no podrías entregarle tu cuerpo a alguien a quien no le entregarías tu corazón.
»¿Recuerdas nuestra última vez juntos? Dices que sentiste que te había follado. La próxima vez que estemos desnudos en una cama no quiero que tengas la menor duda de que nuestra unión es fruto del amor, no de la lujuria.
—Eso podemos conseguirlo sin casarnos —contestó ella.
—Tal vez. Aunque si no puedes confiar en mí lo suficiente como para casarte conmigo, quizá lo mejor sería que me dejaras ahora.
Julia abrió mucho los ojos.
—¿Me estás dando un ultimátum?
—No, pero quiero demostrarte que soy digno de ti y darte tiempo para que se curen tus heridas. —La miró con solemnidad—. Necesito algo permanente.
Julia entornó los ojos.
—¿Quieres algo permanente o necesitas algo permanente?
Él cambió de postura.
—Las dos cosas. Quiero que seas mi esposa, pero también quiero ser el tipo de hombre que debería haber sido desde hace tiempo.
—Gabriel, siempre estás tratando de conseguirme. ¿Cuándo vas a parar?
—Nunca.
Ella levantó las manos, frustrada.
—Negarme el sexo para lograr que me case contigo es propio de alguien muy manipulador.
La expresión de Gabriel se iluminó.
—No te estoy negando el sexo. Si tú me dijeras que no estás preparada para acostarte conmigo y yo insistiera, entonces sí estaría siendo un hijo de puta manipulador. ¿No crees que yo me merezco lo mismo? ¿O es que lo de «“no” significa “no”» sólo es válido para las mujeres?
—Yo no te presionaría si supiera que no te apetece —respondió Julia, indignada—. Tuviste mucha paciencia conmigo cuando yo no me sentía preparada para acostarme contigo, pero ¿qué me dices del sexo de reconciliación? Pensaba que era una tradición.
Él se acercó más.
—¿Sexo de reconciliación? —repitió, con una mirada tan ardiente que Julia 246
pensó que iba a estallar en llamas en cualquier momento—. ¿Es eso lo que quieres? —preguntó, con voz ronca.
«Bienvenido, profesor Emerson. Te echaba de menos.»
—Bueno... ¿sí?
Gabriel le acarició el labio inferior con un dedo.
—Pídemelo —le dijo.
Julia parpadeó varias veces hasta romper el embrujo magnético de su mirada, que la había dejado sin palabras.
—No hay nada en este mundo que desee más que pasar días y noches enteros dedicados a darte placer, a explorar tus recovecos, a adorarte con mi cuerpo. Y lo haré. En nuestra luna de miel seré el amante más atento e imaginativo. Pondré mis artes amatorias a tu servicio hasta que olvides todos los errores que he cometido. Cuando te lleve a la cama convertida en... mi esposa.
Julia apoyó la cabeza sobre su pecho, en el lugar donde la camisa ocultaba el tatuaje.
—¿Cómo puedes ser tan... frío?
Gabriel la agarró por los brazos y se volvió, hasta que ella quedó encima de él, pegada a su cuerpo.
La besó, con delicadeza al principio, rozándole los labios con los suyos y succionándole el labio inferior. Luego, a medida que su abrazo ganaba intensidad, le acarició la nuca y la espalda para que se relajara.
Le rozó el labio superior con la punta de la lengua para asegurarse de que iba a ser bien recibido. No habría tenido que preocuparse, porque Julia lo recibió con entusiasmo, explorando su boca. Gabriel respondió con entusiasmo multiplicado hasta que, sin previo aviso, se retiró.
—¿Te he parecido frío? —susurró apasionadamente, con una mirada hambrienta—. ¿Has tenido la impresión de que no te deseaba?
Ella habría negado con la cabeza si hubiera recordado dónde la tenía.
Él le besó la mandíbula, la barbilla y fue deslizándose lentamente por su cuello hasta besarle el hueco de la parte inferior de la garganta.
—¿Y esto? ¿Te ha parecido frío? —insistió, besándole entonces las clavículas.
—N... no —respondió, estremeciéndose.
Gabriel ascendió por su cuello, acariciándola con la nariz hasta llegar a la oreja, donde empezó a mordisquearle el lóbulo entre susurros de adoración.
—¿Qué me dices de esto?
Con la mano derecha le acarició el costado, resiguiendo cada costilla como si fuera una obra de arte, o como si estuviera buscando la que Adán había perdido. Cambiando ligeramente de ángulo, Julia le deslizó el muslo sobre la cadera, rozando la evidencia de su pasión.
—¿Puedes negarlo? —insistió él.
—No.
Gabriel la miró con ardor.
—Ahora que hemos dejado esto claro, quiero oír tu respuesta.
A Julia le costaba razonar en aquella postura. Cuando empezó a moverse, él la sujetó con más fuerza.
—Durante estos meses no ha habido nadie más —aseveró—. No quería a nadie que no fueras tú. Pero si me dijeras que te has enamorado de otra persona y que eres feliz, no insistiría. Por mucho que me doliera. —Hizo una mueca y susurró—: Siempre te querré, Julianne, me quieras tú o no. Eres mi cielo. Y mi infierno.
Se hizo el silencio en la habitación durante varios minutos. Julia se cubrió la 247
boca con una mano temblorosa y Gabriel vio que tenía las mejillas mojadas de las lágrimas.
—¿Qué pasa? —Tiró de ella con suavidad hasta que la tuvo contra su pecho—. Lo siento. No quería hacerte daño —le dijo arrepentido, acariciándole la espalda.
Julia tardó unos minutos más en calmarse lo suficiente como para poder hablar.
—Me quieres.
Él hizo una mueca de incredulidad.
—¿Lo dudas?
Cuando ella permaneció en silencio, Gabriel empezó a preocuparse en serio.
—¿Pensabas que no te quería? Te he dicho que te amo de todas las maneras posibles. He tratado de demostrártelo con mis actos, con mis palabras, con mi cuerpo. ¿No me creíste?
Julia negó con la cabeza, como diciéndole que no la estaba entendiendo.
—¿Me creíste alguna vez? ¿Me creíste cuando estuvimos en Italia? ¿O en Belice? —Gabriel se tiró del pelo, desesperado—. ¡Por el amor de Dios, Julia! ¿Permitiste que fuera el primer hombre en tu vida pensando que sólo me gustabas?
—No.
—Entonces, ¿por qué eliges este momento para creer que te quiero?
—Porque estabas dispuesto a dejarme salir de tu vida si yo elegía a otra persona.
Dos gruesas lágrimas rodaron por sus mejillas y Gabriel las detuvo con los dedos.
—Eso es lo que pasa cuando quieres a alguien. Quieres que ese alguien sea feliz.
Julia se secó los ojos y él vio que una de sus últimas lágrimas brillaba sobre el anillo de boda que llevaba en el dedo.
—Cuando encontré el grabado de san Francisco y Guido de Montefeltro, no entendí por qué lo habías metido en el libro. Pero ahora lo entiendo. Tenías miedo de que la universidad arruinara mi carrera académica. Y, para impedirlo, ofreciste la tuya en su lugar. Me amabas tanto que te apartaste de mi vida, aunque sabías que con ello se te rompería el corazón.
—Julia, yo...
Las palabras de Gabriel fueron interrumpidas por los labios de ella, que se fundieron con los suyos en un beso casto y cargado de dolor, pero erótico y gozoso al mismo tiempo.
Hasta ese momento no se había sentido digna del ágape. No había aspirado a ser amada de una manera tan sacrificada. No había sido un objetivo en su vida, ni un grial que hubiera perseguido. Cuando Gabriel le había dicho que la amaba por primera vez, se lo había creído sin darle más vueltas. Pero no había sido consciente de la magnitud y la profundidad de su amor. Sólo con su última declaración le había quedado claro. Y, con la revelación, le sobrevino una gran sensación de sobrecogimiento.
Tal vez su amor siempre había tenido un fuerte componente de sacrificio. O tal vez había ido creciendo con el paso del tiempo, como el manzano que los había alimentado aquella lejana noche, y sólo ahora ella se daba cuenta de su dimensión.
En esos instantes, la génesis de su amor-ágape no importaba. Tras enfrentarse a lo que sólo podía definir como algo muy profundo, Julia nunca más volvería a dudar de su sentimiento. Sabía que él la amaba tal como era, completamente, sin cuestionarla.
Gabriel se separó un poco para mirarla a la cara y le acarició la mejilla con la mano.
—No soy un hombre especialmente noble, pero el amor que siento por ti es para siempre. Cuando fui a tu apartamento, mi intención era decirte que te amaba y asegurarme de que estabas bien. Si me hubieras echado de tu lado —inspiró hondo antes
de acabar la frase— ... me habría marchado.
—No pienso echarte de mi lado —murmuró ella—. Y haré todo lo que pueda para ayudarte.
—Gracias.
Julia se acercó más y se acurrucó contra su pecho.
—Siento haberme marchado —se disculpó él, antes de unir sus labios en un beso.
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