La mañana de Navidad, muy temprano, Gabriel —ataviado con unos bóxers y las gafas— se debatía entre despertar a Julianne o dejarla dormir un poco más. Podría haberse ido a la zona de estar de la suite, donde había estado jugando a ser Papá Noel, pero prefería estar con ella, aunque fuera a oscuras.
La conversación que había mantenido con Richard el día anterior lo atormentaba. Cuando su padre adoptivo le había preguntado por Paulina, él le había contado una versión resumida, haciendo hincapié en que ella era su pasado y Julia su futuro.
Richard, que era un hombre comprensivo, insistió en que Paulina fuera a terapia como condición para seguir teniendo acceso a su fondo de inversiones, pues era evidente que necesitaba ayuda.
Cuando Gabriel le dio la razón, Richard cambió de tema, preguntándole si estaba enamorado de Julia. Cuando él respondió sin dudar, su padre sacó a colación una palabra empezada con erre: «responsabilidad».
—Estoy actuando con responsabilidad.
—Julia está estudiando. ¿Y si se queda embarazada?
La expresión de Gabriel se endureció.
—Eso no va a pasar.
—Eso mismo pensaba yo —replicó Richard sonriendo—. Y entonces nació Scott.
—Ya he demostrado más de una vez que soy responsable de mis actos —insistió Gabriel en tono glacial.
Richard se echó hacia atrás en la silla y lo miró.
—Julia se parece a Grace en algunas cosas. Una de ellas es su voluntad de sacrificarse por aquellos a los que ama.
—No permitiré que sacrifique sus sueños por mí, si es eso lo que te preocupa.
Su padre volvió la vista hacia la foto de su esposa, que lo miraba desde la mesa del despacho, una mujer sonriente, de ojos amables.
—¿Cómo ha reaccionado Julia al ver a esa joven?
—Todavía no lo hemos hablado.
—Si abandonas a Julia, tendrás un problema con tus hermanos y conmigo, ¿lo sabes?
Gabriel frunció el cejo y respondió solemne:
—No la abandonaré nunca. No podría vivir sin ella.
—¿Y por qué no se lo dices a ella?
—Porque sólo llevamos dos semanas juntos.
Richard alzó las cejas, sorprendido, pero prefirió no preguntarle sobre la ambigüedad de la expresión «estar juntos».
—Ya conoces mi opinión al respecto. Deberías casarte con ella. Si no, cualquiera que os vea pensará que lo que tenéis no es más que una aventura sexual, cuando tus intenciones son mucho más serias.
Él se ofendió.
—Julianne no es mi amante.
—Pero no quieres comprometerte con ella.
—Estoy comprometido con ella. No hay nadie más en mi vida.
—Pero Paulina aparece de pronto y monta una escena delante de Julia y de tu familia.
—¡No puedo evitarlo!
—¿Ah, no? —Richard frunció los labios—. Me parece que Paulina es una mujer inteligente y si estuviera convencida de que no iba a conseguir nada, te dejaría en paz.
Gabriel frunció el cejo, pero no se lo discutió.
—¿Por qué no te comprometes con Julia? Estoy seguro de que está angustiada por el futuro. El matrimonio es un sacramento creado en buena medida para proteger a las mujeres de la explotación sexual. Si le niegas esa protección, ella no deja de ser algo muy parecido a tu amante, la llames como la llames. Viendo lo que le ha pasado a Paulina, tiene que estar preocupada.
—Las situaciones de ellas dos no tienen nada que ver.
—Pero ¿cómo puede saberlo Julia? —Richard tamborileó con los dedos sobre la mesa—. El matrimonio es más que un trozo de papel. Es un misterio. De hecho, hay un texto judío que sugiere que se establece en el cielo, entre dos almas gemelas. ¿No quieres estar con ella para siempre?
—Lo que yo quiera no es importante. No voy a presionarla para que tome una decisión que le va a cambiar la vida en pleno curso académico —respondió Gabriel, frotándose los ojos—. Es demasiado pronto.
—Espero que no esperes hasta que sea demasiado tarde —replicó Richard, mirando a Grace con tristeza.
Con esas palabras resonando en sus oídos, Gabriel contemplaba dormir a su alma gemela durante la mañana de Navidad.
Como si hubiera oído sus pensamientos, Julia se desperezó, presa de una extraña angustia. Al volverse hacia Gabriel, rozó la seda de los bóxers.
En la oscuridad de la habitación, él parecía una gárgola: una figura gris, inmóvil, que la observaba en silencio tras las gafas. Tardó unos instantes en preguntarle:
—¿Qué estás haciendo?
—Nada. Vuélvete a dormir.
Ella frunció el cejo, preocupada.
—Pero estás sentado a oscuras, medio desnudo.
Él trató de sonreír.
—Estoy esperando a que te despiertes.
—¿Por qué?
—Para abrir los regalos. Pero aún es temprano. Duérmete.
Julia se acercó a él y le buscó la mano. Tras besársela, se la llevó al corazón.
Gabriel sonrió y dejó la mano quieta, sintiendo sus latidos.
—Perdóname por lo de anoche —dijo, recuperando la solemnidad—. No quiero que pienses que sólo me interesa el sexo. No es verdad.
—Ya lo sé.
Él le acarició las cejas con los dedos.
—Te deseo, eso es innegable. Me cuesta mucho no tocarte, no poder estar lo más cerca posible de ti. —Su mano descendió hasta su mejilla y se quedó allí—. Pero te quiero y quiero que estés conmigo porque te apetezca, no porque te sientas obligada.
Julia apoyó la cara en su mano.
—No me siento obligada. Ha habido un montón de veces en que podrías haberme presionado, como la noche que pasamos en tu cuarto, cuando me quité el top. Pero no lo hiciste. Fuiste muy paciente. Y la primera vez estuviste maravilloso. Tengo mucha suerte de que seas mi amante. —Le dirigió una sonrisa soñolienta—. ¿Por qué no te acuestas? Creo que a los dos nos vendría bien descansar.
Gabriel se deslizó bajo las sábanas y se acurrucó cerca de su amada. Cuando la respiración de ella se hizo más profunda, indicándole que se había dormido, le susurró promesas en italiano.
Cuando Julia se volvió a despertar, él le llevó el desayuno a la cama. Y luego no paró hasta que se levantó y lo acompañó a la sala. Estaba tan nervioso que casi daba saltos.
(De un modo muy digno, propio de un profesor universitario, por descontado, a pesar de que no se había puesto la camisa.)
Gabriel había cogido «prestado» del recibidor del hotel un pequeño árbol de Navidad y lo había colocado en el centro de la sala. Debajo había varios paquetes envueltos en papel brillante de diversos colores. Dos grandes calcetines con sus nombres bordados colgaban de los dos extremos del sofá.
—Feliz Navidad —le deseó Gabriel, besándole la frente.
Se sentía muy orgulloso de sí mismo y no podía ocultarlo.
—Es mi primer calcetín. Nunca había tenido uno —dijo Julia.
Él la acompañó hasta el sofá. Cuando estuvo sentada, le colocó el calcetín en el regazo. Estaba lleno de caramelos y de braguitas con motivos navideños. Y en la punta había un lápiz de memoria que contenía las imágenes de un tango contra la pared en el Royal Ontario Museum.
—¿Por qué no te habían regalado nunca un calcetín navideño?
Ella se encogió de hombros.
—Sharon solía olvidarse de que era Navidad y a mi padre nunca se le ocurrió.
Gabriel negó con la cabeza. Él tampoco había tenido calcetines antes de ir a vivir con los Clark.
Julia señaló un par de paquetes envueltos con papel rojo y verde.
—¿Por qué no abres primero tus regalos?
Con una sonrisa radiante, Gabriel se sentó junto al arbolito, con las piernas cruzadas. Eligió una caja pequeña y rompió el papel con entusiasmo.
Ella se echó a reír al ver al correcto profesor vestido sólo con ropa interior y gafas, atacando sus regalos como si fuera un niño de cuatro años.
Al abrir la caja, se quedó muy sorprendido al encontrar un par de gemelos de plata sobre un fondo de seda de color crema. Pero no eran unos gemelos cualquiera. Llevaban grabado el escudo de la ciudad de Florencia. Gabriel los miró boquiabierto.
—¿Te gustan?
—Me encantan, Julianne. Pero ¿cómo...?
—Mientras estabas en una de las reuniones, me acerqué al Ponte Vecchio a comprarlos. Pensé que quedarían bien con tus camisas. —Mirando al suelo, añadió—: Me temo que me gasté parte del dinero de la beca. En realidad, te los has regalado tú mismo.
Poniéndose de rodillas, él avanzó hasta ella y la besó agradecido.
—Ese dinero es tuyo. Te lo has ganado. Y los gemelos son perfectos. Muchas gracias.
Julia sonrió al verlo allí arrodillado.
—Tienes otro regalo.
Sonriendo, Gabriel abrió el segundo paquete. Dentro del papel de seda, encontró una reproducción de veinte por veinticinco centímetros del cuadro de Marc Chagall, Amantes a la luz de la luna.
En la tarjeta que acompañaba la lámina, Julia había escrito unas líneas declarándole su amor y dando gracias por haberlo encontrado. También añadió otro obsequio, aún más valioso.
Me gustaría posar para ti.
Con todo mi amor,
Tu Julia
Gabriel se había quedado sin palabras. La miró sin creérselo.
—Creo que ha llegado el momento de que cuelgues fotos nuestras en tu dormitorio. Me apetece hacer eso por ti. Si te parece bien.
Él se sentó a su lado en el sofá y la besó apasionadamente.
—Gracias. El cuadro es precioso, pero tú eres mucho más preciosa que cualquier obra de arte. —Sonrió antes de añadir—: Creo que podemos inspirarnos en Chagall para la sesión fotográfica, pero tendremos que practicar antes las posturas.
Moviendo insinuante las cejas, se inclinó hacia ella y le mordió el labio inferior.
—Tú eres el regalo más grande —murmuró.
Al notar que Julia sonreía bajo su boca, alargó un brazo para hacerse con uno de los regalos que había colocado bajo el arbolito.
Le dirigió una mirada ilusionada mientras ella lo abría. Era un CD que Gabriel le había grabado, llamado «Loving Julia».
—Es la lista que escuchábamos en Florencia.
—Gracias. Tenía pensado pedírtela. Esas canciones me traerán recuerdos muy felices.
Dentro de la funda, encontró varios vales para tratamientos de belleza en el Hotel Windsor Arms, de Toronto, algunos de los cuales tenían nombres tan exóticos como «Ducha Vichy» o «Tratamiento de vendas frías de algas marinas».
Julia le dio las gracias y leyó los nombres de los tratamientos en voz alta hasta llegar al último:
He hablado con un cirujano plástico de Toronto, que ha prometido visitarte en cuanto regresemos. Por la información que le di, está convencido de que podrá hacer desaparecer la cicatriz por completo. No tendrás que preocuparte por ella nunca más,
Gabriel
Al ver que Julia se ponía tensa, Gabriel le arrebató la nota de los dedos, disculpándose con una sonrisa.
—No debí incluir esto en la caja. Lo siento.
Pero ella le agarró la mano.
—Gracias. Pensaba que iba a tener que esperar más. Es el mejor regalo que podías hacerme.
Gabriel soltó el aire, relajándose, y le besó la coronilla.
—Te lo mereces —le dijo, con los ojos brillantes.
Sonriendo, Julia miró por encima del hombro de él y vio que había otra caja junto al árbol.
—Hay otro regalo. ¿Es para mí?
Gabriel asintió.
—¿Puedo abrirlo?
—Preferiría que esperaras.
Ella frunció el cejo.
—¿Por qué? ¿Quieres que lo llevemos a casa de Richard? ¿Prefieres que lo abra delante de tu familia?
—¡No, por Dios!
Pasándose los dedos por el pelo, sonrió irónicamente.
—Perdona, es que es... bueno... bastante personal. ¿Puedes esperar hasta esta noche para abrirlo? ¿Por favor?
Julia miró el regalo con curiosidad.
—A juzgar por el tamaño de la caja, no es un gatito.
—No, no lo es, aunque si quieres una mascota, te la compraré —contestó él, mirando hacia la caja que el día anterior ella había dejado junto a la puerta—. ¿Qué había en el regalo de Paul?
Julia se encogió de hombros, quitándole importancia.
—Una botella de sirope de arce, que ya le di a mi padre, y un par de juguetes.
—¿Juguetes? ¿Qué clase de juguetes?
Julia lo miró escandalizada.
—Juguetes infantiles, ¿qué van a ser?
—¿No te regaló ya un conejito de peluche hace unos meses? Creo que ese chico tiene una fijación con los conejitos.
«Follaángeles.»
—Dijo la sartén al cazo. Gabriel, tú tienes una fijación con los zapatos de tacón. ¿Cómo te atreves a criticarlo?
—Nunca he negado mi aprecio estético por el calzado femenino. Al fin y al cabo, hay zapatos que son auténticas obras de arte —añadió dignamente—. Sobre todo cuando los lleva una mujer como tú.
Ella no pudo evitar sonreír.
—Me ha regalado una vaca Holstein de peluche y unas figuritas de Dante y Beatriz.
Él la miró perplejo.
—¿Figuritas? —Sonrió con ironía—. ¿Quieres decir como soldaditos de plomo?
—Figuritas, soldaditos... ¿qué más da?
—¿Son anatómicamente completos?
—Gabriel, ¿no estás siendo un poco infantil?
Él le acarició la mejilla.
—Sólo me preguntaba en qué clase de acción podrían participar Dante y Beatriz. En privado, por supuesto.
—Dante debe de estar revolviéndose en su tumba.
—Podemos recrear eso enterrando la figura de Dante en el patio de atrás. Pero me gustaría quedarme con Beatriz.
Julia se echó a reír.
—Eres incorregible. Gracias por los regalos. Y gracias por llevarme a Italia. Ése fue el mejor regalo de todos.
—De nada. —Sujetándole la cara entre las manos, la miró a los ojos antes de unir sus labios.
Lo que empezó como un suave beso con la boca cerrada, pronto se convirtió en un beso arrebatado, enfebrecido, con manos que agarraban y tiraban el uno del otro. Julia se puso de puntillas, frotándose contra su pecho desnudo y Gabriel gruñó, frustrado, y dio un paso atrás. Quitándose las gafas, se frotó los ojos.
—Me encantaría seguir con lo que estamos haciendo, pero Richard quiere que vayamos a la iglesia.
—Bien.
Volvió a ponerse las gafas.
—¿Una chica católica como tú no preferiría ir a una misa católica?
—Dios es el mismo para todos. No es la primera vez que acompaño a tu familia
a la iglesia. —Julia lo miró con atención—. ¿No quieres que vaya?
—No me siento muy cómodo en las iglesias.
—¿Por qué no?
—Hace años que no voy. Siempre siento que me juzgan.
—Todos somos pecadores —dijo ella, solemne—. Si sólo fueran a la iglesia los que no pecan, los templos estarían siempre vacíos. Y no creo que los feligreses de la congregación de Richard te juzguen. Los episcopalianos son muy acogedores.
Tras darle un rápido beso en la mejilla, Julia volvió al dormitorio para arreglarse. Gabriel la siguió y se tumbó en la cama, observándola rebuscar entre la ropa colgada en el armario.
—¿Por qué sigues creyendo en Dios? ¿No estás enfadada con Él por todas las cosas malas que te han pasado?
Ella interrumpió lo que estaba haciendo y se volvió hacia él. Gabriel parecía muy infeliz.
—A todo el mundo le pasan cosas malas. ¿Por qué iba a ser yo distinta a los demás?
—Porque eres buena.
Ella se miró las manos.
—El universo no se basa en la magia. No hay unas reglas para las personas buenas y otras para las personas malas. Todo el mundo sufre en un momento u otro. Lo importante es lo que haces con tu dolor, ¿no crees?
Él la miró impasible.
—Tal vez el mundo sería un lugar mucho peor si Dios no existiera —insistió ella.
Gabriel maldijo en voz baja, pero no discutió.
Julia se sentó a su lado en la cama.
—¿Has leído Los hermanos Karamazov?
—Es uno de mis libros favoritos.
—Entonces recordarás la conversación entre Aliosha, el cura, y su hermano Iván.
Él sonrió, divertido por el rumbo de los pensamientos de ella.
—Supongo que yo soy el rebelde librepensador y tú el muchacho religioso.
Julia no le hizo caso.
—Iván le da a Aliosha una lista de razones por las que o Dios no existe o, si existe, es un monstruo. Es una discusión muy apasionada. He pensado en ella bastantes veces.
»Recuerda que Iván acaba la discusión diciendo que rechaza la creación de Dios, este mundo. Y, sin embargo, hay algo en este mundo que encuentra sorprendentemente hermoso: las pequeñas hojas que brotan de los árboles en primavera. Le encantan, a pesar de que odia el mundo al que llegan.
»Esas pequeñas hojas no representan la fe ni la salvación. Son lo que queda de su esperanza. Mantienen a raya su desesperación demostrándole que, a pesar de la maldad que ha presenciado, en el mundo queda al menos una cosa pura y hermosa.
Cambiando de postura para mirarlo mejor, Julia le sujetó la cara entre las manos.
—Gabriel, ¿has encontrado tus hojitas?
La pregunta lo pilló por sorpresa. Tanto, que no pudo hacer nada más que quedarse quieto, mirando a la preciosa morena que tenía delante. En momentos como ése, recordaba qué lo había llevado a pensar que era un ángel. Julia albergaba mucha más compasión de lo que era normal encontrar en un ser humano. Al menos, según su experiencia.
—No lo sé. Nunca me lo he planteado.
—La mía era Grace. Y tú —admitió, con una tímida sonrisa—. Y, antes, aquellos voluntarios del Ejército de Salvación que fueron amables conmigo cuando mi madre no lo fue. Me dieron una razón para seguir creyendo.
—Pero ¿cómo se puede justificar el sufrimiento de los inocentes? ¿De los niños? —La voz de Gabriel era apenas un susurro—. ¿De los bebés?
—No sé por qué mueren los bebés. Ojalá no sucediera —respondió Julia muy seria—. Pero ¿qué me dices de nosotros, Gabriel? ¿Por qué permitimos que la gente trate mal a sus propios hijos? ¿Por qué no defendemos a los débiles y a los enfermos? ¿Por qué dejamos que los soldados saquen de sus casas a nuestros vecinos, les cosan una estrella en la ropa y los metan en trenes? No es Dios quien es malo. Somos nosotros.
»Todo el mundo quiere saber de dónde viene el mal y por qué puede campar a sus anchas por el mundo. ¿Por qué nadie se pregunta de dónde viene el bien? Los seres humanos tienen una gran capacidad para ser crueles. ¿Por qué existe la bondad en el mundo? ¿Por qué existen personas como Richard y Grace? Porque existe Dios, que no ha permitido que la Tierra se corrompa del todo. Si buscas, siempre encuentras pequeñas hojas. Y cuando aprendes a reconocerlas, notas su presencia a tu alrededor.
Gabriel cerró los ojos, disfrutando de su contacto al mismo tiempo que de sus palabras. En el fondo de su corazón sabía que acababa de escuchar una verdad muy profunda.
Por mucho que lo intentara, nunca había podido dejar de creer del todo. Ni siquiera en sus días más negros, la luz había desaparecido por completo. Había tenido la guía de Grace y, providencialmente, al morir ella, Julia había reaparecido en su vida y había seguido mostrándole el camino.
Tras darle un casto beso, ella fue a ducharse. Mientras la miraba alejarse, Gabriel se maravillaba de su brillantez. Era mucho más inteligente que él, ya que su intelecto poseía una originalidad creativa que él nunca tendría. Y a pesar de todo lo que le había pasado en la vida, no había perdido la fe, la esperanza ni la caridad.
«No es mi igual; es mucho mejor que yo.
»Es mi hojita.»
Una hora más tarde, Julia y Gabriel se dirigieron en coche hasta la Iglesia Episcopal de Todos los Santos. Él llevaba un traje negro con camisa blanca, con los gemelos nuevos en los puños. Ella se había puesto un vestido color ciruela con falda por debajo de las rodillas y las botas negras que se había comprado en Florencia.
«Un mar de incomodidad.» Con esas palabras habría descrito Gabriel el ambiente general, mientras se sentaba junto a Julia al final del banco de la familia.
De todos modos, agradeció la liturgia, el orden y el modo de usar las Escrituras y la música en el servicio religioso. Durante la ceremonia, se distrajo varias veces pensando en su vida y en los distintos pasos que lo habían llevado hasta la hermosa mujer que le daba la mano.
La Navidad era la celebración del nacimiento, de un nacimiento en concreto. A su alrededor vio muchos niños y bebés. En la parte delantera de la iglesia habían colocado un pesebre. También había niños en las imágenes, en las vidrieras, y vio asimismo a una radiante mujer embarazada sentada al otro lado del pasillo.
Por un instante, Gabriel lamentó haberse esterilizado. No por él, no por no ser capaz de tener un hijo, sino por no poder dárselo a Julianne. Se imaginó tumbado en la cama, junto a ella embarazada, apoyando la mano en su vientre para notar las patadas del hijo de los dos. Se imaginó sosteniendo a ese niño en brazos, sorprendido por la gran cantidad de pelo moreno que tenía.
Esas imágenes lo pillaron por sorpresa. Suponían un cambio muy brusco en su carácter y sus prioridades y alejaban la culpabilidad y el egoísmo que lo habían acompañado durante tantos años. Eran un giro hacia la permanencia y el compromiso con una mujer con la que quería crear una familia, con la que quería tener un hijo.
Su amor por Julianne lo había cambiado de muchas maneras. No se había dado cuenta de lo profundos que eran esos cambios hasta que se sorprendió mirando a la desconocida embarazada con una mezcla de melancolía y envidia.
Ésos eran los pensamientos que ocupaban su mente mientras le daba la mano a Julia. Y cuando llegó el momento de la eucaristía, Gabriel fue el único miembro de su familia que no se levantó para participar.
A pesar de que algo en la atmósfera de la iglesia le resultaba reconfortante, durante la homilía se sintió juzgado, como casi siempre. Las palabras del pastor solían recordarle que había malgastado buena parte de su vida, un tiempo que nunca volvería.
No había podido decirle a Grace las cosas que le habría gustado decirle antes de que muriera. No había tratado a Paulina y a Julianne con el respeto que se merecían. En realidad, no había tratado con respeto a ninguna de las mujeres con las que se había involucrado.
Al recordar a Paulina, apartó la mirada de su hermosa Julia y agachó la cabeza, rezando casi sin darse cuenta; pidiendo perdón y orientación. Sentía que estaba en la cuerda floja, suspendido entre la necesidad de responsabilizarse de las indiscreciones cometidas en su etapa anterior y la de borrar a Paulina de su vida. Rezó pidiendo que ésta encontrara a alguien a quien amar, alguien que la ayudara a olvidar el pasado.
Estaba tan concentrado en sus oraciones, que no se dio cuenta de que su familia había vuelto a sentarse en el banco, ni de que Julia lo estaba agarrando del brazo. Tampoco se dio cuenta del momento en que su padre rompía a llorar en silencio, ni de cuando Rachel lo consoló, rodeándolo con el brazo y apoyando su rubia cabeza en su hombro.
«El Reino de los Cielos es como una familia —pensó Julia, al ver a Rachel abrazar a su padre—. Donde el amor y el perdón sustituyen a las lágrimas y el sufrimiento.»
jueves, 30 de enero de 2014
Capitulo 9
Fue una Navidad muy distinta para todos. La ausencia de Grace fue dolorosa, sobre todo para su marido y sus hijos. Aaron habría deseado estar ya casado y Rachel que el pollo a la Kiev le hubiese quedado la mitad de bueno que a su madre, con mantequilla congelada o sin ella.
Después de cenar, Gabriel, Tom y Richard se fueron al porche a fumar puros y beber whisky, mientras el resto de la familia tomaba café en la cocina.
—¿Qué tal por Italia? —le preguntó Aaron a Julia, mientras se servían una segunda taza.
—Genial. Hizo muy buen tiempo y lo pasamos muy bien. ¿Y los planes de boda?
—Avanzando. Aunque cuando Rachel propuso alquilar cien palomas y soltarlas tras la ceremonia, tuve que pararle los pies. Me imaginé a algunos de mis parientes disparándoles a los pobres bichos —añadió, guiñándole un ojo.
—¿Cómo están tus padres?
—Bien. Rachel le consulta muchas cosas de la boda a mi madre y ella está encantada. ¿Cómo va todo con Gabriel?
Julia escondió la cara en la nevera, mientras buscaba la crema de leche.
—Bien.
—Excepto cuando su ex se presenta por sorpresa.
Ella se volvió hacia Aaron, que la estaba mirando comprensivo.
—No quiero hablar de ello.
Él jugueteó con la cucharita.
—Gabriel es distinto cuando está contigo. —Dejó la cucharita en la encimera y se frotó la barbilla—. Parece feliz.
—Y él me hace feliz a mí.
—Un Gabriel feliz es tan difícil de ver como un hobbit. Estamos encantados de que esté así. Y respecto a la ex, bueno, no creo que fueran muy en serio, la verdad. No tanto como contigo.
—Gracias, Aaron.
Los dos se dieron un rápido abrazo.
Más tarde, Julia y Gabriel se retiraron a la habitación que habían alquilado en un hotel cercano. Mientras Julia se estaba lavando la cara en el cuarto de baño, le llegaron los acordes de Lying in the Hands of God desde el dormitorio.
Gabriel apareció tras ella, con sólo unos bóxers de seda azul marino y una sonrisa.
—No es Barry White, pero es nuestra canción. —La miró con deseo y le apartó el pelo del cuello para recorrérselo con los labios—. Te deseo —susurró—. Ahora.
Deslizándole las manos por debajo de la camiseta, le dejó el vientre al descubierto por encima de los pantalones de yoga.
—¿Por qué no te pones una de esas cosas bonitas que te compraste en Toronto? ¿O el corsé azul atado por delante? Sabes que es mi favorito. —Su voz se volvió más grave a medida que su boca iba avanzando hacia su hombro.
—No puedo.
Él sonrió con picardía.
—No quiero decir aquí mismo, mi amor. No estoy seguro de que estés preparada
para hacerlo delante de un espejo. Aunque a mí no me importaría.
Cuando empezó a quitarle la camiseta, ella se apartó bruscamente.
—Esta noche, no.
Gabriel bajó los brazos y la observó en silencio.
Evitando su mirada, Julia volvió a lavarse la cara.
Frunciendo el cejo, él volvió al dormitorio y apagó la música. Aparte de en la galería de los Uffizi, nunca lo había rechazado. Claro que sólo llevaban juntos un par de semanas, pero aun así...
El profesor Emerson no estaba acostumbrado a que lo rechazaran. Aunque era evidente que Julia tenía buenas razones. —O por lo menos una razón llamada Paulina—. Se dejó caer sobre la cama y se cubrió los ojos con el brazo. Era comprensible que estuviera disgustada por la súbita aparición de su ex y no le extrañaba que no le apeteciera pensar en el sexo en esos momentos. Aparte de que, por lo visto, le había pasado algo desagradable en el restaurante esa misma tarde.
Pero cuando lo rechazaba, Gabriel la deseaba aún más. El aroma de su pelo, el tacto de su piel satinada, su manera de cerrar los ojos justo antes del clímax. Sentirla moviéndose debajo de su cuerpo, junto con él...
Necesitaba hacerle el amor para asegurarse de que todo estaba bien entre ellos dos.
Sí, hacer el amor con Julia era lo que más le gustaba y necesitaba demostrarle sin palabras que la amaba, que la adoraba, que haría cualquier cosa por ella. Y tenía que saber si ella aún lo deseaba; necesitaba oírla susurrar su nombre.
Pero al parecer Julia no necesitaba lo mismo. Al menos no esa noche.
Gabriel siguió sumido en sus pensamientos negativos hasta que ella se metió en la cama. Se tumbó de lado, contemplándolo, pero él la ignoró, limitándose a apagar la luz de la mesilla de noche.
En la oscuridad, guardaron silencio mientras una barrera fría e invisible se alzaba entre los dos.
—¿Gabriel?
—Sí.
—Tengo que decirte una cosa.
Él soltó el aire muy lentamente.
—No hace falta. Lo entiendo, Julianne. Buenas noches.
Aunque trató de que su voz sonara relajada, fracasó estrepitosamente. Se volvió, dándole la espalda.
Ella hizo una mueca de dolor. La barrera invisible se había convertido en un muro infranqueable.
«Los hombres tienen el ego más frágil que una cáscara de huevo.»
Julia quería hablarle de lo sucedido, pero si se ofendía con tanta facilidad, sería mejor esperar a la mañana siguiente. O a otro día. Dándose también la vuelta, cerró los ojos con fuerza, deseando olvidarse de aquel horrible día. Aunque tenía ganas de llorar, las reprimió. No le apetecía nada que Gabriel la descubriera llorando.
«Los chicos son idiotas.»
Sorbió por la nariz varias veces y entonces él se volvió y la abrazó por detrás.
—Lo siento —le susurró al oído.
Ella asintió, sorbiendo con más fuerza.
—Por favor, no llores.
—No estoy llorando.
—No quería comportarme como un asno. —Apoyándose en un codo, añadió—: Mírame. —Y le dirigió una sonrisa encantadora para hacerse perdonar—. Me has malacostumbrado durante estas dos semanas, pero sé que no siempre te apetecerá hacer el amor. Te prometo no enfurruñarme... demasiado.
Ella sonrió y le besó el labio inferior.
—¿Quieres contarme por qué has llorado esta tarde en el restaurante? —preguntó Gabriel, secándole las lágrimas.
Julia negó con la cabeza.
—Por favor...
—Estoy muy cansada.
Él la acarició hasta que notó que se relajaba.
—¿Qué puedo hacer por ti?
—No necesito nada.
—¿Un baño caliente? ¿Un masaje? —Su cara le recordó a Julia la de un niño pequeño que quiere complacer—. Deja que te acaricie. Te sentirás mejor.
—Gabriel, casi no puedo mantener los ojos abiertos.
—Quería hacer algo por ti.
—Pues abrázame.
—Eso pensaba hacerlo igualmente. —La besó y volvió a abrazarla por detrás.
—Feliz Navidad, Gabriel.
—Feliz Navidad.
Unas pocas horas antes, una mujer sola subía a un taxi frente al hotel Comfort Inn. Estaba llorando.
El taxista ignoró sus lágrimas educadamente y subió el volumen de la radio para darle un poco de intimidad durante el largo trayecto hasta Harrisburg. Sonó una canción pegadiza, tan pegadiza que pronto los dos estaban tarareándola.
Mientras Paulina tarareaba, pensaba en el paquete que le había entregado al recepcionista del turno de noche, Will. Le había dado cinco billetes de veinte dólares a cambio de que lo entregara en una determinada dirección de Selinsgrove a la mañana siguiente. La mañana de Navidad.
Cuando el joven le había comentado que conocía esa casa (lo que no era raro, teniendo en cuenta el tamaño de la localidad) y que había estudiado con el hermano de Gabriel, Scott, ella aprovechó para obtener información sobre la nueva novia de Gabriel.
Will le contó todo lo que sabía, ya que su familia y la de Tom Mitchell se conocían de toda la vida. De hecho —le dijo—, Tom había presumido recientemente de lo bien que le iban a su hija los estudios en la Universidad de Toronto.
En cuanto obtuvo esa valiosa información, Paulina decidió marcharse de Selinsgrove inmediatamente. Mientras observaba las nevadas copas de los árboles, se preguntaba cómo podía descubrir si Julianne era estudiante de Gabriel en el momento en que iniciaron su relación.
Después de cenar, Gabriel, Tom y Richard se fueron al porche a fumar puros y beber whisky, mientras el resto de la familia tomaba café en la cocina.
—¿Qué tal por Italia? —le preguntó Aaron a Julia, mientras se servían una segunda taza.
—Genial. Hizo muy buen tiempo y lo pasamos muy bien. ¿Y los planes de boda?
—Avanzando. Aunque cuando Rachel propuso alquilar cien palomas y soltarlas tras la ceremonia, tuve que pararle los pies. Me imaginé a algunos de mis parientes disparándoles a los pobres bichos —añadió, guiñándole un ojo.
—¿Cómo están tus padres?
—Bien. Rachel le consulta muchas cosas de la boda a mi madre y ella está encantada. ¿Cómo va todo con Gabriel?
Julia escondió la cara en la nevera, mientras buscaba la crema de leche.
—Bien.
—Excepto cuando su ex se presenta por sorpresa.
Ella se volvió hacia Aaron, que la estaba mirando comprensivo.
—No quiero hablar de ello.
Él jugueteó con la cucharita.
—Gabriel es distinto cuando está contigo. —Dejó la cucharita en la encimera y se frotó la barbilla—. Parece feliz.
—Y él me hace feliz a mí.
—Un Gabriel feliz es tan difícil de ver como un hobbit. Estamos encantados de que esté así. Y respecto a la ex, bueno, no creo que fueran muy en serio, la verdad. No tanto como contigo.
—Gracias, Aaron.
Los dos se dieron un rápido abrazo.
Más tarde, Julia y Gabriel se retiraron a la habitación que habían alquilado en un hotel cercano. Mientras Julia se estaba lavando la cara en el cuarto de baño, le llegaron los acordes de Lying in the Hands of God desde el dormitorio.
Gabriel apareció tras ella, con sólo unos bóxers de seda azul marino y una sonrisa.
—No es Barry White, pero es nuestra canción. —La miró con deseo y le apartó el pelo del cuello para recorrérselo con los labios—. Te deseo —susurró—. Ahora.
Deslizándole las manos por debajo de la camiseta, le dejó el vientre al descubierto por encima de los pantalones de yoga.
—¿Por qué no te pones una de esas cosas bonitas que te compraste en Toronto? ¿O el corsé azul atado por delante? Sabes que es mi favorito. —Su voz se volvió más grave a medida que su boca iba avanzando hacia su hombro.
—No puedo.
Él sonrió con picardía.
—No quiero decir aquí mismo, mi amor. No estoy seguro de que estés preparada
para hacerlo delante de un espejo. Aunque a mí no me importaría.
Cuando empezó a quitarle la camiseta, ella se apartó bruscamente.
—Esta noche, no.
Gabriel bajó los brazos y la observó en silencio.
Evitando su mirada, Julia volvió a lavarse la cara.
Frunciendo el cejo, él volvió al dormitorio y apagó la música. Aparte de en la galería de los Uffizi, nunca lo había rechazado. Claro que sólo llevaban juntos un par de semanas, pero aun así...
El profesor Emerson no estaba acostumbrado a que lo rechazaran. Aunque era evidente que Julia tenía buenas razones. —O por lo menos una razón llamada Paulina—. Se dejó caer sobre la cama y se cubrió los ojos con el brazo. Era comprensible que estuviera disgustada por la súbita aparición de su ex y no le extrañaba que no le apeteciera pensar en el sexo en esos momentos. Aparte de que, por lo visto, le había pasado algo desagradable en el restaurante esa misma tarde.
Pero cuando lo rechazaba, Gabriel la deseaba aún más. El aroma de su pelo, el tacto de su piel satinada, su manera de cerrar los ojos justo antes del clímax. Sentirla moviéndose debajo de su cuerpo, junto con él...
Necesitaba hacerle el amor para asegurarse de que todo estaba bien entre ellos dos.
Sí, hacer el amor con Julia era lo que más le gustaba y necesitaba demostrarle sin palabras que la amaba, que la adoraba, que haría cualquier cosa por ella. Y tenía que saber si ella aún lo deseaba; necesitaba oírla susurrar su nombre.
Pero al parecer Julia no necesitaba lo mismo. Al menos no esa noche.
Gabriel siguió sumido en sus pensamientos negativos hasta que ella se metió en la cama. Se tumbó de lado, contemplándolo, pero él la ignoró, limitándose a apagar la luz de la mesilla de noche.
En la oscuridad, guardaron silencio mientras una barrera fría e invisible se alzaba entre los dos.
—¿Gabriel?
—Sí.
—Tengo que decirte una cosa.
Él soltó el aire muy lentamente.
—No hace falta. Lo entiendo, Julianne. Buenas noches.
Aunque trató de que su voz sonara relajada, fracasó estrepitosamente. Se volvió, dándole la espalda.
Ella hizo una mueca de dolor. La barrera invisible se había convertido en un muro infranqueable.
«Los hombres tienen el ego más frágil que una cáscara de huevo.»
Julia quería hablarle de lo sucedido, pero si se ofendía con tanta facilidad, sería mejor esperar a la mañana siguiente. O a otro día. Dándose también la vuelta, cerró los ojos con fuerza, deseando olvidarse de aquel horrible día. Aunque tenía ganas de llorar, las reprimió. No le apetecía nada que Gabriel la descubriera llorando.
«Los chicos son idiotas.»
Sorbió por la nariz varias veces y entonces él se volvió y la abrazó por detrás.
—Lo siento —le susurró al oído.
Ella asintió, sorbiendo con más fuerza.
—Por favor, no llores.
—No estoy llorando.
—No quería comportarme como un asno. —Apoyándose en un codo, añadió—: Mírame. —Y le dirigió una sonrisa encantadora para hacerse perdonar—. Me has malacostumbrado durante estas dos semanas, pero sé que no siempre te apetecerá hacer el amor. Te prometo no enfurruñarme... demasiado.
Ella sonrió y le besó el labio inferior.
—¿Quieres contarme por qué has llorado esta tarde en el restaurante? —preguntó Gabriel, secándole las lágrimas.
Julia negó con la cabeza.
—Por favor...
—Estoy muy cansada.
Él la acarició hasta que notó que se relajaba.
—¿Qué puedo hacer por ti?
—No necesito nada.
—¿Un baño caliente? ¿Un masaje? —Su cara le recordó a Julia la de un niño pequeño que quiere complacer—. Deja que te acaricie. Te sentirás mejor.
—Gabriel, casi no puedo mantener los ojos abiertos.
—Quería hacer algo por ti.
—Pues abrázame.
—Eso pensaba hacerlo igualmente. —La besó y volvió a abrazarla por detrás.
—Feliz Navidad, Gabriel.
—Feliz Navidad.
Unas pocas horas antes, una mujer sola subía a un taxi frente al hotel Comfort Inn. Estaba llorando.
El taxista ignoró sus lágrimas educadamente y subió el volumen de la radio para darle un poco de intimidad durante el largo trayecto hasta Harrisburg. Sonó una canción pegadiza, tan pegadiza que pronto los dos estaban tarareándola.
Mientras Paulina tarareaba, pensaba en el paquete que le había entregado al recepcionista del turno de noche, Will. Le había dado cinco billetes de veinte dólares a cambio de que lo entregara en una determinada dirección de Selinsgrove a la mañana siguiente. La mañana de Navidad.
Cuando el joven le había comentado que conocía esa casa (lo que no era raro, teniendo en cuenta el tamaño de la localidad) y que había estudiado con el hermano de Gabriel, Scott, ella aprovechó para obtener información sobre la nueva novia de Gabriel.
Will le contó todo lo que sabía, ya que su familia y la de Tom Mitchell se conocían de toda la vida. De hecho —le dijo—, Tom había presumido recientemente de lo bien que le iban a su hija los estudios en la Universidad de Toronto.
En cuanto obtuvo esa valiosa información, Paulina decidió marcharse de Selinsgrove inmediatamente. Mientras observaba las nevadas copas de los árboles, se preguntaba cómo podía descubrir si Julianne era estudiante de Gabriel en el momento en que iniciaron su relación.
CAPITULO 8
Gabriel estuvo encantado de poder interrumpir las compras navideñas. Cuando Richard y él llegaron al restaurante, se acercaron a la barra a reunirse con los Mitchell.
Julia se levantó y Gabriel la abrazó con fuerza.
—¿Qué ha pasado? ¿Has llorado?
—Sólo es la melancolía de la Navidad. —Julia vio que varios clientes los estaban mirando.
—¿Qué melancolía?
—Luego te lo cuento —respondió ella, tirando de él hacia la puerta.
Mientras Richard hablaba con Tom, Gabriel le apartó a Julia el pelo de la cara para susurrarle algo al oído y Richard vio que llevaba los pendientes de Grace. Evidentemente, había subestimado el grado de compromiso de su hijo en su nueva relación. Sabía que su esposa estaría encantada de que Gabriel le hubiera regalado los pendientes a Julia. Grace la quería como a una hija y siempre la consideró una más de la familia. Tal vez algún día Gabriel la convirtiera en miembro oficial.
Tras despedirse educadamente de Tom, Gabriel cogió el regalo de Paul. En su favor hay que decir que llevó la caja hasta el coche en silencio, resistiendo la tentación de hacer comentarios sarcásticos.
Mientras, junto con Richard, Julia y él se acercaban a la puerta, la agente Roberts entró en el local, vestida de uniforme.
—Hola, Jamie —la saludó Gabriel con una sonrisa algo tensa.
—Hola, Gabriel. ¿Has venido a casa a pasar la Navidad?
—Así es.
Jamie saludó también a Julia y a Richard, observando que Julia iba agarrada del brazo de Gabriel.
—Tienes buen aspecto. Se te ve feliz.
—Gracias. Lo soy. —Esa vez, la sonrisa que él le dirigió fue mucho más sincera.
Jamie asintió.
—Me alegro por ti. Feliz Navidad.
Los tres le dieron las gracias y salieron del restaurante. Gabriel pensó que pedir perdón aligeraba muchas cargas.
Al entrar en casa de los Clark, Gabriel se puso de acuerdo con Richard para disfrutar juntos de un whisky escocés y un buen puro en el porche.
Julia aún estaba un poco alterada por el altercado con Natalie, pero se sentía tan aliviada por estar al fin en casa, que trató de olvidarlo. Mientras Richard y Gabriel colgaban sus abrigos, desapareció en el salón.
—Cariño, ¿te guardo el abrigo? —le preguntó Gabriel, pero al ver que no respondía, la siguió al salón.
Su siguiente pregunta se le quedó atascada en la garganta. Su querida Julianne estaba inmóvil como una estatua, con la vista clavada en una mujer sentada en el sofá, junto a Rachel y a Aaron. Instintivamente, Gabriel agarró a Julia por la cintura y la acercó a él.
La mujer se levantó del sofá con elegancia y se dirigió hacia ellos, como si flotara. Sus movimientos eran propios de una bailarina o de una princesa y un sutil aire aristocrático la rodeaba como si se tratara de una nube de perfume.
Era casi tan alta como Gabriel. Tenía el pelo rubio, largo y liso, y unos grandes ojos azules, fríos como el hielo. Su piel era perfecta y tenía el cuerpo escuálido de una modelo profesional, excepto por los pechos, que eran generosos y perfectos. Llevaba unas botas altas de tacón de terciopelo negro, una falda tubo negra y un jersey de cachemira azul claro, que le dejaba un hombro, blanco como el alabastro, al descubierto.
Era preciosa. Y altiva. Al ver que Gabriel protegía a Julia con el brazo, arqueó la espalda como un gato furioso.
—¡Gabriel, querido, te he echado tanto de menos! —exclamó, con una voz clara y rica, con una pizca de acento británico.
Lo abrazó con fuerza.
Julia se apartó de ellos. No le apetecía formar parte de un abrazo de grupo.
—¿Qué estás haciendo aquí?
Mil emociones cruzaron los ojos de él mientras la mujer le daba un beso en la mejilla con sus labios pintados de rosa.
Lo hizo lentamente, rezumando sensualidad. Para empeorar las cosas, se recreó luego limpiándole el pintalabios de la mejilla y riendo como si eso fuera una broma entre ellos.
Gabriel buscó a Julia con la mirada y ella lo miró decepcionada.
Antes de que Gabriel pudiera decir nada, Richard carraspeó y entró en el salón. Rechazando la mano que éste le ofrecía, la mujer le dio un abrazo.
—Richard, es un placer saludarte, como siempre. Sentí mucho lo de Grace.
Tras aceptar el abrazo con amabilidad, el hombre se dirigió a Julia y la ayudó a quitarse el abrigo. Tras colgarlo, llamó a Aaron y a Rachel, privando así a Paulina del público que a ella tanto le gustaba tener.
—No sabía que tuvieras dos hermanas —dijo ésta, dirigiéndole a Julia una sonrisa glacial.
Era mucho más alta que ella, sobre todo ese día, en que Julia se había puesto zapatos planos con vaqueros y una rebeca negra. Al lado de Paulina, se sentía pequeña y sin estilo.
—Sólo tengo una hermana y lo sabes perfectamente —la cortó Gabriel—. ¿Para qué has venido?
Recuperándose de la sorpresa, Julia le ofreció la mano a Paulina antes de que Gabriel montara una escena.
—Soy Julia. Hablamos por teléfono.
La mujer hizo un gran esfuerzo de contención, pero a Julia no se le escapó el rencor que se reflejó en su mirada.
—¿Ah, sí? —preguntó, riendo afectadamente—. ¿No pretenderás que me acuerde de todas las mujeres que han respondido al teléfono de Gabriel a lo largo de los años? A menos que seas una de las chicas a las que interrumpí mientras estaban en medio de un ménage. ¿Recuerdas esa noche, Gabriel?
Julia retiró la mano como si hubiera recibido una bofetada.
—Estoy esperando que respondas a mi pregunta. —La voz de él era fría como el hielo—. ¿Qué haces aquí?
Julia trató de marcharse. Las imágenes que Paulina había inoculado en su cerebro le resultaban repulsivas y no estaba segura de querer oír su respuesta. Pero Gabriel la agarró del brazo y le suplicó con los ojos que no lo abandonara.
—He venido a verte, por supuesto. No respondías a mis llamadas y Carson me dijo que pasarías la Navidad con tu familia —contestó Paulina, irritada.
—¿Vas camino de Minnesota?
—Sabes de sobra que mis padres no me dirigen la palabra. He venido para
hablar contigo. —Con una mirada venenosa en dirección a Julia, añadió—: A solas.
Consciente de que desde la cocina se oía todo lo que decían, Gabriel se acercó a ella y le dijo en voz baja:
—Te recuerdo que eres una invitada en esta casa. No toleraré que le faltes el respeto a nadie, especialmente a Julianne. ¿Queda claro?
—No me tratabas como a una invitada cuando metías la polla en mi boca —murmuró Paulina, fulminándolo con la mirada.
Julia ahogó un grito y sintió náuseas. Si el encuentro se hubiera producido unas semanas atrás, sólo habría sido incómodo. Pero ahora, después de haber compartido cama con Gabriel, era muy doloroso.
Paulina lo conocía íntimamente. Sabía cómo era en la cama. Los sonidos que hacía, cómo olía, la expresión de su cara justo antes del orgasmo.
Era más alta que ella, más sofisticada y mucho más guapa. Y era evidente que, a diferencia de Julia, no tenía reparos en practicar sexo oral. Para agravar las cosas, Paulina había creado una nueva vida con Gabriel, algo que éste no podría volver a hacer con nadie más.
Soltándose de la mano de él, Julia dio la espalda a los antiguos amantes. Sabía que era preferible que Gabriel y ella mantuvieran un frente unido. Y también sabía que sería mucho más inteligente defender su territorio que dejarle el campo libre a su rival. Pero acababa de sufrir una agresión moral en el restaurante y no le quedaban fuerzas para un nuevo asalto.
Emocionalmente exhausta, se dirigió a la escalera arrastrando los pies, sin despedirse ni mirar atrás.
Al ver que se iba, a Gabriel se le cayó el alma a los pies. Quería ir tras ella, pero no pensaba dejar a Paulina a solas con su padre y su hermana. Excusándose un momento, se dirigió a la cocina y le pidió a Rachel que se asegurara de que Julia estaba bien.
Al llegar al piso de arriba, la joven se encontró a Julia saliendo del baño.
—¿Estás bien?
—No, voy a acostarme un rato.
Cuando Rachel abrió la puerta del dormitorio de Gabriel, ella negó con la cabeza y se metió en la habitación de invitados. Su amiga la observó mientras se quitaba los zapatos y los dejaba al lado de la cama.
—¿Quieres que te traiga algo? ¿Una aspirina?
—No, gracias, sólo necesito descansar.
—¿Quién es esa mujer? ¿Y qué hace aquí?
—Eso tendrás que preguntárselo a tu hermano.
Rachel agarró el pomo de la puerta con fuerza.
—Lo haré. Pero el hecho de que no sepa quién es me dice algo. No puede haber sido muy importante en su vida si nunca nos la presentó. —Desde el pasillo, añadió—: Tenlo en cuenta.
Julia se tumbó en la cama y rezó para dormirse pronto.
Cuando Gabriel entró en la cocina, tres horas más tarde, encontró a Aaron y a Rachel discutiendo sobre la manera correcta de preparar el famoso pollo a la Kiev de Grace.
—Te digo que hay que congelar la mantequilla antes. Tu madre lo hacía así. —Aaron parecía exasperado.
—¿Cómo lo sabes? —Rachel señaló la receta—. Aquí no dice nada de congelarla. 64
—Grace siempre congelaba la mantequilla —terció Gabriel, frunciendo el cejo—. Debía de suponer que todo el mundo haría lo mismo. ¿Dónde está Julia?
Su hermana se volvió hacia él, blandiendo un gran batidor.
—¿Dónde estabas?
—Fuera —respondió él, apretando los dientes—. ¿Dónde está?
—Arriba. A menos que haya decidido volver a casa de su padre.
—¿Por qué iba a hacer eso?
Rachel le dio la espalda y siguió batiendo huevos.
—Oh, pues no sé. ¿Tal vez porque has estado por ahí con una de tus ex novias durante tres horas? Espero que Julia te patee el culo como te mereces.
—Cariño... —Aaron trató de calmarla, poniéndole una mano en el hombro.
—Ni cariño ni nada. —Rachel le apartó la mano, enfadada—. Gabriel, tienes suerte de que Scott no esté aquí, porque si no ya te habría sacado de casa para darte una paliza.
Aaron frunció el cejo.
—¿Y qué pasa conmigo? ¿No podría sacarlo yo si quisiera?
Ella puso los ojos en blanco.
—No, por supuesto que no. Además, ahora mismo necesito que congeles la jodida mantequilla.
Murmurando entre dientes, Gabriel salió de la cocina. Subió la escalera despacio, tratando desesperadamente de encontrar una excusa que no fuera un insulto a la inteligencia.
(Aunque eso iba a ser imposible, a pesar de su pico de oro.)
Permaneció unos instantes ante la puerta de su habitación, respirando hondo antes de entrar. Pero la cama estaba vacía.
Sorprendido, registró la habitación. No había ni rastro de Julia.
De vuelta en el pasillo, se preguntó si se habría refugiado en la habitación de Scott, pero no estaba allí. Tras mirar en el cuarto de baño, probó en la habitación de invitados.
Julia estaba tumbada en el centro de la cama, profundamente dormida. Se planteó dejarla dormir, pero luego rechazó la idea. Tenían que hablar, a solas, y en esos momentos su familia estaba ocupada.
En silencio, se quitó los zapatos y se metió en la cama con ella, abrazándola por detrás. Su piel estaba muy suave, pero fría. La estrechó contra su cuerpo para darle calor.
—¿Gabriel? —Julia parpadeó, adormilada—. ¿Qué hora es?
—Las seis y media.
—¿Por qué no me ha despertado nadie? —preguntó, frotándose los ojos.
—Me estaban esperando.
—¿Esperando para qué?
—Esperando a que volviera. Y cuando he llegado a casa, Richard me ha pedido que entrase en su despacho para hablar conmigo.
—¿Dónde estabas?
Él apartó la vista, culpable.
—¿Estabas con ella?
—Le han quitado el carnet por conducir bajo los efectos del alcohol. La he llevado a su hotel.
—¿Por qué has tardado tanto en volver?
Gabriel la miró con expresión torturada.
—Hemos estado hablando.
—¿Hablando? ¿En el hotel?
—Está preocupada por el giro que ha dado su vida. Que se haya presentado aquí de esta manera demuestra lo desesperada que está.
Julia se llevó las rodillas al pecho, haciéndose un ovillo.
—No, no, no —dijo él, tirándole de los brazos para evitar que adoptara esa postura defensiva—. Ya se ha ido y no volverá. Le he dicho que estoy enamorado de ti. Puede usar mi dinero y mis abogados, pero ahí se acaba la cosa.
—Nunca se conformará con eso. Te quiere a ti. Le da igual que estés conmigo.
Gabriel volvió a rodearla con los brazos.
—No me importa lo que ella quiera. Estoy enamorado de ti. Tú eres mi futuro.
—Pero Paulina es preciosa. Y sexy.
—Es malvada. Y mezquina. No he visto nada bonito en ella esta tarde.
—Concebisteis una hija juntos.
Gabriel se encogió.
—No voluntariamente.
—Odio tener que compartirte.
Él frunció el cejo.
—No vas a tener que compartirme.
—Tengo que compartirte con tu pasado. Con Paulina, con la profesora Singer, con Jamie Roberts... y con un montón de mujeres con las que voy a cruzarme por las calles de Toronto.
Gabriel apretó los dientes.
—Trataré de protegerte de ese tipo de encuentros incómodos en el futuro.
—Son muy dolorosos.
—Lo siento —susurró él—. Si pudiera cambiar mi pasado, lo haría. Pero no puedo, Julianne, por mucho que lo intente.
—Ella te dio lo que yo no puedo darte.
Gabriel se inclinó hacia ella y apoyó una mano cerca de su cadera.
—Si tuvieras sed y alguien te ofreciera agua de mar, ¿te la beberías?
—Claro que no.
—¿Por qué no?
Ella se estremeció.
—Porque está salada y sucia.
—Si te dieran a elegir entre agua de mar o agua Perrier, ¿qué elegirías?
—El agua Perrier, por supuesto. Pero no entiendo qué tiene que ver eso con ella.
Él entornó los ojos.
—¿Ah, no?
Se colocó entonces sobre ella, hasta que sus pechos y caderas quedaron en contacto.
—¿No entiendes la comparación? Tú eres mi agua Perrier. —Se dejó caer un poco más sobre ella—. Hacer el amor contigo es lo único que sacia mi sed. ¿Por qué iba a cambiarlo por toda el agua del mar? —Gabriel le presionó las caderas con las suyas—. Ella no puede ofrecerme nada que me interese. —Bajó la cara hasta que sus narices se rozaron—. Y tú eres preciosa. Cada parte de tu cuerpo es una obra de arte, desde la cabeza hasta los dedos de los pies. Eres la Venus y la Beatriz de Botticelli. ¿Tienes idea de lo mucho que te adoro? Te adueñaste de mi corazón la primera vez que te vi, a los diecisiete años.
El cuerpo de Julia se iba relajando bajo el influjo de su contacto y de sus palabras.
—¿Cómo han quedado las cosas entre vosotros?
—Le he dicho que estoy muy disgustado por lo que ha hecho y que no quiero que vuelva a hacerlo nunca más. Se lo ha tomado todo lo bien que cabía esperar.
Alguien llamó a la puerta, interrumpiéndolo.
—¡Adelante!
Gabriel se echó a un lado justo cuando Rachel abría la puerta.
—La cena está en la mesa y Tom y Scott han llegado ya. ¿Bajáis o tengo que enviar a Scott a buscaros? —preguntó, mirándolos a los dos.
—No hará falta —respondió Julia—. ¿Ha traído a su novia?
—No. Pasará la Navidad con sus padres. Le dije que la invitara, pero me dio mil excusas. —Rachel parecía molesta—. ¿Crees que se avergüenza de nosotros?
—Lo más probable es que se avergüence de ella —contestó Gabriel—. Quizá sea una stripper.
—Los profesores que viven en una torre de marfil no deberían tirar la primera piedra —replicó Rachel y, fulminando a su hermano con la mirada, salió de la habitación.
Julia lo miró sorprendida.
—¿A qué ha venido eso?
La expresión de él se ensombreció.
—Mi querida hermana no está muy contenta con Paulina... ni conmigo.
Julia se levantó y Gabriel la abrazó con fuerza.
—¿Qué ha pasado? ¿Has llorado?
—Sólo es la melancolía de la Navidad. —Julia vio que varios clientes los estaban mirando.
—¿Qué melancolía?
—Luego te lo cuento —respondió ella, tirando de él hacia la puerta.
Mientras Richard hablaba con Tom, Gabriel le apartó a Julia el pelo de la cara para susurrarle algo al oído y Richard vio que llevaba los pendientes de Grace. Evidentemente, había subestimado el grado de compromiso de su hijo en su nueva relación. Sabía que su esposa estaría encantada de que Gabriel le hubiera regalado los pendientes a Julia. Grace la quería como a una hija y siempre la consideró una más de la familia. Tal vez algún día Gabriel la convirtiera en miembro oficial.
Tras despedirse educadamente de Tom, Gabriel cogió el regalo de Paul. En su favor hay que decir que llevó la caja hasta el coche en silencio, resistiendo la tentación de hacer comentarios sarcásticos.
Mientras, junto con Richard, Julia y él se acercaban a la puerta, la agente Roberts entró en el local, vestida de uniforme.
—Hola, Jamie —la saludó Gabriel con una sonrisa algo tensa.
—Hola, Gabriel. ¿Has venido a casa a pasar la Navidad?
—Así es.
Jamie saludó también a Julia y a Richard, observando que Julia iba agarrada del brazo de Gabriel.
—Tienes buen aspecto. Se te ve feliz.
—Gracias. Lo soy. —Esa vez, la sonrisa que él le dirigió fue mucho más sincera.
Jamie asintió.
—Me alegro por ti. Feliz Navidad.
Los tres le dieron las gracias y salieron del restaurante. Gabriel pensó que pedir perdón aligeraba muchas cargas.
Al entrar en casa de los Clark, Gabriel se puso de acuerdo con Richard para disfrutar juntos de un whisky escocés y un buen puro en el porche.
Julia aún estaba un poco alterada por el altercado con Natalie, pero se sentía tan aliviada por estar al fin en casa, que trató de olvidarlo. Mientras Richard y Gabriel colgaban sus abrigos, desapareció en el salón.
—Cariño, ¿te guardo el abrigo? —le preguntó Gabriel, pero al ver que no respondía, la siguió al salón.
Su siguiente pregunta se le quedó atascada en la garganta. Su querida Julianne estaba inmóvil como una estatua, con la vista clavada en una mujer sentada en el sofá, junto a Rachel y a Aaron. Instintivamente, Gabriel agarró a Julia por la cintura y la acercó a él.
La mujer se levantó del sofá con elegancia y se dirigió hacia ellos, como si flotara. Sus movimientos eran propios de una bailarina o de una princesa y un sutil aire aristocrático la rodeaba como si se tratara de una nube de perfume.
Era casi tan alta como Gabriel. Tenía el pelo rubio, largo y liso, y unos grandes ojos azules, fríos como el hielo. Su piel era perfecta y tenía el cuerpo escuálido de una modelo profesional, excepto por los pechos, que eran generosos y perfectos. Llevaba unas botas altas de tacón de terciopelo negro, una falda tubo negra y un jersey de cachemira azul claro, que le dejaba un hombro, blanco como el alabastro, al descubierto.
Era preciosa. Y altiva. Al ver que Gabriel protegía a Julia con el brazo, arqueó la espalda como un gato furioso.
—¡Gabriel, querido, te he echado tanto de menos! —exclamó, con una voz clara y rica, con una pizca de acento británico.
Lo abrazó con fuerza.
Julia se apartó de ellos. No le apetecía formar parte de un abrazo de grupo.
—¿Qué estás haciendo aquí?
Mil emociones cruzaron los ojos de él mientras la mujer le daba un beso en la mejilla con sus labios pintados de rosa.
Lo hizo lentamente, rezumando sensualidad. Para empeorar las cosas, se recreó luego limpiándole el pintalabios de la mejilla y riendo como si eso fuera una broma entre ellos.
Gabriel buscó a Julia con la mirada y ella lo miró decepcionada.
Antes de que Gabriel pudiera decir nada, Richard carraspeó y entró en el salón. Rechazando la mano que éste le ofrecía, la mujer le dio un abrazo.
—Richard, es un placer saludarte, como siempre. Sentí mucho lo de Grace.
Tras aceptar el abrazo con amabilidad, el hombre se dirigió a Julia y la ayudó a quitarse el abrigo. Tras colgarlo, llamó a Aaron y a Rachel, privando así a Paulina del público que a ella tanto le gustaba tener.
—No sabía que tuvieras dos hermanas —dijo ésta, dirigiéndole a Julia una sonrisa glacial.
Era mucho más alta que ella, sobre todo ese día, en que Julia se había puesto zapatos planos con vaqueros y una rebeca negra. Al lado de Paulina, se sentía pequeña y sin estilo.
—Sólo tengo una hermana y lo sabes perfectamente —la cortó Gabriel—. ¿Para qué has venido?
Recuperándose de la sorpresa, Julia le ofreció la mano a Paulina antes de que Gabriel montara una escena.
—Soy Julia. Hablamos por teléfono.
La mujer hizo un gran esfuerzo de contención, pero a Julia no se le escapó el rencor que se reflejó en su mirada.
—¿Ah, sí? —preguntó, riendo afectadamente—. ¿No pretenderás que me acuerde de todas las mujeres que han respondido al teléfono de Gabriel a lo largo de los años? A menos que seas una de las chicas a las que interrumpí mientras estaban en medio de un ménage. ¿Recuerdas esa noche, Gabriel?
Julia retiró la mano como si hubiera recibido una bofetada.
—Estoy esperando que respondas a mi pregunta. —La voz de él era fría como el hielo—. ¿Qué haces aquí?
Julia trató de marcharse. Las imágenes que Paulina había inoculado en su cerebro le resultaban repulsivas y no estaba segura de querer oír su respuesta. Pero Gabriel la agarró del brazo y le suplicó con los ojos que no lo abandonara.
—He venido a verte, por supuesto. No respondías a mis llamadas y Carson me dijo que pasarías la Navidad con tu familia —contestó Paulina, irritada.
—¿Vas camino de Minnesota?
—Sabes de sobra que mis padres no me dirigen la palabra. He venido para
hablar contigo. —Con una mirada venenosa en dirección a Julia, añadió—: A solas.
Consciente de que desde la cocina se oía todo lo que decían, Gabriel se acercó a ella y le dijo en voz baja:
—Te recuerdo que eres una invitada en esta casa. No toleraré que le faltes el respeto a nadie, especialmente a Julianne. ¿Queda claro?
—No me tratabas como a una invitada cuando metías la polla en mi boca —murmuró Paulina, fulminándolo con la mirada.
Julia ahogó un grito y sintió náuseas. Si el encuentro se hubiera producido unas semanas atrás, sólo habría sido incómodo. Pero ahora, después de haber compartido cama con Gabriel, era muy doloroso.
Paulina lo conocía íntimamente. Sabía cómo era en la cama. Los sonidos que hacía, cómo olía, la expresión de su cara justo antes del orgasmo.
Era más alta que ella, más sofisticada y mucho más guapa. Y era evidente que, a diferencia de Julia, no tenía reparos en practicar sexo oral. Para agravar las cosas, Paulina había creado una nueva vida con Gabriel, algo que éste no podría volver a hacer con nadie más.
Soltándose de la mano de él, Julia dio la espalda a los antiguos amantes. Sabía que era preferible que Gabriel y ella mantuvieran un frente unido. Y también sabía que sería mucho más inteligente defender su territorio que dejarle el campo libre a su rival. Pero acababa de sufrir una agresión moral en el restaurante y no le quedaban fuerzas para un nuevo asalto.
Emocionalmente exhausta, se dirigió a la escalera arrastrando los pies, sin despedirse ni mirar atrás.
Al ver que se iba, a Gabriel se le cayó el alma a los pies. Quería ir tras ella, pero no pensaba dejar a Paulina a solas con su padre y su hermana. Excusándose un momento, se dirigió a la cocina y le pidió a Rachel que se asegurara de que Julia estaba bien.
Al llegar al piso de arriba, la joven se encontró a Julia saliendo del baño.
—¿Estás bien?
—No, voy a acostarme un rato.
Cuando Rachel abrió la puerta del dormitorio de Gabriel, ella negó con la cabeza y se metió en la habitación de invitados. Su amiga la observó mientras se quitaba los zapatos y los dejaba al lado de la cama.
—¿Quieres que te traiga algo? ¿Una aspirina?
—No, gracias, sólo necesito descansar.
—¿Quién es esa mujer? ¿Y qué hace aquí?
—Eso tendrás que preguntárselo a tu hermano.
Rachel agarró el pomo de la puerta con fuerza.
—Lo haré. Pero el hecho de que no sepa quién es me dice algo. No puede haber sido muy importante en su vida si nunca nos la presentó. —Desde el pasillo, añadió—: Tenlo en cuenta.
Julia se tumbó en la cama y rezó para dormirse pronto.
Cuando Gabriel entró en la cocina, tres horas más tarde, encontró a Aaron y a Rachel discutiendo sobre la manera correcta de preparar el famoso pollo a la Kiev de Grace.
—Te digo que hay que congelar la mantequilla antes. Tu madre lo hacía así. —Aaron parecía exasperado.
—¿Cómo lo sabes? —Rachel señaló la receta—. Aquí no dice nada de congelarla. 64
—Grace siempre congelaba la mantequilla —terció Gabriel, frunciendo el cejo—. Debía de suponer que todo el mundo haría lo mismo. ¿Dónde está Julia?
Su hermana se volvió hacia él, blandiendo un gran batidor.
—¿Dónde estabas?
—Fuera —respondió él, apretando los dientes—. ¿Dónde está?
—Arriba. A menos que haya decidido volver a casa de su padre.
—¿Por qué iba a hacer eso?
Rachel le dio la espalda y siguió batiendo huevos.
—Oh, pues no sé. ¿Tal vez porque has estado por ahí con una de tus ex novias durante tres horas? Espero que Julia te patee el culo como te mereces.
—Cariño... —Aaron trató de calmarla, poniéndole una mano en el hombro.
—Ni cariño ni nada. —Rachel le apartó la mano, enfadada—. Gabriel, tienes suerte de que Scott no esté aquí, porque si no ya te habría sacado de casa para darte una paliza.
Aaron frunció el cejo.
—¿Y qué pasa conmigo? ¿No podría sacarlo yo si quisiera?
Ella puso los ojos en blanco.
—No, por supuesto que no. Además, ahora mismo necesito que congeles la jodida mantequilla.
Murmurando entre dientes, Gabriel salió de la cocina. Subió la escalera despacio, tratando desesperadamente de encontrar una excusa que no fuera un insulto a la inteligencia.
(Aunque eso iba a ser imposible, a pesar de su pico de oro.)
Permaneció unos instantes ante la puerta de su habitación, respirando hondo antes de entrar. Pero la cama estaba vacía.
Sorprendido, registró la habitación. No había ni rastro de Julia.
De vuelta en el pasillo, se preguntó si se habría refugiado en la habitación de Scott, pero no estaba allí. Tras mirar en el cuarto de baño, probó en la habitación de invitados.
Julia estaba tumbada en el centro de la cama, profundamente dormida. Se planteó dejarla dormir, pero luego rechazó la idea. Tenían que hablar, a solas, y en esos momentos su familia estaba ocupada.
En silencio, se quitó los zapatos y se metió en la cama con ella, abrazándola por detrás. Su piel estaba muy suave, pero fría. La estrechó contra su cuerpo para darle calor.
—¿Gabriel? —Julia parpadeó, adormilada—. ¿Qué hora es?
—Las seis y media.
—¿Por qué no me ha despertado nadie? —preguntó, frotándose los ojos.
—Me estaban esperando.
—¿Esperando para qué?
—Esperando a que volviera. Y cuando he llegado a casa, Richard me ha pedido que entrase en su despacho para hablar conmigo.
—¿Dónde estabas?
Él apartó la vista, culpable.
—¿Estabas con ella?
—Le han quitado el carnet por conducir bajo los efectos del alcohol. La he llevado a su hotel.
—¿Por qué has tardado tanto en volver?
Gabriel la miró con expresión torturada.
—Hemos estado hablando.
—¿Hablando? ¿En el hotel?
—Está preocupada por el giro que ha dado su vida. Que se haya presentado aquí de esta manera demuestra lo desesperada que está.
Julia se llevó las rodillas al pecho, haciéndose un ovillo.
—No, no, no —dijo él, tirándole de los brazos para evitar que adoptara esa postura defensiva—. Ya se ha ido y no volverá. Le he dicho que estoy enamorado de ti. Puede usar mi dinero y mis abogados, pero ahí se acaba la cosa.
—Nunca se conformará con eso. Te quiere a ti. Le da igual que estés conmigo.
Gabriel volvió a rodearla con los brazos.
—No me importa lo que ella quiera. Estoy enamorado de ti. Tú eres mi futuro.
—Pero Paulina es preciosa. Y sexy.
—Es malvada. Y mezquina. No he visto nada bonito en ella esta tarde.
—Concebisteis una hija juntos.
Gabriel se encogió.
—No voluntariamente.
—Odio tener que compartirte.
Él frunció el cejo.
—No vas a tener que compartirme.
—Tengo que compartirte con tu pasado. Con Paulina, con la profesora Singer, con Jamie Roberts... y con un montón de mujeres con las que voy a cruzarme por las calles de Toronto.
Gabriel apretó los dientes.
—Trataré de protegerte de ese tipo de encuentros incómodos en el futuro.
—Son muy dolorosos.
—Lo siento —susurró él—. Si pudiera cambiar mi pasado, lo haría. Pero no puedo, Julianne, por mucho que lo intente.
—Ella te dio lo que yo no puedo darte.
Gabriel se inclinó hacia ella y apoyó una mano cerca de su cadera.
—Si tuvieras sed y alguien te ofreciera agua de mar, ¿te la beberías?
—Claro que no.
—¿Por qué no?
Ella se estremeció.
—Porque está salada y sucia.
—Si te dieran a elegir entre agua de mar o agua Perrier, ¿qué elegirías?
—El agua Perrier, por supuesto. Pero no entiendo qué tiene que ver eso con ella.
Él entornó los ojos.
—¿Ah, no?
Se colocó entonces sobre ella, hasta que sus pechos y caderas quedaron en contacto.
—¿No entiendes la comparación? Tú eres mi agua Perrier. —Se dejó caer un poco más sobre ella—. Hacer el amor contigo es lo único que sacia mi sed. ¿Por qué iba a cambiarlo por toda el agua del mar? —Gabriel le presionó las caderas con las suyas—. Ella no puede ofrecerme nada que me interese. —Bajó la cara hasta que sus narices se rozaron—. Y tú eres preciosa. Cada parte de tu cuerpo es una obra de arte, desde la cabeza hasta los dedos de los pies. Eres la Venus y la Beatriz de Botticelli. ¿Tienes idea de lo mucho que te adoro? Te adueñaste de mi corazón la primera vez que te vi, a los diecisiete años.
El cuerpo de Julia se iba relajando bajo el influjo de su contacto y de sus palabras.
—¿Cómo han quedado las cosas entre vosotros?
—Le he dicho que estoy muy disgustado por lo que ha hecho y que no quiero que vuelva a hacerlo nunca más. Se lo ha tomado todo lo bien que cabía esperar.
Alguien llamó a la puerta, interrumpiéndolo.
—¡Adelante!
Gabriel se echó a un lado justo cuando Rachel abría la puerta.
—La cena está en la mesa y Tom y Scott han llegado ya. ¿Bajáis o tengo que enviar a Scott a buscaros? —preguntó, mirándolos a los dos.
—No hará falta —respondió Julia—. ¿Ha traído a su novia?
—No. Pasará la Navidad con sus padres. Le dije que la invitara, pero me dio mil excusas. —Rachel parecía molesta—. ¿Crees que se avergüenza de nosotros?
—Lo más probable es que se avergüence de ella —contestó Gabriel—. Quizá sea una stripper.
—Los profesores que viven en una torre de marfil no deberían tirar la primera piedra —replicó Rachel y, fulminando a su hermano con la mirada, salió de la habitación.
Julia lo miró sorprendida.
—¿A qué ha venido eso?
La expresión de él se ensombreció.
—Mi querida hermana no está muy contenta con Paulina... ni conmigo.
martes, 28 de enero de 2014
Capitulo 7
Christa Peterson estaba en casa de sus padres, al norte de Toronto, revisando su correo electrónico unos días antes de Navidad. Llevaba una semana sin mirarlo. Una relación que había ido cultivando paralelamente a su intento de seducción del profesor Emerson había llegado a su fin, lo que significaba que no iría a esquiar a Whistler, en la Columbia británica, con su ex amante durante las vacaciones.
El banquero en cuestión había roto con ella con un mensaje de texto, lo que demostraba una falta de gusto evidente, pero lo peor estaba por llegar. Estaba convencida de que, como una bomba de relojería, en la bandeja de entrada la estaría esperando un correo electrónico de gusto aún más dudoso.
Se había dado ánimos con un par de copas de champán Bollinger añejo, que había comprado como regalo de Navidad para el gilipollas que se suponía que iba a llevarla a esquiar. Y, efectivamente, en la bandeja de entrada había una bomba, aunque no era la que había estado esperando.
Decir que el contenido del mensaje del profesor Pacciani la sorprendió sería quedarse muy corto. Sería más acertado decir que sintió que el suelo se abría bajo sus pies.
La única mujer canadiense por la que el profesor Emerson había mostrado algún interés era la profesora Ann Singer. Christa lo había visto en Lobby con varias mujeres, pero nunca repetía con ninguna. Tenía una relación cordial con varios miembros femeninos del profesorado y del personal no docente de la universidad, pero era una relación estrictamente profesional, como demostraban los firmes apretones de mano con que las saludaba. En cambio a la profesora Singer siempre la saludaba con dos besos, como en su última conferencia.
A Christa no le apetecía nada retomar su relación con el profesor Pacciani. Estaba tristemente poco dotado en el aspecto físico, así que qué interés podía tener ella en repetir unos encuentros físicos que la dejaban siempre frustrada. Después de todo, tenía sus baremos. Cualquier hombre que no estuviera como mínimo a la altura de su consolador, no merecía la pena.
(Y no le importaba decirlo en público.)
Pero quería obtener más información sobre la prometida del profesor, así que fingió estar interesada en la cita de primavera con el profesor Pacciani y trató de ser lo más sutil posible al preguntarle el nombre de la acompañante de Emerson. Luego bajó a la cocina y se acabó el resto del champán.
La víspera de Navidad, Julia estaba en la barra del restaurante Kinfolks, en Selinsgrove, comiendo con su padre. Gabriel estaba haciendo unas compras de última hora con Richard, mientras Rachel y Aaron habían ido a buscar el pavo y Scott estaba en Filadelfia con su novia.
Tom acababa de darle el regalo de Paul. Ella lo había dejado a sus pies y, desde allí, el paquete la miraba, reclamando su atención como un cachorrillo.
Julia pensó que sería mejor que lo abriera allí, delante de su padre, en vez de más tarde, delante de su novio. Con una sonrisa, le regaló la botella de sirope de arce a Tom. Al ver la vaca de peluche, se echó a reír y le dio un beso, pero al ver las figuras de Dante y Beatriz palideció. ¿Sabía Paul más de lo que Julia creía? No, era imposible que supiera que Gabriel y ella eran Dante y Beatriz en la intimidad. 55
Mientras Tom se comía su plato combinado a base de pavo, mezcla de relleno y puré de patatas, Julia abrió la felicitación navideña. Mostraba una típica estampa de niños en medio de una guerra de bolas de nieve, sobre los que se leían las palabras «Feliz Navidad». Pero fueron las palabras de Paul las que le pusieron un nudo en la garganta.
Feliz Navidad, Conejito.
Sé que este primer semestre no ha sido fácil y siento no haberte ayudado más cuando lo necesitabas. Estoy orgulloso de que no abandonaras. Un abrazo fuerte de tu amigo de Vermont,
Paul
Posdata: No sé si conoces la canción de Sarah McLachlan Wintersong, pero un trozo de esa canción me hizo pensar en ti.
Julia no sabía a qué canción se refería, así que las estrofas que había omitido en la carta no resonaron en su cabeza mientras examinaba la postal más detenidamente. En el centro de la guerra de bolas de nieve había una niña pequeña con el pelo largo y oscuro y un abrigo rojo, riendo contenta.
La canción, el dibujo, el texto de la postal, el regalo... Paul trataba de ocultar sus auténticos sentimientos, pero no lo conseguía. La imagen de la niña riendo y la letra de la canción, que escucharía más tarde, lo delataban.
Suspirando, lo guardó todo en la caja y volvió a dejarla a sus pies.
—Entonces —dijo su padre, entre bocado y bocado de pavo—, ¿Gabriel te está tratando bien?
—Me quiere, papá. Es muy bueno conmigo.
Tom negó con la cabeza, pensando en el contraste entre Simon —que había aparentado ser bueno para Julia— y Gabriel —que era bueno con ella sin aparentarlo— y en cómo él había podido dejarse engañar por las apariencias.
—Si deja de serlo en algún momento, dímelo en seguida —dijo, probando el puré de patata.
Julia casi puso los ojos en blanco. Era un poco tarde para jugar a ser un padre protector, pero suponía que era mejor tarde que nunca.
—Esta mañana hemos pasado por delante de la casa. He visto el cartel en el césped.
Él se limpió con la servilleta.
—La puse en venta hará un par de semanas.
—¿Por qué?
—No puedo vivir en un sitio donde mi hija no se siente segura.
—Pero tú creciste en esa casa. ¿Qué opina Deb?
Tom se encogió de hombros y escondió la cara tras la taza de café.
—Hemos terminado.
Julia ahogó una exclamación.
—No lo sabía. Lo siento.
Él bebió el café estoicamente.
—Tuvimos algunas diferencias. Además, sus hijos no me aprecian.
Julia jugueteó con los cubiertos, igualándolos.
—¿Deb se puso del lado de Natalie y Simon?
Su padre volvió a encogerse de hombros.
—Tenía que pasar tarde o temprano. La verdad es que me he quitado un peso de encima. Me gusta sentirme libre de nuevo. —Le guiñó un ojo con complicidad—. Estoy buscando una casa más pequeña. Me gustaría usar parte del dinero que saque de la venta para colaborar en tu educación.
Julia se sorprendió, pero pronto la sorpresa dejó paso al enfado. Su relación con Simon les había costado demasiado. Unos antecedentes penales y una sentencia de trabajos comunitarios no compensaban lo que su padre y ella habían perdido por su culpa. Julia tenía el alma llena de cicatrices y su padre había perdido su pareja y su casa de toda la vida.
—Papá, deberías guardar el dinero para la jubilación.
—Estoy seguro de que llegará para todo. Si no quieres usarlo en tu educación, gástatelo en cerveza. Desde ahora, lo importante somos tú y yo —concluyó, alargando la mano para revolverle el pelo, su gesto cariñoso preferido.
Cuando Tom fue un momento al servicio, Julia se quedó contemplando su hamburguesa de queso a medio comer y pensando en su transformado padre.
Estaba perdida en sus pensamientos, acariciando el borde del vaso de ginger ale, cuando alguien ocupó el taburete vecino.
—Hola, Jules.
Sorprendida, Julia se volvió hacia la voz y se encontró con su antigua compañera de habitación, Natalie Lundy.
Hubo un tiempo en que Julia llamaba a su amiga Jolene, ya que sus rasgos hermosos y su cuerpo voluptuoso encajaban a la perfección con la mujer descrita en la canción del mismo nombre. Pero eso fue antes de que ella la traicionara. Ahora su belleza le parecía dura y fría.
Al mirarla con más atención, algo le llamó la atención en su modo de vestir. El abrigo de estilo vintage tenía las mangas gastadas y sus botas parecían caras, pero de segunda mano. A primera vista, parecía ir bien vestida, pero si uno se fijaba, tras la ropa veía a una chica de pueblo que quería dejar atrás sus orígenes humildes.
—Feliz Navidad, Natalie. ¿Qué te traigo? —preguntó Diane, la camarera, inclinándose sobre la barra.
Julia observó cómo se trasformaba su antigua amiga. De fría y dura, pasó a ser alegre y chispeante. Hasta el acento le cambió.
—Feliz Navidad, Diane. Sólo café. No puedo quedarme mucho rato.
Sonriendo, la camarera le llenó el vaso y luego se acercó a un grupo de bomberos voluntarios amigos de Tom. En cuanto se hubo alejado, la actitud de Natalie cambió de nuevo bruscamente. Miró a Julia con ojos llenos de odio.
—Tengo que hablar contigo.
—Nada de lo que puedas decirme me interesa.
Trató de levantarse, pero Natalie se lo impidió sujetándola por la muñeca.
—Siéntate y escucha o montaré un número —la amenazó en voz baja, casi susurrando, mientras esbozaba una falsa sonrisa.
Nadie que las mirase podría adivinar que la estaba amenazando. Julia tragó saliva y se sentó.
Natalie le soltó el brazo, no sin antes castigarla con un apretón.
—Tenemos que hablar de Simon.
Ella miró hacia los servicios, esperando que su padre apareciera pronto.
—Quiero creer que tu reciente malentendido con él no fue intencionado. Estabas disgustada, Simon dijo cosas que no debió decir y llamaste a la policía. Pero por culpa de esa llamada, ahora tiene antecedentes penales. Supongo que entenderás que deberás retirar la denuncia antes de que sean las elecciones para el Senado. Tienes que aclarar el malentendido. Hoy mismo.
Y dicho esto, sonrió y le retiró el pelo por encima del hombro, como si estuvieran manteniendo una conversación entre amigas.
—No puedo hacer nada —murmuró Julia—. Ya se ha declarado culpable.
Natalie bebió un sorbo de café.
—No me trates como si fuera idiota, Jules. Ya lo sé. Obviamente, tienes que decirle al fiscal del distrito que mentiste. Explícale que no fue más que una riña de enamorados. Que ya conseguiste lo que querías, que era vengarte de él, y que ahora te arrepientes de habértelo inventado todo. —Se rió exageradamente—. Aunque, francamente, no entiendo qué ve Simon en ti. Mírate, por el amor de Dios. Tienes un aspecto espantoso.
Ella se mordió la lengua para no decirle lo que opinaba. El silencio le pareció lo más prudente.
Natalie se inclinó y le apartó un poco el cuello alto del jersey con dedos helados.
—No te quedan marcas. Muéstrale el cuello al fiscal y dile que te lo inventaste todo.
—No.
Julia se apartó, resistiendo la tentación de enseñarle la cicatriz, que llevaba cubierta con maquillaje. Se subió el cuello del jersey aún más arriba, llevándose una mano al lugar donde Simon la había mordido. Sabía que era un dolor fantasma, pero eso no hacía que dejara de sentir sus dientes desgarrándole la piel.
Natalie bajó la voz todavía más.
—No te equivoques. No te lo estoy pidiendo, te lo estoy ordenando. —Abrió su enorme bolso y sacó su BlackBerry, que dejó en la barra, entre las dos—. Esperaba no tener que recurrir a esto, pero no me dejas elección. Tengo fotos tuyas, fotos que te hizo Simon. Son muy... explícitas.
Ella miró el teléfono con desconfianza. Trató de tragar saliva, pero se le había secado la boca. Se llevó el vaso a los labios, procurando que la mano no le temblara.
Natalie sonrió, disfrutando de la reacción de su antigua amiga y ahora rival. Cogió el teléfono y empezó a pasar las fotos.
—No entiendo cómo pudo tomarlas sin que te enteraras. O tal vez lo sabías y no te importaba. —La miró ladeando la cabeza y entornando los ojos—. ¿Te gustaría que las viera todo Selinsgrove?
Julia miró a su alrededor, esperando que nadie hubiera oído su amenaza. Al menos, nadie las estaba mirando. Su primer impulso fue salir corriendo y esconderse, pero esa estrategia no le había dado buenos resultados en el pasado. Su madre siempre la encontraba. Y Simon la habría alcanzado si Gabriel no lo hubiera impedido enfrentándose a él.
Y además estaba harta de esconderse. Sintió que la espalda se le enderezaba.
—Que Simon tenga antecedentes es culpa tuya. Vino a verme buscando esas fotos, pero las tenías tú.
Natalie sonrió con dulzura, sin molestarse en negar sus acusaciones.
—Y ahora quieres que yo te saque las castañas de fuego. Pues no pienso hacerlo —añadió ella.
La otra se echó a reír.
—Oh, sí. Sí que lo harás. —Volvió a mirar a la pantalla, acercándosela a los ojos exageradamente—. ¡Dios, qué tetas tan pequeñas tienes!
—¿Sabías que el senador Talbot quiere presentarse a la presidencia del país? —contraatacó Julia.
Natalie se echó el pelo hacia atrás.
—Por supuesto que lo sé. Voy a colaborar en su campaña.
—Claro, ahora lo entiendo. La denuncia contra Simon supondrá un borrón en el 58
expediente del senador, así que ahora quieres hacerla desaparecer. Pues la has jodido bien.
—¿A qué te refieres?
—Si cuelgas esas fotos en Internet, Simon te dejará tan rápidamente que ni lo verás alejarse. Y con él se irá tu oportunidad de salir de este pueblo.
Natalie le quitó importancia a sus palabras con un gesto de la mano.
—No me dejará. Y el senador nunca se enterará.
A Julia se le aceleró el corazón.
—Si yo salgo en esas fotos, Simon tiene que salir también. ¿Qué crees que opinará su padre?
—¿No has oído hablar del Photoshop? Puedo borrar a Simon y poner la cara de otra persona. Pero no va a hacer falta, porque te vas a portar como una niña buena y vas a hacer lo correcto. ¿No es cierto, Jules?
Con una sonrisa condescendiente, Natalie se guardó el teléfono en el bolso y se levantó para irse.
—Nunca te presentará a su familia —le advirtió Julia—. Me lo dijo él mismo. No pierdas el tiempo siendo el secreto sucio de Simon. Puedes aspirar a algo mejor.
Natalie pareció dudar, pero en seguida se recuperó.
—No sabes lo que dices —exclamó—. Simon va a hacer exactamente lo que yo le diga. Igual que tú. Si no arreglas esto hoy mismo, colgaré las fotos. Que tengas felices fiestas.
Y se dirigió hacia la puerta.
—¡Espera! —la llamó Julia.
Natalie se volvió y la miró sin disimular su desprecio.
Ella respiró hondo y le pidió que se acercara.
—Dile a Simon que se asegure de que el senador tiene al día su suscripción de The Washington Post.
—¿Por qué?
—Porque si subes esas fotos a Internet, llamaré a Andrew Sampson, del Post. ¿Te acuerdas de él? El año pasado escribió un artículo sobre la detención de Simon por conducir borracho y la posterior intervención del senador.
Natalie negó con la cabeza.
—No te creo.
Julia apretó los puños con decisión.
—Si cuelgas las fotos, no tendré nada que perder. Contaré al periódico la historia completa del asalto de Simon, sin olvidarme de que luego mandó a su chica a chantajearme.
Su antigua amiga abrió mucho los ojos, pero luego volvió a cerrarlos tanto que se le convirtieron en dos rendijas.
—No te atreverías —musitó con los dientes apretados.
—Ponme a prueba.
La otra la miró con una mezcla de furia y sorpresa.
—La gente lleva años pisoteándote y no has movido un dedo para defenderte. No me creo que vayas a llamar a un periodista para contarle tus intimidades.
Julia levantó la barbilla.
—Tal vez me he hartado de que me pisoteen —Se encogió de hombros, concentrándose en que no le temblara la voz—. Tú eliges. Si cuelgas las fotos, nunca trabajarás para el senador. Sólo formarás parte de un escándalo que se apresurarán a esconder debajo de la alfombra.
La piel de Natalie pasó de su tono marfileño habitual a un rojo encendido.
Julia aprovechó su silencio para seguir hablando.
—Si me dejas en paz, me olvidaré de vosotros. Pero nunca mentiré sobre lo que me hizo Simon. Ya he mentido demasiadas veces para cubrir sus errores. No pienso hacerlo nunca más.
—Estás furiosa porque él me eligió a mí —exclamó Natalie, olvidándose de hablar en voz baja—. ¡No eres más que una niñata débil y patética, que ni siquiera sabe hacer una mamada en condiciones!
El profundo silencio que se hizo en el restaurante les indicó que los demás clientes habían oído esas últimas palabras.
Al mirar a su alrededor y ver que todas las miradas estaban clavadas en ella, Julia se sintió profundamente humillada. Todos los presentes habían oído la acusación de Natalie, incluida la esposa del pastor baptista, que estaba sentada tranquilamente en un rincón, tomando un té con su hija adolescente.
—Ya no te sientes tan segura, ¿no?
Antes de que Julia pudiera responder, Diane apareció a su lado.
—Natalie, vete a casa. No puedes hablar así en mi restaurante.
La chica se alejó no sin antes mascullar unas cuantas maldiciones.
—Esto no quedará así.
—Si sabes lo que te conviene —contestó Julia levantando la barbilla—, así es exactamente como quedará. Eres demasiado inteligente como para arriesgar tu futuro por una estupidez. Vuelve con él y déjame en paz.
Natalie la fulminó una última vez con la mirada antes de salir del local dando un portazo.
—¿Qué pasa? —preguntó su padre, a su espalda—. ¿Jules? ¿Qué ha pasado?
Diane respondió por ella, ofreciéndole a Tom una versión algo cambiada de lo sucedido.
Maldiciendo entre dientes, él apoyó una mano en el hombro de su hija.
—¿Estás bien?
Ella asintió débilmente antes de desaparecer en el servicio de señoras. No sabía cómo iba a ser capaz de mirar a la cara a la gente del pueblo después de lo que Natalie había dicho. Se agarró al lavabo con ambas manos para contener las náuseas.
Diane la siguió. Mojó una toalla en agua fría y se la dio.
—Lo siento, Jules. Le tendría que haber dado una bofetada. No me puedo creer lo que ha dicho.
Julia se mojó la cara con la toalla, en silencio.
—Cariño, nadie más que yo la ha oído. Estaban todos muy ocupados comentando que el Papá Noel del centro comercial se emborrachó ayer a la hora de la comida y trató de meterle mano a uno de los elfos.
Julia se encogió.
La mujer le dedicó una sonrisa comprensiva.
—¿Quieres que te prepare una infusión?
Ella negó con la cabeza y respiró hondo.
«Si hay algún dios por aquí cerca, por favor, que toda la gente que está en el restaurante sufra de amnesia temporal. Con los últimos quince minutos me sirve.»
Poco después, volvió a sentarse junto a su padre a la barra. Mantuvo la cabeza baja, tratando de evitar el contacto visual con nadie. Era demasiado fácil imaginárselos a todos comentando sus pecados y juzgándola.
—Lo siento, papá —dijo en voz muy baja.
Frunciendo el cejo, Tom pidió más café y un donuts relleno de mermelada.
—¿Qué es lo que sientes? —preguntó malhumorado. 60
Tras llenar la taza de Tom, Diane le apretó el brazo a Julia para darle ánimos, antes de irse a servir las mesas para que ellos dos pudieran hablar tranquilos.
—Todo es culpa mía. Lo de Deb, lo de Natalie, lo de la casa... —No quería llorar, pero no pudo evitarlo—. Te he avergonzado delante de todo el pueblo.
Tom se inclinó hacia ella.
—Eh, no quiero oírte decir esas tonterías. Nunca me has avergonzado. Al contrario, estoy muy orgulloso de ti. —La voz se le quebró un poco y carraspeó para disimular—. Protegerte era mi responsabilidad y no lo hice.
Julia se secó una lágrima.
—Pero te he estropeado la vida.
Él resopló.
—Tampoco es que mi vida fuera gran cosa. Prefiero perder la casa y perder a Deb que perderte a ti. No hay color.
Empujó el donuts hasta que quedó frente a Julia y aguardó hasta que ella le dio un mordisco.
—Cuando conocí a tu madre, fui muy feliz. Pasamos unos cuantos años muy buenos juntos. Pero el mejor día de todos fue cuando tú naciste. Yo siempre había querido tener una familia. No voy a permitir que nada ni nadie vuelva a separarme de ti. Te doy mi palabra.
Cuando Julia sonrió, Tom se inclinó hacia ella y le revolvió el pelo.
—Me gustaría pasar un momento por casa de Deb para contarle lo que ha pasado. Tiene que enseñar a su hija a comportarse en público. ¿Por qué no llamas a ese novio tuyo para que venga a buscarte? Nos vemos en casa de Richard dentro de un rato.
Secándose las lágrimas, Julia asintió. No quería que Gabriel se diera cuenta de que había estado llorando.
—Te quiero, papá.
Él se aclaró la garganta, con la cabeza baja.
—Yo también. Y ahora, acábate el donuts antes de que Diane empiece a cobrarnos alquiler.
El banquero en cuestión había roto con ella con un mensaje de texto, lo que demostraba una falta de gusto evidente, pero lo peor estaba por llegar. Estaba convencida de que, como una bomba de relojería, en la bandeja de entrada la estaría esperando un correo electrónico de gusto aún más dudoso.
Se había dado ánimos con un par de copas de champán Bollinger añejo, que había comprado como regalo de Navidad para el gilipollas que se suponía que iba a llevarla a esquiar. Y, efectivamente, en la bandeja de entrada había una bomba, aunque no era la que había estado esperando.
Decir que el contenido del mensaje del profesor Pacciani la sorprendió sería quedarse muy corto. Sería más acertado decir que sintió que el suelo se abría bajo sus pies.
La única mujer canadiense por la que el profesor Emerson había mostrado algún interés era la profesora Ann Singer. Christa lo había visto en Lobby con varias mujeres, pero nunca repetía con ninguna. Tenía una relación cordial con varios miembros femeninos del profesorado y del personal no docente de la universidad, pero era una relación estrictamente profesional, como demostraban los firmes apretones de mano con que las saludaba. En cambio a la profesora Singer siempre la saludaba con dos besos, como en su última conferencia.
A Christa no le apetecía nada retomar su relación con el profesor Pacciani. Estaba tristemente poco dotado en el aspecto físico, así que qué interés podía tener ella en repetir unos encuentros físicos que la dejaban siempre frustrada. Después de todo, tenía sus baremos. Cualquier hombre que no estuviera como mínimo a la altura de su consolador, no merecía la pena.
(Y no le importaba decirlo en público.)
Pero quería obtener más información sobre la prometida del profesor, así que fingió estar interesada en la cita de primavera con el profesor Pacciani y trató de ser lo más sutil posible al preguntarle el nombre de la acompañante de Emerson. Luego bajó a la cocina y se acabó el resto del champán.
La víspera de Navidad, Julia estaba en la barra del restaurante Kinfolks, en Selinsgrove, comiendo con su padre. Gabriel estaba haciendo unas compras de última hora con Richard, mientras Rachel y Aaron habían ido a buscar el pavo y Scott estaba en Filadelfia con su novia.
Tom acababa de darle el regalo de Paul. Ella lo había dejado a sus pies y, desde allí, el paquete la miraba, reclamando su atención como un cachorrillo.
Julia pensó que sería mejor que lo abriera allí, delante de su padre, en vez de más tarde, delante de su novio. Con una sonrisa, le regaló la botella de sirope de arce a Tom. Al ver la vaca de peluche, se echó a reír y le dio un beso, pero al ver las figuras de Dante y Beatriz palideció. ¿Sabía Paul más de lo que Julia creía? No, era imposible que supiera que Gabriel y ella eran Dante y Beatriz en la intimidad. 55
Mientras Tom se comía su plato combinado a base de pavo, mezcla de relleno y puré de patatas, Julia abrió la felicitación navideña. Mostraba una típica estampa de niños en medio de una guerra de bolas de nieve, sobre los que se leían las palabras «Feliz Navidad». Pero fueron las palabras de Paul las que le pusieron un nudo en la garganta.
Feliz Navidad, Conejito.
Sé que este primer semestre no ha sido fácil y siento no haberte ayudado más cuando lo necesitabas. Estoy orgulloso de que no abandonaras. Un abrazo fuerte de tu amigo de Vermont,
Paul
Posdata: No sé si conoces la canción de Sarah McLachlan Wintersong, pero un trozo de esa canción me hizo pensar en ti.
Julia no sabía a qué canción se refería, así que las estrofas que había omitido en la carta no resonaron en su cabeza mientras examinaba la postal más detenidamente. En el centro de la guerra de bolas de nieve había una niña pequeña con el pelo largo y oscuro y un abrigo rojo, riendo contenta.
La canción, el dibujo, el texto de la postal, el regalo... Paul trataba de ocultar sus auténticos sentimientos, pero no lo conseguía. La imagen de la niña riendo y la letra de la canción, que escucharía más tarde, lo delataban.
Suspirando, lo guardó todo en la caja y volvió a dejarla a sus pies.
—Entonces —dijo su padre, entre bocado y bocado de pavo—, ¿Gabriel te está tratando bien?
—Me quiere, papá. Es muy bueno conmigo.
Tom negó con la cabeza, pensando en el contraste entre Simon —que había aparentado ser bueno para Julia— y Gabriel —que era bueno con ella sin aparentarlo— y en cómo él había podido dejarse engañar por las apariencias.
—Si deja de serlo en algún momento, dímelo en seguida —dijo, probando el puré de patata.
Julia casi puso los ojos en blanco. Era un poco tarde para jugar a ser un padre protector, pero suponía que era mejor tarde que nunca.
—Esta mañana hemos pasado por delante de la casa. He visto el cartel en el césped.
Él se limpió con la servilleta.
—La puse en venta hará un par de semanas.
—¿Por qué?
—No puedo vivir en un sitio donde mi hija no se siente segura.
—Pero tú creciste en esa casa. ¿Qué opina Deb?
Tom se encogió de hombros y escondió la cara tras la taza de café.
—Hemos terminado.
Julia ahogó una exclamación.
—No lo sabía. Lo siento.
Él bebió el café estoicamente.
—Tuvimos algunas diferencias. Además, sus hijos no me aprecian.
Julia jugueteó con los cubiertos, igualándolos.
—¿Deb se puso del lado de Natalie y Simon?
Su padre volvió a encogerse de hombros.
—Tenía que pasar tarde o temprano. La verdad es que me he quitado un peso de encima. Me gusta sentirme libre de nuevo. —Le guiñó un ojo con complicidad—. Estoy buscando una casa más pequeña. Me gustaría usar parte del dinero que saque de la venta para colaborar en tu educación.
Julia se sorprendió, pero pronto la sorpresa dejó paso al enfado. Su relación con Simon les había costado demasiado. Unos antecedentes penales y una sentencia de trabajos comunitarios no compensaban lo que su padre y ella habían perdido por su culpa. Julia tenía el alma llena de cicatrices y su padre había perdido su pareja y su casa de toda la vida.
—Papá, deberías guardar el dinero para la jubilación.
—Estoy seguro de que llegará para todo. Si no quieres usarlo en tu educación, gástatelo en cerveza. Desde ahora, lo importante somos tú y yo —concluyó, alargando la mano para revolverle el pelo, su gesto cariñoso preferido.
Cuando Tom fue un momento al servicio, Julia se quedó contemplando su hamburguesa de queso a medio comer y pensando en su transformado padre.
Estaba perdida en sus pensamientos, acariciando el borde del vaso de ginger ale, cuando alguien ocupó el taburete vecino.
—Hola, Jules.
Sorprendida, Julia se volvió hacia la voz y se encontró con su antigua compañera de habitación, Natalie Lundy.
Hubo un tiempo en que Julia llamaba a su amiga Jolene, ya que sus rasgos hermosos y su cuerpo voluptuoso encajaban a la perfección con la mujer descrita en la canción del mismo nombre. Pero eso fue antes de que ella la traicionara. Ahora su belleza le parecía dura y fría.
Al mirarla con más atención, algo le llamó la atención en su modo de vestir. El abrigo de estilo vintage tenía las mangas gastadas y sus botas parecían caras, pero de segunda mano. A primera vista, parecía ir bien vestida, pero si uno se fijaba, tras la ropa veía a una chica de pueblo que quería dejar atrás sus orígenes humildes.
—Feliz Navidad, Natalie. ¿Qué te traigo? —preguntó Diane, la camarera, inclinándose sobre la barra.
Julia observó cómo se trasformaba su antigua amiga. De fría y dura, pasó a ser alegre y chispeante. Hasta el acento le cambió.
—Feliz Navidad, Diane. Sólo café. No puedo quedarme mucho rato.
Sonriendo, la camarera le llenó el vaso y luego se acercó a un grupo de bomberos voluntarios amigos de Tom. En cuanto se hubo alejado, la actitud de Natalie cambió de nuevo bruscamente. Miró a Julia con ojos llenos de odio.
—Tengo que hablar contigo.
—Nada de lo que puedas decirme me interesa.
Trató de levantarse, pero Natalie se lo impidió sujetándola por la muñeca.
—Siéntate y escucha o montaré un número —la amenazó en voz baja, casi susurrando, mientras esbozaba una falsa sonrisa.
Nadie que las mirase podría adivinar que la estaba amenazando. Julia tragó saliva y se sentó.
Natalie le soltó el brazo, no sin antes castigarla con un apretón.
—Tenemos que hablar de Simon.
Ella miró hacia los servicios, esperando que su padre apareciera pronto.
—Quiero creer que tu reciente malentendido con él no fue intencionado. Estabas disgustada, Simon dijo cosas que no debió decir y llamaste a la policía. Pero por culpa de esa llamada, ahora tiene antecedentes penales. Supongo que entenderás que deberás retirar la denuncia antes de que sean las elecciones para el Senado. Tienes que aclarar el malentendido. Hoy mismo.
Y dicho esto, sonrió y le retiró el pelo por encima del hombro, como si estuvieran manteniendo una conversación entre amigas.
—No puedo hacer nada —murmuró Julia—. Ya se ha declarado culpable.
Natalie bebió un sorbo de café.
—No me trates como si fuera idiota, Jules. Ya lo sé. Obviamente, tienes que decirle al fiscal del distrito que mentiste. Explícale que no fue más que una riña de enamorados. Que ya conseguiste lo que querías, que era vengarte de él, y que ahora te arrepientes de habértelo inventado todo. —Se rió exageradamente—. Aunque, francamente, no entiendo qué ve Simon en ti. Mírate, por el amor de Dios. Tienes un aspecto espantoso.
Ella se mordió la lengua para no decirle lo que opinaba. El silencio le pareció lo más prudente.
Natalie se inclinó y le apartó un poco el cuello alto del jersey con dedos helados.
—No te quedan marcas. Muéstrale el cuello al fiscal y dile que te lo inventaste todo.
—No.
Julia se apartó, resistiendo la tentación de enseñarle la cicatriz, que llevaba cubierta con maquillaje. Se subió el cuello del jersey aún más arriba, llevándose una mano al lugar donde Simon la había mordido. Sabía que era un dolor fantasma, pero eso no hacía que dejara de sentir sus dientes desgarrándole la piel.
Natalie bajó la voz todavía más.
—No te equivoques. No te lo estoy pidiendo, te lo estoy ordenando. —Abrió su enorme bolso y sacó su BlackBerry, que dejó en la barra, entre las dos—. Esperaba no tener que recurrir a esto, pero no me dejas elección. Tengo fotos tuyas, fotos que te hizo Simon. Son muy... explícitas.
Ella miró el teléfono con desconfianza. Trató de tragar saliva, pero se le había secado la boca. Se llevó el vaso a los labios, procurando que la mano no le temblara.
Natalie sonrió, disfrutando de la reacción de su antigua amiga y ahora rival. Cogió el teléfono y empezó a pasar las fotos.
—No entiendo cómo pudo tomarlas sin que te enteraras. O tal vez lo sabías y no te importaba. —La miró ladeando la cabeza y entornando los ojos—. ¿Te gustaría que las viera todo Selinsgrove?
Julia miró a su alrededor, esperando que nadie hubiera oído su amenaza. Al menos, nadie las estaba mirando. Su primer impulso fue salir corriendo y esconderse, pero esa estrategia no le había dado buenos resultados en el pasado. Su madre siempre la encontraba. Y Simon la habría alcanzado si Gabriel no lo hubiera impedido enfrentándose a él.
Y además estaba harta de esconderse. Sintió que la espalda se le enderezaba.
—Que Simon tenga antecedentes es culpa tuya. Vino a verme buscando esas fotos, pero las tenías tú.
Natalie sonrió con dulzura, sin molestarse en negar sus acusaciones.
—Y ahora quieres que yo te saque las castañas de fuego. Pues no pienso hacerlo —añadió ella.
La otra se echó a reír.
—Oh, sí. Sí que lo harás. —Volvió a mirar a la pantalla, acercándosela a los ojos exageradamente—. ¡Dios, qué tetas tan pequeñas tienes!
—¿Sabías que el senador Talbot quiere presentarse a la presidencia del país? —contraatacó Julia.
Natalie se echó el pelo hacia atrás.
—Por supuesto que lo sé. Voy a colaborar en su campaña.
—Claro, ahora lo entiendo. La denuncia contra Simon supondrá un borrón en el 58
expediente del senador, así que ahora quieres hacerla desaparecer. Pues la has jodido bien.
—¿A qué te refieres?
—Si cuelgas esas fotos en Internet, Simon te dejará tan rápidamente que ni lo verás alejarse. Y con él se irá tu oportunidad de salir de este pueblo.
Natalie le quitó importancia a sus palabras con un gesto de la mano.
—No me dejará. Y el senador nunca se enterará.
A Julia se le aceleró el corazón.
—Si yo salgo en esas fotos, Simon tiene que salir también. ¿Qué crees que opinará su padre?
—¿No has oído hablar del Photoshop? Puedo borrar a Simon y poner la cara de otra persona. Pero no va a hacer falta, porque te vas a portar como una niña buena y vas a hacer lo correcto. ¿No es cierto, Jules?
Con una sonrisa condescendiente, Natalie se guardó el teléfono en el bolso y se levantó para irse.
—Nunca te presentará a su familia —le advirtió Julia—. Me lo dijo él mismo. No pierdas el tiempo siendo el secreto sucio de Simon. Puedes aspirar a algo mejor.
Natalie pareció dudar, pero en seguida se recuperó.
—No sabes lo que dices —exclamó—. Simon va a hacer exactamente lo que yo le diga. Igual que tú. Si no arreglas esto hoy mismo, colgaré las fotos. Que tengas felices fiestas.
Y se dirigió hacia la puerta.
—¡Espera! —la llamó Julia.
Natalie se volvió y la miró sin disimular su desprecio.
Ella respiró hondo y le pidió que se acercara.
—Dile a Simon que se asegure de que el senador tiene al día su suscripción de The Washington Post.
—¿Por qué?
—Porque si subes esas fotos a Internet, llamaré a Andrew Sampson, del Post. ¿Te acuerdas de él? El año pasado escribió un artículo sobre la detención de Simon por conducir borracho y la posterior intervención del senador.
Natalie negó con la cabeza.
—No te creo.
Julia apretó los puños con decisión.
—Si cuelgas las fotos, no tendré nada que perder. Contaré al periódico la historia completa del asalto de Simon, sin olvidarme de que luego mandó a su chica a chantajearme.
Su antigua amiga abrió mucho los ojos, pero luego volvió a cerrarlos tanto que se le convirtieron en dos rendijas.
—No te atreverías —musitó con los dientes apretados.
—Ponme a prueba.
La otra la miró con una mezcla de furia y sorpresa.
—La gente lleva años pisoteándote y no has movido un dedo para defenderte. No me creo que vayas a llamar a un periodista para contarle tus intimidades.
Julia levantó la barbilla.
—Tal vez me he hartado de que me pisoteen —Se encogió de hombros, concentrándose en que no le temblara la voz—. Tú eliges. Si cuelgas las fotos, nunca trabajarás para el senador. Sólo formarás parte de un escándalo que se apresurarán a esconder debajo de la alfombra.
La piel de Natalie pasó de su tono marfileño habitual a un rojo encendido.
Julia aprovechó su silencio para seguir hablando.
—Si me dejas en paz, me olvidaré de vosotros. Pero nunca mentiré sobre lo que me hizo Simon. Ya he mentido demasiadas veces para cubrir sus errores. No pienso hacerlo nunca más.
—Estás furiosa porque él me eligió a mí —exclamó Natalie, olvidándose de hablar en voz baja—. ¡No eres más que una niñata débil y patética, que ni siquiera sabe hacer una mamada en condiciones!
El profundo silencio que se hizo en el restaurante les indicó que los demás clientes habían oído esas últimas palabras.
Al mirar a su alrededor y ver que todas las miradas estaban clavadas en ella, Julia se sintió profundamente humillada. Todos los presentes habían oído la acusación de Natalie, incluida la esposa del pastor baptista, que estaba sentada tranquilamente en un rincón, tomando un té con su hija adolescente.
—Ya no te sientes tan segura, ¿no?
Antes de que Julia pudiera responder, Diane apareció a su lado.
—Natalie, vete a casa. No puedes hablar así en mi restaurante.
La chica se alejó no sin antes mascullar unas cuantas maldiciones.
—Esto no quedará así.
—Si sabes lo que te conviene —contestó Julia levantando la barbilla—, así es exactamente como quedará. Eres demasiado inteligente como para arriesgar tu futuro por una estupidez. Vuelve con él y déjame en paz.
Natalie la fulminó una última vez con la mirada antes de salir del local dando un portazo.
—¿Qué pasa? —preguntó su padre, a su espalda—. ¿Jules? ¿Qué ha pasado?
Diane respondió por ella, ofreciéndole a Tom una versión algo cambiada de lo sucedido.
Maldiciendo entre dientes, él apoyó una mano en el hombro de su hija.
—¿Estás bien?
Ella asintió débilmente antes de desaparecer en el servicio de señoras. No sabía cómo iba a ser capaz de mirar a la cara a la gente del pueblo después de lo que Natalie había dicho. Se agarró al lavabo con ambas manos para contener las náuseas.
Diane la siguió. Mojó una toalla en agua fría y se la dio.
—Lo siento, Jules. Le tendría que haber dado una bofetada. No me puedo creer lo que ha dicho.
Julia se mojó la cara con la toalla, en silencio.
—Cariño, nadie más que yo la ha oído. Estaban todos muy ocupados comentando que el Papá Noel del centro comercial se emborrachó ayer a la hora de la comida y trató de meterle mano a uno de los elfos.
Julia se encogió.
La mujer le dedicó una sonrisa comprensiva.
—¿Quieres que te prepare una infusión?
Ella negó con la cabeza y respiró hondo.
«Si hay algún dios por aquí cerca, por favor, que toda la gente que está en el restaurante sufra de amnesia temporal. Con los últimos quince minutos me sirve.»
Poco después, volvió a sentarse junto a su padre a la barra. Mantuvo la cabeza baja, tratando de evitar el contacto visual con nadie. Era demasiado fácil imaginárselos a todos comentando sus pecados y juzgándola.
—Lo siento, papá —dijo en voz muy baja.
Frunciendo el cejo, Tom pidió más café y un donuts relleno de mermelada.
—¿Qué es lo que sientes? —preguntó malhumorado. 60
Tras llenar la taza de Tom, Diane le apretó el brazo a Julia para darle ánimos, antes de irse a servir las mesas para que ellos dos pudieran hablar tranquilos.
—Todo es culpa mía. Lo de Deb, lo de Natalie, lo de la casa... —No quería llorar, pero no pudo evitarlo—. Te he avergonzado delante de todo el pueblo.
Tom se inclinó hacia ella.
—Eh, no quiero oírte decir esas tonterías. Nunca me has avergonzado. Al contrario, estoy muy orgulloso de ti. —La voz se le quebró un poco y carraspeó para disimular—. Protegerte era mi responsabilidad y no lo hice.
Julia se secó una lágrima.
—Pero te he estropeado la vida.
Él resopló.
—Tampoco es que mi vida fuera gran cosa. Prefiero perder la casa y perder a Deb que perderte a ti. No hay color.
Empujó el donuts hasta que quedó frente a Julia y aguardó hasta que ella le dio un mordisco.
—Cuando conocí a tu madre, fui muy feliz. Pasamos unos cuantos años muy buenos juntos. Pero el mejor día de todos fue cuando tú naciste. Yo siempre había querido tener una familia. No voy a permitir que nada ni nadie vuelva a separarme de ti. Te doy mi palabra.
Cuando Julia sonrió, Tom se inclinó hacia ella y le revolvió el pelo.
—Me gustaría pasar un momento por casa de Deb para contarle lo que ha pasado. Tiene que enseñar a su hija a comportarse en público. ¿Por qué no llamas a ese novio tuyo para que venga a buscarte? Nos vemos en casa de Richard dentro de un rato.
Secándose las lágrimas, Julia asintió. No quería que Gabriel se diera cuenta de que había estado llorando.
—Te quiero, papá.
Él se aclaró la garganta, con la cabeza baja.
—Yo también. Y ahora, acábate el donuts antes de que Diane empiece a cobrarnos alquiler.
Capitulo 6
Gabriel se despertó en mitad de la noche. Era su última noche en Umbría. Adormilado, tardó unos instantes en darse cuenta de que estaba solo. Alargando el brazo, comprobó que las sábanas estaban frías.
Bajó los pies al suelo, estremeciéndose al notar la piedra helada. Tras ponerse unos bóxers, bajó la escalera, rascándose la cabeza. La luz de la cocina estaba encendida, pero Julia no estaba allí. Junto a un vaso medio vacío de zumo de arándanos, había restos de pan y de queso. Parecía como si un ratón hubiese decidido darse un festín nocturno, pero hubiera salido huyendo al verse descubierto.
Al entrar en el salón, vio la cabeza de Julia apoyada en el brazo de una butaca, al lado de la chimenea. Dormida parecía más joven y muy relajada. Aunque estaba pálida, sus labios y sus mejillas tenían un saludable tono rosado.
Gabriel sintió el impulso de componerle un poema a su boca y se dijo que un día lo haría. De hecho, toda ella le recordaba al poema de Frederick Leighton Flaming June.
Llevaba un elegante camisón de color marfil y uno de los tirantes se le había caído, dejando su precioso hombro totalmente al descubierto. Su piel pálida, delicada y suave lo llamaba. Sin poder resistirse, se puso en cuclillas a su lado y le besó el hombro, mientras le acariciaba el pelo.
Julia abrió los ojos y se desperezó. Parpadeó un par de veces antes de reconocerlo y sonreír.
Su sonrisa, dulce y serena, encendió el corazón de Gabriel como si fuera una hoguera. La respiración se le aceleró. Nunca había sentido nada parecido por otra mujer. La intensidad de los sentimientos que Julia le despertaba no dejaba de sorprenderlo.
—Hola —susurró, apartándole el pelo de la cara—. ¿Estás bien?
—Por supuesto.
—Al no encontrarte en la cama me he preocupado.
—He bajado a picar algo.
—¿Aún tienes hambre? —preguntó Gabriel, frunciendo el cejo y apoyándole la mano suavemente en la cabeza.
—No de comida.
—No te lo había visto puesto —dijo él, resiguiendo el escote del camisón con un dedo y rozándole la parte superior de los pechos.
—Lo compré para la primera noche que pasamos juntos.
—Es precioso. ¿Por qué no te lo habías puesto hasta ahora?
—Porque me he estado poniendo todas las cosas que me compraste en Florencia. ¿Cómo las llamó el dependiente? ¿Bustiers? Tu gusto en cuanto a lencería femenina es extremadamente pasado de moda, profesor Emerson. Si me descuido, acabarás regalándome corsés.
Él se echó a reír y la besó.
—No entiendo cómo es que aún no te he comprado uno. Tienes razón. Me gusta verte con prendas que dejan lugar a la imaginación. Así es mucho más agradable «desenvolverte». Aunque admito que me gustas con cualquier cosa que te pongas. O que no te pongas.
Alargando la mano, Julia lo agarró por la nuca y lo acercó para besarlo apasionadamente. Recorriéndole la mandíbula con los labios, le susurró al oído:
—Ven a la cama.
Cogiéndolo de la mano, lo guió hacia el dormitorio. Al pasar por delante de la mesa de la cocina, intercambiaron una mirada cómplice y, tras hacer que Gabriel se sentara en el borde de la cama, Julia se quedó de pie ante él.
Lentamente, se bajó los tirantes del camisón, que cayó al suelo, dejándola desnuda.
En la penumbra de la habitación, él contempló sus tentadoras curvas con avidez.
—Eres un argumento que demuestra la existencia de Dios —murmuró.
—¿Qué?
—Tu rostro, tus pechos, tu preciosa espalda... Santo Tomás de Aquino te habría añadido como sexta vía para demostrar la existencia de Dios si hubiera tenido el privilegio de conocerte. Es evidente que alguien te ha diseñado, no se ha limitado a crearte.
Bajando la vista, Julia se ruborizó.
Gabriel sonrió.
—¿Aún te ruborizas, a estas alturas?
Como respuesta, ella dio un paso adelante y, cogiéndole una mano, se cubrió un pecho con ella.
Él se lo apretó suavemente.
—Túmbate a mi lado y te abrazaré.
—No quiero que me abraces. Quiero que me hagas el amor.
Gabriel se quitó los bóxers rápidamente y se hizo a un lado para dejarle sitio. Volviendo a acariciarle el pecho, la besó dulcemente, enredando la lengua con la suya.
—Te respiro —susurró—. Eres mi aire. Lo eres todo.
Le acarició los pezones con los dedos y le besó el cuello con besos ligeros como plumas, mientras ella lo animaba con atrevidas caricias.
Julia lo empujó hasta que Gabriel quedó tumbado de espaldas y entonces se sentó a horcajadas sobre sus caderas. Él le besó los pechos y se metió un pezón en la boca, mientras con una mano comprobaba si estaba preparada para recibirlo.
Soltándole el pecho, negó con la cabeza.
—No estás lista.
—Pero te deseo.
—Yo también te deseo. Pero antes quiero encender tu cuerpo.
El deseo sexual de Julia encontró una barrera en el compromiso que Gabriel había asumido consigo mismo. Se había jurado asegurarse de que todos sus encuentros resultaran igual de placenteros para ambos. No le importaba hacer esperar a su cuerpo para asegurarse de que el de Julia estaba loco de deseo antes de recibirlo en su interior.
Cuando finalmente la penetró, ella lo miró fijamente. Él tenía los ojos muy abiertos y estaban tan cerca que sus narices casi se tocaban. Julia se movía sobre su cuerpo con una lentitud desesperante.
Ella cerró los ojos un instante para disfrutar de las sensaciones, pero en seguida volvió a abrirlos. Su conexión era tan intensa...
Los azules ojos de Gabriel, cargados de emoción, no se apartaban de los enormes ojos castaños de ella. Cada movimiento, cada deseo, se reflejaba en la mirada de los amantes.
—Te quiero.
Gabriel le acarició la nariz con la suya, mientras ella incrementaba el ritmo gradualmente.
—Yo también te quie... —Las palabras de Julia quedaron interrumpidas por un gemido.
Aumentó la velocidad de sus movimientos y capturó la boca de Gabriel. Sus lenguas se enredaron mientras se exploraban, una exploración que se interrumpía de vez en cuando con gemidos y alguna que otra confesión.
Él le acarició la cintura y las costillas y, agarrándole el culo, la levantó ligeramente para poder llegar más adentro.
Julia se había vuelto adicta a aquello, a él. Adoraba su manera de mirarla en los momentos más íntimos y cómo el resto del mundo se desvanecía a su alrededor. Le gustaba sentirlo moviéndose en su interior cuando le hacía el amor, porque siempre la hacía sentir hermosa. Los orgasmos eran casi un regalo adicional, porque lo más valioso era lo que sentía cuando estaban unidos.
Hacer el amor, igual que la música, o el respirar, o el latido del corazón, eran cosas que se basaban en un ritmo primordial y Gabriel había aprendido a leer el cuerpo de Julia; a conocer su ritmo, como el guante que encaja a la perfección en la mano de una dama. Era un conocimiento primario pero muy personal, el tipo de conocimiento al que se referían los traductores de la Biblia del rey Jacobo cuando decían que Adán había conocido a su esposa. El conocimiento misterioso y sagrado que un amante tiene de su amada, conocimiento que quedaba pervertido y difamado en encuentros sexuales menos sagrados. Un conocimiento propio de un matrimonio auténtico, no sólo de nombre.
Julia hizo buen uso de sus nuevos conocimientos, deleitando a Gabriel con su cuerpo una y otra vez. Cuando estaba dentro de ella, para él todo era cálido, excitante, tropical... perfecto.
Estaba cerca, muy cerca. Al mirarla a los ojos, vio que ella le estaba devolviendo la mirada. Cada vez que Julia se movía, Gabriel hacía el mismo movimiento. La cadencia conjunta de ambos les proporcionaban un gran placer a los dos.
Mientras se miraban, un gemido brotó de la garganta de Julia, que de repente, echó la cabeza hacia atrás y gritó su nombre. Fue algo glorioso de ver y oír. Por fin había gritado su nombre.
Gabriel no tardó en seguirla. Su cuerpo se tensó con un gruñido y luego se relajó. Las venas de su frente y cuello empezaron a deshincharse.
Una vez más, su encuentro había sido tierno y alegre.
Julia no quería apartarse. No quería sentir cómo abandonaba su cuerpo. Por eso se dejó caer sobre él, mirándolo fijamente.
—¿Siempre será así?
Gabriel le besó la punta de la nariz.
—No lo sé. Pero si tomamos a Grace y a Richard como ejemplo, con el tiempo las cosas mejorarán. Yo veré nuestras vivencias compartidas reflejadas en tus ojos y tú verás la felicidad reflejada en los míos. La experiencia hará que nuestros encuentros sean cada vez más profundos y mejores.
Sonriendo, Julia asintió, pero al cabo de unos instantes, su expresión se ensombreció.
—¿Qué pasa?
—Estoy preocupada. No sé qué pasará el año que viene.
—¿Por qué?
—¿Y si no me aceptan para el programa de doctorado en Toronto?
Gabriel frunció el cejo.
—No sabía que hubieras presentado una solicitud.
—No quiero separarme de ti.
—Yo tampoco quiero separarme de ti, Julianne, pero no creo que la Universidad de Toronto sea la más adecuada para ti. Yo no podré supervisar tu tesis y dudo que Katherine quiera comprometerse durante más de un año.
El rostro de ella se ensombreció aún más.
Gabriel le acarició la mejilla con un dedo.
—Pensaba que querías ir a Harvard.
—Pero es que está tan lejos.
—A pocas horas de vuelo. —La miró pensativo—. Podemos vernos los fines de semana y los festivos. Pediré un año sabático. Podría mudarme a Harvard contigo durante el primer año.
—Pasaré allí por lo menos seis años. Si no más.
Estaba a punto de llorar y al ver que le brillaban los ojos, a Gabriel se le encogió el corazón.
—Haremos que funcione —le aseguró, con la voz ronca—. Ahora mismo hemos de disfrutar del tiempo que nos queda juntos. Deja que sea yo quien me preocupe del futuro. Me aseguraré de que no nos separen.
Ella abrió la boca para protestar, pero Gabriel se lo impidió besándola.
—La ventaja de salir con un hombre más mayor y establecido es que te permite centrarte en tu carrera. Ya encontraré la manera de conseguir que mi trabajo se ajuste al tuyo.
—Pero no es justo.
—Lo que sería injusto sería esperar que tú renunciaras a tu sueño de ser profesora universitaria. O permitir que te inscribieras en una universidad por debajo de tus capacidades. No dejaré que sacrifiques tus sueños por mí. —Sonrió—. Ahora bésame para que vea que confías en mí.
—Confío en ti.
Gabriel la abrazó, suspirando cuando ella apoyó la cabeza sobre su pecho.
Bajó los pies al suelo, estremeciéndose al notar la piedra helada. Tras ponerse unos bóxers, bajó la escalera, rascándose la cabeza. La luz de la cocina estaba encendida, pero Julia no estaba allí. Junto a un vaso medio vacío de zumo de arándanos, había restos de pan y de queso. Parecía como si un ratón hubiese decidido darse un festín nocturno, pero hubiera salido huyendo al verse descubierto.
Al entrar en el salón, vio la cabeza de Julia apoyada en el brazo de una butaca, al lado de la chimenea. Dormida parecía más joven y muy relajada. Aunque estaba pálida, sus labios y sus mejillas tenían un saludable tono rosado.
Gabriel sintió el impulso de componerle un poema a su boca y se dijo que un día lo haría. De hecho, toda ella le recordaba al poema de Frederick Leighton Flaming June.
Llevaba un elegante camisón de color marfil y uno de los tirantes se le había caído, dejando su precioso hombro totalmente al descubierto. Su piel pálida, delicada y suave lo llamaba. Sin poder resistirse, se puso en cuclillas a su lado y le besó el hombro, mientras le acariciaba el pelo.
Julia abrió los ojos y se desperezó. Parpadeó un par de veces antes de reconocerlo y sonreír.
Su sonrisa, dulce y serena, encendió el corazón de Gabriel como si fuera una hoguera. La respiración se le aceleró. Nunca había sentido nada parecido por otra mujer. La intensidad de los sentimientos que Julia le despertaba no dejaba de sorprenderlo.
—Hola —susurró, apartándole el pelo de la cara—. ¿Estás bien?
—Por supuesto.
—Al no encontrarte en la cama me he preocupado.
—He bajado a picar algo.
—¿Aún tienes hambre? —preguntó Gabriel, frunciendo el cejo y apoyándole la mano suavemente en la cabeza.
—No de comida.
—No te lo había visto puesto —dijo él, resiguiendo el escote del camisón con un dedo y rozándole la parte superior de los pechos.
—Lo compré para la primera noche que pasamos juntos.
—Es precioso. ¿Por qué no te lo habías puesto hasta ahora?
—Porque me he estado poniendo todas las cosas que me compraste en Florencia. ¿Cómo las llamó el dependiente? ¿Bustiers? Tu gusto en cuanto a lencería femenina es extremadamente pasado de moda, profesor Emerson. Si me descuido, acabarás regalándome corsés.
Él se echó a reír y la besó.
—No entiendo cómo es que aún no te he comprado uno. Tienes razón. Me gusta verte con prendas que dejan lugar a la imaginación. Así es mucho más agradable «desenvolverte». Aunque admito que me gustas con cualquier cosa que te pongas. O que no te pongas.
Alargando la mano, Julia lo agarró por la nuca y lo acercó para besarlo apasionadamente. Recorriéndole la mandíbula con los labios, le susurró al oído:
—Ven a la cama.
Cogiéndolo de la mano, lo guió hacia el dormitorio. Al pasar por delante de la mesa de la cocina, intercambiaron una mirada cómplice y, tras hacer que Gabriel se sentara en el borde de la cama, Julia se quedó de pie ante él.
Lentamente, se bajó los tirantes del camisón, que cayó al suelo, dejándola desnuda.
En la penumbra de la habitación, él contempló sus tentadoras curvas con avidez.
—Eres un argumento que demuestra la existencia de Dios —murmuró.
—¿Qué?
—Tu rostro, tus pechos, tu preciosa espalda... Santo Tomás de Aquino te habría añadido como sexta vía para demostrar la existencia de Dios si hubiera tenido el privilegio de conocerte. Es evidente que alguien te ha diseñado, no se ha limitado a crearte.
Bajando la vista, Julia se ruborizó.
Gabriel sonrió.
—¿Aún te ruborizas, a estas alturas?
Como respuesta, ella dio un paso adelante y, cogiéndole una mano, se cubrió un pecho con ella.
Él se lo apretó suavemente.
—Túmbate a mi lado y te abrazaré.
—No quiero que me abraces. Quiero que me hagas el amor.
Gabriel se quitó los bóxers rápidamente y se hizo a un lado para dejarle sitio. Volviendo a acariciarle el pecho, la besó dulcemente, enredando la lengua con la suya.
—Te respiro —susurró—. Eres mi aire. Lo eres todo.
Le acarició los pezones con los dedos y le besó el cuello con besos ligeros como plumas, mientras ella lo animaba con atrevidas caricias.
Julia lo empujó hasta que Gabriel quedó tumbado de espaldas y entonces se sentó a horcajadas sobre sus caderas. Él le besó los pechos y se metió un pezón en la boca, mientras con una mano comprobaba si estaba preparada para recibirlo.
Soltándole el pecho, negó con la cabeza.
—No estás lista.
—Pero te deseo.
—Yo también te deseo. Pero antes quiero encender tu cuerpo.
El deseo sexual de Julia encontró una barrera en el compromiso que Gabriel había asumido consigo mismo. Se había jurado asegurarse de que todos sus encuentros resultaran igual de placenteros para ambos. No le importaba hacer esperar a su cuerpo para asegurarse de que el de Julia estaba loco de deseo antes de recibirlo en su interior.
Cuando finalmente la penetró, ella lo miró fijamente. Él tenía los ojos muy abiertos y estaban tan cerca que sus narices casi se tocaban. Julia se movía sobre su cuerpo con una lentitud desesperante.
Ella cerró los ojos un instante para disfrutar de las sensaciones, pero en seguida volvió a abrirlos. Su conexión era tan intensa...
Los azules ojos de Gabriel, cargados de emoción, no se apartaban de los enormes ojos castaños de ella. Cada movimiento, cada deseo, se reflejaba en la mirada de los amantes.
—Te quiero.
Gabriel le acarició la nariz con la suya, mientras ella incrementaba el ritmo gradualmente.
—Yo también te quie... —Las palabras de Julia quedaron interrumpidas por un gemido.
Aumentó la velocidad de sus movimientos y capturó la boca de Gabriel. Sus lenguas se enredaron mientras se exploraban, una exploración que se interrumpía de vez en cuando con gemidos y alguna que otra confesión.
Él le acarició la cintura y las costillas y, agarrándole el culo, la levantó ligeramente para poder llegar más adentro.
Julia se había vuelto adicta a aquello, a él. Adoraba su manera de mirarla en los momentos más íntimos y cómo el resto del mundo se desvanecía a su alrededor. Le gustaba sentirlo moviéndose en su interior cuando le hacía el amor, porque siempre la hacía sentir hermosa. Los orgasmos eran casi un regalo adicional, porque lo más valioso era lo que sentía cuando estaban unidos.
Hacer el amor, igual que la música, o el respirar, o el latido del corazón, eran cosas que se basaban en un ritmo primordial y Gabriel había aprendido a leer el cuerpo de Julia; a conocer su ritmo, como el guante que encaja a la perfección en la mano de una dama. Era un conocimiento primario pero muy personal, el tipo de conocimiento al que se referían los traductores de la Biblia del rey Jacobo cuando decían que Adán había conocido a su esposa. El conocimiento misterioso y sagrado que un amante tiene de su amada, conocimiento que quedaba pervertido y difamado en encuentros sexuales menos sagrados. Un conocimiento propio de un matrimonio auténtico, no sólo de nombre.
Julia hizo buen uso de sus nuevos conocimientos, deleitando a Gabriel con su cuerpo una y otra vez. Cuando estaba dentro de ella, para él todo era cálido, excitante, tropical... perfecto.
Estaba cerca, muy cerca. Al mirarla a los ojos, vio que ella le estaba devolviendo la mirada. Cada vez que Julia se movía, Gabriel hacía el mismo movimiento. La cadencia conjunta de ambos les proporcionaban un gran placer a los dos.
Mientras se miraban, un gemido brotó de la garganta de Julia, que de repente, echó la cabeza hacia atrás y gritó su nombre. Fue algo glorioso de ver y oír. Por fin había gritado su nombre.
Gabriel no tardó en seguirla. Su cuerpo se tensó con un gruñido y luego se relajó. Las venas de su frente y cuello empezaron a deshincharse.
Una vez más, su encuentro había sido tierno y alegre.
Julia no quería apartarse. No quería sentir cómo abandonaba su cuerpo. Por eso se dejó caer sobre él, mirándolo fijamente.
—¿Siempre será así?
Gabriel le besó la punta de la nariz.
—No lo sé. Pero si tomamos a Grace y a Richard como ejemplo, con el tiempo las cosas mejorarán. Yo veré nuestras vivencias compartidas reflejadas en tus ojos y tú verás la felicidad reflejada en los míos. La experiencia hará que nuestros encuentros sean cada vez más profundos y mejores.
Sonriendo, Julia asintió, pero al cabo de unos instantes, su expresión se ensombreció.
—¿Qué pasa?
—Estoy preocupada. No sé qué pasará el año que viene.
—¿Por qué?
—¿Y si no me aceptan para el programa de doctorado en Toronto?
Gabriel frunció el cejo.
—No sabía que hubieras presentado una solicitud.
—No quiero separarme de ti.
—Yo tampoco quiero separarme de ti, Julianne, pero no creo que la Universidad de Toronto sea la más adecuada para ti. Yo no podré supervisar tu tesis y dudo que Katherine quiera comprometerse durante más de un año.
El rostro de ella se ensombreció aún más.
Gabriel le acarició la mejilla con un dedo.
—Pensaba que querías ir a Harvard.
—Pero es que está tan lejos.
—A pocas horas de vuelo. —La miró pensativo—. Podemos vernos los fines de semana y los festivos. Pediré un año sabático. Podría mudarme a Harvard contigo durante el primer año.
—Pasaré allí por lo menos seis años. Si no más.
Estaba a punto de llorar y al ver que le brillaban los ojos, a Gabriel se le encogió el corazón.
—Haremos que funcione —le aseguró, con la voz ronca—. Ahora mismo hemos de disfrutar del tiempo que nos queda juntos. Deja que sea yo quien me preocupe del futuro. Me aseguraré de que no nos separen.
Ella abrió la boca para protestar, pero Gabriel se lo impidió besándola.
—La ventaja de salir con un hombre más mayor y establecido es que te permite centrarte en tu carrera. Ya encontraré la manera de conseguir que mi trabajo se ajuste al tuyo.
—Pero no es justo.
—Lo que sería injusto sería esperar que tú renunciaras a tu sueño de ser profesora universitaria. O permitir que te inscribieras en una universidad por debajo de tus capacidades. No dejaré que sacrifiques tus sueños por mí. —Sonrió—. Ahora bésame para que vea que confías en mí.
—Confío en ti.
Gabriel la abrazó, suspirando cuando ella apoyó la cabeza sobre su pecho.
CAPITULO 5
A la mañana siguiente, una limusina fue a buscar a la feliz pareja a la estación de tren de Perugia. El chófer los condujo por una carretera de curvas hasta una finca cercana a Todi, un pueblo medieval.
—¿Es aquí? ¿Es ésta la casa? —preguntó Julia, maravillada, mientras recorrían el sendero privado que llevaba a una mansión situada en lo alto de una colina.
Era una construcción de piedra de tres plantas, rodeada por varios acres de tierra salpicada por cipreses y olivos.
Mientras avanzaban, Gabriel le señaló un huerto de árboles frutales que, cuando llegara el verano, proporcionaría a los habitantes de la casa higos, melocotones y granadas. A un lado había una piscina llena, casi un estanque sin bordes que parecía fundirse con el horizonte. La piscina estaba rodeada por arbustos de lavanda. Julia casi podía oler su aroma desde el interior del coche. Se dijo que iría a buscar unas ramitas para perfumar las sábanas.
—¿Te gusta? —le preguntó Gabriel, esperando su aprobación con ansiedad.
—Me encanta. Cuando dijiste que habías alquilado una casa, no pensaba que fuera a ser tan magnífica.
—Espera a ver el interior. Hay una chimenea y un jacuzzi en la terraza.
—No he traído bañador.
—¿Y quién ha dicho que nos vaya a hacer falta bañador? —Gabriel movió las cejas insinuante y Julia se echó a reír.
Un Mercedes negro los aguardaba aparcado frente a la casa, para que con él pudieran ir a visitar los pueblos cercanos, incluido Asís, un lugar que a Julia le interesaba particularmente.
La encargada de la casa se había ocupado de llenar la cocina de comida y vino, por si llegaban con hambre. Julia puso los ojos en blanco al descubrir varias botellas de zumo de arándanos de importación en la despensa.
«El profesor Gabriel Emerson, también conocido como el Sobreprotector, ataca de nuevo.»
—¿Qué te parece? —le preguntó él, abrazándola por la cintura en el centro de la gran cocina, totalmente equipada.
—Es perfecta.
—Me preocupaba que no te apeteciera venir a Umbría, pero pensé que nos vendrían bien unos días de calma y aislamiento.
Julia alzó una ceja.
—Nuestros días de aislamiento no son especialmente calmados, profesor.
—Eso es porque me vuelves loco de deseo. —Gabriel la besó apasionadamente—. Quedémonos en casa esta noche. Podemos preparar algo juntos, si quieres, y relajarnos ante el fuego.
—Suena bien. —Julia le devolvió el beso.
—Llevaré el equipaje al piso de arriba mientras exploras la casa. El jacuzzi está en la terraza del dormitorio principal. Nos vemos allí dentro de un cuarto de hora.
Ella aceptó la invitación con una sonrisa.
—Ah, y... ¿señorita Mitchell?
—¿Sí?
—Nada de ropa durante el resto de la velada.
Con un grito excitado, Julia echó a correr escaleras arriba.
La casa estaba decorada con un gusto exquisito. Las paredes estaban pintadas en varios tonos de blanco y crema, pero lo que más llamaba la atención era el dormitorio principal y su romántica cama con dosel. No pudo resistir la tentación de probarla un momento antes de entrar en el baño con el neceser.
Sacó sus productos de maquillaje, dejó su jabón y su champú en la gran ducha abierta, se recogió el pelo en un moño alto y se quitó la ropa, envolviéndose en una toalla grande de color marfil. Nunca se había bañado desnuda al aire libre, pero le apetecía mucho probarlo.
Mientras doblaba la ropa, oyó música procedente del dormitorio. Reconoció la canción. Era Don’t Know Why, de Nora Jones. Gabriel no dejaba nada al azar.
Él mismo se lo confirmó desde el otro lado de la puerta:
—He subido unos antipasti y una botella de vino por si tienes hambre. Te espero fuera.
—Salgo en un minuto —respondió ella.
Se miró en el espejo. Tenía los ojos brillantes de excitación y las mejillas con un saludable tono rosado. Estaba enamorada. Era feliz. Y estaba a punto (o eso creía) de estrenar el jacuzzi con su amado bajo el sol del crepúsculo italiano.
De camino a la terraza, vio la ropa de Gabriel tirada sobre una silla. La fría brisa del atardecer se colaba por la puerta abierta, despeinándola y aumentando el rojo de sus mejillas. Gabriel la estaba esperando... desnudo.
Salió a la terraza y esperó hasta que él se dio cuenta de su presencia. Sólo entonces dejó caer la toalla.
Cerca de Burlington, Vermont, Paul Virgil Norris estaba envolviendo regalos de Navidad en la mesa de la cocina de sus padres. Había regalos para su familia, para su hermana y para la mujer por la que latía su corazón.
Era una escena curiosa, la de aquel jugador de rugby de noventa kilos rodeado de rollos de papel de regalo y cinta adhesiva, tomando medidas con precisión antes de usar las tijeras. En la mesa había una botella de sirope de arce, una vaca Holstein de peluche y dos figuritas. Estas últimas eran una curiosidad. Las había encontrado en una tienda de cómics antiguos de Toronto. Se suponía que una de ellas representaba a Dante, vestido de cruzado con la cruz de san Jorge en la cota de malla. La otra era una anacrónica Beatriz vestida de princesa medieval, con una larga melena rubia y los ojos azules.
Por desgracia, la empresa de juguetes se había olvidado de hacer una figurita de Virgilio. (Al parecer, Virgilio no cumplía los requisitos necesarios para convertirse en una figura de acción.) Paul no estaba de acuerdo. Él estaba más que preparado para un poco de acción. Por eso decidió escribir a la empresa de juguetes y alertarlos de su lamentable descuido.
Tras envolver cada regalo cuidadosamente, los colocó en una caja de cartón y los cubrió con papel protector de burbujas. Le escribió a Julia cuatro palabras en una postal, tratando desesperadamente de sonar desenfadado, para disimular sus sentimientos cada vez más intensos; cerró la caja con cinta adhesiva ancha y la dirigió a la señorita Julianne Mitchell.
Tras un rato muy agradable en el jacuzzi, Gabriel preparó una cena típica de Umbría. Bruschetta con pomodoro y basilico, tagliatelle con aceite de oliva y trufas de la propia finca, pan y varios quesos artesanos de la región. Comieron hasta hartarse, riendo y bebiendo un vino blanco muy bueno de Orvieto a la luz de las velas. Después 45
de cenar, Gabriel hizo un nido con mantas y almohadones en el suelo, frente a la chimenea.
Conectó el iPhone al sistema de sonido para seguir disfrutando de su lista de reproducción «Amando a Julia». Sentados en el suelo, Gabriel la rodeó con sus brazos y siguieron bebiendo hasta acabarse el vino, mientras a su alrededor sonaba música medieval. Estaban desnudos, envueltos en mantas, sin sentir ninguna vergüenza.
—La música es preciosa. ¿Qué es? —Julia cerró los ojos, concentrándose en las voces femeninas que cantaban a cappella.
—Gaudete, de The Mediaeval Baebes. Es una canción navideña.
—Qué buen nombre para un grupo musical.
—Son muy buenas. Las vi en directo la última vez que actuaron en Toronto.
—¿Ah, sí?
Él sonrió.
—¿Está celosa, señorita Mitchell?
—¿Debería estarlo?
—No. Tengo las manos llenas. Literalmente.
Con las voces celestiales de fondo, los amantes dejaron de hablar y empezaron a besarse. Pronto les sobraron las mantas, a medida que sus cuerpos se acaloraban frente al fuego.
A la luz de las llamas anaranjadas, Julia empujó a Gabriel hasta que quedó tumbado y se sentó a horcajadas sobre él, que sonrió cediéndole el control, encantado con la confianza que ella estaba adquiriendo.
—Estar encima no es tan terrorífico, ¿no?
—No, sobre todo ahora que ya me siento más cómoda contigo. Creo que el polvo contra la pared me liberó de todas las inhibiciones.
Gabriel se preguntó de qué otras inhibiciones podría librarla gracias a otras posturas y otros escenarios... como, por ejemplo, la ducha. O el santo grial del sexo doméstico: la mesa de la cocina.
La voz de Julia lo sacó de sus pensamientos.
—Quiero darte placer.
—Ya lo haces. No te imaginas cuánto.
Ella echó un brazo hacia atrás y le acarició la ingle.
—Con la boca quiero decir. Me siento mal por no haberte devuelto el favor. Eres tan generoso conmigo...
El cuerpo de Gabriel reaccionó ante sus palabras susurradas y su mano insegura.
—Julianne, aquí no hay quid pro quo. Hago lo que hago porque me apetece hacerlo. —Esbozó una media sonrisa—. Pero ya que te ofreces tan amablemente...
—Sé que los hombres lo prefieren.
Él negó con la cabeza.
—No es verdad. El sexo compartido siempre es mejor. Al lado de un orgasmo de dos, todo lo demás palidece. Podría decirse que es un aperitivo o, como dirían los franceses, un amuse bouche —bromeó, guiñándole un ojo y apretándole la cadera.
—¿En esta postura te va bien? ¿O prefieres...?
—Es perfecto —la interrumpió él, con los ojos brillantes.
—Supongo que prefieres esto a que me ponga de rodillas. —Julia observó su reacción con el rabillo del ojo.
—Exacto. Aunque yo estoy encantado de arrodillarme ante mi princesa para darle placer. Como ya te he demostrado.
Ella se echó a reír, pero de pronto la sonrisa se le borró de la cara.
—Tengo que decirte una cosa.
Él la miró expectante.
—A veces, me vienen arcadas.
Gabriel frunció el cejo.
—Es normal, no serías humana si no fuera así.
Julia evitó mirarlo a los ojos.
—Las mías son especialmente fuertes.
Él le agarró la mano.
—Ya verás como no tendrás ningún problema, cariño. Te lo prometo —añadió, apretándole los dedos.
Ella descendió un poco por su cuerpo y Gabriel enredó los dedos en su pelo.
Julia se quedó quieta.
Durante unos segundos, Gabriel no fue consciente de ello y siguió jugando con su sedosa melena. Finalmente, se dio cuenta de que no se movía.
—¿Qué pasa?
—Por favor, no me sujetes la cabeza.
—No pensaba hacerlo —replicó él, preocupado.
Ella permaneció inmóvil. ¿A qué estaba esperando? Gabriel le alzó la barbilla para mirarle los ojos.
—¿Cariño?
—Es que... noquierovomitarteencima.
—¿Cómo? No te he entendido.
Julia bajó la cabeza.
—No sería la primera vez que vomito.
Gabriel la miró incrédulo.
—No lo entiendo. ¿Después?
—No...
La miró entornando los ojos.
—¿Vomitaste porque ese hijo de puta te agarró la cabeza?
Julia se encogió, pero asintió débilmente con la cabeza.
Gabriel maldijo furioso. Se sentó y se frotó la cara con las manos. En el pasado, no siempre había sido delicado con sus conquistas, pero se enorgullecía de haber observado unas mínimas reglas de educación. Cuando estaba colocado menos.
Pero a pesar de haber participado en bacanales que habrían rivalizado con las decadentes fiestas romanas, nunca —¡nunca! — le había aguantado la cabeza a una mujer contra su voluntad hasta hacerla vomitar.
¿Quién hacía algo así? Ni siquiera los cocainómanos ni los traficantes con los que había ido de fiesta hacían algo así y no es que fueran tipos con demasiados remilgos. Sólo alguien increíblemente retorcido, un cabrón misógino, podía excitarse humillando a una mujer de esa manera.
¿Cómo podía nadie hacerle algo así a una criatura tan dulce como Julianne, con sus ojos amables y su preciosa alma? Una criatura tímida que se avergonzaba de vomitar.
El hijo del senador tenía suerte de estar en arresto domiciliario en la casa de sus padres, en Georgetown, sino Gabriel se habría plantado en su puerta para seguir con su altercado. Y esa vez habría habido algo más que cuatro puñetazos.
Sacudiendo la cabeza para librarse de esos fieros pensamientos, se levantó, ayudó a Julia a hacerlo también y la cubrió con una manta.
—Vamos arriba.
—¿Por qué?
—Porque no puedo quedarme aquí después de lo que me has contado.
Ella se ruborizó, avergonzada, y los ojos se le llenaron de lágrimas.
—¡Eh! —Gabriel la besó en la frente—. No es culpa tuya. ¿Lo entiendes? Tú no has hecho nada malo.
Julia trató de sonreír, pero estaba claro que no se lo creía.
Él la guió al piso de arriba y la llevó hasta el baño del dormitorio.
—¿Qué haces?
—Algo agradable, espero —respondió, acariciándole la mejilla con el pulgar.
Luego abrió el agua de la ducha y comprobó la temperatura hasta que quedó satisfecho. A continuación colocó el chorro en la modalidad lluvia tropical y ajustó la intensidad. Tras ayudar a Julia a quitarse la manta, le sostuvo la puerta de la ducha abierta para que entrara antes que él.
Ella lo miró confusa.
—Quiero demostrarte que te quiero. Sin necesidad de llevarte a la cama.
—Llévame a la cama —le rogó ella sin embargo—. Así no habré estropeado del todo la velada.
—La velada no se ha estropeado en absoluto —le rebatió él con firmeza—, pero te juro que nadie va a volver a hacerte daño.
Le acarició el cabello con ambas manos, metiendo los dedos entre sus mechones.
—Me encuentras sucia.
—En absoluto. —Cogiéndole una mano, se la puso sobre el tatuaje—. Eres lo más parecido a un ángel que voy a tocar en toda mi vida. —La miró sin pestañear—. Pero creo que los dos tenemos un pasado que limpiar.
Echándole el pelo a un lado, le besó el cuello. Luego se puso una generosa cantidad de champú de vainilla en la mano y le enjabonó el pelo, frotándole el cuero cabelludo lentamente. Era muy cuidadoso, como si con cada movimiento y cada acto quisiera demostrarle que su amor por ella iba mucho más allá del mero deseo.
Cuando Julia se empezó a relajar, se acordó de uno de los pocos recuerdos felices que tenía de su madre. Era pequeña y ella le lavaba el pelo en la bañera. Las dos se reían. Recordó la sonrisa de su madre.
Pero que Gabriel le lavara el pelo era mucho más agradable. Era una experiencia muy íntima, cargada de simbolismo. Estaba desnuda ante él, que la limpiaba hasta hacer que desapareciera la vergüenza.
Él también estaba desnudo, pero se esforzaba en no apabullarla, procurando que su discreta erección no la rozara. Aquello no tenía nada que ver con el sexo. Se trataba de que se sintiera amada.
—Lamento haberme dejado arrastrar por las emociones —murmuró Julia.
—Es muy difícil separar el sexo de los sentimientos. No debes esconderlos cuando estés conmigo. —Le rodeó la cintura con los brazos y la estrechó contra su cuerpo—. Yo también tengo sentimientos muy intensos sobre nosotros. Estos últimos días han sido los más felices de mi vida. —Le apoyó la barbilla en el hombro—. Recuerdo que a los diecisiete años eras tímida, pero no me pareció que estuvieras tan herida.
—Debí librarme de él la primera vez que me trató con crueldad —admitió Julia con voz temblorosa—. Pero no lo hice. No me defendí y las cosas cada vez fueron a peor.
—No fue culpa tuya.
Ella se encogió de hombros.
—Permanecí a su lado. Me aferré a los momentos en que se mostraba encantador y considerado, esperando que los malos momentos pasaran. Sé que lo que te he contado te ha descompuesto, pero te aseguro que nadie se siente tan asqueadoconmigo como yo misma.
Gabriel gruñó.
—Julia —dijo, obligándola a mirarlo a los ojos—, no me das ningún asco. No me importa lo que hicieras. Nadie se merece que lo traten así. ¿Lo entiendes? —preguntó, con un brillo peligroso en la mirada.
Ella ocultó la cara entre las manos.
—Quería hacer algo por ti, pero ni siquiera he sido capaz de eso.
Él la agarró de las muñecas y se las apartó de la cara.
—Escúchame. Nos amamos y, ya sólo por eso, todo lo que sucede entre nosotros, incluido el sexo, es un regalo. No un derecho, ni un privilegio, ni una transacción. Es un regalo. Ahora estás conmigo. Sácalo de tu vida.
—Sigo oyendo sus palabras en mi mente —confesó ella, secándose una lágrima.
Gabriel negó con la cabeza y movió un poco a Julia para que volviera a quedar bajo el chorro del agua. El agua caliente se deslizó sobre los dos.
—¿Recuerdas lo que dije en la conferencia sobre La primavera de Botticelli?
Ella asintió.
—Algunas personas consideran que el cuadro es una representación del despertar sexual. Que parte del mismo es una alegoría de un matrimonio de conveniencia. Al principio, Flora es virgen y está asustada. Luego, ya embarazada, se la ve serena.
—Pensaba que Céfiro la había violado.
Gabriel apretó los dientes.
—Así es. Pero luego se enamoró y se casó con ella, transformándola en la diosa de las flores.
—No es una gran alegoría del matrimonio.
—Estoy de acuerdo. —Tragó saliva ruidosamente—. Lo que trato de decirte es que, aunque hayas tenido algunas experiencias traumáticas, nada impide que puedas tener una vida sexual plena a partir de ahora. Quiero que sepas que conmigo estás a salvo. No quiero que hagas nada que no te apetezca y eso incluye el sexo oral.
Le rodeó la cintura con un brazo y contempló el agua que se deslizaba entre sus cuerpos hasta estrellarse contra el suelo.
—Sólo llevamos una semana acostándonos. Tenemos toda la vida por delante para amarnos de todas las maneras que queramos.
Guardó silencio mientras le enjabonaba cariñosamente la nuca y los hombros con una esponja. Luego se la pasó cuidadosamente por cada vértebra, deteniéndose para besarla cada vez que aclaraba el jabón.
Le enjabonó también la parte baja de la espalda, prestando especial atención a los hoyuelos que marcaban la frontera con el culo. Sin dudarlo, le pasó la esponja por las nalgas y le masajeó la parte de atrás de los muslos. Incluso le lavó los pies, poniendo la mano de ella sobre su hombro para que no resbalara.
Julia nunca se había sentido tan cuidada y protegida.
Luego, Gabriel le dio la vuelta y le lavó la parte delantera del cuello y los hombros. Dejando la esponja a un lado, le enjabonó y acarició los pechos con las manos, antes de besárselos. A continuación la acarició entre las piernas, no de un modo sexual, sino respetuoso, para quitar el jabón que se le había acumulado allí. También de esa zona se despidió con un beso.
Cuando se dio por satisfecho, la tomó entre sus brazos y le dio un beso sencillo y casto, como el de un adolescente tímido.
—Tú me estás enseñando a amar y supongo que yo también te estoy enseñando a hacerlo, a mi manera —dijo y se apartó un poco para mirarla a los ojos—. No somos 49
perfectos, pero eso no tiene por qué impedirnos ser felices, ¿no crees?
—Sí, tienes razón —murmuró Julia, con los ojos llenos de lágrimas.
Gabriel la estrechó contra su pecho y ella escondió la cara en su hombro, mientras el agua caía sobre los dos.
Emocionalmente exhausta, Julia durmió hasta el mediodía del día siguiente. Gabriel había sido amable y considerado y había renunciado a lo que ella siempre había pensado que era la necesidad sexual básica de todo hombre: el sexo oral. A cambio, le había ofrecido lo que podía considerarse una limpieza de la vergüenza. Su amor y su aceptación habían logrado su objetivo.
Al abrir los ojos, Julia se sintió más ligera, más fuerte, más feliz. Guardarse el secreto de la humillación a la que él la había sometido era una carga muy pesada. Una vez liberada del peso de la culpabilidad, se sentía una persona nueva.
Le parecía una blasfemia comparar su experiencia con la de Cristiano, el protagonista de El progreso del peregrino, pero encontraba bastantes similitudes entre sus experiencias. La verdad nos hace libres, pero el amor vence al miedo.
En sus veintitrés años de vida, Julia no se había dado cuenta de lo omnipresente que era la gracia. Era curioso pensar que Gabriel, que se consideraba un gran pecador, podía ser el conducto de ella. Todo formaba parte de la comedia divina. El sentido del humor de Dios afianzaba el funcionamiento del universo. Los pecadores jugaban un papel en la redención de otros pecadores. La fe, la esperanza y la caridad triunfaban sobre la incredulidad, la desesperación y el odio, mientras Él observaba y sonreía.
—¿Es aquí? ¿Es ésta la casa? —preguntó Julia, maravillada, mientras recorrían el sendero privado que llevaba a una mansión situada en lo alto de una colina.
Era una construcción de piedra de tres plantas, rodeada por varios acres de tierra salpicada por cipreses y olivos.
Mientras avanzaban, Gabriel le señaló un huerto de árboles frutales que, cuando llegara el verano, proporcionaría a los habitantes de la casa higos, melocotones y granadas. A un lado había una piscina llena, casi un estanque sin bordes que parecía fundirse con el horizonte. La piscina estaba rodeada por arbustos de lavanda. Julia casi podía oler su aroma desde el interior del coche. Se dijo que iría a buscar unas ramitas para perfumar las sábanas.
—¿Te gusta? —le preguntó Gabriel, esperando su aprobación con ansiedad.
—Me encanta. Cuando dijiste que habías alquilado una casa, no pensaba que fuera a ser tan magnífica.
—Espera a ver el interior. Hay una chimenea y un jacuzzi en la terraza.
—No he traído bañador.
—¿Y quién ha dicho que nos vaya a hacer falta bañador? —Gabriel movió las cejas insinuante y Julia se echó a reír.
Un Mercedes negro los aguardaba aparcado frente a la casa, para que con él pudieran ir a visitar los pueblos cercanos, incluido Asís, un lugar que a Julia le interesaba particularmente.
La encargada de la casa se había ocupado de llenar la cocina de comida y vino, por si llegaban con hambre. Julia puso los ojos en blanco al descubrir varias botellas de zumo de arándanos de importación en la despensa.
«El profesor Gabriel Emerson, también conocido como el Sobreprotector, ataca de nuevo.»
—¿Qué te parece? —le preguntó él, abrazándola por la cintura en el centro de la gran cocina, totalmente equipada.
—Es perfecta.
—Me preocupaba que no te apeteciera venir a Umbría, pero pensé que nos vendrían bien unos días de calma y aislamiento.
Julia alzó una ceja.
—Nuestros días de aislamiento no son especialmente calmados, profesor.
—Eso es porque me vuelves loco de deseo. —Gabriel la besó apasionadamente—. Quedémonos en casa esta noche. Podemos preparar algo juntos, si quieres, y relajarnos ante el fuego.
—Suena bien. —Julia le devolvió el beso.
—Llevaré el equipaje al piso de arriba mientras exploras la casa. El jacuzzi está en la terraza del dormitorio principal. Nos vemos allí dentro de un cuarto de hora.
Ella aceptó la invitación con una sonrisa.
—Ah, y... ¿señorita Mitchell?
—¿Sí?
—Nada de ropa durante el resto de la velada.
Con un grito excitado, Julia echó a correr escaleras arriba.
La casa estaba decorada con un gusto exquisito. Las paredes estaban pintadas en varios tonos de blanco y crema, pero lo que más llamaba la atención era el dormitorio principal y su romántica cama con dosel. No pudo resistir la tentación de probarla un momento antes de entrar en el baño con el neceser.
Sacó sus productos de maquillaje, dejó su jabón y su champú en la gran ducha abierta, se recogió el pelo en un moño alto y se quitó la ropa, envolviéndose en una toalla grande de color marfil. Nunca se había bañado desnuda al aire libre, pero le apetecía mucho probarlo.
Mientras doblaba la ropa, oyó música procedente del dormitorio. Reconoció la canción. Era Don’t Know Why, de Nora Jones. Gabriel no dejaba nada al azar.
Él mismo se lo confirmó desde el otro lado de la puerta:
—He subido unos antipasti y una botella de vino por si tienes hambre. Te espero fuera.
—Salgo en un minuto —respondió ella.
Se miró en el espejo. Tenía los ojos brillantes de excitación y las mejillas con un saludable tono rosado. Estaba enamorada. Era feliz. Y estaba a punto (o eso creía) de estrenar el jacuzzi con su amado bajo el sol del crepúsculo italiano.
De camino a la terraza, vio la ropa de Gabriel tirada sobre una silla. La fría brisa del atardecer se colaba por la puerta abierta, despeinándola y aumentando el rojo de sus mejillas. Gabriel la estaba esperando... desnudo.
Salió a la terraza y esperó hasta que él se dio cuenta de su presencia. Sólo entonces dejó caer la toalla.
Cerca de Burlington, Vermont, Paul Virgil Norris estaba envolviendo regalos de Navidad en la mesa de la cocina de sus padres. Había regalos para su familia, para su hermana y para la mujer por la que latía su corazón.
Era una escena curiosa, la de aquel jugador de rugby de noventa kilos rodeado de rollos de papel de regalo y cinta adhesiva, tomando medidas con precisión antes de usar las tijeras. En la mesa había una botella de sirope de arce, una vaca Holstein de peluche y dos figuritas. Estas últimas eran una curiosidad. Las había encontrado en una tienda de cómics antiguos de Toronto. Se suponía que una de ellas representaba a Dante, vestido de cruzado con la cruz de san Jorge en la cota de malla. La otra era una anacrónica Beatriz vestida de princesa medieval, con una larga melena rubia y los ojos azules.
Por desgracia, la empresa de juguetes se había olvidado de hacer una figurita de Virgilio. (Al parecer, Virgilio no cumplía los requisitos necesarios para convertirse en una figura de acción.) Paul no estaba de acuerdo. Él estaba más que preparado para un poco de acción. Por eso decidió escribir a la empresa de juguetes y alertarlos de su lamentable descuido.
Tras envolver cada regalo cuidadosamente, los colocó en una caja de cartón y los cubrió con papel protector de burbujas. Le escribió a Julia cuatro palabras en una postal, tratando desesperadamente de sonar desenfadado, para disimular sus sentimientos cada vez más intensos; cerró la caja con cinta adhesiva ancha y la dirigió a la señorita Julianne Mitchell.
Tras un rato muy agradable en el jacuzzi, Gabriel preparó una cena típica de Umbría. Bruschetta con pomodoro y basilico, tagliatelle con aceite de oliva y trufas de la propia finca, pan y varios quesos artesanos de la región. Comieron hasta hartarse, riendo y bebiendo un vino blanco muy bueno de Orvieto a la luz de las velas. Después 45
de cenar, Gabriel hizo un nido con mantas y almohadones en el suelo, frente a la chimenea.
Conectó el iPhone al sistema de sonido para seguir disfrutando de su lista de reproducción «Amando a Julia». Sentados en el suelo, Gabriel la rodeó con sus brazos y siguieron bebiendo hasta acabarse el vino, mientras a su alrededor sonaba música medieval. Estaban desnudos, envueltos en mantas, sin sentir ninguna vergüenza.
—La música es preciosa. ¿Qué es? —Julia cerró los ojos, concentrándose en las voces femeninas que cantaban a cappella.
—Gaudete, de The Mediaeval Baebes. Es una canción navideña.
—Qué buen nombre para un grupo musical.
—Son muy buenas. Las vi en directo la última vez que actuaron en Toronto.
—¿Ah, sí?
Él sonrió.
—¿Está celosa, señorita Mitchell?
—¿Debería estarlo?
—No. Tengo las manos llenas. Literalmente.
Con las voces celestiales de fondo, los amantes dejaron de hablar y empezaron a besarse. Pronto les sobraron las mantas, a medida que sus cuerpos se acaloraban frente al fuego.
A la luz de las llamas anaranjadas, Julia empujó a Gabriel hasta que quedó tumbado y se sentó a horcajadas sobre él, que sonrió cediéndole el control, encantado con la confianza que ella estaba adquiriendo.
—Estar encima no es tan terrorífico, ¿no?
—No, sobre todo ahora que ya me siento más cómoda contigo. Creo que el polvo contra la pared me liberó de todas las inhibiciones.
Gabriel se preguntó de qué otras inhibiciones podría librarla gracias a otras posturas y otros escenarios... como, por ejemplo, la ducha. O el santo grial del sexo doméstico: la mesa de la cocina.
La voz de Julia lo sacó de sus pensamientos.
—Quiero darte placer.
—Ya lo haces. No te imaginas cuánto.
Ella echó un brazo hacia atrás y le acarició la ingle.
—Con la boca quiero decir. Me siento mal por no haberte devuelto el favor. Eres tan generoso conmigo...
El cuerpo de Gabriel reaccionó ante sus palabras susurradas y su mano insegura.
—Julianne, aquí no hay quid pro quo. Hago lo que hago porque me apetece hacerlo. —Esbozó una media sonrisa—. Pero ya que te ofreces tan amablemente...
—Sé que los hombres lo prefieren.
Él negó con la cabeza.
—No es verdad. El sexo compartido siempre es mejor. Al lado de un orgasmo de dos, todo lo demás palidece. Podría decirse que es un aperitivo o, como dirían los franceses, un amuse bouche —bromeó, guiñándole un ojo y apretándole la cadera.
—¿En esta postura te va bien? ¿O prefieres...?
—Es perfecto —la interrumpió él, con los ojos brillantes.
—Supongo que prefieres esto a que me ponga de rodillas. —Julia observó su reacción con el rabillo del ojo.
—Exacto. Aunque yo estoy encantado de arrodillarme ante mi princesa para darle placer. Como ya te he demostrado.
Ella se echó a reír, pero de pronto la sonrisa se le borró de la cara.
—Tengo que decirte una cosa.
Él la miró expectante.
—A veces, me vienen arcadas.
Gabriel frunció el cejo.
—Es normal, no serías humana si no fuera así.
Julia evitó mirarlo a los ojos.
—Las mías son especialmente fuertes.
Él le agarró la mano.
—Ya verás como no tendrás ningún problema, cariño. Te lo prometo —añadió, apretándole los dedos.
Ella descendió un poco por su cuerpo y Gabriel enredó los dedos en su pelo.
Julia se quedó quieta.
Durante unos segundos, Gabriel no fue consciente de ello y siguió jugando con su sedosa melena. Finalmente, se dio cuenta de que no se movía.
—¿Qué pasa?
—Por favor, no me sujetes la cabeza.
—No pensaba hacerlo —replicó él, preocupado.
Ella permaneció inmóvil. ¿A qué estaba esperando? Gabriel le alzó la barbilla para mirarle los ojos.
—¿Cariño?
—Es que... noquierovomitarteencima.
—¿Cómo? No te he entendido.
Julia bajó la cabeza.
—No sería la primera vez que vomito.
Gabriel la miró incrédulo.
—No lo entiendo. ¿Después?
—No...
La miró entornando los ojos.
—¿Vomitaste porque ese hijo de puta te agarró la cabeza?
Julia se encogió, pero asintió débilmente con la cabeza.
Gabriel maldijo furioso. Se sentó y se frotó la cara con las manos. En el pasado, no siempre había sido delicado con sus conquistas, pero se enorgullecía de haber observado unas mínimas reglas de educación. Cuando estaba colocado menos.
Pero a pesar de haber participado en bacanales que habrían rivalizado con las decadentes fiestas romanas, nunca —¡nunca! — le había aguantado la cabeza a una mujer contra su voluntad hasta hacerla vomitar.
¿Quién hacía algo así? Ni siquiera los cocainómanos ni los traficantes con los que había ido de fiesta hacían algo así y no es que fueran tipos con demasiados remilgos. Sólo alguien increíblemente retorcido, un cabrón misógino, podía excitarse humillando a una mujer de esa manera.
¿Cómo podía nadie hacerle algo así a una criatura tan dulce como Julianne, con sus ojos amables y su preciosa alma? Una criatura tímida que se avergonzaba de vomitar.
El hijo del senador tenía suerte de estar en arresto domiciliario en la casa de sus padres, en Georgetown, sino Gabriel se habría plantado en su puerta para seguir con su altercado. Y esa vez habría habido algo más que cuatro puñetazos.
Sacudiendo la cabeza para librarse de esos fieros pensamientos, se levantó, ayudó a Julia a hacerlo también y la cubrió con una manta.
—Vamos arriba.
—¿Por qué?
—Porque no puedo quedarme aquí después de lo que me has contado.
Ella se ruborizó, avergonzada, y los ojos se le llenaron de lágrimas.
—¡Eh! —Gabriel la besó en la frente—. No es culpa tuya. ¿Lo entiendes? Tú no has hecho nada malo.
Julia trató de sonreír, pero estaba claro que no se lo creía.
Él la guió al piso de arriba y la llevó hasta el baño del dormitorio.
—¿Qué haces?
—Algo agradable, espero —respondió, acariciándole la mejilla con el pulgar.
Luego abrió el agua de la ducha y comprobó la temperatura hasta que quedó satisfecho. A continuación colocó el chorro en la modalidad lluvia tropical y ajustó la intensidad. Tras ayudar a Julia a quitarse la manta, le sostuvo la puerta de la ducha abierta para que entrara antes que él.
Ella lo miró confusa.
—Quiero demostrarte que te quiero. Sin necesidad de llevarte a la cama.
—Llévame a la cama —le rogó ella sin embargo—. Así no habré estropeado del todo la velada.
—La velada no se ha estropeado en absoluto —le rebatió él con firmeza—, pero te juro que nadie va a volver a hacerte daño.
Le acarició el cabello con ambas manos, metiendo los dedos entre sus mechones.
—Me encuentras sucia.
—En absoluto. —Cogiéndole una mano, se la puso sobre el tatuaje—. Eres lo más parecido a un ángel que voy a tocar en toda mi vida. —La miró sin pestañear—. Pero creo que los dos tenemos un pasado que limpiar.
Echándole el pelo a un lado, le besó el cuello. Luego se puso una generosa cantidad de champú de vainilla en la mano y le enjabonó el pelo, frotándole el cuero cabelludo lentamente. Era muy cuidadoso, como si con cada movimiento y cada acto quisiera demostrarle que su amor por ella iba mucho más allá del mero deseo.
Cuando Julia se empezó a relajar, se acordó de uno de los pocos recuerdos felices que tenía de su madre. Era pequeña y ella le lavaba el pelo en la bañera. Las dos se reían. Recordó la sonrisa de su madre.
Pero que Gabriel le lavara el pelo era mucho más agradable. Era una experiencia muy íntima, cargada de simbolismo. Estaba desnuda ante él, que la limpiaba hasta hacer que desapareciera la vergüenza.
Él también estaba desnudo, pero se esforzaba en no apabullarla, procurando que su discreta erección no la rozara. Aquello no tenía nada que ver con el sexo. Se trataba de que se sintiera amada.
—Lamento haberme dejado arrastrar por las emociones —murmuró Julia.
—Es muy difícil separar el sexo de los sentimientos. No debes esconderlos cuando estés conmigo. —Le rodeó la cintura con los brazos y la estrechó contra su cuerpo—. Yo también tengo sentimientos muy intensos sobre nosotros. Estos últimos días han sido los más felices de mi vida. —Le apoyó la barbilla en el hombro—. Recuerdo que a los diecisiete años eras tímida, pero no me pareció que estuvieras tan herida.
—Debí librarme de él la primera vez que me trató con crueldad —admitió Julia con voz temblorosa—. Pero no lo hice. No me defendí y las cosas cada vez fueron a peor.
—No fue culpa tuya.
Ella se encogió de hombros.
—Permanecí a su lado. Me aferré a los momentos en que se mostraba encantador y considerado, esperando que los malos momentos pasaran. Sé que lo que te he contado te ha descompuesto, pero te aseguro que nadie se siente tan asqueadoconmigo como yo misma.
Gabriel gruñó.
—Julia —dijo, obligándola a mirarlo a los ojos—, no me das ningún asco. No me importa lo que hicieras. Nadie se merece que lo traten así. ¿Lo entiendes? —preguntó, con un brillo peligroso en la mirada.
Ella ocultó la cara entre las manos.
—Quería hacer algo por ti, pero ni siquiera he sido capaz de eso.
Él la agarró de las muñecas y se las apartó de la cara.
—Escúchame. Nos amamos y, ya sólo por eso, todo lo que sucede entre nosotros, incluido el sexo, es un regalo. No un derecho, ni un privilegio, ni una transacción. Es un regalo. Ahora estás conmigo. Sácalo de tu vida.
—Sigo oyendo sus palabras en mi mente —confesó ella, secándose una lágrima.
Gabriel negó con la cabeza y movió un poco a Julia para que volviera a quedar bajo el chorro del agua. El agua caliente se deslizó sobre los dos.
—¿Recuerdas lo que dije en la conferencia sobre La primavera de Botticelli?
Ella asintió.
—Algunas personas consideran que el cuadro es una representación del despertar sexual. Que parte del mismo es una alegoría de un matrimonio de conveniencia. Al principio, Flora es virgen y está asustada. Luego, ya embarazada, se la ve serena.
—Pensaba que Céfiro la había violado.
Gabriel apretó los dientes.
—Así es. Pero luego se enamoró y se casó con ella, transformándola en la diosa de las flores.
—No es una gran alegoría del matrimonio.
—Estoy de acuerdo. —Tragó saliva ruidosamente—. Lo que trato de decirte es que, aunque hayas tenido algunas experiencias traumáticas, nada impide que puedas tener una vida sexual plena a partir de ahora. Quiero que sepas que conmigo estás a salvo. No quiero que hagas nada que no te apetezca y eso incluye el sexo oral.
Le rodeó la cintura con un brazo y contempló el agua que se deslizaba entre sus cuerpos hasta estrellarse contra el suelo.
—Sólo llevamos una semana acostándonos. Tenemos toda la vida por delante para amarnos de todas las maneras que queramos.
Guardó silencio mientras le enjabonaba cariñosamente la nuca y los hombros con una esponja. Luego se la pasó cuidadosamente por cada vértebra, deteniéndose para besarla cada vez que aclaraba el jabón.
Le enjabonó también la parte baja de la espalda, prestando especial atención a los hoyuelos que marcaban la frontera con el culo. Sin dudarlo, le pasó la esponja por las nalgas y le masajeó la parte de atrás de los muslos. Incluso le lavó los pies, poniendo la mano de ella sobre su hombro para que no resbalara.
Julia nunca se había sentido tan cuidada y protegida.
Luego, Gabriel le dio la vuelta y le lavó la parte delantera del cuello y los hombros. Dejando la esponja a un lado, le enjabonó y acarició los pechos con las manos, antes de besárselos. A continuación la acarició entre las piernas, no de un modo sexual, sino respetuoso, para quitar el jabón que se le había acumulado allí. También de esa zona se despidió con un beso.
Cuando se dio por satisfecho, la tomó entre sus brazos y le dio un beso sencillo y casto, como el de un adolescente tímido.
—Tú me estás enseñando a amar y supongo que yo también te estoy enseñando a hacerlo, a mi manera —dijo y se apartó un poco para mirarla a los ojos—. No somos 49
perfectos, pero eso no tiene por qué impedirnos ser felices, ¿no crees?
—Sí, tienes razón —murmuró Julia, con los ojos llenos de lágrimas.
Gabriel la estrechó contra su pecho y ella escondió la cara en su hombro, mientras el agua caía sobre los dos.
Emocionalmente exhausta, Julia durmió hasta el mediodía del día siguiente. Gabriel había sido amable y considerado y había renunciado a lo que ella siempre había pensado que era la necesidad sexual básica de todo hombre: el sexo oral. A cambio, le había ofrecido lo que podía considerarse una limpieza de la vergüenza. Su amor y su aceptación habían logrado su objetivo.
Al abrir los ojos, Julia se sintió más ligera, más fuerte, más feliz. Guardarse el secreto de la humillación a la que él la había sometido era una carga muy pesada. Una vez liberada del peso de la culpabilidad, se sentía una persona nueva.
Le parecía una blasfemia comparar su experiencia con la de Cristiano, el protagonista de El progreso del peregrino, pero encontraba bastantes similitudes entre sus experiencias. La verdad nos hace libres, pero el amor vence al miedo.
En sus veintitrés años de vida, Julia no se había dado cuenta de lo omnipresente que era la gracia. Era curioso pensar que Gabriel, que se consideraba un gran pecador, podía ser el conducto de ella. Todo formaba parte de la comedia divina. El sentido del humor de Dios afianzaba el funcionamiento del universo. Los pecadores jugaban un papel en la redención de otros pecadores. La fe, la esperanza y la caridad triunfaban sobre la incredulidad, la desesperación y el odio, mientras Él observaba y sonreía.
lunes, 27 de enero de 2014
Capitulo 4
En el ático de un hotel de lujo de Florencia, había ropa desperdigada por el salón, como un camino de migas de pan que iba desde la puerta hasta una pared que hasta entonces estaba desnuda, pero que en esos momentos estaba ocupada por dos personas apoyadas en ella.
Gemidos y sonidos delatadores flotaban en la habitación y podían verse unos zapatos masculinos hechos a mano, un sujetador negro, un traje hecho a medida, dejado de cualquier manera sobre una mesita auxiliar, y un vestido de tafetán que formaba un charco de color azul Santorini en el suelo...
Si un detective estuviera examinando la escena, llegaría a la conclusión de que faltaban las bragas y los zapatos de ella.
El aire estaba cargado de aromas: flor de azahar y Aramis, mezclado con el olor almizcleño del sudor y la carne desnuda. La habitación estaba a oscuras. Ni siquiera los rayos de luna que entraban por la ventana alcanzaban la pared donde los dos cuerpos desnudos se aferraban el uno al otro. El hombre sujetaba el peso de la mujer, que le rodeaba las caderas con las piernas.
—Abre los ojos. —El ruego de Gabriel fue acompañado por una cacofonía de sonidos: piel deslizándose sobre piel, gemidos desesperados, ahogados por labios y carne, rápidas bocanadas de aire y el ligero golpear de la espalda de Julia contra la pared.
Ésta oía gruñir a Gabriel con cada embestida, pero su capacidad de hablar había desaparecido, mientras se concentraba en una sensación sencilla pero potente: el placer. Cada movimiento de su amante le causaba un enorme gozo, incluso el roce de sus pechos y el tacto de sus fuertes manos sujetándola. Estaba al borde del clímax, sin aliento, consciente de que el próximo movimiento podría ser el que la lanzara al vacío. Cada... vez... más... cerca...
—¿Estás... bien?
Gabriel respiraba con dificultad. La última palabra salió de su boca como un grito, cuando Julia le clavó los afilados tacones en el trasero.
Ésta echó la cabeza hacia atrás y dijo algunas palabras sin sentido antes de alcanzar el orgasmo. Unas potentes oleadas la sacudieron, desde donde estaban unidos hasta el último rincón de su cuerpo, hasta que cada una de sus células vibró. Al notarlo, Gabriel no tardó en seguirla. Con dos fuertes embestidas más, se sacudió espasmódicamente, mientras gritaba el nombre de Julia contra su cuello.
—Estaba preocupado —susurró él poco después.
Estaba tumbado de espaldas en el centro de la gran cama, con su amada acurrucada a su lado, con la cabeza apoyada sobre el tatuaje.
—¿Por qué?
—No abrías los ojos. No decías nada. Estaba preocupado por si estaba siendo demasiado brusco.
Julia le acarició el abdomen, recorriéndole lentamente el suave vello que tenía debajo del ombligo.
—No me has hecho daño. Ha sido... distinto. Más intenso. Cada vez que te movías... tenía unas sensaciones increíbles. No podía abrir los ojos.
Gabriel sonrió aliviado y le besó la frente.
—En esa postura se llega más adentro. Y no te olvides de los preliminares en el
museo. Ni te imaginas lo que me ha costado mantener las manos quietas durante la cena.
—Porque sabías que iba sin bragas.
—Porque te deseo. Siempre.
—Cada vez que estamos juntos, es mejor que la vez anterior —susurró Julia.
—Pero nunca dices mi nombre —le hizo notar él, melancólico.
—Digo tu nombre constantemente. Me extraña que no me hayas pedido que te llame Gabe o Dante o Profesor.
—No me refería a eso. Lo que quería decir es que nunca dices mi nombre... cuando te corres.
Ella lo miró a la cara, sorprendida. Su expresión armonizaba con su tono de voz, algo melancólico. La máscara de confianza había desaparecido.
—Para mí, tu nombre es sinónimo de orgasmos. Voy a empezar a llamarlos Gabiorgasmos.
Él se echó a reír con ganas. La risa le resonaba en el pecho y hacía que la cabeza de Julia botara con tanta fuerza que tuvo que sentarse. Se echó a reír también, contagiada por su buen humor, aliviada de que el momento melancólico hubiera pasado.
—Tiene sentido del humor, señorita Mitchell. ¿Quién lo iba a decir? —Le levantó la barbilla para besar sus labios una vez más antes de relajarse y quedarse dormido.
Julia permaneció despierta un poco más, contemplando al niño inseguro que asomaba desde el interior de Gabriel en los momentos más inesperados.
A la mañana siguiente, él la invitó a tomar su desayuno favorito en el Café Perseo, una elegante heladería de la piazza Signoria. Se sentaron dentro, porque se había acabado la tregua y había regresado el tiempo habitual para diciembre, frío y húmedo.
Uno podría pasarse los días sentado en aquella terraza sin hacer nada más que ver la vida pasar. Los edificios de la plaza eran antiguos. Los Uffizi estaban a la vuelta de la esquina. Había una fuente impresionante y estatuas preciosas, entre ellas una copia del David de Miguel Ángel y un Perseo sosteniendo la cabeza de Medusa frente a una preciosa loggia.
Mientras se tomaba el helado, Julia evitaba mirar hacia esa estatua y Gabriel evitaba mirar a las preciosas florentinas que pasaban, para observar a su amada con voracidad.
—¿Estás seguro de que no quieres probarlo? La frambuesa y el limón combinan de maravilla. —Julia le ofreció una cucharada con los dos sabores mezclados.
—Por supuesto que quiero probarlo. Pero no el helado. Preferiría algo más... exótico —añadió, con los ojos brillantes. Apartó su taza de café para poder darle la mano—. Gracias por esta noche... y por esta mañana.
—Creo que soy yo la que debería darte las gracias a ti, profesor. —Le apretó la mano y siguió desayunando—. Me sorprende que mi silueta no haya quedado marcada al vapor en la pared —bromeó a continuación, ofreciéndole otra cucharada de helado.
Gabriel dejó que ella lo alimentara. Cuando se pasó la lengua por los labios, Julia sintió que la cabeza le daba vueltas. Una bandada de recuerdos de aquella misma mañana cruzaron por su mente y uno de ellos se quedó.
«Oh, dioses de los novios, dioses del sexo que disfrutan dando placer a sus amantes, gracias por esta mañana.»
Julia tragó saliva.
—Ha sido mi primera vez.
—No será la última. Te lo prometo.
Gabriel se pasó la lengua por los labios provocativamente, para ponerla 36
nerviosa.
Ella se inclinó hacia adelante para darle un beso en la mejilla. Pero atrapándola por la nuca, Gabriel la acercó a sus labios.
La boca de Julia sabía a helado y a su sabor único y personal. Al soltarla, gruñó, deseando volver al hotel para una segunda parte de la noche anterior. ¿O tal vez podrían volver al museo?
—¿Puedo hacerte una pregunta? —dijo Julia, concentrándose en el helado para no tener que mirarlo a los ojos.
—Claro.
—¿Por qué dijiste que era tu prometida?
—Fidanzata tiene varios significados.
—Pero el principal es prometida.
—Presentarte como mi ragazza no habría hecho justicia a mi grado de compromiso.
Gabriel meneó los dedos de los pies. Los zapatos nuevos le apretaban un poco. Cerró la boca con fuerza involuntariamente, como si estuviera decidiendo si decía algo más o guardaba silencio. Finalmente no dijo nada. Sólo se removió incómodo en el asiento.
Julia pensó que le dolía la espalda.
—Siento lo de mis tacones.
—¿A qué te refieres?
—Te he visto las marcas esta mañana, mientras te vestías. No quería hacerte daño.
Él sonrió travieso.
—Son los riesgos que corremos los obsesos con los zapatos de tacón. Llevo mis cicatrices con dignidad.
—La próxima vez iré con más cuidado.
—Por encima de mi cadáver.
Julia abrió mucho los ojos al ver el fogonazo de pasión en sus ojos.
Gabriel le atrapó los labios con los suyos antes de susurrarle al oído:
—Te voy a comprar unas botas con unos tacones aún más altos. Y luego comprobaré qué eres capaz de hacer con ellas puestas.
Mientras paseaban por el Ponte Vecchio bajo un paraguas compartido, Gabriel insistió en entrar en un montón de tiendas, tentándola con cosas extravagantes: reproducciones etruscas, monedas romanas, collares de oro, etc. Como respuesta, Julia sonreía, señalándose los pendientes de Grace y diciendo que eran más que suficiente. Su aparente falta de apego por los bienes materiales era un acicate para Gabriel, que cada vez tenía más ganas de cubrirla de regalos.
Al llegar al centro del puente, Julia le tiró del brazo para que se acercaran a la baranda a mirar el Arno.
—Hay una cosa que no me importaría que me pagaras, Gabriel.
Él la miró con curiosidad. El fresco aire florentino había puesto color en sus mejillas. Era buena, hermosa, cálida y dulce. Pero tremendamente testaruda.
—Lo que sea.
Julia pasó la mano por la barandilla que los separaba del río.
—Quiero quitarme la cicatriz del mordisco.
Gabriel no se sorprendió demasiado. Aquella mañana la había descubierto aplicándose maquillaje en el cuello y, al preguntarle qué estaba haciendo, se había echado a llorar.
Sin mirarlo a los ojos, siguió diciendo.
—No me gusta tener que verla constantemente. Y no soporto que tengas que verla tú. Quiero que me la quiten.
—Podríamos buscar un cirujano plástico en Filadelfia, cuando vayamos por Navidad.
—Es que pasamos tan poco tiempo en casa... No quiero hacerle eso a mi padre. Ni a Rachel.
Gabriel se cambió el paraguas de mano y la abrazó. Fue descendiendo por el cuello hasta llegar a la marca.
—Por supuesto. Estaré encantado de hacer eso por ti y cualquier otra cosa que me pidas. Sólo tienes que decirlo. Pero quiero que tú hagas algo por mí.
—¿Qué?
—Me gustaría que hablaras con alguien de lo que pasó.
Julia bajó la vista.
—Ya lo hablo contigo.
—Me quedaría más tranquilo si lo hicieras con alguien que no sea un asno. Encontrar a un médico que te haga desaparecer la cicatriz de la piel es fácil. Son las cicatrices que no se ven las que más cuesta de tratar. Es importante que lo entiendas. No quiero que luego te lleves una decepción.
—No te preocupes, lo entiendo. Y deja de llamarte esas cosas. No me gusta.
Él asintió con la cabeza.
—Creo que te iría bien poder hablar con alguien. Sobre tus padres, sobre él y sobre mí. —La miró con solemnidad—. Soy un hombre complicado. Creo que sería bueno para ti tener a alguien con quien hablar.
Julia cerró los ojos.
—Lo haré, pero sólo si tú me prometes que harás lo mismo.
Gabriel se puso tenso.
Ella abrió los ojos y empezó a hablar rápidamente.
—Sé que no te apetece y, créeme, lo entiendo. Pero si yo voy, tú también tienes que ir. Ayer noche te enfadaste demasiado. Y aunque sé que no estabas enfadado conmigo, fui yo quien acabó pagándolo.
—Intenté compensártelo luego —dijo él, apretando los dientes.
—Y lo lograste. —Julia le acarició la mandíbula, tratando de que se relajara—. Pero me preocupa que te alteres tanto porque un extraño se haya tomado algunas mínimas libertades no deseadas. Igual que me preocupa que pienses que el sexo pueda ser un remedio para la ira. Y que pienses que marcarme como tuya pueda ser una buena idea.
Gabriel la miró sorprendido. La idea ni siquiera se le había pasado por la cabeza.
—Yo nunca te haría daño. —Le apretó la mano.
—Lo sé.
Parecía disgustado y asustado. Ni siquiera cuando Julia le acarició la cabeza, el pánico desapareció completamente de sus ojos.
—Menuda pareja hacemos. Estamos cargados de cicatrices, historias y problemas. Supongo que el nuestro es un romance trágico —comentó ella sonriendo, tratando de quitarle hierro al asunto.
—La única tragedia sería perderte —replicó Gabriel, con un suave beso.
—Sólo me perderás si dejas de amarme.
—Soy un hombre afortunado entonces. Podré estar contigo hasta el fin de mis días.
Volvió a besarla y la rodeó con los brazos. Luego dijo:
—En rehabilitación hice terapia. Y, cuando salí, seguí yendo un año más omenos al psiquiatra, además de a las reuniones de los grupos de ayuda. Sé de qué va la historia.
Julia frunció el cejo.
—Pero ahora no vas a ninguna parte. Y sigues bebiendo. No te he dicho nada hasta ahora, pero me parece un problema muy serio.
—Era adicto a la cocaína, pero no alcohólico.
Ella lo miró a los ojos. Era como si hubiera llegado al extremo de un antiguo mapa medieval, de esos que tenían escritas en el borde las palabras «Más allá hay monstruos».
—Ambos sabemos que Narcóticos Anónimos recomienda a los adictos no beber alcohol. —Julia suspiró—. Yo trataré de ayudarte, pero hay cosas que me superan. Además, por mucho que me guste el sexo contigo, no quiero convertirme en tu próxima droga. Yo no soy la solución para todo.
—¿Es eso lo que piensas? ¿Que uso el sexo para arreglar las cosas? —La mirada de Gabriel era tan honesta que Julia se guardó el sarcasmo.
—Creo que llevas muchos años haciéndolo. Me lo contaste, ¿no te acuerdas? Me dijiste que solías usar el sexo para combatir la soledad. O para castigarte.
Una sombra atravesó el rostro de él.
—Contigo es distinto.
—Pero cuando una persona está mal, recupera los viejos patrones de conducta. A mí también me pasa, pero mi manera de enfrentarme a los problemas es distinta. —Lo besó lentamente. Con suavidad, pero el tiempo suficiente para permitir que se calmara y le devolviera el beso.
Luego siguieron abrazados largo rato, hasta que Julia rompió el silencio.
—Tu conferencia de anoche me recordó una cosa. —Se sacó el móvil del bolso y buscó entre las fotografías hasta encontrar la que buscaba—. Mira.
Gabriel cogió el teléfono y miró la foto del exquisito cuadro. En él aparecía santa Francisca Romana con un niño pequeño, ayudada por la Virgen María, mientras un ángel los observaba.
—Es precioso —afirmó, devolviéndole el teléfono.
—Gabriel —insistió ella—. Míralo bien.
Al hacerlo, notó una sensación extraña.
—Siempre me ha encantado este cuadro —dijo Julia en voz baja—. Pensaba que era por las similitudes entre Gentileschi y Caravaggio, pero es más que eso. Santa Francisca perdió a varios de sus hijos por culpa de la peste. Se supone que este cuadro retrata una de las visiones que tuvo de esos niños.
Lo miró a los ojos para ver si entendía lo que intentaba decirle, pero él le devolvió una mirada de incomprensión.
—Cuando miro este cuadro, me acuerdo de tu bebé, de Maia. Grace la sostiene en brazos y los ángeles las rodean. —Señaló los personajes que aparecían en la pintura—. ¿Lo ves? El bebé está a salvo y es feliz. El paraíso es así. No tienes que preocuparte por ella.
Al volver a mirarlo a la cara, vio que Gabriel tenía lágrimas en los ojos. Su precioso rostro estaba contraído de dolor.
—Lo siento. Lo siento mucho. Trataba de consolarte —dijo ella y le rodeó el cuello con los brazos, apretando con fuerza.
Al cabo de unos momentos, Gabriel se secó los ojos y ocultó la cabeza en el pelo de Julia, agradecido y aliviado.
La tarde del día siguiente por fin dejó de llover, así que tomaron un taxi hasta el 39
piazzale Michelangelo, desde donde había una vista espléndida de la ciudad. Podían haber ido en autobús, como todo el mundo, pero Gabriel no era como todo el mundo. (Pocos especialistas en Dante lo son.)
—¿Qué te contaba Rachel en su correo? —le preguntó a Julia, admirando la cúpula cubierta de tejas del Duomo.
Ella se miró las uñas.
—Aaron y ella te mandan saludos. Quería saber si éramos felices.
Gabriel entornó los ojos.
—¿Eso es todo?
—Eh.... no.
—¿Qué pasa?
—Nada. —Julia se encogió de hombros—. Sólo que, al parecer, Scott tiene novia.
Gabriel se echó a reír.
—Bien hecho, Scott. ¿Algo más?
—¿Por qué lo preguntas?
Él ladeó la cabeza.
—Porque es obvio que me estás ocultando algo —respondió, acariciándole la cintura, arriba y abajo, en un lugar donde sabía que tenía cosquillas.
—Ah, no. En público no.
—Ah, sí. En público sí. —Gabriel intensificó su ataque.
Ella se echó a reír, tratando sin éxito de soltarse de él.
—Vamos, Julianne, cuéntamelo.
—Deja de hacerme cosquillas —le suplicó— y te lo contaré.
Gabriel se detuvo y ella respiró hondo.
—Quería saber si nos habíamos... bueno... acostado.
—¿Ah, sí? —Él sonrió—. ¿Y qué respondiste?
—La verdad.
Gabriel la miró fijamente.
—¿Algo más?
—Decía que esperaba que te estuvieras comportando y que yo fuera feliz. Y le respondí que sí. A ambas cosas.
Hizo una pausa, preguntándose si merecía la pena mencionar que había recibido también un correo de cierto joven granjero de Vermont.
—Pero hay algo más. Adelante —la animó él con una indulgente sonrisa.
—Paul también me escribió.
—¿Qué? —La sonrisa desapareció de repente del rostro de Gabriel—. ¿Cuándo?
—El día de la conferencia.
—¿Y por qué no has dicho nada hasta ahora?
—Porque sabía que te pondrías así. Sabía que te enfadarías y no quería que te alteraras antes de hablar en público.
—¿Qué quería?
—Me comentaba que habías aprobado la propuesta de trabajo de Christa.
—¿Y qué más?
—Me deseaba Feliz Navidad y decía que me enviaría un regalito a Selinsgrove.
A Gabriel se le dilataron las aletas de la nariz.
—¿Y a santo de qué te tiene que enviar nada?
—Porque es mi amigo. Supongo que será un frasco de sirope de arce, que estaré encantada de regalarle a mi padre. Paul sabe que tengo un novio que me hace muy feliz. Te reenviaré su correo electrónico si quieres.
—No será necesario —replicó él, con los dientes apretados.
Julia se cruzó de brazos.
—Cuando la profesora Dolor estaba cerca, bien que me animaste a acercarme a Paul.
—Las circunstancias eran distintas. Y no quiero hablar de ella nunca más.
—Es muy fácil para ti decir eso. Tú no te vas encontrando por ahí con personas con las que me he acostado...
Gabriel la fulminó con la mirada.
Julia se cubrió la boca con la mano.
—Lo siento. Eso ha sido innecesario.
—Además, como recordarás, yo sí me he encontrado con al menos una persona con la que has tenido una relación sexual.
Volviéndose, Gabriel se acercó al extremo del mirador. Julia le dio unos instantes para que se calmara y luego se acercó también. Cuando estuvo a su lado, enlazó el meñique con el suyo.
—Lo siento.
Gabriel guardó silencio.
—Gracias por rescatarme de Simon.
Él frunció el cejo y le espetó:
—Sabes que tengo un pasado. ¿Piensas sacarlo a relucir a cada momento?
Ella se miró los zapatos.
—No.
—Ese comentario no ha sido digno de ti.
—Lo siento.
Gabriel permaneció con la mirada fija en la ciudad a sus pies. Los tejados de tejas rojas brillaban al sol, mientras que la cúpula de Brunelleschi dominaba la escena.
Julia optó por cambiar de tema.
—Christa se comportó de un modo muy extraño durante tu último seminario. Parecía resentida. ¿Crees que sabe algo?
—Estaba enfadada porque había rechazado todos sus descarados intentos de seducción. Pero entregó la propuesta a tiempo. Y era aceptable.
—¿No... no te está chantajeando?
—No todas las mujeres de planeta son tus rivales, Julia —respondió él, soltándole el dedo bruscamente.
—Ese comentario no ha sido digno de ti.
Tras unos instantes, Gabriel se calmó. Ella lo notó por el modo en que se le hundieron los hombros.
—Perdóname.
—No perdamos el tiempo discutiendo, por favor.
—Estoy de acuerdo. Reconozco que no me gusta que Paul te escriba, pero supongo que podrías ser amiga de tipos mucho peores. —Gabriel sonaba aún más remilgado que de costumbre.
Julia sonrió y le dio un beso en la mejilla.
—Éste es el profesor Emerson que conozco y del que me enamoré.
Gabriel se sacó el móvil del bolsillo para hacerle una foto con la ciudad al fondo. Al ver que Julia reía y se divertía, siguió haciéndole fotos hasta que el sonido del teléfono los interrumpió. Las poco discretas campanadas del Big Ben no eran fáciles de ignorar.
Julia lo miró desafiante.
Con una mueca, Gabriel le atrapó la cara entre las manos y le dio un apasionado 41
beso. Tras separarle los labios con decisión, le deslizó la lengua en la boca.
Julia le devolvió el beso, abrazándolo por la cintura para acercarlo más a ella, mientras el Big Ben no dejaba de sonar.
—¿No vas a responder? —le preguntó, cuando pudo hablar.
—No. Ya te lo he dicho antes. No voy a hablar con Paulina.
Gabriel le dio un beso rápido.
—Me da pena.
—¿Por qué?
—Porque tuvo una vida contigo. Porque todavía te quiere, pero te perdió. Si yo te perdiera, estaría destrozada.
Él resopló con impaciencia.
—No vas a perderme. Deja de decir eso.
Julia sonrió débilmente.
—Gabriel, hay algo que debo decir.
Él dio un paso atrás para mirarla a los ojos.
—Ten en cuenta que te lo digo porque me preocupo por ti —añadió, mirándolo muy seria—. Es verdad que Paulina me da pena, pero es evidente que lleva años tratando de manipularte con lo que pasó, para mantenerte en su vida. Me pregunto si no se mete en tantos líos para que la rescates. Creo que ha llegado el momento de que establezca un vínculo emocional con otra persona. Con alguien de quien pueda enamorarse.
—Estoy de acuerdo —dijo él, tenso.
—¿Y si no puede ser feliz porque no te ha soltado? Tú rompiste la relación y me encontraste a mí. ¿No crees que si ella hace lo mismo será mucho más fácil que pueda ser feliz con otra persona?
Gabriel asintió y la besó en la frente, pero se negó a seguir hablando del tema.
El resto de su estancia en Florencia fue tan feliz que pareció más una luna de miel que unas vacaciones. Durante el día visitaban museos o iglesias y luego regresaban al hotel, donde pasaban horas haciendo el amor, a veces despacio, a veces con locura.
Cada noche, Gabriel elegía un restaurante distinto donde cenar. Después de la cena, volvían al hotel dando un paseo, deteniéndose en alguno de los puentes para besarse como adolescentes, bajo el frío cielo invernal.
En su última noche en Florencia, Gabriel llevó a Julia al Caffé Concerto, uno de sus restaurantes favoritos, situado en una de las orillas del Arno. Pasaron varias horas degustando el menú, que consistía en numerosos platos. Mientras tanto, hablaban de las vacaciones y de su floreciente vida sexual. Ambos reconocieron que aquella semana había supuesto una especie de despertar sexual para ambos. Para Julia había sido una introducción en los misterios de eros. Para Gabriel, un acceso a la realidad de los cuatro tipos de amor unidos.
En un momento de la conversación, él le confesó la sorpresa que había estado guardando: había reservado una casa en la región de Umbría para su segunda semana de vacaciones. Le prometió que irían a Roma y Venecia en otro viaje, probablemente el verano después de visitar Oxford.
Tras la cena, Gabriel la llevó bajo el Duomo una vez más.
—Tengo que besarte —susurró, pegándola a su cuerpo.
Julia estaba a punto de responderle, pidiéndole que la llevara al hotel y la marcara de un modo más profundo, cuando una voz la interrumpió:
—¡Preciosa señora! —dijo una voz en italiano desde los escalones de la catedral—. Una limosna para un anciano.
Sin pensar, Julia se apartó para ver quién hablaba. El hombre siguió pidiéndole dinero para comprarse algo de comer.
Gabriel la agarró del brazo cuando vio que ella se acercaba a los escalones.
—Vámonos, amor.
—Pero hace frío. Y tiene hambre.
—La policía no tardará en llevárselo. No les gusta que haya pedigüeños en el centro de la ciudad.
—La gente tiene derecho a refugiarse en los escalones de las iglesias. Es su derecho a santuario —murmuró.
—El concepto medieval de santuario ya no existe. Los gobiernos occidentales lo abolieron, Inglaterra antes que nadie, en el siglo diecisiete —explicó y refunfuñó al ver que ella abría el bolso y le daba al hombre un billete de veinte euros.
—¿Tanto? —Frunció el cejo.
—Es todo lo que tengo. Y mira, Gabriel —añadió, señalando las muletas.
—Buen truco.
Julia lo miró decepcionada.
—Sé lo que es pasar hambre.
Dio un paso en dirección al mendigo, pero Gabriel la detuvo.
—Se gastará el dinero en vino o en drogas. No lo ayudarás dándole ese dinero.
—Incluso un drogadicto merece un poco de amabilidad.
Él se encogió.
Mirando hacia el hombre, Julia añadió:
—San Francisco de Asís era caritativo con todos por igual. Su caridad no era condicional. Daba a todos los que pedían.
Gabriel puso los ojos en blanco. No tenía ninguna posibilidad de ganar una discusión con ella si invocaba a san Francisco. Nadie podía oponerse a ese tipo de argumentos.
—Si le doy algo, sabrá que alguien se ha preocupado por él. Y haga lo que haga con el dinero, eso es bueno. No me prives de esta oportunidad de dar.
Trató de rodear a Gabriel una vez más, pero él se lo impidió de nuevo. Le arrebató el billete de la mano, añadió algo más de su bolsillo y se lo alargó todo al mendigo.
Los dos hombres intercambiaron unas cuantas palabras en italiano. El pobre le lanzó besos a Julia y trató de darle la mano a Gabriel, pero éste no la aceptó.
Cogiéndola a ella del brazo, la apartó de allí.
—¿Qué te ha dicho?
—Le ha dado las gracias al ángel por su misericordia.
Julia se detuvo y lo besó entre los ojos hasta que él dejó de fruncir el cejo y sonrió.
—Gracias.
—Yo no soy el ángel al que se refería —gruñó Gabriel, besándola apasionadamente.
Gemidos y sonidos delatadores flotaban en la habitación y podían verse unos zapatos masculinos hechos a mano, un sujetador negro, un traje hecho a medida, dejado de cualquier manera sobre una mesita auxiliar, y un vestido de tafetán que formaba un charco de color azul Santorini en el suelo...
Si un detective estuviera examinando la escena, llegaría a la conclusión de que faltaban las bragas y los zapatos de ella.
El aire estaba cargado de aromas: flor de azahar y Aramis, mezclado con el olor almizcleño del sudor y la carne desnuda. La habitación estaba a oscuras. Ni siquiera los rayos de luna que entraban por la ventana alcanzaban la pared donde los dos cuerpos desnudos se aferraban el uno al otro. El hombre sujetaba el peso de la mujer, que le rodeaba las caderas con las piernas.
—Abre los ojos. —El ruego de Gabriel fue acompañado por una cacofonía de sonidos: piel deslizándose sobre piel, gemidos desesperados, ahogados por labios y carne, rápidas bocanadas de aire y el ligero golpear de la espalda de Julia contra la pared.
Ésta oía gruñir a Gabriel con cada embestida, pero su capacidad de hablar había desaparecido, mientras se concentraba en una sensación sencilla pero potente: el placer. Cada movimiento de su amante le causaba un enorme gozo, incluso el roce de sus pechos y el tacto de sus fuertes manos sujetándola. Estaba al borde del clímax, sin aliento, consciente de que el próximo movimiento podría ser el que la lanzara al vacío. Cada... vez... más... cerca...
—¿Estás... bien?
Gabriel respiraba con dificultad. La última palabra salió de su boca como un grito, cuando Julia le clavó los afilados tacones en el trasero.
Ésta echó la cabeza hacia atrás y dijo algunas palabras sin sentido antes de alcanzar el orgasmo. Unas potentes oleadas la sacudieron, desde donde estaban unidos hasta el último rincón de su cuerpo, hasta que cada una de sus células vibró. Al notarlo, Gabriel no tardó en seguirla. Con dos fuertes embestidas más, se sacudió espasmódicamente, mientras gritaba el nombre de Julia contra su cuello.
—Estaba preocupado —susurró él poco después.
Estaba tumbado de espaldas en el centro de la gran cama, con su amada acurrucada a su lado, con la cabeza apoyada sobre el tatuaje.
—¿Por qué?
—No abrías los ojos. No decías nada. Estaba preocupado por si estaba siendo demasiado brusco.
Julia le acarició el abdomen, recorriéndole lentamente el suave vello que tenía debajo del ombligo.
—No me has hecho daño. Ha sido... distinto. Más intenso. Cada vez que te movías... tenía unas sensaciones increíbles. No podía abrir los ojos.
Gabriel sonrió aliviado y le besó la frente.
—En esa postura se llega más adentro. Y no te olvides de los preliminares en el
museo. Ni te imaginas lo que me ha costado mantener las manos quietas durante la cena.
—Porque sabías que iba sin bragas.
—Porque te deseo. Siempre.
—Cada vez que estamos juntos, es mejor que la vez anterior —susurró Julia.
—Pero nunca dices mi nombre —le hizo notar él, melancólico.
—Digo tu nombre constantemente. Me extraña que no me hayas pedido que te llame Gabe o Dante o Profesor.
—No me refería a eso. Lo que quería decir es que nunca dices mi nombre... cuando te corres.
Ella lo miró a la cara, sorprendida. Su expresión armonizaba con su tono de voz, algo melancólico. La máscara de confianza había desaparecido.
—Para mí, tu nombre es sinónimo de orgasmos. Voy a empezar a llamarlos Gabiorgasmos.
Él se echó a reír con ganas. La risa le resonaba en el pecho y hacía que la cabeza de Julia botara con tanta fuerza que tuvo que sentarse. Se echó a reír también, contagiada por su buen humor, aliviada de que el momento melancólico hubiera pasado.
—Tiene sentido del humor, señorita Mitchell. ¿Quién lo iba a decir? —Le levantó la barbilla para besar sus labios una vez más antes de relajarse y quedarse dormido.
Julia permaneció despierta un poco más, contemplando al niño inseguro que asomaba desde el interior de Gabriel en los momentos más inesperados.
A la mañana siguiente, él la invitó a tomar su desayuno favorito en el Café Perseo, una elegante heladería de la piazza Signoria. Se sentaron dentro, porque se había acabado la tregua y había regresado el tiempo habitual para diciembre, frío y húmedo.
Uno podría pasarse los días sentado en aquella terraza sin hacer nada más que ver la vida pasar. Los edificios de la plaza eran antiguos. Los Uffizi estaban a la vuelta de la esquina. Había una fuente impresionante y estatuas preciosas, entre ellas una copia del David de Miguel Ángel y un Perseo sosteniendo la cabeza de Medusa frente a una preciosa loggia.
Mientras se tomaba el helado, Julia evitaba mirar hacia esa estatua y Gabriel evitaba mirar a las preciosas florentinas que pasaban, para observar a su amada con voracidad.
—¿Estás seguro de que no quieres probarlo? La frambuesa y el limón combinan de maravilla. —Julia le ofreció una cucharada con los dos sabores mezclados.
—Por supuesto que quiero probarlo. Pero no el helado. Preferiría algo más... exótico —añadió, con los ojos brillantes. Apartó su taza de café para poder darle la mano—. Gracias por esta noche... y por esta mañana.
—Creo que soy yo la que debería darte las gracias a ti, profesor. —Le apretó la mano y siguió desayunando—. Me sorprende que mi silueta no haya quedado marcada al vapor en la pared —bromeó a continuación, ofreciéndole otra cucharada de helado.
Gabriel dejó que ella lo alimentara. Cuando se pasó la lengua por los labios, Julia sintió que la cabeza le daba vueltas. Una bandada de recuerdos de aquella misma mañana cruzaron por su mente y uno de ellos se quedó.
«Oh, dioses de los novios, dioses del sexo que disfrutan dando placer a sus amantes, gracias por esta mañana.»
Julia tragó saliva.
—Ha sido mi primera vez.
—No será la última. Te lo prometo.
Gabriel se pasó la lengua por los labios provocativamente, para ponerla 36
nerviosa.
Ella se inclinó hacia adelante para darle un beso en la mejilla. Pero atrapándola por la nuca, Gabriel la acercó a sus labios.
La boca de Julia sabía a helado y a su sabor único y personal. Al soltarla, gruñó, deseando volver al hotel para una segunda parte de la noche anterior. ¿O tal vez podrían volver al museo?
—¿Puedo hacerte una pregunta? —dijo Julia, concentrándose en el helado para no tener que mirarlo a los ojos.
—Claro.
—¿Por qué dijiste que era tu prometida?
—Fidanzata tiene varios significados.
—Pero el principal es prometida.
—Presentarte como mi ragazza no habría hecho justicia a mi grado de compromiso.
Gabriel meneó los dedos de los pies. Los zapatos nuevos le apretaban un poco. Cerró la boca con fuerza involuntariamente, como si estuviera decidiendo si decía algo más o guardaba silencio. Finalmente no dijo nada. Sólo se removió incómodo en el asiento.
Julia pensó que le dolía la espalda.
—Siento lo de mis tacones.
—¿A qué te refieres?
—Te he visto las marcas esta mañana, mientras te vestías. No quería hacerte daño.
Él sonrió travieso.
—Son los riesgos que corremos los obsesos con los zapatos de tacón. Llevo mis cicatrices con dignidad.
—La próxima vez iré con más cuidado.
—Por encima de mi cadáver.
Julia abrió mucho los ojos al ver el fogonazo de pasión en sus ojos.
Gabriel le atrapó los labios con los suyos antes de susurrarle al oído:
—Te voy a comprar unas botas con unos tacones aún más altos. Y luego comprobaré qué eres capaz de hacer con ellas puestas.
Mientras paseaban por el Ponte Vecchio bajo un paraguas compartido, Gabriel insistió en entrar en un montón de tiendas, tentándola con cosas extravagantes: reproducciones etruscas, monedas romanas, collares de oro, etc. Como respuesta, Julia sonreía, señalándose los pendientes de Grace y diciendo que eran más que suficiente. Su aparente falta de apego por los bienes materiales era un acicate para Gabriel, que cada vez tenía más ganas de cubrirla de regalos.
Al llegar al centro del puente, Julia le tiró del brazo para que se acercaran a la baranda a mirar el Arno.
—Hay una cosa que no me importaría que me pagaras, Gabriel.
Él la miró con curiosidad. El fresco aire florentino había puesto color en sus mejillas. Era buena, hermosa, cálida y dulce. Pero tremendamente testaruda.
—Lo que sea.
Julia pasó la mano por la barandilla que los separaba del río.
—Quiero quitarme la cicatriz del mordisco.
Gabriel no se sorprendió demasiado. Aquella mañana la había descubierto aplicándose maquillaje en el cuello y, al preguntarle qué estaba haciendo, se había echado a llorar.
Sin mirarlo a los ojos, siguió diciendo.
—No me gusta tener que verla constantemente. Y no soporto que tengas que verla tú. Quiero que me la quiten.
—Podríamos buscar un cirujano plástico en Filadelfia, cuando vayamos por Navidad.
—Es que pasamos tan poco tiempo en casa... No quiero hacerle eso a mi padre. Ni a Rachel.
Gabriel se cambió el paraguas de mano y la abrazó. Fue descendiendo por el cuello hasta llegar a la marca.
—Por supuesto. Estaré encantado de hacer eso por ti y cualquier otra cosa que me pidas. Sólo tienes que decirlo. Pero quiero que tú hagas algo por mí.
—¿Qué?
—Me gustaría que hablaras con alguien de lo que pasó.
Julia bajó la vista.
—Ya lo hablo contigo.
—Me quedaría más tranquilo si lo hicieras con alguien que no sea un asno. Encontrar a un médico que te haga desaparecer la cicatriz de la piel es fácil. Son las cicatrices que no se ven las que más cuesta de tratar. Es importante que lo entiendas. No quiero que luego te lleves una decepción.
—No te preocupes, lo entiendo. Y deja de llamarte esas cosas. No me gusta.
Él asintió con la cabeza.
—Creo que te iría bien poder hablar con alguien. Sobre tus padres, sobre él y sobre mí. —La miró con solemnidad—. Soy un hombre complicado. Creo que sería bueno para ti tener a alguien con quien hablar.
Julia cerró los ojos.
—Lo haré, pero sólo si tú me prometes que harás lo mismo.
Gabriel se puso tenso.
Ella abrió los ojos y empezó a hablar rápidamente.
—Sé que no te apetece y, créeme, lo entiendo. Pero si yo voy, tú también tienes que ir. Ayer noche te enfadaste demasiado. Y aunque sé que no estabas enfadado conmigo, fui yo quien acabó pagándolo.
—Intenté compensártelo luego —dijo él, apretando los dientes.
—Y lo lograste. —Julia le acarició la mandíbula, tratando de que se relajara—. Pero me preocupa que te alteres tanto porque un extraño se haya tomado algunas mínimas libertades no deseadas. Igual que me preocupa que pienses que el sexo pueda ser un remedio para la ira. Y que pienses que marcarme como tuya pueda ser una buena idea.
Gabriel la miró sorprendido. La idea ni siquiera se le había pasado por la cabeza.
—Yo nunca te haría daño. —Le apretó la mano.
—Lo sé.
Parecía disgustado y asustado. Ni siquiera cuando Julia le acarició la cabeza, el pánico desapareció completamente de sus ojos.
—Menuda pareja hacemos. Estamos cargados de cicatrices, historias y problemas. Supongo que el nuestro es un romance trágico —comentó ella sonriendo, tratando de quitarle hierro al asunto.
—La única tragedia sería perderte —replicó Gabriel, con un suave beso.
—Sólo me perderás si dejas de amarme.
—Soy un hombre afortunado entonces. Podré estar contigo hasta el fin de mis días.
Volvió a besarla y la rodeó con los brazos. Luego dijo:
—En rehabilitación hice terapia. Y, cuando salí, seguí yendo un año más omenos al psiquiatra, además de a las reuniones de los grupos de ayuda. Sé de qué va la historia.
Julia frunció el cejo.
—Pero ahora no vas a ninguna parte. Y sigues bebiendo. No te he dicho nada hasta ahora, pero me parece un problema muy serio.
—Era adicto a la cocaína, pero no alcohólico.
Ella lo miró a los ojos. Era como si hubiera llegado al extremo de un antiguo mapa medieval, de esos que tenían escritas en el borde las palabras «Más allá hay monstruos».
—Ambos sabemos que Narcóticos Anónimos recomienda a los adictos no beber alcohol. —Julia suspiró—. Yo trataré de ayudarte, pero hay cosas que me superan. Además, por mucho que me guste el sexo contigo, no quiero convertirme en tu próxima droga. Yo no soy la solución para todo.
—¿Es eso lo que piensas? ¿Que uso el sexo para arreglar las cosas? —La mirada de Gabriel era tan honesta que Julia se guardó el sarcasmo.
—Creo que llevas muchos años haciéndolo. Me lo contaste, ¿no te acuerdas? Me dijiste que solías usar el sexo para combatir la soledad. O para castigarte.
Una sombra atravesó el rostro de él.
—Contigo es distinto.
—Pero cuando una persona está mal, recupera los viejos patrones de conducta. A mí también me pasa, pero mi manera de enfrentarme a los problemas es distinta. —Lo besó lentamente. Con suavidad, pero el tiempo suficiente para permitir que se calmara y le devolviera el beso.
Luego siguieron abrazados largo rato, hasta que Julia rompió el silencio.
—Tu conferencia de anoche me recordó una cosa. —Se sacó el móvil del bolso y buscó entre las fotografías hasta encontrar la que buscaba—. Mira.
Gabriel cogió el teléfono y miró la foto del exquisito cuadro. En él aparecía santa Francisca Romana con un niño pequeño, ayudada por la Virgen María, mientras un ángel los observaba.
—Es precioso —afirmó, devolviéndole el teléfono.
—Gabriel —insistió ella—. Míralo bien.
Al hacerlo, notó una sensación extraña.
—Siempre me ha encantado este cuadro —dijo Julia en voz baja—. Pensaba que era por las similitudes entre Gentileschi y Caravaggio, pero es más que eso. Santa Francisca perdió a varios de sus hijos por culpa de la peste. Se supone que este cuadro retrata una de las visiones que tuvo de esos niños.
Lo miró a los ojos para ver si entendía lo que intentaba decirle, pero él le devolvió una mirada de incomprensión.
—Cuando miro este cuadro, me acuerdo de tu bebé, de Maia. Grace la sostiene en brazos y los ángeles las rodean. —Señaló los personajes que aparecían en la pintura—. ¿Lo ves? El bebé está a salvo y es feliz. El paraíso es así. No tienes que preocuparte por ella.
Al volver a mirarlo a la cara, vio que Gabriel tenía lágrimas en los ojos. Su precioso rostro estaba contraído de dolor.
—Lo siento. Lo siento mucho. Trataba de consolarte —dijo ella y le rodeó el cuello con los brazos, apretando con fuerza.
Al cabo de unos momentos, Gabriel se secó los ojos y ocultó la cabeza en el pelo de Julia, agradecido y aliviado.
La tarde del día siguiente por fin dejó de llover, así que tomaron un taxi hasta el 39
piazzale Michelangelo, desde donde había una vista espléndida de la ciudad. Podían haber ido en autobús, como todo el mundo, pero Gabriel no era como todo el mundo. (Pocos especialistas en Dante lo son.)
—¿Qué te contaba Rachel en su correo? —le preguntó a Julia, admirando la cúpula cubierta de tejas del Duomo.
Ella se miró las uñas.
—Aaron y ella te mandan saludos. Quería saber si éramos felices.
Gabriel entornó los ojos.
—¿Eso es todo?
—Eh.... no.
—¿Qué pasa?
—Nada. —Julia se encogió de hombros—. Sólo que, al parecer, Scott tiene novia.
Gabriel se echó a reír.
—Bien hecho, Scott. ¿Algo más?
—¿Por qué lo preguntas?
Él ladeó la cabeza.
—Porque es obvio que me estás ocultando algo —respondió, acariciándole la cintura, arriba y abajo, en un lugar donde sabía que tenía cosquillas.
—Ah, no. En público no.
—Ah, sí. En público sí. —Gabriel intensificó su ataque.
Ella se echó a reír, tratando sin éxito de soltarse de él.
—Vamos, Julianne, cuéntamelo.
—Deja de hacerme cosquillas —le suplicó— y te lo contaré.
Gabriel se detuvo y ella respiró hondo.
—Quería saber si nos habíamos... bueno... acostado.
—¿Ah, sí? —Él sonrió—. ¿Y qué respondiste?
—La verdad.
Gabriel la miró fijamente.
—¿Algo más?
—Decía que esperaba que te estuvieras comportando y que yo fuera feliz. Y le respondí que sí. A ambas cosas.
Hizo una pausa, preguntándose si merecía la pena mencionar que había recibido también un correo de cierto joven granjero de Vermont.
—Pero hay algo más. Adelante —la animó él con una indulgente sonrisa.
—Paul también me escribió.
—¿Qué? —La sonrisa desapareció de repente del rostro de Gabriel—. ¿Cuándo?
—El día de la conferencia.
—¿Y por qué no has dicho nada hasta ahora?
—Porque sabía que te pondrías así. Sabía que te enfadarías y no quería que te alteraras antes de hablar en público.
—¿Qué quería?
—Me comentaba que habías aprobado la propuesta de trabajo de Christa.
—¿Y qué más?
—Me deseaba Feliz Navidad y decía que me enviaría un regalito a Selinsgrove.
A Gabriel se le dilataron las aletas de la nariz.
—¿Y a santo de qué te tiene que enviar nada?
—Porque es mi amigo. Supongo que será un frasco de sirope de arce, que estaré encantada de regalarle a mi padre. Paul sabe que tengo un novio que me hace muy feliz. Te reenviaré su correo electrónico si quieres.
—No será necesario —replicó él, con los dientes apretados.
Julia se cruzó de brazos.
—Cuando la profesora Dolor estaba cerca, bien que me animaste a acercarme a Paul.
—Las circunstancias eran distintas. Y no quiero hablar de ella nunca más.
—Es muy fácil para ti decir eso. Tú no te vas encontrando por ahí con personas con las que me he acostado...
Gabriel la fulminó con la mirada.
Julia se cubrió la boca con la mano.
—Lo siento. Eso ha sido innecesario.
—Además, como recordarás, yo sí me he encontrado con al menos una persona con la que has tenido una relación sexual.
Volviéndose, Gabriel se acercó al extremo del mirador. Julia le dio unos instantes para que se calmara y luego se acercó también. Cuando estuvo a su lado, enlazó el meñique con el suyo.
—Lo siento.
Gabriel guardó silencio.
—Gracias por rescatarme de Simon.
Él frunció el cejo y le espetó:
—Sabes que tengo un pasado. ¿Piensas sacarlo a relucir a cada momento?
Ella se miró los zapatos.
—No.
—Ese comentario no ha sido digno de ti.
—Lo siento.
Gabriel permaneció con la mirada fija en la ciudad a sus pies. Los tejados de tejas rojas brillaban al sol, mientras que la cúpula de Brunelleschi dominaba la escena.
Julia optó por cambiar de tema.
—Christa se comportó de un modo muy extraño durante tu último seminario. Parecía resentida. ¿Crees que sabe algo?
—Estaba enfadada porque había rechazado todos sus descarados intentos de seducción. Pero entregó la propuesta a tiempo. Y era aceptable.
—¿No... no te está chantajeando?
—No todas las mujeres de planeta son tus rivales, Julia —respondió él, soltándole el dedo bruscamente.
—Ese comentario no ha sido digno de ti.
Tras unos instantes, Gabriel se calmó. Ella lo notó por el modo en que se le hundieron los hombros.
—Perdóname.
—No perdamos el tiempo discutiendo, por favor.
—Estoy de acuerdo. Reconozco que no me gusta que Paul te escriba, pero supongo que podrías ser amiga de tipos mucho peores. —Gabriel sonaba aún más remilgado que de costumbre.
Julia sonrió y le dio un beso en la mejilla.
—Éste es el profesor Emerson que conozco y del que me enamoré.
Gabriel se sacó el móvil del bolsillo para hacerle una foto con la ciudad al fondo. Al ver que Julia reía y se divertía, siguió haciéndole fotos hasta que el sonido del teléfono los interrumpió. Las poco discretas campanadas del Big Ben no eran fáciles de ignorar.
Julia lo miró desafiante.
Con una mueca, Gabriel le atrapó la cara entre las manos y le dio un apasionado 41
beso. Tras separarle los labios con decisión, le deslizó la lengua en la boca.
Julia le devolvió el beso, abrazándolo por la cintura para acercarlo más a ella, mientras el Big Ben no dejaba de sonar.
—¿No vas a responder? —le preguntó, cuando pudo hablar.
—No. Ya te lo he dicho antes. No voy a hablar con Paulina.
Gabriel le dio un beso rápido.
—Me da pena.
—¿Por qué?
—Porque tuvo una vida contigo. Porque todavía te quiere, pero te perdió. Si yo te perdiera, estaría destrozada.
Él resopló con impaciencia.
—No vas a perderme. Deja de decir eso.
Julia sonrió débilmente.
—Gabriel, hay algo que debo decir.
Él dio un paso atrás para mirarla a los ojos.
—Ten en cuenta que te lo digo porque me preocupo por ti —añadió, mirándolo muy seria—. Es verdad que Paulina me da pena, pero es evidente que lleva años tratando de manipularte con lo que pasó, para mantenerte en su vida. Me pregunto si no se mete en tantos líos para que la rescates. Creo que ha llegado el momento de que establezca un vínculo emocional con otra persona. Con alguien de quien pueda enamorarse.
—Estoy de acuerdo —dijo él, tenso.
—¿Y si no puede ser feliz porque no te ha soltado? Tú rompiste la relación y me encontraste a mí. ¿No crees que si ella hace lo mismo será mucho más fácil que pueda ser feliz con otra persona?
Gabriel asintió y la besó en la frente, pero se negó a seguir hablando del tema.
El resto de su estancia en Florencia fue tan feliz que pareció más una luna de miel que unas vacaciones. Durante el día visitaban museos o iglesias y luego regresaban al hotel, donde pasaban horas haciendo el amor, a veces despacio, a veces con locura.
Cada noche, Gabriel elegía un restaurante distinto donde cenar. Después de la cena, volvían al hotel dando un paseo, deteniéndose en alguno de los puentes para besarse como adolescentes, bajo el frío cielo invernal.
En su última noche en Florencia, Gabriel llevó a Julia al Caffé Concerto, uno de sus restaurantes favoritos, situado en una de las orillas del Arno. Pasaron varias horas degustando el menú, que consistía en numerosos platos. Mientras tanto, hablaban de las vacaciones y de su floreciente vida sexual. Ambos reconocieron que aquella semana había supuesto una especie de despertar sexual para ambos. Para Julia había sido una introducción en los misterios de eros. Para Gabriel, un acceso a la realidad de los cuatro tipos de amor unidos.
En un momento de la conversación, él le confesó la sorpresa que había estado guardando: había reservado una casa en la región de Umbría para su segunda semana de vacaciones. Le prometió que irían a Roma y Venecia en otro viaje, probablemente el verano después de visitar Oxford.
Tras la cena, Gabriel la llevó bajo el Duomo una vez más.
—Tengo que besarte —susurró, pegándola a su cuerpo.
Julia estaba a punto de responderle, pidiéndole que la llevara al hotel y la marcara de un modo más profundo, cuando una voz la interrumpió:
—¡Preciosa señora! —dijo una voz en italiano desde los escalones de la catedral—. Una limosna para un anciano.
Sin pensar, Julia se apartó para ver quién hablaba. El hombre siguió pidiéndole dinero para comprarse algo de comer.
Gabriel la agarró del brazo cuando vio que ella se acercaba a los escalones.
—Vámonos, amor.
—Pero hace frío. Y tiene hambre.
—La policía no tardará en llevárselo. No les gusta que haya pedigüeños en el centro de la ciudad.
—La gente tiene derecho a refugiarse en los escalones de las iglesias. Es su derecho a santuario —murmuró.
—El concepto medieval de santuario ya no existe. Los gobiernos occidentales lo abolieron, Inglaterra antes que nadie, en el siglo diecisiete —explicó y refunfuñó al ver que ella abría el bolso y le daba al hombre un billete de veinte euros.
—¿Tanto? —Frunció el cejo.
—Es todo lo que tengo. Y mira, Gabriel —añadió, señalando las muletas.
—Buen truco.
Julia lo miró decepcionada.
—Sé lo que es pasar hambre.
Dio un paso en dirección al mendigo, pero Gabriel la detuvo.
—Se gastará el dinero en vino o en drogas. No lo ayudarás dándole ese dinero.
—Incluso un drogadicto merece un poco de amabilidad.
Él se encogió.
Mirando hacia el hombre, Julia añadió:
—San Francisco de Asís era caritativo con todos por igual. Su caridad no era condicional. Daba a todos los que pedían.
Gabriel puso los ojos en blanco. No tenía ninguna posibilidad de ganar una discusión con ella si invocaba a san Francisco. Nadie podía oponerse a ese tipo de argumentos.
—Si le doy algo, sabrá que alguien se ha preocupado por él. Y haga lo que haga con el dinero, eso es bueno. No me prives de esta oportunidad de dar.
Trató de rodear a Gabriel una vez más, pero él se lo impidió de nuevo. Le arrebató el billete de la mano, añadió algo más de su bolsillo y se lo alargó todo al mendigo.
Los dos hombres intercambiaron unas cuantas palabras en italiano. El pobre le lanzó besos a Julia y trató de darle la mano a Gabriel, pero éste no la aceptó.
Cogiéndola a ella del brazo, la apartó de allí.
—¿Qué te ha dicho?
—Le ha dado las gracias al ángel por su misericordia.
Julia se detuvo y lo besó entre los ojos hasta que él dejó de fruncir el cejo y sonrió.
—Gracias.
—Yo no soy el ángel al que se refería —gruñó Gabriel, besándola apasionadamente.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)